domingo, 11 de abril de 2021

Knock

El Dr. Knock, efectuando una revisión médica al pregonero.

Este “Knock” (Guy Lefranc, 1951), divertida parodia de la clase médica y de sus disposiciones para hacer avanzar el respeto, temor y rendimiento que la Ciencia Médica puede y debe producir, pasó anoche por TV5Monde, donde seguramente repetirán la experiencia una o dos veces más.
Es, ante todo, un auténtico recital de un superlativo Louis Jouvet, que quizás no he visto de forma tan clara en cualquier otra película. Eso al margen, en los títulos de crédito, dos miembros de la familia Renoir, padre (Pierre, actor secundario, porque el protagonismo absoluto es de Jouvet) e hijo (Claude, director de fotografía).
El Dr. Knock va a sustituir en una ciudad provinciana al Dr. Parpalaid, quien quiere acabar su carrera en una gran ciudad. Pronto ve que la parroquia que le traspasa su predecesor no le va a dar para comer, pero sabe que hay un gran progreso pendiente, implantando la nueva ciencia médica por doquier.


Louis Jouvet, como puede verse, siempre en el mismo registro, pero inconmensurable.

 

Paraula d'autora: Aurora Gasull

Explicando el dodecafonismo mediante Klee.

Ayer, en el Arxiu Xcèntric, tuve el privilegio de asistir a una “masterclass” en la que Aurora Gasull explicó qué proceso siguió para llegar a hacer esas piezas suyas tan especiales y qué procedimientos utiliza para darles forma.
Si alguien la ha oído alguna vez, tendrá por seguro que, como persona reñida (feliz y) absolutamente con el autobombo, nunca llamaría así -masterclass- a lo que desarrolló, cuando en realidad en bien pocas ocasiones lo que expresa ese título se corresponde tanto con lo que realmente ocurrió. Porque fue una sesión (como anunciaban en la web del Xcèntric “en petit comité”) en la que cada uno de los asistentes aprendimos un montón, saliendo de ahí, además de con buen espíritu, con las alforjas llenas.
Inició la sesión ofreciendo algunos datos autobiográficos. Con artistas plásticos en su familia, ella estaba encaminada hacia la música. A los 18 años tocaba el violonchelo, pero una progresiva pérdida de audición que le sobrevino le apartó del camino emprendido. Asistió entonces a una academia de pintura y a otra de fotografía. Con un pionero Macintosh se inició en el retoque de fotos. Quedó admirada con el multimedia, con el que se podía trabajar todo (audio y visual) en un mismo instrumento.
Fue en esa época -continuó- que conoció la mediateca del Palau Macaya (de la actual Fundació Caixabank, hoy criando malvas) y allí vio cantidad de obras históricas de animación de las vanguardias.
Fue entonces cuando la primera Pompeu Fabra, en busca de asistentes que pudieran aportar sus conocimientos prácticos, pese a no poseer ella carrera previa, la inscribió en un primer máster que dispensó de Sonología, en el que pudo aprender un montón del audio digital.
El Art Futura de 1993 estuvo dedicado a la “Vida artificial”. Allí aprendió cómo, desde entonces, se trabaja para representar sistemas dinámicos como una duna o una bandada de pájaros. Son esos sistemas en los que hay individuos con autonomía pero que a la vez siguen el comportamiento grupal. Las representaciones del fuego o del agua en movimiento en 3D, que tuvo su irrupción entonces, se basan en marcar ese sistema combinado de movimientos. Al igual que pasó con la Pompeu, desde la Universidad de Mallorca le llamaron entonces para que participara en su primer máster de 3D.
En ese momento, ayer tarde hizo un flashback por la historia universal de todos estos temas. Nos habló de los antecedentes previos al ordenador, centrándose en Muybridge, en cómo su análisis del movimiento dio paso a un lienzo como el de “Desnudo bajando una escalera” de Duchamp (1912).
Para detenerse en los antecedentes de la Música visual nos proyectó “Rhythmus 21”, de Hans Richter (1921)...” y, volviendo a su recorrido personal, nos reveló lo que le influyeron las “Analogías musicales” del Thyssen en 2003, presentando las obras de Kandinsky y otros de su cuerda. Fue entonces cuando, tras haber proyectado la “Fuga en rojo” de Paul Klee (1921), haciéndonos ver cómo lograba hacer notar el movimiento, proyectó una extraordinaria “New Harmony” de Klee (1936) como expresión del dodecafonismo y yo la retraté con la tableta mostrándonos la pieza, en una foto que me siento muy orgulloso de haberle sacado.
Sus obras “Estiu calorós” (2003) sobre una sinfonía del ucraniano Valentín Silvestrov, “L’espera”, sobre una partitura de Xavier Maristany, y “Sonades de la calor del foc” (2010), sobre otra de Mestres Quadreny, en la que empezó a trabajar con el empleo de funciones de acceso aleatorio, sólo sometidas a ciertas restricciones, fueron desfilando por la pantalla con sus explicaciones, constatando nosotros sus paulatinos descubrimientos.
De tanto en tanto, Aurora Gasull nos transmitió su nostalgia por la inmediatez del violonchelo, ante el “tempo lentísimo” que presenta el ordenador, con el que tarda mucho en saber si las acciones de ella como artista tienen o no el efecto deseado.
Un cambio radical lo dio en su obra pasando del 3D a un programa de ordenador con el que actualmente sigue trabajando, que acciona de forma idéntica con sonidos e imágenes. El ejemplo que puso de este cambio alcanza la perfección. Es su hermosísima pieza “Preludi cromàtic” (2018), sobre el “Preludio I” de Bach.
Algo molesta con el aspecto mecánico, sin fallos, del ordenador, durante el confinamiento Aurora Gasull se confinó doblemente, buscando ese toque humano contra el quizás frío automatismo producto del ordenador. Consiguió así su pieza “Espiral” (con música de Cristina Villalonga) y sus indecisos, humanos trazos como de brocha de pintor de pared, con la que acabó la sesión.
Una sesión en la que una maestra que es además una currante con paciencia increíble, nos ha transmitido, con toda la humildad del mundo, sus conocimientos y ganas de seguir haciendo obra. A ver con qué nos sorprende próximamente.


Destripándonos las tripas de su “Sonades de la calor del foc”: las instrucciones superiores son las últimas que marcan la posición inicial -mediante la de sus ocho vértices- de los rectángulos que representan a cada instrumento de la partitura. Luego ya empieza a darles instrucciones para su movimiento.

Así trabajaba con la 3D: utilizando el azar para que se moviera cada cilindro (cada instrumento), pero marcando alguna restricción, como que no superasen nunca los límites de ese trapecio.

El trabajo, con su software actual, para “Preludi cromàtic”.

Los trazos con fallos que aportan la ejecución humana, de su “Espiral”

 

viernes, 9 de abril de 2021

Antoni Padrós en Filmin

La troupe de "Lock-out", que para mi gusto sigue siendo su mejor película, en el vertedero en el que se rodó.

"Pim, pam, pum, fuego", contra una gauche divine bien concreta. A la pesca en éste y otros cortometrajes de las divertidas frases de Padrós contra la falsa progresía y los convencionalismos.

Miguel Martín, atento a todas estas cosas del cine que se sale de lo normal, avisó de que Filmin ha colgado en su plataforma las películas de Antoni Padrós. Como me salieron unos comentarios así como lanzando información a la gente que no las conozca, los he copiado ahora aquí, para "la posteridá":
Antoni Padrós era a finales de los 60, principios de los 70, un oficinista bancario de Terrassa que por las tardes y fines de semana ejercitaba de Mr. Hyde y se ponía a hacer películas undergrown. Aunque pasó por la Escuela de Aixelà y el Institut de Teatre con Pere Portabella, mantenía un cierto distanciamiento de la corriente general, con un espíritu ácrata muy saludable. Debió de ser por 1974 que pasamos todas sus películas de entonces en el CCI, haciéndole un dossier, del que acompaño foto.
Poco después haría su alargadísima "Shirley Temple Story", en la que por cierto participaba un jovencísimo Marcos Ordoñez, entonces miembro del mismo CCI. Intentó, saldándolo con un fracaso, su entrada en el cine comercial en los años 80 y tras el fracaso sólo realizó esbozos de grandes películas románticas, como Syberbergs estilizados. En 2004 el Cineclub Associació d'Enginyers estuvo con él en Terrassa y producto de esos encuentros fue un libro y un documental (éste, como siempre, dirigido por Martí Rom), de cuyas cubiertas incluyo también foto.
Valerio Carando montó una exposición sobre él (foto again) que se pudo ver en la Sala Moncunill de Terrassa en 2015 y en la de la Filmoteca de Barcelona en 2017. Por esas fechas se exhibió su nuevo cortometraje "L'home precís" y aún estamos esperando que ponga en marcha el rodaje de una nueva película. ésta con la aparición de unas japonesas que matan con la aguja esa que recoge su moño cuando van ataviadas con su traje tradicional...
Yo siempre digo que su obrón es "Lock-Out", que recuerdo que pasamos en sesión especial para ellos en la sala de la Diagonal del Cineclub Ingenieros en 1976 ante los ojos deslumbrados de Manuel Gutierrez Aragón, José Luis García Sanchez y Paco Betriu, tras la experiencia desastrosa del corto ("Els porcs") que quiso pasar él previamente, que casi hace que no vieran el largo. Para mí también "Els porcs", aunque él parezca tenerle aprecio, es su corto que muestra lo peor de lo que es también capaz. Entre sus cortos quizás escogería dos bien diferentes: El sofisticado "Swedenborg", con fotografía de Llorenç Soler, y dos de sus gamberradas político-festivas: "Pim, pam, pum revolución" (un poco contra la gauche divine que poblaba las sesiones del Institut del Teatre) y "¿Qué hay para cenar, querida?", ambas con frases antológicas de su mejor cosecha.


El dossier del CCI por el 1974 o 75. Tendría que ir a mirarlo.

El librito que, junto a un documental, le hicimos en el Cineclub Associació d'Enginyers.

El cartel de la exposición sobre sus cosas que comisarió Valerio Carando.

 

miércoles, 7 de abril de 2021

Dear relatives



Peter Cowie, en su libro sobre el cine sueco, clasifica a Gustaf Molander como un “maestro menor”, pero señalando, eso sí, que se trata de “la única figura principal que ha trabajado en casi todas las fases del desarrollo del cine sueco”. ¡Hasta llegaron alguna de sus películas -como “Intermezzo”- por aquí, con bastante éxito!
Su comedia de 1933 que vi anoche en Netflix, “Dear relatives”, tiene un arranque entre esquiadores por la nieve y en un refugio de montaña que ya quisieran muchas comedias norteamericanas, para caer luego en un cierto empantanamiento algo claustrofóbico tanto por predominar los interiores como por tanta situación descreídamente sofisticada enclaustrada en su formato cuadrado, bromas y risas dispensada sin cese.
Aquí la trama gira alrededor de un adinerado hombre de negocios y sus tres hijas, empeñadas las casadas en escoger marido a la soltera, seleccionando una a un conde y otra a un amante sin posibles, y alrededor de los avatares de fortuna de la hija mediana, casada con un barón absolutamente viva la virgen.
Con sus dos o tres canciones, sus planos de contracampo elaborados bastante burdamente, quizás falte, para valorar todas estas películas de la época y ésta en particular, conocer un poco el star system que imperaba en Suecia por entonces, siempre con un cierto respeto, sabiendo como sabemos que de ahí salieron divas como Greta Garbo o Ingrid Bergman.
Con ese conocimiento ausente, en ocasiones cuesta admitir un argumento que, de tan despreocupado por la cuestión de la lucha de clases, resulta hasta surrealista.




 

Involuntario



Llevo una semana de un sueco subido. Por Filmin acabo de ver “Involuntario” (2008), el largometraje que me faltaba de Ruben Östlund, ese director de cine nórdico que capta “cuadros” aparentemente dispersos (aunque poco a poco vemos que van trenzando unas historias) de observación de la vida moderna.
Suelen captar sus escenas -esos “cuadros”- o bien de muy lejos o bien de tan cerca que en ocasiones la acción de lo que oímos queda en off, porque los personajes han franqueado el marco escogido por la cámara, normalmente fijo.
Gente hablando de lugares comunes, banalidades ejecutadas con impresión de cosa excepcional, las acciones de Östlund en este “Involuntario” competen a todas las edades, pues todas ellas cometen sus correspondientes estupideces.
Comparan el cine de Östlund en la sinopsis de Filmin con el de su compatriota Roy Andersson. No tan hieráticos sus protagonistas y aparentemente no tan decantadamente ácido su punto de vista, es verdad que coinciden en su forma de narrar, a base de esos planos fijos en secuencias como cuentas de un rosario y, desde luego, en ofrecernos ambos un diagnóstico bastante demoledor de su sociedad. Que aunque sea la sueca en realidad es muy similar a la de por aquí.





 

martes, 6 de abril de 2021

För hennes skull


Otra comedia romántica sueca de los años 30 del lote colgado en Netflix que he visto con bastante placer, “För hennes skull”, dirigida al principio del cine sonoro (1930, y se notan imprecisiones) por un para mi desconocido Paul Merzbach.
Como en la anterior (aunque ésta es más cercana al vodevil) hay alguna canción y aquí dos o tres numeros de variedades, ambiente en el que se desenvuelve parte de la acción.
Y aunque parezca que vaya a ser una loa del orden moral instituido, no debe olvidarse que quizás no sea así, porque se trata de películas suecas...




 

Servant’s entrance



Hay que escoger bien entre esta segunda avalancha de películas suecas “antiguas” que ha incorporado Netflix, cuyo número y lista completa nadie sabe precisar.
Escojo una comedia, apuesta inmejorable para tiempos de crisis, como 1932, año de “Servant’s entrance” (Gustaf Molander), aunque parece que los productores de cine no crean que esa regla valga para nuestros días. Ahora bien: cuando la “niña bien” prueba su primera casa en la que quiere demostrar que puede hacer de sirvienta y así ganar la apuesta lanzada en su club, las bromas son tan zafias que te dices que no has escogido nada bien.
Por suerte, nuestra payasa protagonista abandona rápidamente esa casa y va a una segunda donde, además de cumplirse a rajatabla todo lo que desde un principio ves venir, la película divierte de lo lindo.
Película de las que buscan (y consiguen) la risa por las situaciones creadas al transgredir las barreras de clase, dos años después Frank Lloyd dirigió una con ese mismo título y argumento, por lo que está claro que ya en ese momento en Estados Unidos andaban al acecho de lo que había por el mundo y podía resultar para el business.




 

domingo, 4 de abril de 2021

Lucky Jo

Esto del sex-appeal ha ido cambiando un montón, desde luego, con el tiempo.

Ahora que veo se reivindican las películas de cine negro francés, como si tuvieran los oídos bien dispuestos para captar los aires del tiempo van y por TV5Monde pasaron ayer (y eso quiere decir que lo volverán a hacer pronto un par de veces más) “Lucky Jo” (aquí “Eddie el gángster), realizada en 1964 nada menos que por Michel Deville, aunque en la época (y ahora, tras verla, no cabe otra posibilidad) se identificaría como “una de Eddie Constantine”.
De Eddie Constantine por su sombrero que no se quita ni para dormir, su presencia y actuación ante las damas y, sobre todo, por varias tandas de bofetadas, unas peleas coreográficas de esas que los aficionados esperaban impacientemente en sus sesiones (con desperfectos en decorado a tutiplén).
Pero también se aprecia a Michel Deville, que convierte la película en una agradable comedia, por muy truculenta ristra de muertos que queden por el camino. Así, se distingue su agilidad en el montaje, con sus famosas transiciones entre planos, cambios bruscos de escenario, etc.
Lucky Jo se gana a pulso entre los cuatro amigos componentes de una banda (que comete espectaculares y siempre fracasados atracos) la fama de gafe. Y está divertido, con su cierto aroma de fatalidad y melancolía, ver cómo va dando cumplida cuenta de ello.
Entre las bromas de la película, no es la menor la que se trae con el señor comisario (Pierre Brasseur) y su bastante tontito hijo (¡Claude Brasseur, el hijo en la vida real del anterior!), en labores de aprendiz de lo mismo.


La plantilla de policías. En el centro, el comisario y su hijo (en la ficción y en la realidad).

Este Fiat-500 y este perro (seguramente una dama) son también bastante protagonistas en la sesión, que retrotraen a las de los programas dobles de los 60.

 

sábado, 3 de abril de 2021

Lagun y la resistencia frente a ETA


De vez en cuando buceo por el fondo de todo de las grabaciones efectuadas en la tele, para rescatar alguna pieza que esté, por el tiempo transcurrido, a punto de desaparecer. Hoy la más antigua, grabada el pasado 5 de octubre, era “Lagun y la resistencia frente a ETA” (Belén Verdugo, 2019). La he empezado a ver... y la he visto en su totalidad.
Va sobre la librería Lagun, pero abarca mucho más. Diversas intervenciones van dando cuenta de las voces que van alzándose paulatinamente en el propio País Vasco contra los atentados de la organización, sobre todo cuando, en 1978, tras la Amnistía, ya sin ni un solo preso de ETA en prisión, ven que los que se creían resistencia contra el franquismo siguen asesinando.
Tímidamente en un principio, enfrentándose a un brutal rechazo social, poco a poco van apareciendo agrupaciones de gente, cada vez más numerosas, que se plantan contra tanta muerte, hasta que ya resultan ser una mayoría social definitiva y en 2011 ETA anuncia por fin su cese de la violencia.
Hay momentos de intensidad en el documental, como esos en que participantes en las manifestaciones silenciosas por la paz que se efectuaban tras cada muerte, relatan la angustia de tener a los contramanifestantes a tres metros, recibiendo de ellos sus gritos, burlas, amenazas (tanto a ellos como a sus familiares) y finalmente lanzamientos de piedras, con la Ertzaina en una esquina sin intervenir.
Creo que es Roberto Lerxundi quien finaliza dando el triste balance final de lo conseguido por ETA durante su largo periodo de actividad: llenar la cárcel y los cementerios.


 

viernes, 2 de abril de 2021

Ganarse la vida

De una pequeña burguesía más que modesta. Madre que fue portera, padre vendedor ambulante, ocho hijos residentes -a tres por habitación, a veces hasta en la misma cama- en el barrio de Estrecho madrileño...

Se llama “Ganarse la vida” y es uno de esos libritos de los Nuevos Cuadernos Anagrama, que se leen en un periquete y dejan, si los escoges bien, con buen cuerpo. Es lo que ha pasado de nuevo, conmigo, con éste.
El subtítulo que David Trueba le puso es el de “Una celebración”, pero también podría haber sido “Un aprendizaje”, refiriéndose al propio de su infancia y juventud.
Me ha parecido todo un homenaje a su numerosa familia inmediata y a ese “dejarle hacer”, porque lo que se desprende de su lectura es que el éxito o el fracaso en ese periodo se debe y es resultado del empeño de cada uno.


 

Mata-Hari: agente H-21

Las transparencias.

Moreau + Trintignan.

Una de las películas que Mk2 Curiosity deja ver gentilmente esta semana es “Mata-Hari, agente H-21” (Jean-Louis Richard, 1964).
Anodina película de programa doble de la época, ciertos detalles me la han hecho visible ahora.
No dejaba de ser un film familiar. Su protagonista estaba encarnado por Jeanne Moreau, en aquel momento casada con Richard. Realizada poco después de “Jules et Jim” (con la que comparte a una Moreau cantando un poquito y me ha parecido que también -a parte de cierto ambiente de época en el vestuario- una explosión de un reportaje sobre la Gran Guerra), François Truffaut colaboró, según los títulos de crédito, en su guión y diálogos, y su mano se aprecia en varias cosas que le dan cierto aire de película de fin de fiesta de amigos de la Nouvelle Vague.
Una de estas cosas es la fugaz aparición de un bastante ido Jean-Pierre Leaud en una fiesta, de una encantadora Marie Dubois o hasta de Charles Denner, pero también, en un papel más consistente, de Claude Rich y Jean-Louis Trigtignant. Y, para rematarlo, la música es de Georges Delerue, resultando quizás lo mejor de la función, aportando un deje de melancolía a los encuentros amorosos.
La otra, quizás la que más he apreciado ahora de la película, en la que apuesto que intervino Truffaut, la preciosa escena de correspondencia que contiene: Él empieza la lectura de la carta que le acaba de escribir y ella continúa su lectura, tras recibirla.
Poca cosa más. Que aparecen unos pintorescos guardias civiles para caracterizar un caserón como de Barcelona y que juro que las transparencias del traje de Mata-Hari en su espectáculo de músic-hall estaban convenientemente cortadas en la copia de su estreno entre nosotros.
La recordaba en color. Influencia, sin duda, del pasquín con el cartel de la película que hicieron en el cine de verano en que la vi, hará ya el horror de más de cincuenta años.


Marie Dubois en su escena.

¿No será aquel de la productora Les Films du Carrosse que solía hacer algún cameo en las películas de Truffaut, ¿no?


 

Los tomates escuchan a Wagner

La mitad de los 33 habitantes del pueblo trabajan en la empresa tomatera, en casi todo el proceso: Investigación y Desarrollo, cosecha, producción, envasado y distribución. Falta la venta.

Todo a mano.

Es griega como las de Angelopoulos, pero aquí acaban las similitudes. “Los tomates escuchan a Wagner” (Marianna Economou, 2019; en Filmin) es una película simpática, extremadamente sencilla, que está claro que llega tras el paso de la apisonadora que planchó Grecia desde el principio de la crisis económica.
Su sencillez no quita para que soplen por ella en algún que otro momento aires filosóficos y los resultados de profundas reflexiones sobre que se puede hacer aquí y ahora (y aquí es un sitio perdido, sin casi habitantes ni esperanza de desarrollo, por el sur de Europa) para sobrevivir en un mundo dirigido por mecanismos desconocidos y lejanos.
Esa pequeña tropa que hace su cosecha y producción artesanal de conservas de tomate investiga cómo hacer para colocar sus productos en un mercado en el que todo resulta mucho más barato que lo que pueden ellos ofrecer para no perder dinero.


El gerente señala los sitios a los que envían la producción.

Poco antes de llegar a esta imagen está la única secuencia que guarda un parentesco real con el cine de Angelopoulos. Como si fueran la troupe de “El viaje de los comediantes” los protagonistas se desplazan, errantes, por la carretera entre campos de tomate.

 

martes, 30 de marzo de 2021

In bloom


No se debe avisar con tan poco tiempo para poder reaccionar, pero vaya. Anoche vi que quedaban dos días para que desapareciera de MUBl “In bloom“ (Nana Ekvtimshvili y Simon Gross, 2013), una película que a mi entender ratifica eso que se dice por ahí del alto nivel general del cine georgiano.
Todo el peso de la película recae en dos chicas adolescentes, cada una de una familia de esas que en las tramas argumentales se llaman desestructuradas, en un sitio como Georgia, aún con problemas de guerra por ciertas zonas.
Pero ese es el fondo de las situaciones de éstas dos chicas con -al menos la más pequeñaja, según confiesa- 14 años. Lo que vemos, ofreciendo aire del que respirar, son las sabias evoluciones de la cámara siguiéndolas por sus casas, colegio, sitios de evasión, dando un retrato vivo, de lo más interesante.
Eso no quiere decir que no se vea cuál es el trasfondo, más allá de la evidencia de una brutal sociedad patriarcal. Ellas y los otros alumnos están en estado de batalla permanente en clase, seguramente reflejo de lo que ha pasado y sigue pasando por todo el país. Todos van a la suya, quizás porque les va la supervivencia en ello. Las peleas en la cola del pan son de antología, y unos militares o paramilitares que con aplomo prosopopeya se las saltan no reciben quejas de nadie de entre una población muy gritona, pero profundamente acobardada. Saben a lo que se arriesgan.
¡Ah! Y hay por el medio una pistola, que tensiona lo suyo.
Sólo quería ver la primera secuencia, a ver qué pinta tenía, pero me quedé clavado ante el monitor hasta el final. Un film sorprendente, para descubrirse el sombrero.


 

lunes, 29 de marzo de 2021

El polvo del tiempo

En Taskent, un día histórico de 1953.

El encuentro clandestino de Spyros y Eleni.

Spyros entra en el mundo de una nueva generación.

Nada termina, todo vuelve aunque esté perdido en “El polvo del tiempo”. Algo así dice el cineasta americano de origen griego (Willem Dafoe) cuando acude a Cinecittà para preparar una de sus películas en el inicio del último largometraje completado en vida (2008) por Theo Angelopoulos.
Para saber de ese polvo del tiempo, las escenas siguientes nos llevan a Taskent, donde acudieron algunos comunistas griegos cuando fracasó en su país la revolución, en uno de los escenarios del film más proclive a ofrecer alguna de las escenas corales típicas del realizador.
Luego es verdad que las escenas saltando del Spyros padre al Spyros hijo, de la Eleni abuela a la Eleni nieta, en uno y otro escenario y momento temporal, se vuelven menos espectaculares y algo confusas. Que se ve a Willem Dafoe entregado y hasta algo pasado de rosca ofreciendo momentos de pasión algo desaforados. Que Bruno Ganz protagoniza alguna que otra acción que sorprende que la ejecute o al menos que no la ejecute hasta en el momento en que lo hace. Pero, al menos para mí, es igual.
Digo que es igual porque, viendo cercana la finalización de las sesiones que durante todo el mes me han ido acercando de nuevo o por primera vez a todos y cada uno de los largometrajes de ficción de Angelopoulos, me empezó a entrar una cierta melancolía.
Surge ese sentimiento tanto al ver a Michel Piccoli y Bruno Ganz (ellos también, como dice uno, “balayés par l’histoire) haciendo un brindis por un siglo XXI que, como sabemos, no podía sino resultarles letal. Pero también por otras causas.
Me conozco y ese sentimiento no es nuevo en mí, pues me ha invadido siempre que he notado que finalizaban las retrospectivas que la Filmoteca ha hecho sobre grandes realizadores y a las que yo he asistido últimamente.
Y es que, como me pasó con Bergman, he ido adquiriendo una cierta familiaridad con las cosas, las manías, los guiños, las reiteraciones de Angelopoulos. Igual que Bergman llamaba Karen a muchos de sus personajes femeninos, encontrando una razón poderosa para ello en que ese era el nombre de su madre, resulta que el padre de Angelopoulos se llamaba Spyros, y eso seguramente aclara el por qué suele otorgar al patriarca del clan ese nombre, algo que, desde luego, te lo hace más próximo.
En este “El polvo del tiempo” vuelve a aparecer el nombre de Spyros, pero también muchas otras cosas que son ya, después de este mes de marzo, casi de la familia. Aparecen y se hacen centrales unos personajes en migración continua, refugiados. Se nombra a unos pilotos que van a arreglar algo y te sonríes al oír que, naturalmente, llevaban, como figurantes similares en sus últimas películas, una capucha amarilla. Spyros va a parar (como el protagonista de “Eleni”) a Astoria - Nueva York. Se ve un cementerio de estatuas de Stalin, como había aparecido en un momento significativo de “La mirada de Ulises” la de Lenin. Salen profusión de vías antiguas. Cruzamos varias fronteras en un penoso viaje (en Berlín, el cineasta pasa junto al cartel de “The long way home”) y alguna con espesa niebla, como las innumerables de films previos. Algún que otro personaje, enfrentado a los que sabe serán sus últimos días, se enfrenta directamente a la muerte. El personaje femenino, como en otras películas del ciclo, se llama Eleni, lo que añade, a su resonancia clásica, la representatividad de toda Grecia, y basta contemplar la última escena, algo esperanzador así se observa bien, para entender eso.
No es en absoluto “El polvo del mundo” -la más internacional de las películas de Angelopoulos, hablada en su mayor parte en un inglés que, al no ser el idioma materno de varios de sus principales personajes, te los aleja automáticamente- una de sus grandes películas, pero, en cualquier caso, por alguna escena aislada, deja entrever que podía seguir haciendo cine y que aún le era posible -¿por qué no?- lograr nuevos aciertos. Ya no podrá ser.


En Taskent un órgano anterior a la revolución se descubre que funciona extraordinariamente, ofreciendo una música angelical.

El reencuentro de tres buenos amigos y algo más.

Irene Jacob, a quien anoche -ya es casualidad- volví a ver en un film de 2019.