sábado, 21 de diciembre de 2019

Maestro


La ventaja que tiene eso de grabar alguna película de la tele por alguna razón anecdótica es que te puedes llevar alguna sorpresa inesperada.
Ésta -“Maestro”, Léa Fazer, 2014, TV5Monde- la grabé por tener como uno de sus actores al gran Michael Lonsdale, años después de sus películas más conocidas.
Pensaba dejarla al poco rato, esperando a ver sólo cómo aparecía Lonsdale y qué aspecto tenía en 2014, sin dar tiempo a entristecerme comprobando qué papel había aceptado como actor en una comedia francesa al uso. Pero, por suerte, Michael Lonsdale aparece en la película muy pronto y está genial en su papel, del principio al final.
Lo más curioso es que hace de realizador (marginal) de culto, que se dispone a hacer una película con un presupuesto ínfimo, todo dentro de una parodia que en seguida ves apunta a Eric Rohmer... hasta que los diálogos te lo confirman desvelando los nombres de dos de los personajes del supuesto film que ruedan: Astrea y Celadon.
Más curioso aún es que, sí bien siguiendo las pautas de la comedia romántica más insulsa y convencional, no sólo el personaje de Lonsdale se desmarca de ese carácter. De tanto en tanto alguna secuencia con imágenes del sitio de rodaje, algún diálogo literario, también lo hace.
En los típicos letreros del final te explican que no se trata de ninguna parodia escondida sobre Rohmer o cineastas similares. Que Rohmer utilizó como actor en su último film a un joven actor, Jocelyn Quivrin, amante de los videojuegos y de un tipo de cine diametralmente opuesto. Este actor, que trabajó con la realizadora de este “Maestro”, escribió, con ánimo de realizarlo él mismo, un guión cómico sobre su encuentro para el rodaje y sobre anécdotas del rodaje mismo con Rohmer, pero murió en un accidente poco después. Léa Fazer retomó entonces ese guión, haciéndolo menos cómico que lo que era (ahí no sé si acertó...) y lo llevó a cine ella misma.
Podrían recuperarse sus escenas con Lonsdale, alguna del rodaje como aquella en la que el técnico de sonido graba con la percha el viento soplando entre las ramas de los árboles y alguna cita y entonces hasta podría verse con mucho agrado.

viernes, 20 de diciembre de 2019

Novela y cine negro en ambiente ferroviario


Alguna cosa ya la había visto en alguna de sus otras conferencias a las que ido acudiendo, pero el trayecto es siempre, para los aficionados a los trenes, agradable.
Ayer Jordi Font-Agustí debía ofrecer uno de los últimos actos culturales previo el cerrojazo que para estas cosas suponen las fiestas navideñas. En la sede de los ingenieros hablaba de novela negra y del cine negro con ambiente ferroviario.

Hizo un repaso más o menos cronológico, aparecieron las cinco adaptaciones de “La bestia humana” de Zola, los Hitchcock y Patricia Highsmith, las cuatro novelas ferroviarias de Ágata Christie y sus inacabables versiones cinematográficas, el Tren Azul que llevaba a sus aristocráticos pasajeros hasta el Mediterraneo... y todo lo que tuviera que aparecer.
Cómo era una sesión para un grupo bastante frikie, aficionado hasta el delirio a la cosa ferroviaria, se entretuvieron hablando de algún que otro detalle técnico, salieron bastantes nombres rarísimos -con muchos números- de locomotoras y se divirtieron de lo lindo con los fallos de representación que ofrecían las escenas de películas que pasó.

Pero también hubo ocasión para una visión a vuelapluma como la nuestra, picoteando un poco por aquí y otro poco por allá, y captando la idea de que, al menos en lo que a novela y cine negro se refiere -otro caso sería el cercano mundo de los espías-, no se ha seguido la evolución de la técnica hasta nuestros días. De hacerse algo -muy poco- con este tema, suele enfocarse en el revival nostálgico, con el tren de vapor en la mayor parte de los casos.

jueves, 19 de diciembre de 2019

Alfonso Levy


¿Quién es Alfonso Levy? Él se define, escuetamente, como filólogo. También, para asombrar, como alguien a quien le gusta hacer colas en los cines. Posiblemente haya quien lo recuerde de programas de debate de televisión y radio (con Manuel Delgado en el programa de Julia Otero, por ejemplo) o de programas radiofónicos de madrugada presentando y recomendando libros. Yo lo conocí como poeta, en una mesa redonda, presentando el libro de poemas de una amiga común. Poco después coincidimos en la Filmoteca y salimos de una sesión hablando de cine y, como no podía ser de otra forma, hablando de François Truffaut, uno de sus máximos referentes. Los largos, casi interminables paseos saliendo de la Filmoteca y hablando de cine se han reproducido muchas veces desde entonces.
Para la exposición “Cineclubisme: el públic s’organitza”, que puede verse en la Filmoteca hasta el 12 de enero, hicimos entrevistas a una serie de personas relacionadas con los cine-clubs. Unas cuantas de esas entrevistas aportan una serie de datos que creo de gran interés sobre el tema. Me siento especialmente orgulloso de haber logrado (bueno: no es que opusiera ninguna resistencia, al contrario, todo facilidades) que Alfonso Levy se dejase entrevistar para esa serie.
No es que Alfonso ofrezca en sus declaraciones datos relevantes. Es más: cuando en dos o tres ocasiones da algún dato concreto, me temo que la memoria le juega una mala pasada y sospecho que es erróneo. Pero es que su entrevista tiene un valor a mi entender grande no por los datos que ofrece, sino por lo bien que ha sabido explicar las sensaciones que el cineclubismo ha trasmitido a todos aquellos que lo han practicado en su juventud, en esa época de la vida en que uno es como una esponja, absorbiendo todo lo que le rodea que juzga de interés.
Es la entrevista más larga efectuada para la ocasión. El enlace da pie a verla y escucharla completa: sólo están suprimidas mis preguntas. Dura 32 minutos, pero si alguien quiere oír hablar de los cine-clubs, del cine, como instrumento de iniciación, ésta es su entrevista. No creo que nadie más pueda ofrecer lo que él ofrece en ella.
En la foto: Alfonso Levy un día, a la salida de la Filmoteca. Y aquí abajo, el enlace a la entrevista, recién bajada al canal de YouTube de la Federació Catalana de Cineclubs. A disfrutarla.

martes, 17 de diciembre de 2019

Entrevista a Juan Manuel García Ferrer sobre cineclubismo

José Antonio Pérez Guevara lleva unos buenos años poniendo su camarita delante de todo director de cine o similar que se pusiera a su alcance. Ha ido formando así una colección de declaraciones que es un valioso documento sobre el cine de última hornada de por aquí.
Todo iba bien, pues, hasta que recientemente ha introducido un intruso que no se sabe muy bien que hace ahí, en medio de su colección de entrevistas. Para más INRI, la entrevista multiplica por tres la duración habitual de sus piezas: supera en unos minutos la hora de cháchara.
Todo sea para que, al menos, alguien sepa de la exposición que sobre el cineclubismo puede verse hasta el 12 de enero en la sala de ídem de la Filmoteca las tardes en que hay sesión y se decida a ir a curiosearla un poco.
En la foto, el día de la inauguración de la exposición, rodeado de Tariq Porter y Esteve Riambau.
En el enlace de abajo, los casi 66 minutos de entrevista. Que sea leve para el pobre que se adentre por ahí:

lunes, 16 de diciembre de 2019

Il traditore

Hubo un tiempo en el que el cine estaba en primer plano. Grandes cineastas, de reconocido prestigio cultural, presentaban sus películas, la noticia aparecía en los periódicos y saltaba de boca en boca en las conversaciones. La expectación por ver qué había dicho uno u otro de esos realizadores en su película y cómo lo había dicho era enorme, porque se contaba con ellos para conocer de más cerca unos hechos, unas posturas, unos planteamientos sociales o estéticos que, sin duda, enriquecían a sus espectadores y entraban a formar parte de su base de conocimiento y discusión.

Marco Bellocchio era uno de esos directores de cine de referencia y, a sus ochenta años, sigue considerando el cine como su medio de expresión, de acercamiento a los espectadores, a los que orienta ese gran espejo que puede ser el cine para que se vean reflejados, piensen, extraigan conclusiones. Viendo la magnífica “Il traditore” (2019), recuperas las ganas de ir al cine, reconociéndolo como un medio fantástico de formación... y placer.

Todo el mundo, a estas alturas, ya sabrá que “El traidor” repasa una historia reciente de la Mafia -o, admitiendo la corrección efectuada por Buscetta, el protagonista, la Cosa Nostra-, y que con su apunte certero, mucho más cercano, menos peliculero, muchos dicen que supera a “El irlandés”, otra película de tema similar que está teniendo mucho éxito y haciendo hablar de ella.
No entraré a describir ni valorar en detalle la película. Solo diré que resulta, en mi opinión, valiosa, de esas que hacen importante que siga existiendo ese espectáculo colectivo que es el cine. Que conviene ir a verla, sentirse tensionado, a veces aludido, en otras sobresaltado, siempre informado por ella. Y que a la salida se puede entablar una conversación sobre lo que sabíamos del tema y nos ha hecho recordar, sobre las sensaciones que nos ha trasmitido.

Y también diré que Bellochio convence y se muestra hábil para atraer nuestra atención y, en muchos momentos, obtener nuestra identificación en ciertas escenas. Porque, como demuestra una que todos los mínimamente conocedores de la historia estaban esperando, nos hace vivir los acontecimientos, literalmente, desde dentro.

sábado, 14 de diciembre de 2019

La hierba errante

Entendiendo las dificultades, soy bastante crítico con eso de que las retrospectivas de un director no se presenten siguiendo estrictamente el orden cronológico de realización. Pero, mira por dónde, hoy he visto como una especie de justicia poética en el hecho de que haya sido precisamente con “La hierba errante” (1959) con la que se cierre el ciclo Ozu.

La troupe de teatro de la película se desintegra y parte con sus bártulos a otro lado. De la misma forma, la troupe habitual de espectadores que hemos seguido durante tres meses las diferentes películas del ciclo de la Filmoteca hemos cogido tras la proyección de esta tarde nuestros bártulos y nos hemos desintegrado como grupo fiel, partiendo cada uno hacia sus bases. A saber cuando se volverá a formar otra comunidad como ésta.

La película se inicia con ese ya famoso plano fijo de la botella en primer plano dialogando con el faro de un segundo termino (primera foto). Luego llegará ese otro plano fijo (segunda foto) con el buzón de correos, para ya, atando hilos, ver llegar en un barco ese grupo teatral que hacía muchos años que no pasaba por la localidad a pasar una temporada. El calor, marcado por el sonido de las chicharras, será a partir de entonces, ya en tierra, la nota ambiental más característica, junto al aguacero que cae en un par de ocasiones (foto 3 y 4).

La gente del grupo teatral se relaciona con la gente del pueblo o quizás, como en el caso de la hermosa hija del barbero (foto 5), tan sólo quiere relacionarse. Alguno de esos lazos que se forman parecen reproducir lo ocurrido, aún medio oculto, durante alguna estancia previa del grupo para representar sus obras de teatro en la localidad. Sólo que ahora las obras han abandonado su calidad para intentar atraer a más público.

Por el final, una de las dos escenas que hay ambientadas en la estación del tren me ha parecido preciosa, con el sonido del tren partiendo en off, mientras algo a la vez irreparable y hermoso tiene lugar, en lugar de tomar ese tren.

En dos o tres escenas se ven caer unos pocos pero grandes copos como de nieve. Es extraño porque no liga con la estación y además parece tratarse de interiores. Alguien me ha informado que eso es, precisamente, la hierba errante del título, que cae en determinados momentos o se va, como la troupe teatral, con sus bártulos a otra parte.

viernes, 13 de diciembre de 2019

Rafael Azcona

En un cameo en “El cochecito”.
La ciudad bajo el cielo del domingo 
ofrece un horizonte de corbatas, 
de aburridos soldados sin dinero,
de Tenorios con ropas perfumadas, 
de mozuelos que fuman a escondidas...

Estos versos corresponden al Rafael Azcona inicial, aún en su Logroño natal. Es curioso apreciar que ya tenía dentro a todos sus personajes. ¿Sería aún así el paisanaje de su ciudad? Yo creo que sí, e incluso el Madrid al que fue a vivir, a inicios de la década de los 50, pues como le he oído en alguna otra ocasión, era esa una ciudad magnífica, en cuya calle principal, la Gran Via, podían tomarte medidas paseando a primera hora de la noche y poco después, cuando regresabas en ese mismo paseo a esa zona, ya tenías hecho un traje.
Época de rodajes con Berlanga, en los primeros 60.
En cambio, como se oye decir a Manuel Vincent en este Imprescindibles que pasaron el otro día por La 2, “Rafael Azcona” (Fernando Olmedo, 2016, aunque es más probable que se trate de 2009, al año siguiente al de su muerte), más tarde, cuando tenia junto a otros periodistas y directores de cine la tertulia que se reproduce, ya sin él, en el programa, “el mundo de Azcona ya no era el mundo de Azcona”. Había cambiado...
En su etapa final, ya prestándose a aparecer ante una cámara.
Él mismo había cambiado. Recuerdo que se sabía que no quería salir nunca en televisión, acudir a ningún festival, nada. Era, salvo para el mundillo de sus amigos, la discreción personificada, hasta el punto que en el acto de entrega de uno de los premios que le otorgaron, él como siempre ausente, alguien -se ve también en el programa- inicia su intervención con un “¿pero existe Rafael Azcona? Pero de pronto, por el final, se dejó dar premios y empezó a aparecer en multitud de entrevistas y demás. Él mismo había cambiado.
En la entrega que le hicieron de un premio honorífico.
No es que este “Imprescindibles” sea un prodigio de realización, que no lo es. Hasta creo haber visto programas en los que, con su presencia mucho más constante, relatando cosas, se le sacaba mucho mayor provecho. Pero se sigue tratando de Azcona, y siempre se saca algo de un programa a él dedicado. En éste, por ejemplo, que le gustaba un montón echar a volar aviones de papel.
Ya hace mucho tiempo, por cierto, que no veo por la calle, abandonado en la cuneta, ningún avión de papel. Ni mucho menos planeando.

jueves, 12 de diciembre de 2019

El sabor del té verde con arroz

El set más extraño de toda la película.
Si “El sabor del té verde con arroz” (Yasujiro Ozu, 1952) fuera un Hitchcock, yo hablaría de “Pero...¿quién mató a Harry? Me ha parecido, vista ayer en el ciclo Ozu de la Filmoteca, una película extrañísima, lo más próximo a una comedia en Ozu, y a una -doble- comedia romántica en su tramo final.
Se inicia en un taxi, como pasajeras tía y sobrina dando botecitos en el asiento, mientras se recorre un Tokio de grandes avenidas y edificios, no habitual (salvo el edifico con un reloj que creo corresponde a la estación de tren) en Ozu, más propios de la City de Londres, o de la orilla norte del lago Leman en Ginebra.
Una mujer en uno de esos locales de Pachinko.
Esa primera imagen, en el interior del taxi, ya me ha llenado la cabeza de dudas: ¿habré visto la película recientemente o se tratará de una nueva versión de otra suya recientemente vista? Porque los edificios no, pero la situación de las amigas hablando de sus maridos que sucede poco después me ha vuelto a remover la memoria...
Pero salvo unas cuantas de estas situaciones hasta, digamos, la mitad de la película, todo es muy diferente. Hay decorados (de empresa de modas, la habitación de la tía,...) y exteriores (el velódromo, el aeropuerto,...) de una modernidad años 50 apabullante. Surgen los temas de los films de Ozu (el encuentro de los veteranos de guerra, los balnearios como sitio para descansar de la rutina, algún manejo familiar para acordar un matrimonio a la sobrina,...), pero tratados de forma diametralmente opuesta a las de sus otras películas.
En unas gradas de velódromo totalmente masculinas, tres mujeres.
Es Chishu Ryu quien encarna al veterano de guerra, apareciendo encima de un decorado, en un papel al que no le habrías asociado nunca, hasta el punto que se marca él solo una canción nostálgica y todo.
Los personajes van a jugar al Panchiko, pero uno de ellos es una mujer, la sobrina, despreocupada absolutamente. Una chica moderna que no hace ni el más mínimo caso a las propuestas que le formulan de adaptarse a un matrimonio convenido. Y por cierto que son también las tres amigas las que van y se ven -cosa inusitada- en las gradas del velódromo.
Probando el sabor, primitivo, sencillo, del té verde con arroz.
Dos escenas, chocantes, pero muy atractivas, marcan un cierto momento de tensión. Por un lado la mujer que ha tomado una difícil decisión pasa en un tren por un puente larguisimo, con muchos cuerpos de estructura metálica apareciendo y desapareciendo con un fuerte sonido acompasado. Por otro lado la masiva despedida del marido en un aeropuerto con aviones a hélice que parecen sacados de los dibujos de Javier de Juan.
Y una última observación, sobre las magníficas secuencias que cierran (bueno: no las que la cierran del todo, porque hay como varios finales) la película. Por un lado, el reconocimiento de ella de la ausencia de él viendo su rincón habitual de la casa vacío y todo lo que se le remueve por dentro. Pero sobre todo, la entrada del matrimonio, y nosotros espectadores con ellos, ¡en la cocina! Eso es algo excepcional en Ozu, que nunca enseña ni cocinas ni cuartos de baño, sí no es desde fuera, de refilón. Pero hay una cosa remarcable: entran en la cocina (y por lo tanto la vemos por dentro), pero lo hacen como extraños, que no saben dónde están las cosas ni nada.
El chico joven, en la escena -totalmente de comedia- que cierra -ésta sí- el film.
Y esa maravillosa escena que da nombre a la película, esa improvisada comida de la pareja de algo tan sencillo, pero de tan buen sabor, como el del té verde con arroz. Por una vez, Ozu nos explica directa y detalladamente la metáfora que contiene el título de uno de sus films.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Eugènia Balcells en Flux 2019

Abad, Balcells, Guimerais, presentados antes de la proyección de sus autorretratos en la sala.
Ayer se inauguró en el Arts Santa Mònica el Flux, Festival de vídeo de autor, cuya organizadora señaló que cumplía ya 20años. (En el catálogo habla de XIV edición, por lo que debe haber un cambio de nombre o algo así por el medio). Estará ahí dando guerra hasta el 5 de enero. Ya habrá tiempo, pues, al margen de acudir a algún otro de los actos planificados, de entretenerse con las piezas presentadas, porque ya se sabe que el día de la inauguración no es el más apropiado para estas cosas. Ayer solo entré, saludé a las dos artistas que conozco personalmente y me fui.
Abad fija y descubre el nombre de Char en su pieza.
Pero entre ambas acciones acudí a la presentación de tres autorrtratos encargados por el festival a tres artistas.
Como, con mucha razón, mi vecina de butaca me pidió que apagara la tableta, no pude hacer una fotografía de Eugenia Balcells, con su esfera/espejo, evolucionando por NY, y cuelgo aquí una foto (obtenida por la red) de una obra anterior suya.
El primero era “Autorretrat. El grill de Delfià” (5 minutos), del veterano Francesc Abad, quien se encargó de recalcar que él no hace vídeo de artista. Que lo que únicamente ha hecho en este formato han sido pequeños apuntes, pequeños documentales. Como explicó después, éste en concreto es la filmación de una acción, consistente en colocar unas palabras en un muro (él se encarga de pegar el nombre de René Char...), a la luz del crepúsculo. Pero también vocaliza una serie de nombres, de precariedad a cultura, que posiblemente puedan ayudar a pintar el autorretrato solicitado.
Y una esfera/espejo obtenida de la página de Amazón u otro sitio de venta. Sólo falta imaginarse una empuñadura adherida, la mano de Eugènia Balcells sosteniéndola y aspectos del Nueva York recorrido alrededor y reflejados, envolviendo el rostro de la artista.
Por su parte, Eugenia Balcells, demostrando en sus inervenciones que se había metido en el cuerpo (sigue siendo cierto aquello de que parece mucho más joven que lo que dice su año de nacimiento) un reconfortante chute de buen humor, explicó la génesis de su “Selfportrait” (7.25 min). No sabía cómo responder a las peticiones de obra recibidas, hasta que dio con una esfera de espejos, sumamente frágil, que conservaba. Se instaló en su frente una mini-cámara y se fue a recorrer, esfera/espejo en mano, como haciéndose un continuo selfie, su Nueva York. Aparecen entonces en el vídeo calles con taxis amarillos, eterna imagen de la ciudad, pero también escenas grabadas en la NY Public Library o en el Museo de Historia Natural. Al finalizar la proyección comentó su eterno enamoramiento de una ciudad en la que prima la libertad y acabó, poética, citando a Walt Whitman, explicando que mostrándose a sí misma, muestra a todos y todo lo demás (mis células son tus células...).
El -buen- catálogo de la muestra, en el caso de Eugènia Balcells con una larga y precisa biografía artística escrita por Juanito Bufill, compañero de su grupo barcelonés en el inicio de este tipo de trabajos, entonces con Super 8.
Por sus declaraciones, por cierto, nos enteramos de que ha vendido su casa de Nueva York (una pionera del barrio artístico de moda, junto al puente de Williamsburg), que será la sede de su misteriosa, a seguir atentamente, fundación.
Francesc Abad, quien dice haber dejado la ciudad -sin dejarla nunca- para ir a trabajar al campo, con mayor tranquilidad, presentando su trabajo. Explicó que se reencontraba con Eugènia Balcells tras 40 años. Aunque yo creo que hace más que coincidieron por Nueva York...
Eugènia Balcells -júzguese: nacida en 1943- en su taburete haciendo lo propio.
Finalmente Ramon Guimaraes hizo una presentación modesta, que le honra, sólo señalando lo emocionado que estaba de compartir sesión con los dos artistas catalanes a quienes más admiraba cuando empezó a estudiar en la Universidad. Visto su trabajo, el más largo de los tres (12.49 min) parece haber gustado a todo el mundo... salvo -lo siento- a mi. Se nota hecho con dominio del medio y eso lo diferenciaría (únicamente), a mi modo de ver, de ciertas experiencias de cine amateur “autoral” de los años 70. En este sentido, yo diría que se da de patadas, marcando con ellos un abismo, con los otros dos trabajos que, siendo también muy diferentes entre sí, juegan, yo diría, en otra galaxia. Su trabajo de transformismo ya lo hizo en su día -sin necesidad de tanta apuesta actoral ni parodia standard- con una muy superior elegancia y gracia, Carles Santos en su “La re mi la” (1979)...
El curioso techo de la sala del segundo piso del Arts Santa Mònica.

lunes, 9 de diciembre de 2019

In siglo de Bergman: teatro


arece que por fin puedo ver Filmin con subtítulos en la tele y, para comprobarlo, he puesto el primer capítulo de una serie que lleva por título “Un siglo de Bergman”, que debe corresponder a unos documentales de un pack de DVD de Wanda que saqué para ver hace un tiempo de una biblioteca. Su realizadora, Marie Nyreröd, no puedo confirmar que sea la misma, porque no retuve su nombre (tampoco es que destaquen por su realización), pero sí que aparecen planos de entrevista a Ingmar Bergman en su casa de Faro con un encuadre y él a una edad (eran los primeros 2000) que me quedaron grabados.
Ese primer capítulo está dedicado al teatro (y, en realidad, también a sus trabajos en televisión). Entresaco tres anécdotas del mismo.
La primera, que emociona, es sobre su primera visita al Dramaten de Estocolmo. Bergman explica que asistió a un espectáculo infantil (“precioso”, especifica) de Alf Sjoberg:
-Al volver a casa -explica-, tenia fiebre. Me duró tres días.
La segunda, divertida, es un diálogo entre Bergman y Josephson. El primero se dirige al segundo recordándole una obra primeriza que representaron en Helsigborg:
-¡En esa bailabas!
-¡Imposible!- contesta, categórico, Erland Josephson

La tercera y última, nada jocosa, corresponde al motivo confesado por Bergman como origen de “Secretos de un matrimonio”. Más o menos:
-Me enamoré (y saca de un cajón una foto, que muestra a la cámara) de Gud, que iba a irse al día siguiente con sus cuatro hijos a vivir en Paris. Yo estaba casado con Ellen. Regresé a casa en Gotemborg. Ella se alegró mucho al verme llegar antes de tiempo, pero solo había ido para decirle que me había enamorado, la iba a dejar a ella y mis hijas e iba a ir a vivir tres meses en Paris. A continuación se ve una secuencia de la película, exactamente desarrollada en esos mismos términos.
-A mi edad estoy ya libre de cualquier asomo de mala conciencia, y mostrarla me parecería una coquetería, pero aún ahora, cuando lo pienso, me parece terrible la crueldad de lo que hice. A partir de esta situación creció toda la serie.

Mal de amores



Tenía la intención de ver solo por encima, pasando rápido, observando los escenarios de Barcelona que mostraba, el “Mal de amores” (1993) de Carles Balagué, que pasaron por Betevé. Pero la empecé a ver a velocidad normal... y hasta el final.
Una vez vista, me digo que debe ser la mejor ficción de Balagué, muy en esa línea que buscaba (no siempre con tiento y acierto) de cine negro con personajes canallas, lleno de pasiones, un poco como el “Fanny Pelopaja” de Vicente Aranda.
Parte de un guión suyo y de Carlos Pérez Merinero, sobre una mujer (Ángela Molina), que se enamora y se deja estafar continuamente por macarras sin escrúpulos. El que le condujo a la cárcel antes del inicio de la trama del film tiene la fisionomía -aparece su foto de refilón un par de veces- del propio Carlos Balagué, pero el que mueve todo el argumento del film es Juanjo Puigcorbé, muy en su típico papel. Pero también aparecen Ariadna Gil, Montse Guallar, Carme Sansa y otros actores muy famosos y frecuentes en los principios de los 90.
Un tipo de cine que se ha ido, como la ciudad que retrataba. La plaza Real ya remodelada para los fastos del 92, pero aún con su vecindario, frecuentadores y locales de entonces, es el centro neurálgico de su trama. Un sucedáneo del Bagdad (que no debe serlo, porque no aparece en los agradecimientos), el Hotel Fira de Montjuic, el pasaje Bacardí abierto para la ocasión, las Ramblas, el punto de venta de billetes que tenía Iberia en el centro de Barcelona y hasta el Virgin de Gran Vía/Paseo de Gracia unos cuantos de sus escenarios naturales.
Para dar más ambiente retro a la entrada, como no hay casi imágenes de la película por la red, cuelgo algunas carteleras de cartón -tampoco muy agraciadas- de esas que ponían antes en los cines.

domingo, 8 de diciembre de 2019

Cuentos de Tokio

En el terrado de la casa, viendo pasar los barcos.
Cuando encuentro a alguien que aún no ha visto nada de Ozu y muestra cierto interés, le encasqueto “Cuentos de Tokio” (1953) con la convicción de que voy a formar otro adepto a la causa, porque es de esas películas que puedes recomendar a gente de cualquier tipo (sensible, claro) con la seguridad de que no saldrán defraudados.
En ésta no se atalayan, pero vaya. Los padres han ido una temporada a Tokio, a ver a sus hijos.
Película sobre la alegría y el temor que infunde el tiempo que pasa, sobre la confrontación de dos formas de vida, sobre abuelos, hijos y nietos, sobreropa tendida, trenes, santuarios y balnearios, sobre atalayas desde las que contemplar pensativamente la vida de la ciudad o de una zona de ribera.
De nuevo en el terrado de la casa.
Ahora, vista anoche envuelta entre las demás del ciclo dedicado a Yasujiro Ozu de la Filmoteca, aprecio que es quizás la película en la que Ozu se toma más tiempo para decir las cosas, pero las dice directamente, sin subterfugios, no solo a través de las sutiles referencias que suele emplear en otras.
En el balneario
Cuelgo unas cuantas imágenes de la película, todas con personajes del film (interpretados la troupe completa de Ozu...) atalayándose.
Plano más de cerca. Ahora no recuerdo cuál va antes del otro. Creo que es al revés de como lo he puesto.

viernes, 6 de diciembre de 2019

The Match


Espero que no siga siempre el mismo esquema, porque la idea se haría pesada, pero el primer capítulo de la serie noruega “Match” (Martin Lund, Thorkild Schrumpf, 2018) me ha parecido potente en su sentido de la observación y francamente divertido.

Sus 15 minutos vienen a ser la retransmisión de un reencuentro de pareja que puede suponer la reconciliación y volver a vivir juntos o bien la definitiva separación.
Los de la foto son los dos comentaristas, viendo y comentando las jugadas como si de un encuentro deportivo se tratase.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Días de juventud


Pues porque resulta que no era verdad lo que decía el programa de la Filmoteca y “Días de juventud” ni es el primer largometraje de Ozu ni es de 1923 (en el mismo film se señala que es de 1929). Si realmente lo hubiera sido, eso habría dado paso a una constatación impresionante, porque su primera imagen sería la primera de toda la obra de Yasujiro Ozu, y resulta que es nada menos que una estación de tren.

Pero el plano es, en realidad, más largo. Esa imagen en plano general de una estación de tren forma parte de una panorámica que a continuación recoge el edificio de la Universidad de Tokio, para concluir mostrando el exterior de unas casas tradicionales japonesas. Mira por dónde las estaciones o vías del paso de trenes por la ciudad, la Universidad (para sus obras tempranas en imagen, luego sólo nombrada) y las casas tradicionales de planta y piso (nunca ya vistas como aquí desde su exterior) son tres de los espacios más recurrentes de toda la obra posterior de Ozu.

No hay que buscar pese a ello en “Días de juventud” la depuración de los últimos Ozu. Se trata de una amable y sencilla comedia (sin sus planos habituales posteriores, con el off jugando un papel esencial), en la que dos estudiantes de los menos brillantes se disputan los favores de una chica que, sorprendentemente, cambia su vestimenta de lo más tradicional en la ciudad por el más moderno equipo en la estación de sky.

Vi al principio, emocionado, en una pared de la habitación del estudiante, medio oculto, un hermoso cartel de “El 7o cielo” (Franz Borzage, 1927) y corrí a anotarlo en mi libretita, pero luego resulta que aparece, destacado, en tres o cuatro escenas más. Pese a ello, no se trata en rigor de una comedia romántica, sino más bien -como sí decía la nota de la Filmoteca- de un homenaje a la comedia norteamericana (esas gafas a lo Harold Lloyd de uno de los estudiantes, cierto atrezzo,...), a la que yo añadiría, por alguna escena con nieve, unas notas del Boris Barnet de “La muchacha de la caja de sombreros” (1927).

No estaría de acuerdo en absoluto, desde luego, en denigrar el guión de la película, que conceptué, al finalizar, como deliciosa. Ozu debía estar cuando co_escribió su guión y la rodó alrededor de sus 25 años, pero se muestra como un auténtico veterano de la vida. Hay un momento en ella en el que el estudiante con gafas de Harold Lloyd emprende un melancólico baile, conocedor de que el amor de la chica se le escapa, pero es que toda la parte final muestra una melancólica visión de la vida, posiblemente acentuada por la extraordinaria composición que Anahit Simonian compuso e interpretó ayer en directo en el piano de la sala Laya de la Filmoteca para acompañarla.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Bill Viola en el Liceu


Aún tiene tiempo alguien con arrojo, hasta la 1h de la madrugada, de disfrutar de la noche Bill Viola, con piezas como la de la foto, con sus transformaciones, barreras franqueadas, idas y venidas en eternos ciclos.
Se pueden ver unas cuantas de sus obras, proyectadas sin fin, tanto en el Liceu como en el Palau de la Música, con entrada libre.
Con la tormenta que nos ha atormentado todo el día, y que sigue, yo no he tenido el arrojo suficiente, después de ver las cinco piezas del Liceu, de ir a ver las del Palau. Mea culpa.