miércoles, 24 de noviembre de 2021

Querida Chantal


Una extraña fascinación me han producido estos cinco minutos que conforman “Querida Chantal” (Nicolás Pereda, 2021; en Filmin formando parte de la selección de cortometrajes de L’Alternativa).
Referencia a una cineasta belga (que llamándose Chantal deja fácil adivinar de quién se trata), una foto inicial en blanco y negro -un retrato- que bien puede ser de uno de sus primeros cortometrajes, una pintura, una mujer (que en los títulos de crédito descubrimos que se trata de la hermana del realizador mexicano) ordenando y haciendo habitable un precioso y moderno apartamento -estilo Luis Barragán- que quizás se corresponda con el que, en la voz en off de la banda sonora, el realizador pone -por cartas sucesivas contestadas elusivamente- en disposición para su alquiler por la cineasta belga, porque se trata de un apartamento de su hermana…
Como se ve, mucho para cinco minutos con apariencia, contrariamente, minimalista. Se puede escoger entre el juego de espejos, el homenaje a la cineasta o el documental arquitectónico. O escoger uno, luego otro, luego otro. Total: siendo sólo cinco minutos se puede ver varias veces sin que pese.



 

lunes, 22 de noviembre de 2021

La puesta en escena de la pintura - 3






La tercera sesión del curso “La puesta en escena de la pintura”, impartido por José Luis Guerin nos llevó a constatar un camino cada vez más decidido hacia lo que llamó la “representación de lo invisible”.
Pasó por varias de las últimas cenas pintadas como frescos en diversos conventos de Florencia hasta llegar a la impresionante y prototípica de Leonardo da Vinci. Utilizó entonces el vaciado de Juan Manuel Ballester para poder apreciar los espacios.
Un paseo por Mantegna le permitió hacernos ver las presencias de auténticos fantasmas en los cuadros de Masaccio. Una presencia, la de los muertos, que estalla en el caso de la Simonetta Vespucci de Piera di Cosimo.
Recorrió luego el camino que lleva “de lo bíblico a lo familiar” comparando “La Presentación en el templo” de Mantegna con la de Bellini.
Recuerdo luego cuadros de voyeurs, primando el punto de vista, como en el “Susana y los viejos” de Guercino. Siguió entonces comparando los claroscuros de Caravaggio con los de De la Tour y llegamos a ver unos cuantos retratos de grupo de pintores flamencos, llegando inevitablemente a Rembrandt.
Nos despidió con un impresionante mosaico de autorretratos de Rembrandt que, desde luego, expresaban en su conjunto, como señaló, toda la condición humana.
No sé si con estas notas queda claro que estamos asistiendo a un repaso a la historia de la pintura de lo más enriquecedor, que hará que a partir de ahora cambie nuestra mirada cuando nos situemos ante un cuadro.


 

domingo, 21 de noviembre de 2021

París siempre vale una misa


Estoy pensando que París sigue siendo París..:


 

Los Belov


Del mismo realizador de un documental tan curioso como “¡Vivan las antípodas!” (2011) o mejor esa divertida película con cerdos como protagonistas, “Gunda” (2020), Viktor Kossakovsky, hay temporalmente en Filmin, gracias a L’Alternativa, “Los Belov” (1992), el que pasa por ser su primer documental.
El film, de una hora, muestra una serie de escenas de la vida de una pareja de ancianos hermanos, ambos medio idos mentalmente, a cargo de una destartalada granja. Ella canturreando canciones constantemente y desesperada por los destrozos que ocasionan constantemente las vacas, él casi siempre borracho, discurseando de lo lindo.
Por las discusiones que oímos cuando les visitan otros dos hermanos, con los que él emprende una discusión a voz en grito, sabemos que estamos en la época de Boris Yetslin. En un momento, pues, decisivo, de enfrentamiento entre ideas en la URSS, sin saber hacia dónde se iba a decantar la cosa.
Kossakovsky tiene acceso hasta a discusiones brutales entre hermanos y en la música pone tanto una canción cubana que habla de un “Caballo viejo” como una dulzona canción en inglés, que sorprende por contraste con la dureza del entorno.




 

Pasos cortos de Oskar Alegria


Vi en L’Alternativa de 2019 “Zumiriki” (Oskar Alegria, 2019), que por cierto se pasa mañana en la Filmoteca, y me convenció totalmente. L’Alternativa de este año le dedica toda una sección al realizador y ayer ofrecieron en el auditorio del CCCB sus “Pasos cortos”, un programa que ha montado para la ocasión a base de cuatro cortometrajes, cuatro encargos -según dijo ayer en la presentación que hizo, para escaparse del coloquio final- que se hizo suyos.
Según le salió -inesperadamente divertido- a Tess Renaudo, co-directora del festival, fue “casi su estreno mundial, y más en Barcelona”.
“La lengua de los Dioses” (2018), que comentó había hecho para el Nak (festival de música música contemporánea navarro), podría encuadrarse dentro de eso que se llama cine experimental. Se trata de una de esas películas, con de vez en cuando imágenes de belleza innegable, que te dan tiempo a escrutar los ojos de una lechuza o ver cómo la niebla alcanza una cima rocosa. Sobre ella el músico Philipp Laval interpretó en directo (en su día) lo que es ahora su banda sonora.
“Erleketa” (2020) es la que veo más emparentada con “Zumiriki”, pues nada más empezar ya aparece un personaje, conocedor del mundo de las abejas, que bien podría tratarse del ocupante de la cabaña del otro lado del río de aquella película. De tener que escoger una de las cuatro películas de la sesión escogería, sin dudarlo un momento, ésta.
Encargo de un Instituto de Cultura del País Vasco Francés dedicado al análisis de la palabra, tiene y muestra el aprecio de Alegría por las palabras y sus atractivos significados. Aquí es maravilloso, por ejemplo, leer la definición de una serie de palabras empleadas por pescadores que caracterizan el estado del mar cuando, bajo sus aguas, corren unas u otras bandas de peces. A cada palabra y su definición hace seguir Alegría un plano que retrata el mar en cuestión mencionando.
Pero no acaba aquí. En la presentación se volvió a reconocer como gustoso entrevistador de gente veterana, a la que sonsacar sus conocimientos, y en la película se ve y oye a una serie de ancianos reproduciendo con su boca los ruidos de los diferentes tipos de motores y barcas y toda una serie de cosas así.
“Hotza” (2018) firma parte de un film de episodios dedicado al poeta Joseba Sarrionandia, “Destierros”. Oskar Alegría se fija en únicamente un par de versos suyos, en los que plantea una pregunta sobre a dónde va un hombre que se adentra por el valle con éste todo nevado. A mí, personalmente, la resolución de la pregunta, la respuesta que completa el cuento dándole un carácter de cuento fantasioso, no me convenció, pero sí todo el recorrido que lleva a ella, en la que Alegría se recrea, en plan etnólogo, en mostrar al detalle los instrumentos y acciones que emprende el personaje del film.
Por último, “Aritzakoa” (2020) juega con el ritmo de luces y oscuridad correspondientes a las señales de un faro y lo liga con el ritmo de los versolaris. La centra en Ea, un pueblo perdido donde nació un abuelo del escritor Julio Cortázar. A la salida discutí con tres notorios espectadores sobre la utilización que hace de un narrador (me decían que era el mismo Oskar Alegría, aunque yo creía que eso la haría más personal y pensaba que estaba dicha por un locutor) como voz en off. Quizás acostumbrado a la lectura de las frases que fueran en la pantalla de los films previos, me dio la impresión de que esa voz le restaba a la partida mucho de la poesía del conjunto. Debo decir, no obstante, que no apreciaron en absoluto mi propuesta. Me dijeron que el euskera es muy bonito. Cosa que no pongo en duda y hasta suscribo, pero…






 

sábado, 20 de noviembre de 2021

Cuando pasan las cigüeñas

El plano inicial.

Viendo pasar las cigüeñas.

Fui pasándome anoche varios principios de películas soviéticas de esas que ha incluido últimamente Filmin en su catálogo, pero iba abandonándolas una tras otra. Tuvo que ser con “Cuando pasan las cigüeñas” (Mikhail Kalatozov, 1957), la película que ganó la Palma de Oro al año siguiente en Cannes, anunciando un posible deshielo en la URSS, con la que me quedara para verla de nuevo hasta el final.
Y es que, ya desde la primera escena, en un muelle junto al río, el poderío visual que muestra la película es total, justificando las voces que decían que la fuerza que había producido esas maravillas del cinema soviético de vanguardia en los años 20 y 30 seguía circulando por algunas venas de los nuevos cineastas.
Historia de amor imperecedero de una joven pareja cuando estalla la guerra que los separa, conviene ver, si no se cree lo que digo, cualquiera de esos planos en picado, los personajes solitarios caminando allá abajo, alejándose de la cámara, las veloces subidas y bajadas de la escalera de la casa de ella o bien esas otras secuencias en las que la cámara recoge con una extraña habilidad cómo la protagonista femenina avanza con dificultad entre la multitud.
Signos del deshielo rudo que se intuyó en Occidente, atentos al desarrollo de los acontecimientos tras la muerte de Stalin, hay en el film alguno, si se tiene la buena voluntad de buscarlos, pero vete a saber si son realmente lo que parecen o una casualidad: en una de las escenas de la despedida porque el hijo se va a la guerra, se valora el sentimiento casero por encima del impostado discurso encomiástico del comité fabril. También me ha resultado algo sarcástico el comentario de un personaje reconfortándose por lo que se oye por un altavoz de que no hubiera nada reseñable en el frente mientras vemos sacar venga soldados heridos de un tren.


Otro de los preciosistas planos en picado.

En las escaleras de la casa de ella.

Entre la multitud.

 

jueves, 18 de noviembre de 2021

Sesión Llorenç Soler en Barcelona

Llorenç Soler, en su casa de Barcelona. No he sabido averiguar quién hizo la foto, que no es mía.

Publicitad no encubierta, sino totalmente descubierta. Por si puede haber alguien interesado en esta sesión de mañana sábado. Ya no es muy habitual poder contar con la presencia de Llorenç Soler a una sesión:
Organitzat pel crític de “Dirigido por...” Rafel Miret es farà una sessió dedicada a Llorenç Soler i amb la seva participació.
Data: dissabte, 27 de novembre.
Lloc: Centre Cívic Urgell, c. Comte d’Urgell 145 (metro L5, Hospital Clínic)
Hora: 5 de la tarda.
Programa
El largo viaje hacia la ira (1969), 25 min.
La immigració sense control va ser un dels fenòmens més característics de la dècada dels seixanta a Barcelona. Soler fa una aproximació documental a aquest tema contraposant els habitants i els habitatges de les barraques del Camp de la Bota amb els dels principals carrers de la ciutat.
Los náufragos de la casa quebrada (2011), 46 min.
Un barri de Sòria de propietat municipal està a punt de ser desocupat, només hi queden sis persones que no estan disposades a deixar enrere els seus habitatges ni el seu passat. El director parla, i sobretot escolta, els sis nàufrags. Tots ells expliquen la seva situació personal, barrejada amb els seus records, mentre fan front a un desallotjament inevitable.
Por quién doblan las camapanas en Calatañazor? (2005), codirigida per Javier Gascón, 34 min.
L’any 1965 Orson Welles va rodar algunes escenes de Campanadas a medianoche a Calatañazor, un petit poble de la província de Sòria. Amb el pas del temps, el poble s’ha fet encara més petit degut a l’emigració dels seus habitants. Alguns que encara hi queden, o quedaven, parlen de la situació excepcional que va significar el rodatge de la pel·lícula.


El barrio de barracas del Somorrostro en un fotograma (ya muy manoseado: la película se ve mucho mejor, que ha sido restaurada) de “Largo viaje hacia la Ira”

Las casas sociales de las que fueron expulsando a todos sus habitantes en Soria para construir un nuevo barrio.

Orson Welles vestido de Falstaff por las calles de Calatañazor. “Campanadas a medianoche”.

 

miércoles, 17 de noviembre de 2021

La puesta en escena de la pintura 2



La segunda sesión del curso de José Luis Guerin sobre “La puesta en escena de la pintura” pasó ayer por Piero della Francesca. Una de las imágenes que nos planteó fue este “Sueño de Constantino”. Nos hizo fijar en ese personaje, seguramente un criado, que, “como muchos figurantes del cine –aunque comentó que cada vez van apareciendo menos- dota de alma a la escena”.
También lanzó a la discusión una pregunta con mucho juego: ¿Existió en la realidad una figura como la de la “Madonna del parto”.
Para no hablar de la aproximación que hizo entre Van Eyck y el John Ford de una escena de “The searchers” (“Centauros del desierto”) en base a una “mirada del corazón” que puede verse en ellos.
Una mina.



 

martes, 16 de noviembre de 2021

The office

Para encontrar resquicios de humedad sincera en mis ojos viendo una película he tenido que acudir a lo más clásico: al abrazo final de los enamorados, venciendo todos los inconvenientes que se han cruzado entre ellos.


En época de pertinaz sequía, cometeré una pequeña incorrección. No se trata de una película vista en un cine, sino de una serie ya antigua (The Office, 2001-2003) para la televisión. Y, puestos a delinquir, con la defensa de que se trata de algo muy visto y antiguo, destriparé sin piedad en mis comentarios su final que, como suele suceder, es el que condensa el momento emotivo.


A lo largo de los episodios de sus tres temporadas, uno de los motivos regocijantes de la serie es seguir el tira y afloja de dos de los empleados de la oficina del título en su particular atracción y contención erótica.


Tim, que aún vive en casa de sus padres, simpático, siempre dispuesto a echar y hacer echar unas risas, poco proclive a dejarse llevar por las marcianadas que con frecuencia se dan en el entorno de trabajo, siente algo por Dawn, la recepcionista con inquietudes artísticas, ninguneada por ese impresentable jefe encarnado por uno de los creadores de la serie. Y Dawn, por su parte, siente lo mismo por Tim, el único que la valora y con quien realmente se lo pasa bien. Pero los intentos de establecer una relación superior que hace Tim —obteniendo un ridículo público notorio— son sistemáticamente rechazados por ella y rápidamente corregidos por él. Entre ambos se interpone un novio formal de manual, al que acabará de conocer bien ella en todas sus consecuencias cuando vayan a vivir juntos a Estados Unidos por una larga temporada.


Hasta aquí el planteamiento de la función. Pero la trama —hay que decirlo— va aderezada con varios elementos que hacen a la serie, desde mi punto de vista, muy divertida y recomendable. Uno es la vergüenza ajena proporcionada incansablemente por el pretencioso y autocomplaciente jefe de la oficina en sus intentos de resultar “cool”. Otro, la cavernícola cortedad de un segundo de a bordo rudimentario a más no poder y, en todo momento, la burla atroz de las modas, procedimientos y frases que increíblemente aún hoy en día mueven a las empresas y sobre todo a sus departamentos de recursos humanos: ¡Palo bien fuerte a ello!


Pero falta el destripe de una de las escenas finales, al que voy a proceder sin compasión alguna ante los que lean este papelito y aún tengan pendiente ver la serie, porque no es nada que no hayan podido deducir desde el primer momento: ¡Sí! ¡Por fin, al final, Dawn y Tim acaban juntos!


Lo importante es la forma en que lo representan, acudiendo a lo más sobado, pero también lo más eficaz de los mecanismos disponibles. Tim está, melancólico, viendo venir otra temporada solitaria, después de que Dawn haya abandonado el día anterior la fiesta celebrada en la oficina por las vacaciones navideñas. Al día siguiente, avisa, deberán embarcar de buena mañana en un avión que les conduciría de nuevo a su novio y a ella a los Estados Unidos. Llega la mañana fatal y Tim vuelve y se pasea por la oficina como ánima en pena, pero dispuesto a, como siempre, intentar superarlo. Está hablando con alguien cuando, sin que se dé cuenta, Dawn irrumpe por la puerta y se dirige decidida hacia él, abrazándolo y besándolo, dejando a todos sorprendidos y a los seguidores hasta ahí de la serie más contentos que unas pascuas. Tim, ahora ya el hombre más feliz del mundo, le corresponde.


Lo dicho: ese empeño fracasado una y otra vez (pese a que todos los espectadores detectan que el emparejamiento de Tim y Dawn sería la solución para ambos), todas esas trabas, aparentemente insalvables, para su propósito y la sorpresa final a base de un abrazo que deja las cosas en donde todos los espectadores deseaban son mano de santo, el procedimiento clásico, para desatar las emociones.

La puesta en escena de la pintura

 


Disfrutando como un energúmeno en el curso de José Luis Guerin que empezó ayer, “La puesta en escena de la pintura”.
Con el objetivo de “pensar el cine a través de la pintura” ayer inició su charla con la primitiva pintura china, absolutamente avanzada en la materia a la occidental… para excusarse diciendo que se centraría en el mundo occidental.
Uno de los engranajes fundamentales en esa historia de la puesta en escena mostrada por la pintura fue Giotto, por lo que ocupó buena parte de la charla: nos inundó de cúpulas celestes.
Y una de las cosas en las que nos hizo fijar de Giotto y en la que yo no había reparado fue en esa diagonal que suele imprimir en sus obras, como en esta escena que representa el anuncio a Ana, de la capilla de los Scrovegni de Padua bastante lejana de ser de las más “bonitas”, la marcada de punta a punta por el brazo de la criada de la izquierda y culminando en el del ángel y sus alas a la derecha.
Tres densas -pero llenas de placer- horas constituyeron la sesión, de las que deduces inmediatamente el trabajo y la ingente reflexión que hay detrás de ella. Y de entre las reflexiones, puesto que los frescos de las iglesias medievales han sido el grueso de la materia, destaco aquí una que da bastante de sí:
“Como la enorme mayoría de los feligreses eran analfabetos, las iglesias estaban llenas de historias contadas en imágenes” -hemos leído u oído decir constantemente. No es que Guerin fuera ayer contra esa afirmación de que esas pinturas estaban llenas de historias. Precisamente de la puesta en escena de las mismas iba la sesión. Pero sí negaba la mayor: que lo que no habrían entendido leyendo, porque no sabían, lo hacían viendo las imágenes. Porque -reflexionó en voz alta- esas historias no se deducen de lo que se ve si no se dispone previamente de mucha información, como un gran conocimiento de las Santas Escrituras o las vidas y leyendas sobre los santos. Son imágenes, pues, que, como mínimo, han debido ser oídas previamente. Necesitan un mediador. Quizás lo que pasa -finalizó- es que a la Iglesia ya le interesaba hacer de mediadora, para explicar lo que quería y como quería.


lunes, 15 de noviembre de 2021

La carta que nunca fue enviada


Lo primero que vemos de “La carta que nunca fue enviada” (Mikhail Kalatozov, 1960; en Filmin) está captado desde un helicóptero. Éste agita las aguas de un gran río, desde el que le despiden un equipo de cuatro personas.
Esas cuatro personas, tres hombres y la mujer de uno de ellos, forman un equipo de geólogos que parten en verano hacia Siberia a mirar de encontrar diamantes, donde diversos científicos han elucubrado que deben existir.
La tensión inicial la causa, claro está, la mujer, de quien cae enamorado el segundo del equipo, mientras que luego la que marcará la pauta de la acción, ya entrado el otoño, será la impenetrable taiga siberiana que, a base de películas, uno va sabiendo cómo se las gasta.
A una llamada de emergencia que efectúan por radio responden desde Moscú con sólo retórica, lo que me ha llevado por un momento a pensar en una cierta crítica política, pero en seguida los hechos se encargan de aclarar que de eso nada.
El film se convierte, en su segunda parte, en un angustioso recorrido hacia la casi imposible salvación, que por momentos recuerdan a embates de ciertos westerns. Kalatozov, que ya sabemos tiene un pulso que recuerda el de los grandes cineastas de la vanguardia de los años treinta, nos da todo un recital en sus tomas, aportando relieves inusitados de los expedicionarios sobre el fondo del paisaje o de los cielos y todo tipo de espectaculares escenas desde el punto de vista formal.




 

domingo, 14 de noviembre de 2021

Paisajes de resistencia


No encuentro motivo más loable para emprender una película que el de “Paisajes de resistencia” (2021; en Filmin durante el CINEBI). En ella Marta Popivoda recoge los recuerdos de la abuela de su pareja (la coguionista del film, Ana Vujanovic) como partisana yugoslava que acabó recluida en Auschwitz, para ver de ponerlos como ejemplo de postura a seguir a sus coetáneos.
Marta Popivoda acompaña esos recuerdos captados de viva voz de imágenes de los sitios evocados por el relato, con una aproximación muy sensorial, y de la visión de unas cartas actuales que ponen en evidencia las intenciones de la elaboración del film en su relación con el momento actual.




 

State Funeral



Junto a “Process”, la película que ofrece toda una exhaustiva visión documental de uno de los juicios estalinianos de la URSS, en Filmin han colgado también del mismo Sergei Loznitsa, correspondiente al CINEBI, “State Funeral” (2019), un también exhaustivo seguimiento de las imágenes documentales, muchas en color, la mayoría en blanco y negro, captadas en 1953, de todo lo que, oficial y popularmente, se organizó los días siguientes a la muerte de Stalin.
Con un interés decreciente, porque tras la jocosa sorpresa inicial tanta precisión te acaba integrando en la nefasta época, hasta el inevitable remonte de interés final, vamos viendo por orden que debemos creer cronológico la acogida cariacontecida de la gente a la noticia de la muerte del dictador (el que vendía en su kiosco uno tras otro diarios con la noticia debió hacer su agosto), la llegada al aeropuerto de Moscú de las delegaciones de todos los países comunistas, los relamidos discursos oficiales en todos lados ante mudas multitudes, las ofertas florales y el paso de la población ante el féretro (¡qué similitud con lo visto por aquí con el de Franco!) y, finalmente, el funeral en sí en la Plaza Roja, con los discursos de todos los mandamases del momento de la URSS (Jrushchov, Molotov, Beria, …).
Realmente, lo que se dice un auténtico documento, que, conociendo al pájaro y cómo se desarrollaron los acontecimientos posteriormente, te hace pasar desde la vergüenza ajena hasta el mayor de los estremecimientos.





 

viernes, 12 de noviembre de 2021

Process


En la imagen, el ingeniero Kuprianov declarando en los años treinta ante un tribunal de la URSS presidido por Vishinski, que le acusa a él y a otros profesionales altos cargos de formar parte de un “Partido Industrial” que, con afán contrarevolucionario, quiere evitar la consecución de los planes quinquenales soviéticos.
En “Process” (Sergei Loznitsa, 2018, visible en Filmin unos días, durante el Festival de Cine Documental de Bilbao, Cinebi) podemos ver con gran estupor como todos los ingenieros acusados se declaran culpables ante el tribunal y la sala del juicio repleta de un público (la otra imagen) que, en los momentos de receso del juicio, desfila enfervorecidamente, con pancartas, pidiendo el fusilamiento de los acusados.
Artificio teatral organizado por las autoridades estalinistas -como parece sostener Loznitsa- o no, lo cierto es que, sabiendo de las brutales purgas habidas en la URSS en ese periodo, a uno se le congela la mirada sobre esos personajes que, conmovidos pero serenos, no dejan por ello de aceptar la pena que les caiga encima y de hablar con optimismo de la grandeza del imparable proceso revolucionario que está viviendo el país.



 

La ruleta de la fortuna y la fantasía


Ahora que escasean los grandes autores cinematográficos, es de lo más lógico que se encumbre a alguien como Ryūsuke Hamaguchi, del que en el Boliche se inicia hoy la segunda semana de “La ruleta de la fortuna y la fantasía” (2021).
Descubrí por casualidad su “Happy hour” (2015), que me hizo recordar su apellido (fácil dentro de lo japonés, por lo demás), lo que no quitó para que, llevando la contraria de todo el mundo que la vio, no me resultase su siguiente “Asako I y II” (2018).
En tiempos de cierta escasez de propuestas atractivas, esta y la otra película que ha hecho este mismo año 2021, eran, a partir de su tráiler, de sus imágenes entrevistas por diversas publicaciones, por contraste, de lo que me parecía más atractivo de la oferta cinematográfica. Solo he visto de momento la primera, de cuya sesión salí ayer satisfecho, pero con alguna cosilla que rebajaba algo el entusiasmo. Como se ha hablado de la película mucho, dejaré aquí constancia únicamente de las cosas que personalmente me suscitó, tanto a favor como en contra.
Una primera es algo colateral a la película: el acercamiento a lo japonés y específicamente a Tokio que, para uno que no ha estado por ahí como yo, procura y no sólo por esa gelatina de judías que golosamente se meten en el cuerpo algunos de sus personajes o por ese celo con el que preservan su espacio vital, huyendo de todo contacto personal.
Si mediante “Tokyo ride” (Ila Beka y Louise Lemoine, 2020) descubrí una idea básica de la formación de la gran ciudad actual, como que las autovías que la recorren siguen los antiguos canales que comunicaban toda la ciudad, esta “Guten to sozo” es su demostración palpable (véase el largo recorrido en taxi de su primer episodio). Pero también, en los otros dos capítulos, ese uso de los transportes públicos, los centros que suponen las estaciones, los barrios residenciales apartados de las grandes vías, etc.
Una segunda cuestión es la referencia efectuada a dos grandes cineastas. Hamaguchi parece rechazar la influencia de Hong Sang soo, si bien basta oír la musiquilla inicial y final del film para que te vengan a la cabeza las últimas películas del coreano. En cambio, pone como básica la de Éric Rohmer. En ambos están también esas largas conversaciones de los protagonistas y es más que probable que del Rohmer de “El Amigo de mi amiga” y sus encuentros azarosos en la banlieu sea muy deudor el Hamaguchi del tercer episodio o incluso ese azar al que hace mención el título de todo el film.
Empecé, cavilando muchas de estas cosas, plenamente atrapado, el primer episodio del film, hasta que, llegado el quiebro “azaroso” que contiene, se perdió para mí mucho de la magia (ya que se habla de ello), de la inmediatez, de los personajes y empecé a ver lo forzado de la situación. Ya eran actores efectuando una laboriosa representación para el espectáculo al que yo asistía. Sin la frescura pescada inicialmente, al menos este espectador empezó a ver casi únicamente la construcción que había ahí detrás.
Algo así sucede también en el segundo episodio, que parece acercarse argumentalmente en un momento al “Oleanna” (1994) de David Mamet. En él empiezas a dudar de la precisión del idioma utilizado por los que han elaborado los subtítulos, que ya habían ofrecido algún sobresalto -siempre rondando temas sexuales- en el primer episodio, por lo opuestos a lo que se conoce del carácter y precaución en estas cosas del espíritu japonés. Un según cómo desconcertante beso con el que concluye el episodio, que te hace remover todo lo que has ido elaborando en tu pensamiento, acaba felizmente con este tipo de reparos.
Por último el tercer episodio se eleva, en mi visión y al margen de lo ya comentado del mismo, como el más representativo de lo que es para mí la película, con sus situaciones oscilando de la incredulidad a momentos de auténtica verdad, que llegan.


 

miércoles, 10 de noviembre de 2021

Otto


La plataforma Mubi ha colgado varías películas de Cao Guimarães, un cineasta brasileño del que creo no haber visto nada previamente.
De entre la oferta, escojo un tipo de película que me suele atraer, la que habla del cineasta como voyeur. El objeto de sus miradas cautivas es, desde que la encontró en un cine viendo una película de la que fueron sus únicos espectadores (según explica en los escasos momentos en que hace de narrador en la banda sonora con unas prosas bastante poéticas) su mujer, Florencia Martínez, quien firma con él aspectos técnicos de la pieza, como la fotografía.
En sitios como Istanbul, aunque con ella presente, la mirada se le escapa a otras muchas cosas que el cineasta, presa de su mal, no puede dejar de encuadrar y filmar.
Y es precisamente en Istanbul donde, según explica, fue concebido su hijo, con lo que a partir de entonces el film se convierte en la historia de una gestación, hasta la aparición en el último plano en la playa del Otto del título, ofreciendo a la pelicula un carácter circular y de pensamiento de Heráclito (a quien se cita al final, de la misma manera que al principio se cita a Ciorán viniendo a decir que lo más personal es lo más universal).
Una película que podría pasar perfectamente en el Xcèntric (ese que ahora celebra su XX aniversario) que a mí más me gusta, el de los diarios y filmaciones varias personales.


 

El mundo de Apu


Si se dice que un clásico es aquel que, siendo ya del pasado, continúa mostrando su vigencia y puede servir como modelo, qué duda cabe que “El mundo de Apu” (Satyajit Ray, 1959; en su ciclo de la Filmoteca en una copia que parece haber llegado directamente de la India) es uno de ellos, y no todo eso que clasifican como tales en las plataformas.
Tiene la película un mínimo prólogo, de dos únicos planos, que ya te sitúan en el momento de la vida de Apu que va a narrar y en el ambiente general en el que se encuentra. En el primer plano podemos leer un escrito a mano que lee Apu, en el que su profesor certifica que ha obtenido un grado intermedio de estudios y le alaba su valía. En el segundo el profesor despide a Apu lamentándose de que la situación económica de su alumno no le permita graduarse. Están en Calcuta y, al abrir la puerta se oyen unos gritos de protesta, reivindicativos, de los universitarios. Hay entonces un fundido en negro y empieza a sonar el sitar de Ravi Shankar acompañando vivamente a los títulos de crédito. Una música, la de Ravi Shankar, que luego va a ser un elemento inseparable de la evolución de la película, elevándola.
Mencionaré aquí ahora sólo otra escena, para señalar cómo demuestra la sensibilidad de Apu. Éste está escogiendo los libros de su menguada biblioteca que sean susceptibles de ser vendidos, pudiendo así pagar los retrasos que debe al casero. Contempla uno de los libros y encuentra entre sus páginas unas hojas de una planta. Las acaricia y traslada al interior de uno de los libros que va a quedarse con él. Ahora tendría que revisar “Aparajito”, la anterior película de la trilogía, para ver si se muestran en ella las circunstancias en que la colocó originalmente entre las páginas del libro.
Es extraordinario cómo recoge, más tarde, las miradas de ella, Apurna, esa a la vez frágil y decidida maravilla humana, contemplando el cuartucho donde va a tener que vivir. No soportando el contraste con la casa familiar de la que procede, corre entonces hacia un rincón y rompe a llorar. La escena, por cierto, me ha recordado el desespero -similar- del personaje de Ingrid Bergman cuando descubre cómo es el “Stromboli” donde va a pasar a vivir en el futuro. Si esta última consigue superar la situación gracias a la intervención divina, Apurna lo hará enseguida, a base únicamente de su propia fuerza de voluntad.
Esta película -de la que por cierto coincidimos luego en que tiene una presencia del tren constante-, como toda la trilogía de Apu completa (con el tren también uno de sus protagonistas), se puede ver una y otra vez, siempre emocionando y provocando tu reconciliación con el cine, por muchas trastadas que te haya proporcionado últimamente. Un clásico vivificante, pues. Con esa sensación salimos, al menos, anoche de la sala de la Filmoteca donde la proyectaron.
No es lo mismo que verlo en condiciones en pantalla grande, pero el ciclo completo también puede encontrarse en Filmin.


 

lunes, 8 de noviembre de 2021

The manxman


“No es un film de Hitchcock” -concluye categórico, el mismo Alfred Hitchcock cuando habla con François Truffaut sobre “The manxman” (1929; en Netflix). Y, ciertamente, en varios momentos me parecía estar viendo un film escandinavo planteando dilemas morales con férrea voluntad.
Truffaut intenta salvarlo por todos los detalles que se le ocurren (que si anuncia mucho el cine sonoro, que si se parece argumentalmente a alguna otra suya, que si se ve que la rodó con cierta convicción).
Pero Hitchcock no le concede la mínima: “El único interés de ‘The Manxman’ es el de ser mi última película muda”, “era muy vulgar, sin humor”…
Y, como única justificación de haberla hecho como la hizo: “Se trataba de una adaptación de una novela muy conocida de Sir Hall Caine (sobre un pescador de la Isla de Man sin un centavo que se va a trabajar en África para poder casarse con la hija del tabernero y le pide a su gran amigo abogado, de otra clase social, que cuide de ella…). Era un libro que tenía una gran reputación y que pertenecía a una tradición; era preciso, pues, respetar tanto la reputación del autor como dicho tradición.”
Vamos, la confirmación de que Hitchcock se crece, porque entonces puede aplicar sin problemas todos sus recursos, adaptando una novelucha, por encima de una novela de culto. Esperemos, pues, aún valorando como sabe mantener la atención del espectador ante este tremebundo melodrama, otra adaptación suya en la que dispense sin trabas toda su ironía.