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| Como siempre en Pialat, recogiendo una comida hace mucho iniciada, ya casi por su final. |
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| El rodaje del personaje de Pialat por Marsella y la Camarga nos traslada unas magníficas escenas documentales. |
Jesús Franco no gana para desengaños en “El extraño viaje” desde la muerte de sus padres. Invoca al tiempo pasado continuamente: “¡Con lo buenas que estaban las peras del huerto de papá!” ¿Cuáles podrían ser esas riquísimas peras del huerto de papá, a conservar en la memoria? Aquí –Cine- se intenta recopilar y dejar visibles las impresiones a vuelapluma, en general sin documentación ni análisis previos, de la reciente visión de alguna película que me haya causado buenas vibraciones.
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| Como siempre en Pialat, recogiendo una comida hace mucho iniciada, ya casi por su final. |
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| El rodaje del personaje de Pialat por Marsella y la Camarga nos traslada unas magníficas escenas documentales. |
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| Susana López Corcuera, una de las protagonistas de la sesión. |
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| Sergi Garriga, a la vez uno de los protagonistas y colaborador de Victoria Bermejo. |
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| Las literas de un youth hostel, inesperado escenario de vida. |
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| Victoria Bermejo, en una foto extraída de internet, creo que de Ana Portnoy. |
Esta escena me atacó muy recientemente y localizó mi fibra sensible en un flanco inusitado, porque lo creo tener, en general, bastante bien defendido.
Estaba viendo Playtime (Jacques Tati, 1967) en el cine, en copia gloriosamente restaurada. Ya ha pasado de todo en la inauguración del Royal Garden, un restaurante con ganas de sorprender por su elegante modernidad y que, curiosamente, recuerda mucho a los que han surgido desde entonces cerca de nuestras casas. Con su decoración hecha trizas por continuos desajustes entre lo pensado para su diseño y su respuesta ante la realidad, los músicos de la orquesta se han ido a casa porque han llegado al límite de lo soportable. Una chica americana acede entonces a tocar el piano, y de los ritmos africanos bailados frenéticamente por los comensales se pasa a una preciosa y calmada pieza. Una señora francesa se acerca a felicitarla. Le comenta que hace mucho tiempo era una buena cantante, y se pone a interpretar una antigua cancioncilla. Hemos llegado al momento.
La canción es À París autrefois, y habla de eso, de la ciudad que vivió en otro tiempo, de unos acordeones, no entendí mucho más. Momento de calma entre la vorágine y el caos, no es que la gente que llena el restaurante, ni siquiera el espectador, haga un mínimo caso a la cantante y a su canción, que se pierde entre el general follón que lo domina todo. Pero en esta ocasión la canción ha sabido encontrar su camino, al menos conmigo. Un camino allanado por la visión previa del París de toda la vida que hace a Mr. Hulot salir a una terraza exterior del moderno y frío edificio de aluminio y vidrio, idéntico a los de otras ciudades de todo el mundo. O por aquel destartalado kiosco de flores que fotografía esa misma americana que toca el piano, turista atípica, que siempre se aparta de su grupo atraída por pequeños detalles que humanizan el entorno. Allanado por lo que fue y se resiste a desaparecer.
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| Pablo Sancho (Federació Catalana Cineclubs), Francisco Vargas (ICEC) y Esteve Riambau (Filmoteca). |
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| Dos mapas (el de la distribución de cine-clubs y salas que, combinados, ofrecerían uno que sólo dejaría a dos o tres comarcas catalanas sin posible distribución de cine de calidad, en VOS. |
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| Esteve Riambau explicando a la Asamblea de Cine-clubs el proyecto. |
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| Y parte de la platea del Patronat, en la que la Asamblea recibió muy satisfecha la propuesta. |
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| Isabelle Hubbert con su marido. |
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| Isabelle Huppert con su madre (Edith Scob) |
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| Con su marido y una poularda. |
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| Con sus hijos |
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| Y ella sola. |
El protagonista de la película va de la casa de una familia de acogida a la de otra familia que lo acoge a continuación. Es nervioso, solitario, algo gamberro, salvaje y pendenciero. Capaz de actos de la máxima crueldad (y si no, que se lo digan al gato negro de su hermana de adopción) junto a otros actos enternecedores, como el regalo de ese pañuelo al despedirse de la madre que no ha podido aguantarlo y le devuelve a la institución que se lo había encomendado. Es François, el “niño difícil” de L’enfance nue (Maurice Pialat, 1968). Cuando ves que el pañuelo que ha comprado con su dinero se lo entrega a ella, se te empiezan a humedecer los ojos.
Maurice Pialat lo muestra todo de la forma más sobria posible, sin refocilarse nunca, sin mantener el plano, por ejemplo, en los detalles más melodramáticos. Simplemente su cámara está ahí, y registra a los personajes (esos maravillosos actores no profesionales, que vete a saber de dónde sacó) con discreción.
Más adelante, François va a caer temporalmente con una pareja encantadora, ya de edad, que vive con la madre de ella (un personaje extraordinario) y que tiene acogidos a otro niño mayor bastante raro y a una niña más pequeña. Tras ese impagable banquete de boda familiar con canciones y bailes de todo el vecindario llega otra gamberrada, ésta de grueso calibre. La pareja de ancianos explica al responsable de la Asociación: “Y en cambio tiene buen corazón. Mira cómo lloró cuando murió la abuela. Echo en falta a mi madre vieja, decía llorando después, ¿te acuerdas? Rompía el corazón oírle cosas como esa. Él es duro, pero tiene corazón. No hay quien lo entienda.”
Cada vez que veo la película me gusta y emociona más.