domingo, 6 de septiembre de 2020

La terre de la folie

Lugares tan idílicos quizás guarden rectas de locura criminal insospechadas...

Luc Moullet explicando los crímenes cometidos por un pariente suyo al que se le fue la cabeza.

¿Será ese persistente viento el causante de esos trastornos?

Fui bastante por trabajo a una fábrica del valle del rio Pas y ahí oía historias terribles que ponían en duda la placidez que se vivía en un entorno tan bello. Recuerdo, por ejemplo, una escalada de violencia por rivalidad ancestral entre dos familias pasiegas. Uno taló los árboles de la linde del otro y éste, ni corto ni perezoso, como podrían hacer unos sanguinarios mafiosos de película, se dirigió a las tierras del que le había hecho la afrenta y decapitó a su mula.
En MUBI está ahora también una curiosa película de ese curioso realizador que es Luc Moullet, el superviviente -junto a Godard, de la Nouvelle Vague: “La terre de la folie” (2009). En ella, el mismo Moullet se presenta como una persona que no es normal y rehuye la presencia humana, empezando a explicar lo que luego él mismo, junto a otras personas del lugar a las que pregunta, sostienen en la película: que en la tierra de sus ancestros, en los Alpes del Sur, en un limitado territorio hexagonal muy concreto, se producen ataques de locura que llevan a los crímenes más atroces.
Por lo que se va oyendo, las causas pueden ser varias, desde el fuerte viento, que como se dice de la tramontana, acaba afectando a las mentes, hasta los ahorros que se han buscado en los cuidados psiquiátricos de la región y zonas colindantes, pasando por las radiaciones de Chernobil o, lo más probable, rivalidades familiares, celos y demás pasiones humanas, que hacen saltar algún resorte de forma inesperada.
Así pues, en esos paisajes tan hermosos, en esos pueblos que aparentemente son el lugar perfecto para la contemplación, el reposo y la tranquilidad, resulta que con cierta frecuencia se comete un violento crimen. De los relatos de todos estos crímenes se nutre la película, básicamente recogiendo las narraciones de la gente, pero también pequeñas, parciales, complementarias recreaciones de aspectos de detalle.
Es una película realizada por Moullet -en lo que es su marca de la casa, pero que aquí, dado el tema, llegas a pensar si no será que realmente está algo ido- con un notorio sentido del humor. A los que hablan les pone sus nombres en un alerón de un tejado o en la escena final hace que todo lo que ha ido presentando se ponga, divertidamente, en cuestión.

Un habitante de una de las poblaciones habla de su pueblo como lugar de encuentro de antiguos miembros de la mafia marsellesa y de otros malhechores de lugares cercanos.

Ésta es, posiblemente, la recreación más completa. Vemos a un muerto en el camino. En otras ocasiones se ve solo a la cabra causante de la discusión que lleva a la masacre, una hoz recortándose en el cielo, cosas así.



 

Les enfants d’Isadora

Ejercicio actual de reflexión, de introspección, de danza callada sobre sentimientos y belleza como la de Isadora Duncan después de morir sus dos hijos es “Les enfants d’Isadora” (Damien Manivel, 2019), que puede verse en Mubi. Prevengo a Maite de que, ciertamente, es muy parsimoniosa.







sábado, 5 de septiembre de 2020

Paris. Clair-Obscur






Después de haber practicado el cine de autor y luego ensayado comedias en las que la puesta en escena tenía un papel importante, Felipe Vega se ha refugiado últimamente en el campo del documental.
Ahora la Filmoteca Española nos sorprende ofreciendo (enlace abajo; hay copia sin subtítulos también en Vimeo) “Paris. Clair-Obscur”. (2019), que ha co-dirigido con Cécile O. Carvallo.
Los seguidores de Modiano están de enhorabuena. Durante 12 minutos vamos viendo una sucesión de extraordinarias fotografías actuales y antiguas, todas ellas impregnadas de la atmósfera de sus novelas, mientras que un narrador nos hace llegar extractos de varias de ellas que parecen realmente sacadas de lo narrado. El París de la ocupación, de los terrenos marginales, de las denuncias, de una memoria que quizás sea errónea, se respira.


 

lunes, 31 de agosto de 2020

El próximo otoño


Se acabó el repaso exhaustivo al cine español en La 2, pero aún así de tanto en tanto se ofrece ahí la oportunidad de recuperar alguna cinta histórica. Ahora ha ocurrido con una de las más nombradas del Nuevo Cine Español, “El próximo otoño” (1967), de Antxon Eceiza.
Eceiza era marxista (como todos los que colaboraron con él en el guión: Víctor Érice, José Luis Egea y Santiago San Miguel), y eso se había de reflejar de alguna forma en la historia del film, que es una historia protagonizada por dos clases sociales.
La hija de una familia del bando nacional, él con el típico bigotito, negocios inmobiliarios, proyectando urbanizaciones, trae este verano a veranear a Almuñécar, en una costa andaluza casi intocada, pero en donde empiezan a aparecer grandes edificios, actividades y urbanizaciones turísticas, a una amiga francesa, Monique (a la sazón interpretada, con un castellano perfecto al que solo añade tanto en tanto alguna expresión francesa, por Sonia Bruno)
Esta familia contrata durante el verano, para hacer de piloto de la barca o para lo que se tercie, a Juan (el mismo nombre que el de los protagonistas de los primeros films de Juan Antonio Bardém, siempre representando al intelectual concienciado o, como en este caso, a la clase obrera). Y Juan, que es desesperadamente pacato y paraillo, salido del seminario, asombrado con la deferencia con la que lo trata Monique, cae totalmente enamorado de ella.
Son, como puede suponerse, dos mundos, retratados por todo el equipo habitual de las producciones Querejeta: Así, por ejemplo, de los bailes raciales o modernos del recién inaugurado Dancing, Eceiza pasa por corte a los penosos trabajos, al mismo tiempo, de los pescadores en la playa.
En el pueblo, aún con cierta vida autóctona, con mayoría de pescadores, con la emigración hasta entonces como única alternativa, pero ya pasando poco a poco a desarrollar trabajos para el turismo, hasta los niños actúan como represores de la pareja.
Quería ver si todos estos aspectos quedaban resaltados en la revista Nuestro Cine, que siempre solía avalar películas con este tipo de intenciones, pero he visto que no tengo el número en que debieron hablar de ella. No creo que fuera el mismo Érice u otro del equipo del film el que escribiera la crítica, porque habría quedado feo.


 

martes, 25 de agosto de 2020

The souvenir

En la imagen no se aprecian los perros, que completan el cuadro de esta escena de paseo campestre de las dos parejas, una los padres de ella.
Honor Swinton Byrne

La inusual pareja en su apartamento.

Mi cicatero espíritu ha estado a punto de dejarme sin ver la maravilla que todos califican como la gran sorpresa de la temporada. Por suerte esta noche he roto la barrera esa que me había autoimpuesto de no pagar ningún extra a lo fijo que ya destino mensualmente para ver cine en plataformas digitales y he visto, a una semana (creo) de desaparecer de Filmin, “The souvenir” (Joanna Hogg, 2019).
Mi consejo: ¡qué son 3,95 euros hoy en día! ¡A rascarse el bolsillo! Por esa cantidad, al menos estando suscrito a Filmin (no sé muy bien cómo va la cosa) se puede ver la que para mí supone una de las propuestas más sólidas del cine reciente.
Para decir algo sobre su trama, explicar que narra una evolución, acelerada, de la relación de una pareja, tras su encuentro e inicio de convivencia. La protagonista absoluta de la función es una increíble Julie (Honor Swinton Byrne), estudiante de cine, lo que da pie a entrar en una nada superficial muestra de cine dentro del cine.
Pero esto no sería decir nada si no se entiende que todo ello está servido en escenas impresionistas pero no mucho, que van haciendo avanzar -con sus momentos de ralentización y otros de aceleración- el endiablado espiral de la trama, que no es otro (y esto ya es cosecha mía) que la del acceso a la madurez. Y que cada escena está envuelta en una atmósfera especifica, en un film en el que el ambiente lo es todo.
En este sentido, el que se parezca en nada y además, como tuvo sus buenos detractores, quizás lo que diré ahuyenta a espectadores que podrían, de otra forma, valorarla, pero en ciertos momentos “The souvenir” me ha remitido, por su captación y exhibición de ambiente, a “El hilo invisible”
Por el final he quedado atrapado por la imagen de la madre (Tilda Swinton), diligente, preocupada por su hija. Y no ha sido hasta entonces que he reparado en que madre e hija lo son tanto en la ficción como en la realidad.

En uno de los lugares de alto standing en donde se reúnen.

Y uno más.



 

lunes, 24 de agosto de 2020

Nostromo: el sueño imposible de David Lean


En vez de hacer el típico documental al uso sobre un gran director de cine, los responsables de “Nostromo: el sueño imposible de David Lean” (Pedro González Bermudez, 2017; en TCM) han sabido concentrarse en un único aspecto de su vida: la larga preparación de la que iba a ser su último film, la adaptación del “Nostromo” de Joseph Conrad.
Con esta inteligente artimaña, pese a que, como suele suceder, parece que no sepan con qué frases “definitivas” finalizarlo, el carácter y la práctica obsesivos del tan perfeccionista director de cine quedan mejor expuestos que haciendo explicar ésta o aquella anécdota a la gente que lo trataron mientras se va siguiendo por orden cronológico toda su vida.

 

domingo, 23 de agosto de 2020

Yoshiwara


¡Qué extraña película “Yoshiwara” (1937)! El recorrido de Max Ophuls por varios países estropeos tras salir de Alemania en los años 30 está lleno de películas extrañas, singulares, para bien o para mal. Ésta narra, con gran convicción, una historia de amor(es) desatado(s), ambientada en Japón a finales del s.XIX.
Un aspecto de composición en medio de unos decorados más bien sus géneris alerta nada más empezar del cuidado formal y de todo tipo del film. La protagonista se recluye, a la muerte de su padre, sin medios económicos para salvaguardar a su familia, en una casa de geishas, donde la van a formar como tal. Tras el primer paso que da en ese recinto la vemos tras diferentes enrejados, dando la impresión irremediable de prisionera.
A la extrañeza colabora, y no para bien, que los diálogos de una película que se presenta con tal gusto y motivos japoneses sean en francés. Al cabo de un rato, olvidamos por un momento el tono japonés y entramos en una historia rusa... rodada no se sabe muy bien donde, pero en la que los rusos hablan también francés.
Y, para acabar con la relación, una pelea de gallos aporta hasta la nota mexicana.
Los dos amores (de un culi y de un oficial ruso) apuntan a un mismo vértice, la chica de buena familia que se ha convertido por voluntad propia y sacrificio en geisha. Uno contempla su objeto del deseo con ojos entornados, de lejos, entre la niebla. El otro se monta una romántica historia ideal con decorados como el del tren de aquella atracción de feria de “Carta a una desconocida”.
Para dar el tono romántico desatado de la película colabora en gran medida la música, retomada en algún momento como tarareo por los dos o uno de los dos de la pareja. En este sentido, un encadenado de escenas que marcan el paso del tiempo, por ejemplo, vienen subrayados por la tonada principal.
Desde el principio de la película, aún en sus momentos de felicidad o comicidad, una fuerte idea de fatalidad la recorre.

 

Un tigre en la red


Finalmene no aparecieron como pensaba en “Red siniestra” e, inesperadamente, los dos leones de la insignia de la Compagnie des Wagons-Lits van y surgen en los vagones de una de las últimas escenas de “Un tigre en la red” (“Il tigre”, Dino Risi, 1967).
La película me provoca varios problemas de orden lógico. Si el Astoria era un cine de estreno, ¿como puedo mantener en el recuerdo el acceder con un grupo de amigos a su anfiteatro mientras suena la canción “Cuore Matto” (enlace abajo), que aparece ya bien entrada en metraje? ¿Habría alguna suerte de sesión continua?
Era ese el tipo de películas que gustaba en el grupo, o del tipo del que todos salíamos contentos, diciendo que nos había gustado, porque era lo que tocaba. Y visto en retrospectiva, mucho mejor si firmaba Dino Risi que otros, desde luego.
Alguna reflexión tras su visión actual, gracias a Filmin: Una sería ¡Cómo marcaba la época -1967- en los trajes juveniles “desenfadados”, los colores, la música, o hasta esa aparición de un Scalextric gigante, ave de temporada!
Pero la más importante, vista desde “la última vuelta del camino”: Vittorio Gassman vive la crisis de la media edad. Ese hombre ridículo a fuerza de viejo haciéndose el joven, figura que tiene -quién los pillara- 44 años. Y a esa edad ya está huyendo de lo que su confesor/asesor psicológico llama el “sensus finis”.

 

sábado, 22 de agosto de 2020

1944. Le Havre bajo las bombas aliadas



Un documental francés de 2017 pasado por La 2, “1944. Le Havre bajo las bombas aliadas” (Emmanuel Amara) repasa las circunstancias y los hechos que llevaron a la destrucción a la ciudad francesa en ese año.
En el documental se ve como los bombardeos de los días 5 y 6 de septiembre se hicieron exclusivamente, de forma masiva, sobre un área central de la ciudad (marcada lumínicamente por la flotilla aérea avanzada británica) que quedó totalmente arrasada, dejando totalmente al margen las fortificaciones que rodeaban el puerto, donde se refugiaban las tropas alemanas. Todas las víctimas fueron habitantes civiles de la ciudad que no habían podido abandonarla.
Apoyándose en esa demostración de fuerza -¡sobre la población francesa!- el mando británico, amenazando con seguir los bombardeos, propuso nuevamente la rendición de la plaza al comandante alemán, encargado de su defensa personalmente por Hitler. Se negó.
Calles, plazas, edificios,... No quedó nada en pie. El arquitecto Auguste Perret recibió el encargo de hacer renacer Le Havre. Lo hizo a base de una distribución de nueva planta y una nueva arquitectura, utilizando el hormigón, que surgió sobre el terreno devastado. Te paseas junto a un canal del que has visto en fotografías antiguas que se adentraba hasta el centro de la ciudad, siendo básicamente su meollo. Cuesta tanto pensar que estas recorriendo ese sitio del viejo Le Havre como, en la isla de Lanzarote, ser consciente, recorriendo Timanfaya, que debajo de tus pies están sepultados por la lava varios pueblos.

 

Avec la peau des autres


Como se ha desatado una cierta fiebre Jacques Deray por aquí, que reconozco contemplo a una cierta distancia (yo lo tengo como facedor de películas del estilo de las que íbamos a ver con fruición en programas dobles veraniegos durante la infancia o, alargando un poco la sensación, alguna película puntera del cine comercial de juventud), viendo que TV5Monde -mi principal suministrador de rarezas de este estilo últimamente- programaba “Red siniestra” (“Avec la peau des autres”, 1966), pues he acudido a ella.
Responde al patrón de película con espías, agentes dobles durante la guerra fría, etc., con el aliciente de situar su trama en Viena, una ciudad muy apta para estas cosas y que, contemplada desde la visión de la impoluta Viena actual, luce sorprendentemente siniestra, con muros llenos de desconchados. Quizás las repercusiones físicas de la guerra sobre la ciudad estaban aún muy presentes.
Una segunda sorpresa es que ya te puedes reír de la licencia para matar de James Bond. Lino Ventura, el bueno, el que va a rescatar a su amigo, sospechoso de traición, a la ciudad, se carga a sangre fría a todo bicho viviente que se le ponga por delante, sin ningún miramiento y nada parecido a lo de los tres altos reglamentarios. Deja tan pancho un buen reguero de fiambres a sus espaldas.
Y una curiosidad... no satisfecha. Como estoy leyendo precisamente el “Orient Express” de Mauricio Wiesenthal, ahora ya sé que el mítico enlace ferroviario tuvo su última expedición en 1977, por lo que en la época de la película estaba totalmente activo. Uno de los alicientes para ir siguiendo mínimamente la trama, con muertes y bofetadas de Lino Ventura incluidas, era ver aparecer los famosos coches cama de la Compagnie des Wagons-lits, pues se nombra al Orient-Express desde el primer momento y sabemos que gozará de un cierto protagonismo. La decepción cuando, en una de las últimas escenas, se anuncia la llegada del convoy a la estación y solo vemos, tímidamente, el morro de una anodina locomotora, es grande.

 

viernes, 21 de agosto de 2020

La dénonciation

Todo tiene un tono de cine negro, aunque esa sería una capa superficial de la película.

Todo está duplicado en “La dénonciation”, un film de 1962 no muy visto (aunque recordaba alguna cosa suya) del por otra parte famoso Jacques Doniol-Valcroze, uno de los fundadores de Cahiers du Cinéma y de los realizadores que se dieron a conocer en la época de la Nouvelle Vague.
El escenario central de la función es el cabaret Play Boy, que ya en la escena inicial es donde Michel Jussieu (Maurice Ronet) topa por casualidad con un muerto y se ve envuelto como punto central de una investigación que él hará por su cuenta, al margen de la de la policía, mandada ésta por un comisario bonachón interpretado por Sacha Pitoeff.

Nicole Berger y Maurice Ronet

Françoise Brion y Maurice Ronet

Doble investigación, para un asunto de base de una historia protagonizada en 1943 por Michel que ahora parece, de alguna manera, repetirse. Pero el duplicado se repite por todo el largometraje, hasta en el número de strip-tease que su mujer Elsa (la guapa Françoise Brion) le hace en su casa a Michel tras haber presenciado ambos el original en el Play Boy.
Si algo de “Hiroshima, mon amour” está presente en esa doble historia, actual y durante la guerra, el homenaje a Resnais creo que resulta claro: Michel es productor de cine y se hace proyectar en la sala de su productora unas escenas de un film que están haciendo en el que una voz va expresando en off unos pensamientos muy literarios mientras la cámara va mostrando los techos de las estancias de un lujoso edificio. “El año pasado en Marienbad” era del año anterior a ésta.
Nicole Berger presenta los números del Play Boy vestida igual y con los mismos elementos (sombrero de copa, bastoncillo con mango de plata) que usaba Karin Leiz en unas fotos de Leopoldo Pomés.

Elsa repitiendo el número para Michel.

 

Tren nocturno a Munich

Los protagonistas.

Y los comparsas. Un par de aficionados al deporte británicos en inoportuno viaje por Alemania.

Pues yo también he visto ahora “Tren nocturno a Munich” (Carol Reed, 1940; en Filmin) y me lo he pasado la mar de bien viéndola.

El libro de Deyan Sudjic “La arquitectura del poder” empieza describiendo la audiencia que Hitler concedió al presidente de Checoslovaquia antes de la invasión de ese país. En ella todo fue escenificación del poder, contra el que el pobre visitante nada pudo hacer. La película empieza con una escena que -aunque no sea en Berlín-, la recuerda.
Tras este preámbulo casi documental, la más apasionante película de intriga, mezclada con buen humor, se sucede. Todo servido por una trama y acciones totalmente increíbles, pero eso es lo de menos.
Alguien señaló recientemente las conexiones del film con “Alarma en el expreso”. Realmente, la para mi mejor encontrada pareja de personajes del film, esos divertidos británicos de viaje por Alemania y preocupados por sus palos de golf cuando su país entra en guerra con Alemania, parecen surgidos de la película inglesa de Hitchcock.
“Tren nocturno a Múnich” se hizo en Gran Bretaña en 1940, y el año es sumamente importante para su valoración. Hay otra película -en este caso norteamericana, “To be or not to be”-, un par de años posterior, con la que también se relaciona alguna escena. Todo es de un felicísimo pero eficaz cartón-piedra y los disfraces y papeles de soldados de la gestapo -tan inverosímiles como la trama- aparecen aquí de forma tan teatral como en aquella.

jueves, 20 de agosto de 2020

El sueño de Gabrielle




Me ha sorprendido Nicole Garcia con su “El sueño de Gabrielle” (“Mal de pierres”, 2016, en Movistar Drama). Quizás parte de esas buenas sensaciones vengan de que hizo la adaptación de la novela que le sirvió de base, el guión y diálogos con Jacques Fieschi -con quien también hizo los guiones de sus mejores películas, por ejemplo, Claude Sautet-), aunque la conclusión ofrecida de la historia me ha parecido, la verdad, bastante cogida por los pelos. Pero también me ha sorprendido agradablemente ls película por cosas ajenas al guión:
En todo su planteamiento hay cosas que me ha gustado cómo están rodadas y presentadas: ese inicio con la familia en el coche años 50 (foto) yendo hacia Lyon, por ejemplo, con esa apertura de tuper y reparto interior del picnic o bien luego el paso junto al río en la ciudad. Unas escenas de un tiempo “presente” que sirven para dar pie al largo flashback de un amour fou que constituye, básicamente, la película.
Poco después esa escena con ella (Marion Cotillard) haciendo penetrar el frescor del río en su cuerpo, sobresaltado por primeras sensaciones románticas amorosas. O, un poco más allá, los campos de lavanda cuidados por trabajadores españoles, con todo de zumbidos de insectos a su paso (otra foto).
Según su familia, Gabrielle tiene problemas de los nervios, a los que ven una solución en una boda con el callado republicano español (Alex Brendemühl). Nicol Garcia la presenta a ella junto a una puerta en la oscuridad de un granero. Fuera, en espacio lejano, reducido por el marco de la puerta, la luz, el campo.
Más adelante esta misma composición se repite: Es así, espacio de luz limitada por una densa y oscura pared, como ve también por vez primera al personaje de Louis Garrel (otra foto colgada), o cómo filma el mar como un posible horizonte, entre dos edificios.
Por el medio, no está nada mal tampoco el aspecto tétrico con el que puede visualizarse, según la situación, el lujoso balneario...



 

lunes, 17 de agosto de 2020

A vueltas con Joan March



“La cabeza, la cabeza. Haced lo que queráis con mi cuerpo, pero no me toquéis la cabeza”.
Otra figura recordada por Josep Pla en “Retrats de passaport” es Joan March. Se trata de una nota que da cuenta de su muerte en un accidente de automóvil (1962) y explica que “Era l’home més ric d’Espanya. Per evitar reticències i hipòtesis agrament formulades, la censura d’Estat ha donat una biografia oficial, que els diaris han hagut de publicar”. Luego cuenta alguna cosa sobre en Berga -el mote con el que era conocido en las Islas-, aunque se centra principalmente en la descripción de su aspecto físico, al tiempo que establece toda una teoría sobre la realidad y las leyendas.
Joan Margarit, hablando sobre los veranos que con su familia pasó en Campanet (Mallorca) nos explicaba que uno de los miembros de la tertulia que, espontáneamente, se formaba por las noches en su vecindario, era “l’amo Andreu”, un curioso personaje que, según decía, de joven había ido a pedir trabajo a March. Éste le preguntó entonces si quería ser carabinero o contrabandista, puesto que dominaba las dos áreas... Escogió lo segundo.
La frase con la que he encabezado esta entrada corresponde a la que, según leyó Carlos Saura, repetía incesantemente Joan March cuando le intentaban sacar de entre los hierros retorcidos de su coche accidentado. Fue a partir de ahí que enfocó la creación del personaje interpretado por José Luis López Vázquez y las historias montadas a su alrededor en “El jardín de las delicias” (1970), una película del primer Saura que siempre me ha atraído un montón.

 

domingo, 16 de agosto de 2020

Horizontes de grandeza




No me cabe la menor duda que “Horizontes de grandeza” (“The big country”, William Wyler, 1958) era una de esas películas cabeceras de lote de las grandes distribuidoras, de las que hacían que el empresario del cine de turno, para pasarlas, debía tragarse, pagando por ellos, cantidad de films que no tenía ni intención de proyectar. Porque era, realmente, de las que cualquier propietario de sala buscaba como cabecera de cartel: un western rodado en Technicolor y Technirama, con, por un lado, grandes espacios entre los que se visualizan dinámicas carretas a caballos en apuros, vaqueros y hasta un numeroso rebaño de ganado; por otro actores como Gregory Peck, Jean Simmons o Charlon Heston (además de una larga retahíla de característicos) y; por último, con música adecuada para acompañar las panorámicas por las praderas y los títulos de crédito (que veo correspondían a Saul Bass).
La sesión se alarga más de dos horas y media, y vive Dios que durante la primera de ellas, comenzando, precisamente desde los títulos de crédito, la he disfrutado aun ahora de lo lindo. Es una gozada ver cómo la imagen de la pradera que envuelve la diligencia abarca toda la amplia y plana superficie de una televisión de las de hoy en día, y ver cómo la diligencia se aleja adentrándose entre los campos hasta llegar a la lejana aldea del valle. O seguir los recorridos de la cámara para captar la grandiosidad de los paisajes y lo pequeños de sus ocupantes y, pese a ello, organizadores.
Pero se me permitirá también decir, aunque resulte una herejía tratándose de uno de los grandes títulos del western, que la cinta adolece luego de todo lo que adolecían estas grandes producciones de Hollywood, y es que casi casi podríamos dejar de verla una vez ya en nuestro poder todo su vistoso planteamiento. Porque desde un principio todo el mundo sabe que Gregory Peck, por mucho que quede como un cobarde en varias ocasiones, demostrará ser el más valiente de todos, de la misma forma que donde esté Jean Simons como personaje, ya puede apartarse la en principio más protagónica Carroll Baker.
Claro que entonces nos perderíamos el enfrentamiento final en el desfiladero, otro clásico en los westerns.