martes, 3 de noviembre de 2026

Delirios de amor

Una serie en la que se hacen muy presentes, fundamentales, los espejos…

Kiki.

Kiki.

“Delirios de amor” (1989) tiene un poco de todo. “Kiki” es el episodio nada menos que de Adolfo Arrieta, con su estrella Javier Grandes (y Clara Sanchís). En él a una pareja que empieza muy juguetona se le cruza un gato, precisamente Kiki. En esta ocasión el director de fotografía es Jaume Peracaula, que se repite en otros episodios. Cavilo que debe ser la ocasión en que Arrieta dispuso para su trabajo de un presupuesto más holgado.
No lo he dejado dicho por ningún lado, pero en los episodios de “Delirios de amor”, si hay un elemento que se repite, este es el espejo, apareciendo por doquier. Van bien para definir el tono general de una época narcisista, en la que sus personajes miraban de descubrirse y, luego, convencerse a sí mismos.
Pero habría que hablar de la traca y colofón final de la serie, con dos episodios (“La pupila del éxito”, de Luis Eduardo Aute, y “Pàrpados”, de Iván Zulueta) que veo ahora que, entre juego y juego, firmaban la desaparición por un desagüe vertiginoso -como el de la ducha de “Psicosis”- de toda una época de Madrid, que había creído poder reinventarse.


El episodio de Aute es mas Ceesepe que el dirigido por él mismo.

La pupila del éxtasis.

Un Ceesepe que es él mismo, pero también muy Buster Keaton.

La pupila del éxito.

El decorado onírico de “La pupila del éxito”.

Párpados.

Marisa Paredes (en la cumbre de su personaje) y la imprescindible Marta Fernandez Muro.

Eusebio Poncela y Marisa Paredes.

Los espejos de “Párpados” lo son de otra manera.

 

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