lunes, 5 de febrero de 2018

Cuando caiga la noche


La primera consigna: Ir y grabarlo todo.
Un superviviente lo explica, mientras se ven imágenes difícilmente comprensibles. Son los últimos días de la II guerra mundial y las tropas aliadas se ven sorprendidas por unos comisionados alemanes que, bajo bandera blanca, les vienen a comunicar algo insólito. Les explican que están a punto de llegar a una zona donde está concentrada mucha población enferma de tifus y que les conviene no pasar por ahí, so pena de ser contagiados y diezmar el ejército. Sorprendentemente, según explica el antiguo militar, les hacen caso y retroceden, para pasar por otro lado. Es más, ven a sus enemigos, las tropas alemanas, que rodean la carretera por la que pasan, sin que haya intercambio de tiros. Sólo de miradas.
La primera consigna: Ir y grabarlo todo.
Poco después, sin embargo, tiene lugar el primer encontronazo directo. Los británicos entran y descubren en su avance el campo de Bergen-Belsen y no pueden dar crédito a lo que ven sus ojos. Cientos de cadáveres de famélicos ex-prisioneros permanecen apilados por aquí y por allí, mientras que otros esqueléticos hombres con extraños pijamas de rayas les contemplan, los ojos bien hundidos en sus órbitas. Comunican el hecho a sus mandos en Inglaterra, quienes no se sorprenden, porque les habían llegado informes sobre ello.
La gran fosa de Berger-Belens.
Envían, para filmar todo eso, a un equipo profesional dirigido por Sídney Berstein, que cuenta con gente experimentada como el mismo Alfredo Hitchcock. A su llegada, ruedan escenas que ya no podrán quitarse nunca de la cabeza. Abren una enorme fosa, donde acumulan todos los cadáveres, transportados a cuestas, como hacen los repartidores de carne llevando sus piezas del camión a las carnicerías. En varios sitios, hacen que sean los propios guardianes -y guardianas: esas temibles y crueles matronas- las que, enfrentándose a su obra, hagan el trabajo. Lo filman todo. Quieren hacer un film para dar a conocer a la humanidad esa enorme atrocidad para que no se repita nunca más.
Las matronas alemanas, obligadas a trabajar con "el material" que ellas mismas produjeron.
Pero esa película no se acaba de montar y exhibir nunca. Los mandos han cambiado de política. Creen que los alemanes pueden ser unos futuros aliados frente a la URSS y creen que conviene no machacarlos demasiado haciéndoles ver estas cosas. Las bobinas con la película grabada se almacenan. No es hasta 2014 cuando un equipo del Imperial War Museum efectúa su montaje y presenta las imágenes dentro del documental "Cuando caiga la noche" (André Singer, 2014), que el otro día se pasó -ya lo había hecho antes- en La 2, para conmemorar el 73 aniversario de la liberación del campo de Auschwitz.
La población alemana conducida hasta el cercano campo de exterminio, para que no pudieran decir que no sabían nada de eso y no creérselo. Aún dura el efecto de ello.
No ha sido fácil la visión de cosas como esas. "Nuit y bruillard" (Alain Resnais, 1956) fue quizás la primera película que mostró imágenes similares. Ni que decir tiene que no pudo verse en España, donde hacer una sesión como la que hicimos en el Cine Club Ingenieros en los primeros años 70, con la proyección de esa película y otro documental similar, presentados por Joan Pagés, el que fuera jefe comunista de la resistencia en Mauthausen, no podía ser más que mediante un acto semiclandestino.
En la segunda mitad de los 70 Montserrat Roig publicó su "Els catalans en les camps nazis", y pudo ya irse viendo más normalmente que la dimensión de esa barbarie abarcaba incluso más que al exterminio del pueblo judío.

domingo, 4 de febrero de 2018

Nostalgia de la luz y Botón de Nácar

Cazando la información que nos acercan las galaxias difusas que pueden verse desde los observatorios de Atacama.
"¡Cambiáis la noche por el día!" Eso recuerdo que nos decía mi padre. Una y otro se han debido resituar correctamente, porque ayer -cosas de la edad, seguro- me iba entrando una pereza enorme para ir a la sesión nocturna de "Nostalgia de la luz" (Patricio Guzmán, 2010) en la Filmoteca. Salí derrotado por la pereza, pese a que el cielo estrellado y las grandes extensiones del desierto de Atacama conviene verlos en pantalla grande. Como la edad media de los espectadores de salas de cine diría yo que supera con creces la cincuentena, supongo que la segunda sesión de los fines de semana debe ser la única con posibilidades de ocupar un poco los locales resistentes.
Aunque no es lo mismo, para compensar recordé que la película estaba en Filmin, montándome un buen programa doble con "El botón de nácar" (2015), pues ambas muestran las habilidades de Patricio Guzmán para ligar en una misma masa, dándoles un mismo significado, cosas que otros chefs servirían por separado.
Y buscando restos más precisos, de un pasado más cercano que se ha querido ocultar.
En la primera nos hace descubrir que tanto los astrónomos como los arqueólogos tienen un mismo trabajo: recoger información del pasado. Lo hacen con preferencia -como dice uno de los entrevistados en el documental- en sitios transparentes, que permitan llegar a esa información más fácilmente. El desierto de Atacama es uno de ellos. Como se tata de Patricio Guzmán, que sufrió la dictadura de Pinochet en propia persona y es, desde entonces, el tema central de su filmografía, a astrónomos y arqueólogos suma las mujeres que, por ese mismo desierto, van buscando otra información. Buscan, en este caso, las huellas, los restos de sus desaparecidos, víctimas de la inhumana represión política del periodo. Una búsqueda necesaria, clarificadora, que da pie a una visión -pautada por la suave y pausada voz del propio Guzmán como narrador, similar a la empleada por Herzog en sus documentales- de lo más emotiva.
El agua que envuelve en Tiierra de Fuego a la cordillera de los Andes que previamente se ha hundido en el mar.
Por su parte "El botón de nácar" trenza, por el poder unificador del agua, dos historias terribles de la historia chilena (y argentina): el exterminio de las variadas tribus que poblaban la zona de la Tierra de Fuego y el cruel exterminio (y el método para que no dejase huellas) de toda una generación que en tiempos de Allende parecía que iba a cambiar la historia.
El inicio del fin de las tribus que poblaban estas tierras. Patricio Guzmán hace aparecer en "Botón de nácar", hablar en su idioma, a unos pocos de los 20 supervivientes que ha localizado.
Un programa doble impresionante, proclive a la reflexión, al que sólo le faltó ser visto en una buena sala de cine, con descanso en su intermedio.

jueves, 1 de febrero de 2018

La nave delle donne maledette

Salvador Foraster mira a una cierta distancia cómo Valerio Carando nos vende de bien el producto.
"Si Visconti era el rey del melodrama culto, Matarazzo era el rey del melodrama popular", ha sentenciado Valerio Carando (a quien conozco un poco pero, a base de paulatinas sorpresas, voy conociendo cada vez un poco más) al presentar "La nave delle donne maledette" (Raffaello Matarazzo, 1953) dentro del ciclo "Fantasmagorías del deseo" que organiza en la Filmoteca La Casa de la Paraula.
La película es, ciertamente, un melodramón y uno llega a comprender la pasión con la que en un cine de barrio o de pueblo, en los años cincuenta, se debía seguir la dinámica revuelta de por el final de su trama, o cómo debían martillear la cabeza los recuerdos de dos o tres escenas que puntúan y transgreden de tanto en tanto la convención.
Dice Carando que es lástima ver la película hoy en día en una copia que ha perdido los 
rojos intensos por el deterioro del material Gevacolor, pero en cambio una suerte, pese a su doblaje al francés, porque él la vio en una copia en blanco y negro que no disponía de los cortes censurados que tiene esta.

Yendo contracorriente, a mí no me gusta en general el melodrama entendido como lo entiende éste, con ese respeto a las convenciones que hace que en todo momento sepas cómo se va a desarrollar la acción. Pero es verdad que en éste, de tanto en tanto, algo te despierta del "déjà vu" y te hace disfrutar. Ahí entra, sin duda:
- Un "Deberá contentarse conmigo" que le suelta la mala al capitán del navío a quien quiere seducir, mientras retira un pañuelo que cubría su escote, ahora ofrecido como promesa de compensación placentera.
- Unas bodegas del barco rellenas de prisioneras que recuerdan sobremanera a las imágenes occidentales sobre los harenes de Oriente. Imagen que luego queda reforzada cuando la trama lleva a los bailes y desenfrenos.
- Entrando en el delirio final, esa rebelión de las prisioneras que se ponen a luchar contra los marineros, pero ven que la forma de vencerlos es besándolos.
- En este sentido, el movimiento de cámara más sofisticado de la función, que, siguiendo la vista de marineros que tienen orden de disparar contra ellas, traza una panorámica por, en primer plano, los escotes de cinco o seis prisioneras.
- En varios momentos, escenas de flagelaciones y alguna que otra imagen algo pasada de rosca.
En el coloquio muchas discusiones se han centrado en las creencias religiosas de Matarazzo, que pasaba en la época por muy conservador. Pero no creo que haya demasiada contradicción en este sentido en la película. Es verdad que hay alguna escena sorprendente, que no situarías en una película conservadora de los años 50, pero -como pasaba en mucho cine de la transición-, por mucha escena salida de tono que haya, la trama y conclusión moralizante está siempre presente y sale vencedora.
La buena (algo tontita) y la mala, que en alguna ocasión tiene arrepentimientos.

lunes, 29 de enero de 2018

La ciudad y el cine

Me preguntaron desde la Societat Catalana de Geografia un tema que, partiendo del cine, fuera adecuado para dar ahí una conferencia. Para curarme en salud solté a bote pronto como propuesta de tema “La ciudad y el cine”, pues la ciudad es muy cinematográfica y ha sido estudiada desde todas sus aristas por la geografía. Al poco tiempo me di cuenta del berenjenal en el que me había metido, pues la cosa da para abordajes múltiples, recopilables en auténticas enciclopedias. Entonces rebajé las expectativas, cambiando el título a un práctico “Algunes visions de la ciutat al cinema”.
Todo este prólogo es para decir que la SCG ya esta anunciando (ver a continuación) a sus socios que el próximo jueves 15 de febrero, a las 18,30h, daré esa charla, ilustrada con fotografías y secuencias y, como la entrada –y la salida- es libre (quiero decir: sin taquilla), pues si alguien no tiene nada que hacer ese día a esa hora y quiere pasarse a curiosear en algún momento, pues que será muy bienvenido.
El texto de la convocatoria, con detalles:
“Societat Catalana de Geografia.- Propera activitat:
Dijous 15 de febrer de 2018, a les 18:30 h
Sala Nicolau d’Olwer de l’Institut d’Estudis Catalans c. del Carme núm. 47, Barcelona,

Presentació de la conferència: «Algunes visions de la ciutat al cinema», a càrrec de Juan Manuel Garcia Ferrer, enginyer industrial i llicenciat en Geografia i Història.
Hi ha veus que es lamenten de l'escassa utilització del cinema com a eina dels geògrafs per tal d'entendre el fet urbà i la seva evolució. Sense entrar a desenvolupar aquesta asseveració, la sessió pretén fer una aproximació no exhaustiva a les relacions entre cinema i ciutat.
Durant la conferència es mostraran fotografies i seqüències de films sobre el tema, agrupades en tres capítols. Un primer cronològic, que senyalarà uns quants moments del cinema en el que la ciutat ha estat gran protagonista dels films predominants. Un segon, que dona una ullada a com alguns gèneres cinematogràfics ens han mostrat la ciutat. Per últim, un capítol que es podria allargar a voluntat, repassant certes sensacions transmeses sobre la ciutat en molts films.”

domingo, 28 de enero de 2018

La isla de Robinson Crusoe

Por este punto, con aproximadamente esta vista, acaba el documental.
Pues sí: Yo también siento atracción por las pequeñas islas en medio del océano, con la condición de que no estén desiertas. Atracción para visitarlas, intentar entender por qué vive ahí algún centenar de personas, captar en directo su pequeña historia. No por vivir un tiempo en ellas, porque entonces, como dijo anoche Patricio Guzmán, te das cuenta de que no hay casi cosas para ver (o filmar) o, como dice Miguel Sánchez Ostiz, quieres marcharte y no tienes luego ningunas ganas de volver.

La cadena La Sept Arte ofrecía a realizadores producirles un documental sobre el sitio del mundo que escogieran con tal de hacer él mismo de cámara y sonidista, hacerlo en primera persona y que no fuera a base de entrevistas. Patricio Guzmán, dice que influido por su lectura, a los trece años, del libro de Defoe, escogió hacerlo de la Isla de Robinsón Crusoe. Ayer, aprovechando su estancia en Barcelona para pasar por la ECIB y la Filmoteca, aceptó la invitación del cine Zumzeig para presentar "La isla de Robinson Crusoe" (1999), el documental de 41 minutos resultante y efectuar luego un largo y al final (cuando habló de los misterios del documental y de lo esencial del montaje) interesante coloquio.

Es muy divertido todo el inicio del documental. Uno diría que dilata la presencia de la isla para crear un cierto misterio sobre ella en el espectador. Él dice que recogió fielmente lo que fue pasando desde que le autorizan el proyecto, y ahí entran avionetas que deben aplazar una y otra vez el viaje por exceso de viento, frustrado viaje a Valparaíso para intentar tomar un barco (con subida en uno de esos rudimentarios funiculares y estancia en uno de sus cafés), visita a bibliotecas y detallado trayecto en vuelo y por mar con la acertada (¿inventada?) descripción de los pasajeros para constituirlos en atractivos protagonistas.
Patricio Guzmán, dispuesto ayer a presentar su película en un Zumzeig lleno mayoritariamente de gente joven.
Juan Fernández, la capital y única población de la isla. Guzmán explicó que hace unos años fue arrasada por un tsunami.
Luego la isla, sus gentes, los escasos restos que dejó el personaje que sirvió de base para la novela, otros momentos de su historia... No demasiado, pero ya me gustaría que en la televisión ofrecieran periódicamente piezas de este estilo, como aseguró Guzmán que le gustaría que le encargaran otras a él (tiene una parecida dedicada a Julio Verne), para poderse desintoxicar un poco entre tanto documental de carácter político o de más alcance.
El libro que Miguel Sánchez-Ostiz escribió sobre la isla y sus pobladores (históricos y recientes) tras pasarse en ella un mes recorriéndola de pe a pa.



jueves, 25 de enero de 2018

Fantasmagorías del deseo

Salvador Foraster y Carolina Sourdis.
En casa nunca funcionó el UHF (más tarde La 2). No había forma de orientar la antena para que diera una buena señal de ese canal. Era una porra, porque por ahí pasaban las mejores películas, que no se podían grabar en condiciones. Aún así alguna vez lo hicimos con alguna joya que guardé, aunque luego se comprobaba que el cartucho de vídeo resultante era casi invisible.
La sesión de hoy de la Filmoteca me ha recordado lo anterior. Era otra sesión de "Fantasmagorías del deseo", un ciclo sobre cine y psicología (aunque viendo el programa cada vez veo que esto de la psicología debe abarcarlo todo) organizado por La Casa de la Paraula. Pasaban un par de películas colombianas: "Paraíso" (Felipe Guerrero, 2006) y "Fragmentos" (Carlos Santa y Herib Campos-Cervera, 1999). Ésta última han pasado en un formato (enviado por sus realizadores) que más bien parecía un refrito pirata del original, lleno de píxeles, razón por la que el público se ha ido retirando a sus hogares, hasta dejar la sala prácticamente vacía. Una lástima, porque la película es un montaje, con intencionalidad política, de todos los trozos que se han salvado de la historia del cine colombiano hasta los años 50, y entre los primitivos se intuía alguna imagen impagable.
"Paraíso" tampoco es que se viera a la perfección, pero por lo menos se podía seguir. Proyectada en primer lugar, más dura, viene a continuar temporalmente las apropiaciones de películas colombianas donde lo dejó la otra, mezclando imágenes diversas con otras rodadas para la ocasión. En las dos se sienten las dictaduras militares, las partidas contrarias, los contrastes entre una supuesta vida cosmopolita (sobre todo en "Fragmentos") y otra de supervivencia en las viviendas de autoconstrucción de los alrededores de la ciudad o bien lejos de ella ("Paraíso"). Una secuencia nos ha acercado de una forma increíble a lo que debió ser el pan de cada día en amplias zonas del país: los de las guerrillas retirándose, el ejército intentando una emboscada. Otras están llenas de derribos, vertederos, miseria.
El "Paraíso" es, claro, Colombia, aunque las imágenes presentadas dejan claro que es, en todo caso, un paraíso que no se deja compartir y que a lo largo del siglo XX ha tenido mucho más de inhóspito que otra cosa.
Carolina Sourdis, que es quien ha escogido los films ha resumido su intención reconocida: Poesía y memoria. Y, para acabar con poesía, está bien hacerlo como "Paraíso", con la divertida de Jaime Jaramillo Escobar:
Jaramillo
"La digestión de la pulpa del coco demora cuarenta días y cuarenta noches. Ni mucho, ni poco.
Al plátano hartón de cáscara roja le falta un grado para ser veneno. Compadre, no coma coco. Si se ha comido banano y se toma ron, muerte segura. Nadie comió. Ni yo tampoco.
La pepita de la pitahaya si la comes no la muerdas, si la muerdes no la tragues; si la tragas, allá tú. La pepita de la granadilla si la tragas se te embucha. Para que no se te embuche, mejor que no comas mucha. La pepita de la granada no es como la de la granadilla. La pepita de la guayaba no es como la de la granada. Y la pepita de la papaya no es como la de la guayaba. Es como la de la papayuela, pero más dulce. 
Si es más dulce es más sabrosa, si es más sabrosa es más cara. Para que no sea más cara no compre papaya ni compre nada.

La pepita de la guanábana es como la de la chirimoya. Y ambas son como la de la calabaza. Cuando a uno le dan calabazas no le dan chirimoya ni le dan papaya. 
Las pepitas de la guama se usan para hacer zarcillos, quiero decir que se utilizan como pendientes, o mejor dicho lo que quiero decir es que los chicos se las cuelgan de las orejas.

Trae el corozo una nuez, trae la nuez una almendra, pero la almendra de la nuez no es como la nuez del corozo. Si no se entiende que no se entienda. (...)"

miércoles, 24 de enero de 2018

Cine en zapatillas


Un amigo cineasta vino con su pequeña cámara de vídeo (entonces no tan pequeña) cuando Teresa regresó a casa tras tener a nuestra primera hija, Ginebra. Mientras hablaba con nosotros grabó todos los pequeños acontecimientos que creía descubrir en ese cuerpecillo. Esa pieza, junto con una previa en la que grabó el paseo que dimos el fin de semana anterior, con Teresa enormemente embarazada, constituyen los primeros capítulos de lo que llamé mi "Film familiar".
Todo lo demás de "Film familiar" es mío, pues Teresa me regaló al cabo de un mes una de esas cámaras, que para entonces ya se habían popularizado. Con ellas grabé desde los primeros pasos de mis hijas hasta el más sofisticado (nunca demasiado) de nuestros viajes, muchos ya con una cámara más miniatura. Esto fue así hasta que lo que se popularizaron fueron las pequeñas cámaras fotográficas digitales y tuve una de ellas como regalo. Como en realidad utilizaba en los viajes la cámara de vídeo para hacer una enorme cantidad de planos cortísimos fijos, captando la enorme cantidad de imágenes que no me habrían permitido tomar las cámaras fotográficas analógicas de entonces, paulatinamente, o más bien casi de sopetón, como tanta gente, fui dejando la cámara de vídeo en un armario y la sustituí por una de fotos, o directamente, para descansar, hice algún viaje sin cámara. Se acabó el "Film familiar".
Supongo que ésta ha sido una historia repetida por mucha gente de mi generación. Pero en algún momento también quise trascender la cosa familiar. Mi amigo cineasta siempre insistía para que me pusiera a hacer ese "Las cosas de Teresa" que tanto había dicho que iba a hacer. Fue pasando el tiempo, hasta que nos subieron tanto el alquiler del "piso americano" donde vivíamos (un set perfecto para la película) que nos vimos forzados a cambiar de casa. Fue entonces cuando, antes de abandonarlo, de forma precipitada y de esbozo (lo cual suele ser mucho mejor) me puse a grabar planos por el piso mientras en la voz en off iba explicando la película pensada o cómo se recogía su acción en una u otra de sus habitaciones.
Me parece que "Las cosas de Teresa" no la hice en zapatillas, porque iba por casa calzado con zapatos, pero podría ser de lo más cercano de mi producción a ese "Cine en zapatillas" del que nos habló ayer en la Casa Elizalde, dentro del programa de este año del Miradocs del BEC, Pere Alberó.
Pere Alberó empezó su conferencia comentando la cierta incoherencia que veía titulando lo que se anunciaba como una "Máster Class" con el tan prosaico nombre de "Cine en zapatillas", pero aclaró rápidamente el concepto, a base de la proyección de varios excelentes ejemplos.
Ese cine de las pequeñas cosas que el cineasta tiene a su alrededor se encargó de demostrarnos que ya existía en lo primero de Louis Lumière. Nos pasó una de sus piezas iniciales, una de sus mínimas historias, tan bien encuadradas y planificadas, en la que una niña que está aprendiendo a caminar se desplaza por la acera de la casa familiar, tiene una duda, tropieza y cae. Como el subrayó, ante tanta saturación de imágenes asaltándonos por todos lados, qué maravilla regresar a la mirada fresca, virginal, de Lumière. Hasta llegó a decir que él procura iniciar sus clases con un "reseteado" de este tipo, para que sus alumnos se limpien de tanto equipaje desgraciado.

Habló entonces de dos líneas de cineastas que elevan este tipo de cine "banal", próximo, de lo que tienen a su alrededor, a la categoría de gran cine. Por un lado los que dejan las tomas de estas piezas tal cual, sin articularlas. Por otro aquellos que articulan a través de ellas todo un relato, en muchas ocasiones expresando la conciencia de una herida.
En el primer caso situó a Jonas Mekas, del que citó su frase, tan significativa, y que algo habrá tenido que ver con el cambio de rumbo del cine actual: "Necesitamos películas menos perfectas y más libres".

Del segundo puso un trozo de las "Cartas de un cineasta a su hija", de su magnífica "Trilogía de la Cabaña", felizmente editada recientemente en DVD con subtítulos en castellano. Luego un trozo de las películas iniciales de Noemí Kawase, en el que se apreciaba su esfuerzo por registrar, para que no desaparecieran como habían desaparecido sus padres, las cosas que tenía junto a sí. Y así.

La edad te la acerca más

La escena que me conmueve aparece en una película de esas que de tanto en tanto te apetece ver: un documental sobre la inmensa actriz Ingrid Bergman, que tiene la particularidad de estar estructurado a partir de sus propias filmaciones familiares, pues era una gran aficionada al cine amateur, casero, y lo filmaba todo.


Aquí lo han titulado Ingrid Bergman: Retrato de familia. Lo hizo en 2015 Sig Björkman, un director sueco que también efectuó alguna entrevista muy interesante al otro gigante Bergman, el realizador de cine. Su título inglés es quizás más preciso: Ingrid Bergman in her own words, aunque diría mucha más verdad si fuera «en sus propias imágenes», en vez de «palabras».


Tanto en sus propias filmaciones como en las secuencias de films que incorpora el documental, se ve, inicialmente, a una Ingrid Bergman bellísima, prototipo de la gran estrella americana; pero una estrella que debía tener algo realmente especial, inusual, dentro. Lo digo por ese giro que da en su vida tras haber asistido a una proyección de Roma, città aperta, un film que, en cambio, no debieron ver otras actrices americanas del momento. Ingrid Bergman sí lo vio, se conmovió con él y, como reacción, tuvo la osadía de escribir aquella famosa carta a Roberto Rossellini, diciéndole cuánto le había gustado el film y dejándole claro que ahí estaba ella, si alguna vez quería rodar con una actriz sueca que hacía películas en Hollywood y que en italiano sólo sabía decir “Ti amo!”.


Rossellini no se lo pensó dos veces y ya la tenemos, poco después, con él, rodando Stromboli, terra di Dio. Ocupan, en la isla eólica, cada uno de ellos una casa con discreta comunicación posterior, dando comidilla a la prensa del corazón por ese repentino cambio en la vida sentimental del realizador italiano, del temperamento latino de Anna Magnani al exótico encanto nórdico de la Bergman.


La secuencia que quiero destacar se encuentra, no obstante, ya bastante avanzado el documental. Se trata de una escena procedente de una película que no he sabido localizar y muestra al personaje que interpreta Ingrid Bergman viéndose tal como es, ya no joven, y exclamando:


– ¡Oh, Dios mío! Perderé a todos mis fans.


Se ve justo entonces un primer plano de ella, mirando a la cámara, con los ojos humedecidos.


He analizado después, al escribir estas líneas, por qué me conmoví con esa situación y cuál fue el motivo de las embarazosas lágrimas que pugnaban por asomarse a mis ojos. Poco antes había visto a la actriz en una prueba, sin maquillaje, efectuada a sus 19 años, por lo que podría ser la brutal constatación de todo lo perdido lo que me hubiera arrastrado, por simple comparación, hacia ese sentimiento. Pero no se trataba de ese tipo de desmorone interior. En ese caso habría visto en su rostro, como en un relámpago que se bifurca, otros dos: por un lado el de esa chica angelical de 19 años; por otro, el de ella misma, bastantes años después, interpretando –para mí que con un cierto tono malhumorado– una película para el Bergman director. O ya con el cáncer que se la llevó de este mundo.


Pero indagando y rebuscando otras causas he dado también con una razón más personal, bastante plausible. En la escena de esa película incorporada en el documental, Ingrid Bergman ya es una mujer madura. La piel de su rostro se muestra picoteada por unas pecas y no es lo tersa que se notaba justo antes, pero no ha perdido, no obstante, por ello, su poder de atracción. Al contrario: parece reclamar una caricia. Doy un salto mortal en el análisis interpretativo y recorro el posible camino seguido. Resuelvo que la visión del rostro de Ingrid Bergman me llevó a verme observando el rostro de mi madre (ya en ese momento una mujer de mediana edad) y cómo también su rostro me condujo a recordar la imagen de una fotografía suya de joven, muy guapa, en una de esas rocas que van punteando las playas de Empúries. La foto la hizo mi padre, en una estancia con ella en L’Escala, antes de su boda. Todo eso debió pasarme por la cabeza, concentrado en un flash que, inevitablemente, me deslumbró.


Vi en ese plano, en definitiva, una Ingrid Bergman muy hermosa. Y llena de humanidad.

viernes, 19 de enero de 2018

La Strada en Les fantômes du souvenir


El otro día dejé caer por aquí que ciertos payasos melodramaticos me dejaban con mal cuerpo y, sorprendentemente, descubrí que era un sentimiento bastante compartido. Lo curioso es que hace unas noches he empezado la lectura de las memorias de Serge Toubiana, el que fuera director de Cahiers du Cinéma y más tarde de la Cinemateca francesa, quien parece padecer de algo similar.
El libro ("Les fantômes du souvenir", Éditions Grasset, 2016) creo que me va a deparar -de hecho ya lo está haciendo- muy buenos momentos, pues lo noto muy bien escrito y toca temas que me tocan muy de cerca, con las sensaciones sobre el cine en primer término. Pero vayamos a la casualidad que provoca estas líneas:

En el primer capítulo (que titula "La strada") explica el recuerdo que le dejó la primera vez en que sus padres le llevaron a un cine, en su Túnez natal. Fueron a ver la película de Fellini y, como me pasó a mí, confiesa que (traducción libre) le “causó un miedo increíble y suscitó una repulsión profunda". Y sigue:

"No soporté a Giulietta Messina disfrazada de clown triste, interpretando Gelsomina, personaje pobre de espíritu con unos enormes ojos saltones. Tampoco me gustaba Anthony Quinn en su papel de feriante, inflando sus músculos para liberarse de la cadena con la que se había rodeado el torso (...). En mi recuerdo era sin duda este universo del circo ambulante, solitario y desarticulado, el que rechazaba." Y, más adelante: "De esa visión del film de Fellini nació mi desconfianza con respecto al circo, sinónimo de tristeza."

jueves, 18 de enero de 2018

Les jours où je n'existe pas

Las provisiones con las que se hace el protagonista del relato cuando vuelve a existir.
Con Luis Miguel Cintra explicando la historia de ese hombre que sólo vive la mitad del tiempo, pues vive un día, para desaparecer el siguiente y volver a aparecer al otro, la película "Les jours où je n'existe pas" (Jean-Charles Fitoussi, 2002) adquiere un aire decididamente portugués, que aún acentuaba más la creencia de que su productor había sido Paulo Branco, hasta que ahora veo que Paulo Films era la marca de otros productores, franceses para más señas.
Un París no muy usual.
Es una película inédita en España, la primera de su realizador, proyectada hoy en la Filmoteca dentro del ciclo "Cine y psicoanálisis", que ya desde hace unos años organiza La Casa de la Palabra.
Martín Grinberg, que es quien la ha escogido, ha hecho luego una prolija divagación, no sé si psicológica, pero que recordaba a revistas de esas que proliferaban por los años 80, de la que he entendido que interpreta el film como una definición del cine y su instrumento máximo, el montaje, justo por los planos inmediatamente anterior y posterior a las desapariciones del protagonista del relato.

Yo no he llegado hasta ahí. He visto en el cuento explicado, eso sí, los trastornos que puede suponer esa periódica desaparición y consecuente pérdida de vida en momentos que el mundo del que se es ajeno -y quizás con él tu enamorada- sigue su curso. El personaje del relato intenta suplir su ausencia con la lectura de los diarios, aunque nunca le satisfacen. Yo, personalmente, que también duermo cada día unas cuantas horas sin enterarme de nada y que también creo que he pasado buena parte de mi vida como si no existiera, me he tomado muy en serio, eso también, los ejercicios que intentaba el inexistente parcial los días en que existía para darse cuenta que el tiempo pasa en ocasiones lentamente y no siempre pues de la forma velocísima con que notaba (él y un servidor) que se le escapaba.

Como bien ha indicado Salvador Forasté en el coloquio, un diálogo de por el final de la película evoca ese deseo que expresaba en ocasiones Buñuel, de volver en el futuro de tanto en tanto de la tumba, leer unos cuantos diarios para ver cómo han evolucionando las cosas por aquí y volverse de nuevo. Justo el que constituye el esqueleto de uno de los últimos libros de Jean-Claude Carrière.
Película curiosa ésta, con un París y otros escenarios no habituales, que hace entrar ganas de ver las posteriores de Fitoussi. Por la sala han hablado de similitudes con el cine de Eugene Green. Yo también, a parte del tono de algunos Oliveira, he visto volar por ahí a Raúl Ruiz.

Elle s'appelait Françoise...


Parte de la hermosa cosecha parisina, este librito que no me pude resistir a llevarme de una alta pila de la librería Gallimard del Boulevard Raspail, confieso que un poco avergonzado por la elección, primando la ligereza sobre otras más sesudas piezas. Lo puse, discretamente, entre medio del botín, ocultando la fotografía de su faja con las dos hermanas Dorleac llamando la atención a distancia.
El texto de Catherine Deneuve resulta ser una entrevista en la que veinte años después de la muerte en accidente de auto de su hermana (yendo al aeropuerto de Niza, como en la ficción de "La noche americana" el personaje de Jean-Pierre Aumont) habla de ella por vez primera. Aunque ofrece aportaciones interesantes para conocer más sobre el carácter de la efímera actriz, dado su origen entendámonos: tiene más de páginas de revista de peluquería que otra cosa.
El de Truffaut, que es el que aporta al conjunto el título de "Elle s'appellait François..." ya lo conocía, porque es, desde luego, el más divulgado (todo el libro, contrariamente a la novedad que creía estar comprando, había sido publicado por otra editorial -Canal Plus- en 1996). Lo escribió Truffaut un año después de la muerte de Françoise Dorleac, aún golpeado por el hecho, pero lo suficiente recuperado para poder expresar en él todo el deslumbramiento que ella le había producido. En él explicaba cómo una y otra cez intentaba convencerla “de que no tenía nada que temer de los años que se suman a los años y que el tiempo trabajaba para ella".
El de Patrick Modiano, mucho más extenso, es una auténtica joya, por el que vale la pena la compra del libro. Se llama "Le 21 mars, le premier jour de printemps", y en él Modiano evoca los diferentes admirados encontronazos en obras de teatro, en películas, con esa estrella fugaz que fue François Dorleac. Siempre dando cuenta de la impresión personal, del engarce con su inicial trayectoria personal que esas visiones fueron teniendo.
Nicole, retratada por Pierre Lachenay en una escapada, en la ficción de "La peau douce"
(Catherine Deneuve. "Elle s'appelait Françoise..." Coordinado por Anne Andreu. Éditions Michel Lafon, 2017)

miércoles, 17 de enero de 2018

María Moliner tendiendo palabras


Entre varios compromisos para la tarde de hoy me he decidido finalmente por mantener el que me ligaba al pase en la Filmoteca del documental "María Moliner. Tendiendo palabras" (Vicky Calavia, 2017), junto a gente que adoran al personaje.
Ha estado brillante en la presentación Carme Riera, valorando la faceta de Maria Moliner, más desconocida, de bibliotecaria y organizadora de bibliotecas, aplicando la regla de Ortega y Gasset de lo que quieras para ti hacerlo para todos, como también, por otra parte, su impresionante humildad (recordando en este caso a Teresa de Jesús, explicando que lo que escribía no tenía ningún mérito, pues sólo recogía al dictado). También, claro, su faceta de mujer, pues de otro modo no se entendería la dedicatoria "A mis hijos y a mi marido, por el tiempo que les robé".
El documental, que ejerce con sus entrevistas y planteamientos de aragonés, tiene el acierto estructural de agrupar los temas que trata como si fueran voces del diccionario. De hecho, hasta los entrevistados son presentados como voces: "Fulanita de tal. f. Filóloga." Empieza desarrollando muy bien todo el tema de su biografía (familia, infancia, juventud y su etapa con las bibliotecas, hasta el estallido de la guerra civil). Colocado al principio de este bloque, aunque ya corresponda a la etapa de su elaboración del diccionario, es el divertido recuerdo de su hija explicando cómo su padre volvía de trabajar y se pasaba alrededor de la mesa de la filóloga, observando por encima de su hombro sus papeles, para regresar con la conclusión: "¡Todavía está en la 'A'!"
Luego, a mi entender, cuando entra en el desarrollo de su diccionario y a partir de ahí a dar una valoración global del personaje, cae en el defecto de querer aprovechar lo grabado en las buenas entrevistas logradas, con personas muy bien escogidas, con lo que entra en una repetición de conceptos diría que excesiva, que reclamaría una poda... dolorosa, porque lo que se debería dejar fuera estaba muy bien dicho, pero hace entrar, de otro modo, en la reiteración.
El personaje es, en cualquier caso, fascinante. Todos sabemos más o menos de la heroicidad de esta "ama de casa" trabajando durante 15 años hasta publicar su famoso y tan alabado "Diccionario de uso del español". Menos teníamos idea de su labor como organizadora de bibliotecas por toda la geografía española. En una entrevista se nos explica que en 1936 la República puso en marcha 5500 bibliotecas... muchas de las cuales desaparecieron, quemados sus libros y ellas mismas, en la postguerra.
Pero en lo que se hace más hincapié es, qué duda cabe, en el diccionario, y las cosas que se dicen y lo que se lee de él me ha hecho apuntarlo como próximo auto regalo. Lo malo es la duda surgida viendo el documental y la discusión posterior en el coloquio: ¿Qué comprar: La edición inicial de Gredos (que sólo se encuentra en libreros de viejo) o la "actualizada" - y según algunos tergiversada- por RBA? Vicky Cavalía ha reconocido disputas entre los herederos por esta cuestión y, desgraciadamente, que el costo que representaría hace imposible que aparezca en el mercado una aplicación para tabletas y móviles a la que tanto partido se le podría sacar.


domingo, 14 de enero de 2018

La maison des bois

El soldado francés vigilando al piloto y avión alemán abatidos.

Llevo siete días administrándome, casi como prescripción de salud mental y de cualquier otro tipo, un episodio diario de "La maison dels bois", la serie de televisión que Maurice Pialat rodó en 1971.
Consecuencias del pic-nic.
Hoy ha llegado su final, con el episodio que, según cuenta su montadora en los extras del pack de DVD, era el que menos agradaba a Pialat, que también lo explica en una entrevista de 2003 así mismo incluida. Según Martine Giordano lo hizo obligado por el guión, pero sin encontrarle casi ningún aliciente personal. Pialat, por su parte, señalaba que estaba lleno de convenciones, que no era en absoluto necesario y que la serie se habría podido acabar mucho mejor con el final del episodio anterior. Por mi parte, entendiendo lo que dicen y añadiendo además que se trata del episodio con más diálogos en una versión original que apenas he podido descifrar, diré que me ha servido para dejarme huérfano como Hervé, el niño protagonista, resignado -a la fuerza obligan- él a crecer y vivir lejos de la casa del bosque en la que tan feliz fue, yo a vivir el día a día sin un Pialat que echarme al gaznate.
Lectura de la correspondencia.
Ya di cuenta por aquí de la emoción y expectativas abiertas por el primer episodio. Anoto ahora, a vuela pluma, alguna cosa sobre los siguientes:
En el segundo parece que Pialat se de cuenta de que dispone de tiempo, por lo que no tiene por qué precipitarse y se permite alargar los planos, haciéndonos vivir el momento. El tercero es, sobre todo, el episodio de un pic-nic de la familia junto a un río, para el que Pialat tomó como referencia ratificada por Giordano la de "Une partie de campagne" de Jean Renoir, pero también el episodio en que más hace su aparición el humor, con esa discusión entre las dos madres de niños refugiados que van a visitarlos precisamente un día en que no las esperan. El cuarto episodio es, sin dudarlo, el de la guerra. Las topas moviéndose de un lado a otro aparecen hasta en los títulos de crédito, impresionados siempre sobre un par de planos especiales, que suelen dar cuenta del tema principal del episodio. El quinto es el del conocimiento de una gran pérdida, justo después de que toda la población deba evacuar con sus pertenencias básicas sus casas... para regresar a ellas al poco tiempo. Por último, el sexto episodio es el de la alegría del armisticio y el de las despedidas, remachado, como señalo al principio, en el séptimo y último.
Añadir leyenda
La maison des bois según Pialat.
Como ya hablé al referirme al primer episodio de las características genéricas de toda la serie, que en general quedan confirmadas con su visión, lo que cabe ahora sería hablar de alguna escena precisa de la película, que da toda ella el tono y voluntad del film en su conjunto. Una muy especial sería la del final del cuarto episodio, que también es destacada en las entrevistas extras del pack: Previamente ha habido un combate aéreo, contemplado por todo el pueblo, entre dos cazas, uno alemán y el otro francés. El avión alemán es abatido y cae a un campo de cultivo, al que acuden corriendo críos y ancianos, hasta quedar paralizados y en silencio al dar con el cadáver del piloto alemán inclinado sobre el volante. La escena que quiero mencionar viene luego. La cámara recoge un plano general sobre el campo de cultivo en el que se ve, al fondo, el avión alemán abatido, custodiado por un soldado francés haciendo guardia. La cámara va acercándose, lo que nos permite ver que encima del avión está extendido, semicubierto, el cadáver del piloto alemán. Sigue el acercamiento de la cámara y, cuando todo haría prever que nos quiere enseñar en primer plano el rostro del muerto, vemos que lo que llama su atención es en realidad el rostro del soldado francés ahí plantado, sin duda un pueblerino metido a faenas militares.
El sacristán llega a la zona de picnic donde han acudido todos los ocupantes de la casa del guardabosques.
Hay más escenas destacables. Una de ellas la tengo apuntada esperando que me sirva para escribir un artículo para "La charca literaria", en esa sección de "Casi lloré de emoción al ver esa escena en el cine". Pero quizás lo más destacable es el tono general, que evidencia las razones por las que una ingente masa de espectadores, en absoluto habituados al cine moderno, quedaran atrapados en su día por la humanidad de la historia. Una historia sacada de un folletín seguramente infumable. De esos que Pialat, en una entrevista, decía que desearía que le encargaran rodar continuamente durante toda su vida.
La camiseta y el sombrero de los que llegan y sacan a pasear en barca, para asemejarse a "Une partir de campagne".