domingo, 9 de agosto de 2026

Murieron hace quince años



Está muy bien todo el principio de la película. Un ambiente algo hostil, de trabajo duro y febril: un puerto. Un carguero ruso recibe toda una fila de dóciles, un tanto apesadumbrados niños, pero uno de ellos se resiste, y lo tienen que introducir en el barco a la fuerza. ¡Es la evacuación de los niños de la guerra, hacia Rusia!
El niño díscolo, como sus compañeros, es luego, en diferentes escuelas de Moscú, adoctrinando. Vemos como, con una edad mayor a cada cambio de plano hasta convertirse en Paco Rabal, asiste a unas clases en las que le embuten las ideas del odio a la familia, del desprecio al orden burgués, de la burla de los sentimientos humanos.
Como vieron en él la semilla de la rebeldía, lo convierten en un revolucionario internacional, y lo envían a Italia, donde incita a estudiantes a una revuelta y no duda en disparar a un policía que les persigue.
Así prepara “Murieron hace quince años” (Rafael Gil, 1954; en el canal Félix Olé) para el núcleo de su acción, que tiene lugar cuando a Paco Rabal lo envían a España con una misión, pero haciendo ver que ha abjurado del comunismo y quiere volver con su familia. El tema debía ser candente: ese mismo año de producción de la película, el barco Semiramis llegó a Barcelona con muchos exprisioneros de la División Azul retornando de una larga estancia en Rusia, pero también con un puñado de niños de la guerra de regreso.
Produce un cierto morbo ver cómo Rafael Gil, director de varios documentales de propaganda del bando republicano durante la guerra civil, se dedica a caracterizar el choque de ideologías ahora desde el otro bando. Los que han pasado por la escuela comunista dejan de ser humanos para convertirse en estiradas máquinas sin alma alguna. Descreídos de toda religión, no celebran, por ejemplo, una fiesta tan tierna como el cumpleaños. Suponen que las sirvientas de las casas burguesas están siendo explotadas, mientras que ellas mismas deben explicar que no pueden abandonar su puesto, porque tienen depositado su corazón en él. Las mujeres comunistas son frías como el acero y no tienen nada que hacer frente a las modositas españolas que recibieron una sana educación católica.
Ver todo este tipo de cosas es, quizás, el interés principal del film, pues tampoco son tantas las películas de postguerra que hablan directamente, con algo de detenimiento, de todo eso.
Pero cinematográficamente la película también es de las más destacadas del momento. Es una de las dirigidas por Rafael Gil con el que parece fue su fiel equipo con el que consiguió mejores resultados, con Alfredo Fraile en la fotografia y Enrique Alarcón a cargo de los decorados. Incluso está Cristóbal Halffter como responsable de su música, todo ello dando como resultado una película muy sólida, llena de claroscuros, solitarios recorridos nocturnos -con sombras proyectadas en los muros- y demás. Baste pensar en las escenas de la reunión clandestina en El Escorial; la tensión constante, llena de relojes, de por el final y el encuentro nocturno definitivo.




El señor que sostiene el auricular del teléfono es un coronel con mando en las fuerzas represoras del franquismo. Digo: un padre amantísimo, lleno de valor y educado caballero.

 

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