lunes, 13 de julio de 2020

Los dos primeros largometrajes de Michelangelo Frammartino



En este fotograma aparecen, diría yo, casi todos los protagonistas y figurantes de “Le quatro volte”. Solo falta un enorme árbol.

La cabrita recién nacida, justo acabado de morir el pastor.

Pues gracias al impulso de José Luis Márquez y Miguel Martin, he conocido el cine de Michelangelo Frammartino, y la verdad es que me ha supuesto todo un descubrimiento.
Al principio de “El regalo”, un anciano acarrea un cubo con agua y realmente se ve está lleno de agua, no como pasa en tantas películas que, para aligerar la carga de tal o cual actor, se distingue perfectamente que la maleta danzarina que llevan no contiene ni un gramo de carga.
Sirva el detalle anterior para decir que los dos largometrajes que lleva realizados, rodados ambos en Calabria (Filmaffinity dice que la primera en el pueblo de Caulonia, y me ha parecido reconocer la misma iglesia en “Le quattro volte”, aunque suene extraño, porque representa un pueblo mucho más pequeño), son un prodigio en cuanto al cuidado con el que están hechos para captar la realidad de una vida rural que se apaga, con todos sus detalles.
Esa visión de una vida rural que, pese a todo, como está muy interiorizada por sus habitantes, sobrevive y, sobre todo, los detalles de humor (la pelota que cae por las empinadas calles del pueblo o ese artilugio -móvil- sonando) de “Il dono”, me han recordado sobremanera a “Los motivos de Berta”, que yo diría que en buena parte tenía unas intenciones parecidas.
En “Le quattro volte” muere el pastor y a continuación vemos cómo una cabra pare, dando un sentido de naturalidad y continuidad imparable de las cosas que es el que se desprende del film. Del chivo resultante y su emocionante aventura posterior pasamos al proceso seguido por un gran árbol de la vecindad que se acerca al pueblo y luego vemos que forma parte de un ciclo completo.
Hay que estar atentos para ir captando, impregnándose de lo que las dos películas ofrecen, pero no hacen falta subtítulos: apenas si se oye un diálogo circunstancial, deducible de forma inmediata.
Un nombre actual que me apunto en redondilla en la libreta. Hacía tiempo que no me pasaba. Y me han entrado ganas, cuando se pueda, de recorrer un poco la Calabria.
“El regalo”, el largometraje anterior.

El pueblo de “El regalo”

domingo, 12 de julio de 2020

El secreto de Vigo


Vidriera de Chartres, con sus azules de inexplicable origen.

El secreto del azul de las vidrieras de Charles. Es a lo que compara Henri Langlois el secreto perdido de Jean Vigo, perdido porque se lo llevó a la tumba cuando aún no tenía treinta años.

A propósito de “Taris” (1931), para definir a Jean Vigo y su forma de hacer cine, Henri Langlois habla de surrealismo, pero en el sentido de ofrecer una imagen (en un film que cumple todos los requisitos de un documental sobre el rey de la natación del momento) más fuerte que la realidad.

Taris

Un alquimista, que transformaba la materia en otra mucho más valiosa. Así describe a Vigo. De esta forma se entiende su poder con las músicas de sus films, indisociablemente integradas en su misma materia.

Zéro de conduite

Habla bastante de la traición que sufrió con su “L’Atalante” (1934) por parte de toda esa gente de la gran industria del cine, que nunca entiende nada. Un pase en el sitio equivocado y apareció “Le chaland qui passe”, el producto de una total mutilación que no pudo revertirse hasta muchos años después. Me ha gustado cuando Langlois, un auténtico pico de oro, ha explicado que en su día encontró muchos rollos descartados de la película con escenas maravillosas, pero entendió que el propio Vigo las podía haber descartado, en su afán de lograr un film sencillo, que pasase sin aspavientos, sin filigrana alguna.

El milagro perdido del cine de Jean Vigo, concluye Langlois , es él mismo, un poeta integral.
L’Atalante, cerrando su filmografía con una obra que, de tan mutilada, estuvo a punto de no existir: como si Griffith hubiera muerto sin dar a conocer su “Él nacimiento de una nación”, intenta explicar la catástrofe que fue durante un tiempo el no tener una versión en condiciones de ese maravilloso film.


Todo esto y más en el capítulo 19 de “Parlons cinema”, uno de los colgados anoche por la Cinematheque en su página Henri.

sábado, 11 de julio de 2020

Cindy: the doll is mine




Los partidarios de Bertrand Bonello (que los hay, y muy devotos) verán con interés, si no lo conocen, este cortometraje de catorce minutos que realizó en 2005, “Cindy: the doll is mine”.
Asía Argento, fotógrafa, en tensión con Asía Argento, modelo caracterizando a Cindy Sherman, en una sesión fotográfica.
Aquí su enlace:

Aubervilliers


Así se inicia “Aubervilliers”, con una barcaza de las que recorrían el Sena.
Su paso por cerca de Notre Dame
Y su derivación por canales hacia Aubervilliers.

Jacques Prévert dedica estos versos a los “Gentils enfants d'Aubervilliers”:
Le triste monde d'Aubervilliers
Où sans cesse vos pères et mères
Ont toujours travaillé
Pour échapper à la misère
A la misère d'Aubervilliers
A la misère du monde entier
Gentils enfants d'Aubervilliers
Gentils enfants des prolétaires
Gentils enfants de la misère
Pour vous le bord de la mer
c'est la poussière d'Aubervilliers
et vous jetez sur le pavé
les pauvres dés de la misère


Zambullidas de los niños del lugar en el canal.
Y sus juegos por las instalaciones industriales. Por ahí estaba la Saint-Gobain.


Viviendas hechas fosfatina.

He descubierto por Youtube este precioso cortometraje de Eli Lotar (el colaborador de Buñuel en Tierra sin pan), comentarios de Jacques Prévert y música de Joseph Kosma (“Las hojas muertas”), con un par de canciones y, entre ellas, ésta, que acabas tarareando. No lo conocía, por lo que uno se anima pensando que aún tiene muchas maravillas por descubrir.


Una niña llevando agua de la fuente a su casa.
Y este anciano recoge agua del charco para regar las plantas que rodean la barraca donde vive.



Rodado justo acabada la guerra en el industrial y entonces pobre suburbio de Paris que le da nombre, me he entretenido haciendo durante su visión unas cuantos pantallazos, que pueden dar idea de su calidad visual.


Limpiando granos de arroz.

Hotel alto standing.


Pero hay que verlo -y escucharlo- entero. Garantizo no salir defraudado. Acaba con una visión esperanzada sobre el fin de la miseria en el mundo. Un sentido profético de la gente de izquierdas de entonces, como Lotar, Prevert y Kosma que, vista la situación del planeta setenta y cinco años después, no parece muy afinado.
Y una familia contemplando ese futuro en el que, decían en el cortometraje, iba a desaparecer la miseria del mundo.

El enlace:



viernes, 10 de julio de 2020

Las cinephilas



Me ha hecho gracia ver “Las cinephilas” (María Álvarez, 2017), que está en Filmin hasta el 17 de julio por formar parte de un festival que ignoraba existiese, “La gran pantalla. Festival Internacional de cine de las personas mayores (¡ese horrible eufemismo!) de Barcelona”.
Se trata de un documental que sigue a unas cuantas señoras que viven solas en Buenos Aires, Montevideo y Madrid, su vida pivotando sobre el cine que pueden ver en filmotecas o festivales.
Así, vemos a una que organiza su estancia en el Festival del Mar del Plata, confeccionando previamente, programa en mano, su parrilla de películas a visionar. A otra que explica cómo preparó esmeradamente su viaje a Brooklyn, por ejemplo, marcando en un mapa las localizaciones de tal o cual film, que quería recorrer. A quien confiesa sentirse estafada cuando en un film se muestra una continuidad imposible entre dos calles que conoce.
Se trata de personas que la vida ha conducido a la soledad y, aunque una confiesa que acude a la Filmoteca porque es un sitio en el que se está calentito, en general son mujeres con personalidad acusada (esa presumida mujer que dice escogió su peluquería por la estética que ofrecía el local), que muestran reflexiones elaboradas (como las de esa que se indigna cuando le dicen que el cine es un refugio, al que poder escapar)
A nadie se le escapa que, detrás de estos retratos en general bastante jocosos, la película, de forma evidente a la que avanza el metraje, tiene la voluntad de evidenciar situaciones de marcada soledad, con el paso del tiempo siempre presente.
“La vieja dama indigna”, aquella hermosa película de René Allio, recomienda una de las protagonistas...

Avoir vingt ans dans les Aurès



Van cayendo en el saco todas las películas míticas, pues por arte de coronavirus se han dejado ver últimamente. Es el caso de “Avoir vingt ans dans les Aurès” (René Vautier, 1972), una de las películas que hacían daño a un sistema que prefería dejar enterradas visiones tan críticas como ésta sobre la guerra de Argelia. La colgó ayer la Cinematheque Française y podrá verse en su plataforma Henri hasta el próximo día 15.
En primer lugar nos encontramos ante un largometraje de ficción de un cineasta francés conocido sobre todo como documentalista y considerado el padre del cine independiente argelino.
Para hacer la película Vautier se documentó entrevistando a centenares de excombatientes de la guerra de Argelia y, con esos testimonios en su poder, elaboró esta dura historia, que pasa a engrosar la no muy larga lista de largometrajes que la denuncian de forma amarga, como es amargo -después de su más hermosa escena- el final del film.
Un comando dirigido por el teniente Perrin (Philippe Léotard), compuesto de insumisos, se adentra por una zona montañosa de Argelia cercana a Túnez y tiene enfrentamientos con pequeños grupos del FLN. Pero el enfrentamiento mayor, siendo como son pacifistas, es entre lo que deben hacer y su forma de pensar. Premio de la prensa en el festival de Cannes, fue denostado y apartado de una correcta distribución, siendo veinte años después cuando resurgió y se exhibió con profusión como ejemplo de cine profundamente anticolonialista y anti bélico.

miércoles, 8 de julio de 2020

Histoire de vent


Joris Ivens, ojos fatigados, esperando la llegada del viento.

Joris a Ivens muere en 1989. Pero antes, en 1987/1988, a sus 90 años, busca un final poético para su carrera. Hace con Marceline Loridan un nuevo viaje a China para, cómo había ocurrido ya en otras ocasiones, rodar un film, "Histoire de vent".

Un niño holandés que ha construido un avión para elevarse con él y que el viento le lleve hasta la China.
El ruido cortante y la imagen fugaz de unas aspas de molino cruzando por la pantalla. No es El Quijote, es Holanda. Vemos la imagen típica de un molino de viento ya al completo y, ahí cerca, un niño, que no puede ser otro que el propio Joris Ivens, que ha construido un avión para ir volando, llevado por el viento, a la China.
Danza con un viejo maestro.
A continuación vemos a Ivens anciano, ojos cansados, asmático (en una escena se insuflará una dosis de Ventolin), sentado en una silla que han anclado para él en las dunas de un desierto de arena. Él y su equipo, los micrófonos preparados, esperan la irrupción de los vientos de todo el mundo.

Saliendo de la luna de Melies. Al final de su carrera, el seguidor de los Lumiere (aunque sería mejor especificar que de Flaherty), une las supuestas dos líneas del cine, que son en realidad una sola.


La China que rueda es muy diferente a la de sus previos documentales. Ya no se trata de testimoniar los eventuales avances o dificultades de su sociedad. Es una China más íntima, más espiritual. El film es una aproximación, onírica por momentos (alguno de ellas, todo sea dicho, no de mi devoción), no solo a la China con la que se encuentra, varada sin viento, sino a todo el recorrido efectuado por su cine, desde su primer documental, a través del siglo, con el viento como protagonista.
Esperando captar los vientos del mundo.

En el decorado múltiple, empieza el discurso político a las masas... hasta que el enchufe del micrófono es separado de la corriente.

Ivens en una coreografía con los guerreros.

Nos ofrece también, entre otras, la imagen testimonial de un gigante al final de su vida, llevado por unos porteadores en su silla a través de los miles y miles de escalones que conducen al santuario de la montaña, o bien subiendo él, solitario, con su bastón, por la duna.
En dos momentos amplía ese ejercicio de arrasar con el viento todo lo defendido por él anteriormente, enfocando específicamente sus cámaras a la China que también cree debiera barrerse con el viento. En una secuencia con un decorado múltiple, en el que tienen lugar varías acciones simultáneas, cuando el dirigente político empieza a dirigirse a las masas, le desenchufan su micrófono. En otra, Marceline Loridan y el mismo Joris Ivens, desesperados por el sin sentido y la consecuente paralización, entablan una pesada negociación con unos impertérritos burócratas que les limitan tiempo y sitios de rodaje.

En su silla, a 30 grados centígrados, esperando la llegada del viento.

Para el final de su carrera se ha reservado la mayor libertad de acción. Hasta emprende una coreografía con el famoso ejército de guerreros chinos. Finalmente (espoiler), surge el potente viento, para felicidad del viejo león. Un viento que se lo lleva todo consigo.
Que, quizás con la ayuda de los ventiladores de una encantadora, aparece.

martes, 7 de julio de 2020

Don’t blink: Robert Frank


Robert Frank, en el documental.

Mejor gente que paisajes, que se vean bien los ojos, la cara,...
Estos son los sencillos consejos que hacía el fotógrafo y cineasta Robert Frank en “Don’t blink: Robert Frank” (“Robert Frank. La mirada de America”, 2015, Laura Israel . En Filmin). Un documental que lo recoge activo pero ya mayor en su viejo estudio, removiendo montañas de materiales de todo tipo, como pasaba también con Saúl Leiter o Elliott Erwitt en otros dos recientes y también sumamente interesantes documentales.

El libro de fotografías que le hizo famoso.

Frank, fallecido el septiembre pasado, habla en el documental de sus iniciales viajes por Estados Unidos (que dieron lugar a un libro de fotografías tan influyente como “The americans”), rememora sus films con los de la generación perdida y otros posteriores con sus numerosos y muy especiales amigos, siempre con personajes de una Norteamérica que, inquieta, no se conforma y busca. Como él mismo con sus fotografías y films. En este sentido, dos detalles: su elogio a Godard y a sus experimentaciones, que puede revertirse hacia él mismo fácilmente, pues hay cosas que guardan un cierto paralelismo entre los dos, y la pregunta de un espectador tras la proyección de uno de sus films, queriendo saber por qué tiene éste un aspecto “tan esquizofrénico”.

Uno de sus films con los de la beat generation.

Un trozo de su “Candie mountain” que aparece en el documental.

Es continua su presencia y la de sus films y fotos en el documental, ofreciéndonos un personaje que da muestras abundantes de buen humor y, también, ciertos momentos emocionantes, como el trozo que aparece comentado por él de su “In memory of Andrea”, dedicado a su joven hija, desaparecida en un accidente.
Creo que la chica de abajo a la derecha es su hija Andrea, fallecida en accidente poco después.

lunes, 6 de julio de 2020

Conversation avec Henri Langlois



Magnífica esa reivindicación de los “malos alumnos”.
Dije que miraría las otras piezas sobre Henri Langlois que ha colgado la Cinematheque Française en su página Henri. “Conversation avec Henri Langlois” (Pierre André Boutang, 1975) le hace hablar sobre la historia del cine en el museo que montó en el Palais Chaillot.
Expone su teoría sobre cómo fueron evolucionando dos grupos de “analfabetos”, los que se dedicaron al cine y su público. Confirma que las ideas expuestas en el documental de Fischbach eran cosas que tenía muy rumiadas y las había hecho muy propias. Pero, sobre todo, me ha interesado una de las ideas que expuso, siempre relativa a la historia del cine, pero aplicable -como él se encarga también de demostrarlo- a la pintura, la literatura, todo.
Esa idea es la de la necesidad de los “malos alumnos” para hacer evolucionar el cine. Un “mal alumno” es el que lo revoluciona todo. Desengaña a Boutang: no existen hoy ya los malos alumnos. Hubo una época en la que el cine estaba lleno de ellos pero acabó, digamos, en 1934. Hoy todos (pone el ejemplo de Hollywood) los buscan desesperadamente, porque saben que son los que lo van a salvar y atraer a la gente en el futuro, pero con todo lo que hacen para atraerlos (escuelas de cine, academias, premios,...) no hacen más que reducirlos a la condición de buenos alumnos y evitar que aparezcan y alcancen ese castillo rodeado de sucesivas murallas para defenderlo.
Rembrandt -continúa- era un buen alumno. Se enriqueció y se hizo millonario pero entonces, de repente, aparecía el mal alumno que llevaba dentro. Pintaba un cuadro que revolucionaba la pintura y ese cuadro no había forma de que lo vendiera, se arruinaba, llevaba a su familia a la miseria. Es ahora cuando ese cuadro se vende por cifras astronómicas y lo tienen los bancos, los grandes museos.
Godard (obsérvese la fecha en que se hizo la entrevista filmada) era uno de esos escasos alumnos que hicieron cambiar todo, pero entonces no tiene cabida y no puede hacer cine. Ahora (1975), con sus videogramas, en su laboratorio personal, alejado de todo, es cuando quizás esté creando el cine del futuro.
Después de verlo me ha estado rodando por la cabeza lo que explicó en una ocasión Jordi Balló respecto a Pasolini, un “analfabeto” cinematográfico pero con pasión e ideas que, para rodar su primer largometraje, colocó a otro novato e inexperimentado, Bertolucci, como su asistente de dirección. Todo lo contrario de lo que hace la ESCAC con las prácticas de sus alumnos: le ponen de asistente a un veterano, con lo que ya está vedada cualquier aportación de aire fresco, cine del mañana.

domingo, 5 de julio de 2020

Langlois en Parlons cinéma



De Sica es cristiano, sufre por los otros. Rossellini, en cambio, sufre por sí mismo.
Es fantástica la coincidencia en una misma fecha -1917- entre la revolución del lenguaje cinematográfico que produjo Griffith y la revolución soviética.
Vertov es el hombre que ha visto, Eisenstein el que ha podido.
Godard (habla de la época en que, al margen del cine comercial, firmaba sus films con Gorin o Mielville) no está fuera del sistema: él es el sistema.
Antes de Griffith, el cine era una superficie plana, con el movimiento pasando de un extremo al otro de esa superficie. Griffith fue la llegada del relieve.
“El gabinete del Dr. Caligari” fue el producto de una cinematografia retrasada con respecto a las demás una quincena de años.
Todo esto está extraído de los trece capítulos de “Parlons cinema”, según parece unos programas en los que, en 1976, Harry Fischbach entrevista (sin dar pie con bola, por cierto) a Henri Langlois para la TVOntario.
Exhibiendo su gruesa humanidad, da gusto ver cómo Langlois desgrana sus apasionadas opiniones, detectar su gusto baziniano por todos aquellos cineastas que captan y hacen ver, de forma fascinante, la realidad.
En Henri hay más documentos sobre Langlois, que decididamente habrá que ver. Éstos tienen el inconveniente de que están en francés a palo seco, sin subtítulos. Por suerte, él me ha dado la impresión (sobre todo en el primer bloque, que es el que me ha parecido mejor) de que se hace entender muy bien. He aquí sus enlaces:

Algérie. année Zéro


El documental se abre con una panorámica aérea sobre la capital argelina, que gustará a los que conozcan la ciudad, entonces de una belleza extraordinaria.

Marceline Loridan y Jean-Pierre Sergent, muchos años más tarde.

El otro día daba cuenta por aquí de la existencia de un documental dedicado a Marceline Loridan, realizado el mismo año de su muerte. En él se hablaba de ese encuentro que tuvo antes del decisivo con Joris Ivens y después del que representó, con Morin y Rouch, “Chronique d’un été”. Fue con Jean-Pierre Sergent, con el que realizó “Algérie, année zéro”
Realizado en 1962, recién acabada la guerra y obtenida la independencia por parte del Frente de Liberación de Argelia, es ese un mediometraje casi no visto, pues fue prohibido inmediatamente tanto por las autoridades francesas como por las argelinas. Es interesante lo que explica Marceline Loridan tanto en el documental mencionado al principio como en la entrevista destacada en la web Henri de la Cinemateca francesa, que ofrece la visión del mediometraje hasta el 11 de julio (enlace abajo).
Loridan reconoce que fue al país liberado con un espirito revolucionario, entusiasmada por las medidas que se iban a tomar para olvidar la etapa superada y cambiar un montón de cosas. Tanto el título del mediometraje como su montaje y narración responde a esta orgullosa voluntad de envalentonar a la población en la reconstrucción de un país hundido social y económicamente por la guerra.
Pero, y que lo diga pasados los años la honraba, vio cosas que, voluntariamente, apartó del montaje definitivo, para no ofrecer sombras sobre el proceso. Por un lado, linchamientos de personas del bando de los vencidos. Por otro lado, que no todos los del bando vencedor tenían las mismas ideas sobre cómo efectuar la reconstrucción y planificar una nueva sociedad. Pronto, las voces discrepantes, como ella hizo para no oscurecer la línea que creía buena y revolucionaria, se acallaron, hasta violentamente.
En el documental es muy autocrítica: Fui a Argelia sin conocer nada del país e hice el documental que creía debía hacer, siguiendo lo que quería mostrar, sin pararme a reconocer y darme cuenta de lo que el país me enseñaba.
El enlace (hasta el sábado 11 de julio a las 20h30:

sábado, 4 de julio de 2020

Yi-Yi






Reencuentro personal con la Filmoteca (un mal asunto ese de lidiar con lo de evitar un contagio) y con el “Yi-Yi” (Eduard Yang, 2000), que tan buenas sensaciones me había dejado.
La primera escena es de una boda que podría haber estado filmada por Robert Altman en su mejor época. El alcohol, las precipitaciones de un encuentro como ese te deja la cabeza con una buena confusión respecto a qué personajes se llevan el pato de la sesión, además de la eterna cuestión de quién es quién, para un servidor siempre difícil: ahí más. Pero luego el foco se va cerrando sobre una familia, y casi sobre su segmento más nuclear.
Eduard Yang sólo estrenó por aquí esta película, que cerraba su corta filmografía. Jean-Michel Fodron, que ha escrito un libro sobre el realizador, la señala como una de sus dos obras maestras, siendo la otra “A Brighter Summer Day” (1991), una recreación de su juventud. ¡Qué buena idea para un ciclo en la Filmoteca, o por lo menos qué bien estaría traer esa otra joya aquí desconocida...
He visto poco cine oriental. Pero, viendo de nuevo “Yi-Yi”, pensaba que quizás solo Hong-Sang-soo había llegado luego tan lejos, en ese cine, captando y mostrando la intimidad de unos personajes, más allá de sus relaciones con los demás, siempre difíciles.