domingo, 6 de mayo de 2018

Die tomorrow

Las amigas, amantes de los horóscopos, que se preparan para una boda.
Esto es reincidir. Después de haber asistido en el Festival D'A a la agonía de Mrs Fang debido a su Alzheimer, esta tarde me he apuntado, curioso por saber cómo se desarrollaba, a ver "Die Tomorrow" (Nawapol Thamrongrattanarit, 2017), que iba precisamente de eso, de que todos podemos morir de repente, sin esperarlo.
El niño filósofo.
No es en absoluto el dramón esperable, como tampoco cae en el recurso contrario, también temible, del burdo humor negro. El realizador tailandés, del que veo ahora que ya había visto el nada despreciable "36" (2012), se dedica en el corto metraje de la película a visualizar una serie de historias que ha ido anotando estos últimos años. Arranca, no obstante, con una secuencia hilarante. A través de un vídeo de móvil asistimos a la desconsolada reacción de una cría, sentada en su sillita del asiento trasero del coche, cuando le responden que ella también, como todos los seres vivos, morirá, que no hay más remedio. No tan pequeño como ella, un niño filósofo nos sorprende más tarde con sus templadas aseveraciones.
La chica que quiere aparentar que no le afecta su futura muerte.
Pero no es, como creía, un documental, que temía fuera sólo reportaje con entrevistas. Muchas pequeñas historias de ficción siguen a continuación, recogiendo, siempre en off, las circunstancias de la muerte de alguien, luego mencionadas en una nota de periódico. En general, tras la historia/cuento y el cartel que finalmente la explica, Thamrongrattanarit (¡vaya nombre!) planta una cámara fija en un espacio ahora vacío, donde acaba entrando otro personaje. Unas plácidas notas de piano acompañan de fondo varías de las escenas. Todo ello lleva a la reflexión.
En las alturas de Bangkok.
Me olvidaba: Los planos prolongados de unas cuantas secciones llevan incorporada una buena dosis de tensión, sobre todo para los que como yo padecen vértigo.
Aunque iba con la cabeza inmersa en las cosas de la película vista, he mirado a ambos lados, por si acaso, antes de cruzar la calle.

viernes, 4 de mayo de 2018

Un couple parfait

Aún sin ese gesto de ir cerrando la puerta, una barrera existe siempre en esa habitación entre ambos, que apenas la franquean.

La única foto que he encontrado del hotel parisino a la que van a parar esa pareja considerada perfecta que llega de Lisboa para asistir a la boda de unos amigos es una captura no muy buena que alguien dejó por la red. Aunque no se vea muy bien, la pongo por aquí: Valeria Bruni-Tedeschi está en ella cerrando la puerta que separa su habitación del estar de la suite, en donde han puesto un plegatín para que duerma en él su marido.
Con la puerta abierta o cerrada esa barrera entre los dos existe y se hace presente siempre, porque la pareja de "Un couple parfait" (Nobuhiro Suwa, 2005, pasada completando ayer en la Filmoteca su retrospectiva del Festival d'A), pese a que les cueste creer a sus amigos, está iniciando un proceso de divorcio. La película sigue y evidencia ese desencuentro entre los dos, más allá de ese muro separador. Nada más empezar, acompañando los títulos de crédito, los vemos, como pasaba en "M/other", juntos pero ajenos el uno del otro, en el taxi que los acerca al hotel, todas las ventanillas cerradas, viendo nosotros más el exterior reflejado en los vidrios del coche que a ellos dos en si interior (segunda foto).
Más reflejos exteriores que vida en el interior del coche.

A partir de ese instante, aunque acudan juntos a algún sitio, una barrera de algún tipo nos indica cuán lejos se hallan entre sí. La perfección formal de Suwa refleja muy bien eso en los encuadres que va presentándonos para que sigamos la acción. El film también sigue a ambos (sobre todo a ella) en sus salidas por su cuenta. En todos notamos que un proceso doloroso, que no deja indiferente, está en curso. Planos siempre de una marcada elegancia, sólo muy de tanto en tanto rematados con dos o tres notas sueltas de piano.
El personaje de Valeria Bruni Tedeschi, aquí separado por muro y luz.

Para ahondar aún más en ello es remarcable sobre todo la escena de la primera visita de ella al museo Rodin, donde oímos un texto de Rilke muy pertinente, pues de alguna manera ella se identifica con la interrogación que contiene sobre a dónde la llevará el futuro.

Elegancia, pero también poder de observación y precisión, he detectado en Suwa, como atestiguan esos pasos zigzagueantes, producto evidente del alcohol, de todos los asistentes a la fiesta de la boda, por ejemplo, en una escena que le sirve para emparentarse con un cine europeo como el de Jacques Doillon, un realizador aquí haciendo de actor que, por cierto, en tiempos también cuidaba en extremo sus encuadres.
A la salida del cine no, pues prevalece entonces el comentario exaltando una u otra secuencia, a tal o cual actriz, tapándolo todo. Pero luego, ya casi llegando a casa, me ha entrado una cierta tristeza, posiblemente por los pasos no dados, por todos los trabajos de amor perdidos, como titulaba Marcos, de una forma tan sentida, su espléndida crítica de "El Sur" para aquel periódico de no muy larga vida, "El observador". Yo ya me entiendo.
La posible amiga nocturna de la pareja. Ella ahí, totalmente expuesta a nuestras miradas, abierta. Él, semiescondido en su butacón.

jueves, 3 de mayo de 2018

M/other y H Story

M/other

"M/other" (Nobuhiro Suwa, 1999) recuerda temáticamente en algún aspecto a "2/Duo" (1997), ya que su pareja protagonista veo que podría ser, en cierto modo, una de las posibles derivaciones futuras de la pareja de esta su película previa, pero incorpora ya alguna de las características estilísticas de "H Story" (2001), como esos cambios de escenas mediante colas vacías manteniendo la intriga sobre si ya acaba ahí la película o si se reanudará de nuevo, de hecho en "H Story" más coherentes con la trama, pues pueden tomarse como empalmes de rushes del rodaje de la ficción), o esas ocasionales notas discordantes musicales de la banda sonora. Por más que lo intente, en cambio, no le saco ningún parecido (de hecho a ninguna de las tres) con "Le lion est mort" (2017).
Por el final de sus larguísimas dos horas y media, ayer me puse a fijarme, viendo Mother", en la utilización de los vidrios, espejos y sus reflejos como elementos de puesta en escena colocados ahí para ayudar al espectador a captar la situación emocional de sus personajes en ese momento de la trama. Hay una escena que anuncia una ruptura resuelta evitando la visión directa entre uno y otra, como ya hizo Truffaut en su "Antoine et Colette". En varias ocasiones se ve a la pareja desde el exterior de la habitación, ellos tras el vidrio del muro, lleno de reflejos que dificultan la visión. También resuelve una escena colocando a la pareja, en crisis, discutiendo, dentro del coche, con los vidrios cerrados y reflejando el ambiente exterior. Te pones a pensar si José Luis Guerin, gran defensor de esta película, no tuvo en cuenta consciente o inconscientemente esta escena para reproducirla, a su modo, en "La academia de las musas".
Es curioso que tanto "M/other" como "H Story" (ésta con su nuevo rodaje, en la ficción, del guión de "Hiroshima mon amour", alcanzando a mi entender sus más altos momentos...cuando incorpora las escenas de la película de Resnais que mostraban fotografías en blanco y negro de la ciudad tras la explosión de la bomba atómica) las he visto estos días con interés, pero la verdad es que me han resultado algo cansinas. Por lo reiterativa de una trama con niño que se veía venir desde un principio en la primera. Por no verse una salida argumental más allá del ambiente ligado a la película de Resnais la segunda. ¿Será ese el destino de los films que quieren ser en su época rompedores?
En cualquier caso, a falta de averiguar mañana si la revisión de "Un couple parfait" (2005) me hace mantener la altísima consideración que tengo de la hasta el año pasado única película francesa del realizador japonés, pase lo que pase, lo que tengo claro es que esto de las retrospectivas de un autor de interés es y será de las cosas mejores que puede ofrecer una institución como la Filmoteca. En colaboración con un festival, como en este caso el de D'A, o por su cuenta y riesgo.
H Story

Mrs. Fang


Ayer por la tarde hacia un día radiante. La lluvia había limpiado del todo el aire, dejando un cielo de un azul luminoso y unos contrastes de colores preciosos, que pedían a gritos ser disfrutados. Eso hacia más cuesta arriba entrar en el cine a ver la agonía de "Mrs. Fang" (Wang Bing, 2017), que pasaba en el Festival D'A, y más sabiendo que bastantes de los que la habían visto le ponían reparos, creo que de tipo moral, cuestionando la labor del cineasta reflejando sin pausa el final de una enferma de Alzheimer.
Unos cuantos, no muchos, vencimos esas reticencias, seguramente porque casi todos habíamos visto alguna de sus películas anteriores y nos costaba creer que hubiera con ésta contrariado su honesta postura habitual. "Mrs. Fang" se hace muy dura por momentos, captando el rostro de la mujer paralizada con la boca abierta, mirando no se sabe qué, pero no veo que se le pueda acusar en absoluto a Bing de morboso. Resuelve muy limpiamente la escena del momento final, que temía enormemente fuera captada tal cual, y hasta se permite lo que podría ser considerada una coda poética, si es que la barca de Caronte tiene peso cultural en Oriente.
La primera secuencia nos muestra por junio de 2015 a Mrs. Fang. La presencia de la televisión (mediante su sonido) ya se hace notar desde ese momento, como lo hará posteriormente casi siempre. Ella, pasando por delante suyo, la mira, pero su aspecto desorientado nos explica que el Alzheimer se ha cobrado ya varías victorias sobre ella.
El siguiente plano es en la misma pieza, pero ella ya está postrada en su cama, sin poder hablar ni tragar. Un letrero nos informa que hemos dado un salto hasta junio de 2016. Muchas de las conversaciones de la familia que la acompaña versan entonces sobre si será consciente de su presencia, si les reconocerá o no. Entre unos y otros Bing introduce por algún resquicio su cámara (que llevan siempre a mano) para captar prolongados planos de la mujer, quizás intentando llegar a entender algo de lo que pasa por su cabeza, que se hacen insoportablemente realistas. Sólo faltaría, para trasmitir la sensación de estar allí con ella, el que llegasen también los inevitables olores.
Creo que Wang Bing ha sido consciente de la dureza de su propuesta, ofreciendo un metraje mucho más corto que lo que nos tiene acostumbrados. Introduce también alguna escena que nos permite respirar un poco, saliendo de la casa y habitación de la enferma. Uno de estos recesos se produce con motivo de un fuerte aguacero, que azota la calle del lugar donde está la casa de Mrs. Fang. Una calle de la que una especie de soportales no alejan la impresión que te da de haber ido a caer al culo del mundo. Otro con la pesca nocturna que unos parientes ensayan en unas aguas que tienen toda la apariencia de insalubres.

Pero los planos más frecuentes, no nos engañemos, son en el interior, frente a la cama y cara de la enferma, que en alguna ocasión Wang Bing encuadra dejando ver que está vestida con un chandal mostrando grandes letras con su marca: "Fashion". Ella tomada directamente o bien con registro de los familiares que pasan a verla, discutiendo dónde enterrarla y cosas así. Uno, rápido, se pregunta si el leve movimiento que emite su brazo es signo o no de que ha captado lo que se discute delante suyo.
Al salir aún es de día, aunque ya va apagándose. Una cierta excitación preside los corrillos que se forman entre los espectadores de la sesión. Oigo de boca de un cineasta valorar, emocionado, que Wang Bing le siga dando ánimos para salir a no importa nunca dónde con su cámara, sabiendo que hay por ahí muchas historias que le están esperando. Bing te da siempre la impresión de estártelas contando con la limpieza y frescura de una primera vez, aunque conozcas bien la que toque porque te haya destrozado previamente por dentro.


miércoles, 2 de mayo de 2018

2/Dúo


Dicen que "2/Dúo" (1997, pasada anoche en la Filmoteca, dentro del Festival D'A) fue el primer largometraje de Nabuhiro Suwa y, vista ahora, habla, ciertamente, de la aparición de un autor, que venía a enlazar con los nuevos cines de los 60.
Austera, rodada casi exclusivamente en tres escenarios interiores y uno principal exterior que da pie a un travelling de genio, la vimos en una copia en celuloide, en no demasiado buen estado y, aunque no sé si es el caso, con el grano ese típico del 16mm o el subformato inflado.
Narra el deterioro y rotura de una joven pareja, ella muy aplicada, él un desastre acomodaticio que la maltrata hasta el trastorno.

Está resuelta en general a partir de planos fijos bien resueltos pese a los pequeños espacios en los que hay que plantar la cámara, con la extensión de alguna panorámica que nos acerca a alguna cosa que llama el interés o a la reacción de la chica. Los ruidos de una primitiva lavadora que pone en marcha indolentemente el chico o las miradas que cruza la otra dependienta de la tienda de moda con la chica van pautando la evolución de la situación. Aunque ésta también se puede seguir por el espejo del pequeño apartamento y la relación de cada personaje con él.

Por el final da la impresión de que el director se pusiera a hacer un documental, entrevistándola a ella, preguntándole sobre su personaje. Una apertura hacia otro estilo para dar a entender que convendrá seguir con interés toda la retrospectiva Suwa.

Joaquín Jordá i...


Esta noche pasan en La 2 "Lejos de los árboles", de Jacinto Esteva y, además de a festejar la buena noticia, eso me lleva a pensar en su amigo y compañero, el que finalmente recibió el encargo del cazador, Joaquín Jordá, y recuerda que tengo que anunciar el próximo pase de un documental sobre él, "Joaquín Jordá i..." (Martí Rom, 2001) en los Cinemes Girona, el próximo martes 8, a las 20h.
En el documental aparece Jordá en su “loft” de la calle de la Cera, explicando cosas de su vida, sobre guiones y traducciones, pero básicamente su metraje contiene cuatro conversaciones suyas con
- Esteve Riambau, hablando de la Escuela de Barcelona
- Llorenç Soler, sobre el cine independiente y político
- Mayte Kirch, la psicóloga que colaboró con él en “Mones com la Becky”.
- José Luis Guerin, sobre el cine documental en general.

La sesión forma parte de un ciclo del cine de la calle Girona llamado “Visions documentals”, en el que los realizadores comentan sus películas, y ahí estará Martí Rom hablando de la suya. Como éste me hace ir a mí también para hablar del Jordá que conocimos, ahí estaré yo también metiendo baza.

Un trailer del documental aquí: 

Y el anuncio de la sesión aquí:

martes, 1 de mayo de 2018

Los fantasmas de Ismael


Tiene mala prensa, ganada a pulso, la última película de Arnaud Desplechin, "Los fantasmas de Ismael" (2017), con un a todas luces excesivo Mathieu Amalric. Anoche se pasó en el Festival D'A, y quizás lo que mejor resuma la sensación de la multitud que llenaba la gran sala del Aribau Club al final de su proyección fue el "¡Vaya castaña!" que pronunciaron mis vecinos de la fila de atrás. Pero, si queda entre nosotros, diré que quedé atrapado, sin que crea que pueda repetir la experiencia, por la capacidad de fabulación de bastantes de sus fases.
Porque "Los fantasmas de Ismael" contiene en su seno un montón de películas, de muy diferente tono. Empieza siendo una película de cine político de intriga de los años 70 contigo, el espectador, preguntándote si va a ser así todo el rato y si es realmente eso lo que has ido a ver. Pero al poco ves que todo ello sale de la imaginación de Ismael (Amalric), que va dando forma en su estudio en noches de insomnio a su próximo film. Y, poco después, entra en una apasionada historia de amor con una a veces desvalida nada menos que astrofísica, encarnada por Charlotte Gainsbourg, que tiene una presencia que salta desde la pantalla hasta tu butaca, con otra historia atrás a base de un fantasma del pasado (Marion Cotillard) que, cuando aparece, se mira en un espejo repleto de manchas negras, que casi ocultan su rostro. Y así...
En todo este mejunje, al menos anoche, un servidor fue arrastrado en ocasiones con vehemencia a la pantalla, mientras en otras ocasiones habría precisado de las pastillas que, enloquecido, Amalric se toma a porrillo para vencer su ansiedad.

lunes, 30 de abril de 2018

Casa de ningú


La cinta de empalmes de trozos de buena parte de las películas que pasan por el Festival d'A deja una sensación más que tristona. El otro día íbamos comentando lo poco atractivo de todo lo que iba saliendo. En un momento aparecían unos viejos de una residencia a los que las enfermeras los pintarrajeaban, les ponían gorros y les hacían bailar canciones de esas bochornosas de parranda. Me salió del alma: "¿Alguien puede ir a ver eso?"
Pues resulta que, sin saberlo, fui a ver la película en que aparecía. Tenía curiosidad por ver cómo sería la primera película de Ingrid Guardiola y acabó siendo una de las de la parrilla preseleccionada. Leí con más detenimiento "su argumento" poco antes de entrar y entonces fue cuando me di cuenta, ya casi sin tiempo de dar marcha atrás, de que era la de la escena de marras. Pero el film tiene la habilidad suficiente como para que uno no salga tan derrotado cómo podría pensarse. Concienciado y confirmado en sus temores sí, pero al menos ese toque con el que está hecha palia y evita el posible tormento.
La realizadora salió a presentarla, dando la impresión de tener en esa tarea unas tablas enormes, explicando que ese era uno de los encargos de la Open Society Foundations (la de George Soros), que obligaba a hacer trabajos que obedecieran a los conceptos de Comunidad, Trabajo y Envejecimiento. Ella convirtió la posible memoria en un ensayo fílmico, y eso es "Casa de ningú" (2017).
Va intercalando secuencias -que a veces se solapan por el sonido- de un pueblo minero leonés en pleno proceso de desaparición con otras de las actividades de una residencia de ancianos. De unos mineros captados sin rostro en las escenas iniciales a los penetrantes rostros, evidencia de un envejecimiento por el que pasaremos todos, con -y ahí hay un tema clave- mayores o menores medios.
Un ensayo fílmico que recuerda que ambos son temas que no merecen el olvido que sobre ellos preside el cartapacio de medidas de los gobiernos, pero que se conforma con acumular datos sobre su existencia. Tras ello tocaría actuar.

The day after


Venga, la verdad por delante: Nunca había acabado de entender el predicamento de Hong Sang-soo entre los grandes amantes del cine. Entendía un poco esa calificación suya como "el más europeo de los cineastas coreanos", por aquello de que sus películas eran muy urbanas y siempre salían sus personajes en cafés, pero en esos ambientes predominaban una fealdad notoria, aunque no sabía si correspondía fielmente a la estética actual de esos lugares. En cualquier caso, ¿por qué salían mis amigos de la (buena) cosa cinematográfica encantados de ver su cine si parecías estar viendo siempre la misma película, no había en ellas apenas secuencias con montaje de planos vistosos y se resolvía casi todo con el diálogo?
Esas tramas tan repetitivas me hacían -me hacen, de hecho- confundir mucho sus películas entre sí, quizás con la salvedad de esa en que aparece Isabelle Huppert en un pueblo de playa. Confesaré dos cosas bien feas. Una primera que soy un pésimo fisonomista, incrementándose la cosa si se trata de tipos orientales de un parecido tamaño, vestuario y forma de hablar. Y los personajes de Sang-soo van vestidos todos igual (con ese horrible calzado tipo zapatillas de deporte con rayas y marcas), tienen unas tallas que deben ser allá actualmente standard con una mínima varianza, hablan de forma atropellada con esa entonación como ofendida o sorprendida que digo yo debe caracterizar al idioma coreano y -lo peor de todo- se emborrachan continuamente bebiendo soju en unos bares de lo más cutre, dando eso como resultado unas bochornosas, prolongadas escenas de borrachera, que muchas veces estropean hasta reventar las relaciones, con tanta sinceridad vertida.
Todo lo anterior no acabará de hacer perdonar la segunda confesión. Con malas condiciones (sitio, horario, cansancio…) si no me duermo del todo en el cine o donde se tercie, digamos que quedo algo traspuesto. En esas circunstancias, una película de Sang Soo, muy parecidas las mires por donde las mires unas con otras, son ideales para, habiendo alcanzado momentáneamente un cierto estado de lucidez, viendo que todo sigue más o menos en las mismas -¡zas!-: caer nuevamente traspuesto.
Todo esta larguísima introducción viene a cuento porque anoche fui a ver en el Festival d’A “The day after” (Hong Sang-soo, 2017) y, colocado, centrado, en una fila muy cercana a la pantalla, sin mucho cansancio encima salvo el producido por unas películas que ves correctas pero sin convencerte del todo, en una hora en que raramente me ataca el sueño, salí notoriamente satisfecho de la experiencia.
De buenas a primeras me animé viendo que los dos personajes que aparecían en la trama, en esas conversaciones tan largas marca de fábrica (aquí en plena discusión), tenían unos rasgos diferenciales muy característicos, que dificilmente confundiría. La aparición de una chica joven esbelta y moderna, con sus tejanos, no perjudicaba la beneficiosa situación, pese a que comportara la aparición de uno de esos anodinos bares, a que él sorbiera de una manera muy desagradable la sopa china que comía y a que se hubiera visto previamente que iba calzado con unas impresentables playeras.
Llegó entonces un momento en el que, en la oficina saturada de libros de editorial en la que tiene lugar parte de la trama, se sucedieron, sin solución de continuidad, una serie de saltos en el tiempo que profundizaban en el adulterio (pues también de la infedilidad iba la película) que me hicieron apreciar lo brillante del procedimiento. Tardé bastante en darme cuenta de que no se trataba de saltos en el tiempo, sino de flash-back y –ese error terrible, a punto de arruinarme la sesión- que la chica que los protagonizaba no era la misma que apareciera anteriormente, sino otra.
Pero al margen de este tropiezo (radical) mío, casi reproducido cuando parecía que se arrancaba una misma situación por tercera vez, que me hacía poner en duda si había reconocido en esa ocasión al personaje o me había vuelto a equivocar en su identificación, como digo salí muy satisfecho de la experiencia. Me convenció su juguetona estructura, su fotografía en blanco y negro y hasta unos buenos encuadres interiores y otros exteriores que –aunque no sé muy bien a qué hace fotografías por la noche el protagonista- retratan hasta de forma atractiva a la ciudad.
Ya me han recomendado otra de Sang-soo, que procuraré revisar.

domingo, 29 de abril de 2018

L'amant du jour


Buscando una imagen para ilustrar lo que he escrito esta mañana sobre Garrel y su "L'amant d'un jour" di con esta imagen, que cuelgo ahora, aunque esté un poco falta de definición. En ella, Garrel, no sé si es Berta y otros colaboradores miran cómo quedaría una escena de su película.
Me hace gracia el salto generacional entre el equipo y el objeto de sus miradas y preocupaciones, ocupado todo él por gente mucho más joven. Extrapolaciones sobre que el cine ya es cosa de generaciones pasadas no creo que puedan hacerse, porque aún sin responderme sobre su causa, constato que festivales como éste D'A convocan -sobre todo en fin de semana- a gente de todas las edades, incluidos muchos jóvenes, que integran además buena parte del staff del festival, su crítica, etc.

L'amant d'un jour

Yo veo y me explico la evolución de Philippe Garrel, siempre presente como un referente a no perder, así: Primero nos lanza toda una serie de películas experimentales, que para mí resultaron todas ellas de difícil digestión, con la salvedad de una gema única, irrepetible (imposible de explicar la razón de su enorme repercusión emotiva, que aún me dura), como "La cicatriz interior". Llegado un momento, sin avisar, su cine cambia, virando hacia lo intimista. Una larga serie de películas en blanco y negro le tienen entonces a él, sus mujeres y sus dramáticos recuerdos de lo vivido como puntos centrales. Difíciles de entrar en ellas al 100%, quizás en parte porque en muchas ocasiones se tenían que ver en versión original a palo seco o en circunstancias adversas. Fue pasando el tiempo y siguió igual, pero haciendo entrar a la generación de sus hijos -y a ellos mismos- como actores de sus historias.
En sus dos últimos films la claridad expositiva es total, o al menos mis entendederas han dado un paso firme adelante impresionante con respecto a sus anteriores películas. En la anterior entró Jean-Claude Carrière a colaborar con él -quizás ya exhaustas sus historias- en el guión, lo que también debe ayudar en este sentido.
Anoche, en el Festival D'A pasaron la última de Philippe Garrel, "L'amant d'un jour" (2017), con su familia repartida por el equipo (una de las dos protagonistas, su hija Esther), ayuda en el guión de Jean-Claude Carrière y un cierto regreso al espíritu de la auténtica Nouvelle Vague, con un aire de cuento moral (en esta ocasión sobre la fidelidad), voz en off de una narradora, aclarándonos lo que piensa uno u otra tras una situación, etc.
Aparentará quizás ser una historia más banal, amable, pero de tanto en tanto aparece una chispa que deja ver que el drama puede estar a la vuelta de la esquina. Una u otra protagonista entonces llora y un servidor no ve a una actriz interpretando muy bien su personaje, sino que se la cree a pies juntillas, permitiendo de esa forma seguir vibrando con la visión de la película.
Iba viendo antes de empezar la proyección del largo patchword compuesto de cortas escenas de todas las películas del festival y, apesadumbrado, me iba diciendo que apenas se distinguía por ahí alguna que te resultase diferente, preguntándome si sólo iba a dar con películas, en su caso, bien hechas, pero que ya te las sabes desde su comienzo, sin hacerte vibrar con su visión. Pues bien, no: Aquí está Garrel para evitarlo.


sábado, 28 de abril de 2018

Le lion est mort ce soir


Hablemos, quizás mejor, de la película que pudo ser, de la que hay ramalazos por aquí y por allá, por encima de la que parece que entusiasmó anoche a una sala Chomón de la Filmoteca llena. "Le lion est mort ce soir" (Nobuhiro Suwa, 2017) lo tenía todo a su favor, hice esfuerzos continuados por entrar ella, pero me fue imposible.

Podría llegar a entrar en la película que pudo ser, una vez recuperado de la visión de un Jean Pierre Leaud hecho fosfatina, ese viejo actor angustiado por no saber cómo interpretar su muerte durante el rodaje de un film dirigido por Louis-Do de Lencquesaing, a quién se recuerda con agrado en un papel parecido en "Le père de més enfants", de Mia Hansen-Love. Allí interpretaba a un productor asediado por problemas de todo orden y aquí, aunque se los toma muy serenamente, no está nada mal el surtido de follones que le interrumpen el rodaje.

En esa película que pudo ser estaría, definitivamente, ese encontronazo con Isabel de 
Weingarten, nada menos que la actriz de "Cuatro noches de un soñador", de Robert Bresson o de "La maman et la putain", de Jean Eustache, pero, claro está, muchos años después. Hay el abrazo del encuentro, pero ella se da cuenta por la cara de él: "No era a mí a quien querías ver", le dice, cogiendo sus bolsas y yéndose. Viendo esa escena tuve yo un despiste significativo. En vez de entender el significado literal de la frase, que es el que inmediatamente se revela verdadero (porque es a una mujer muerta hace años a la que realmente quería ver), entendí que quería decir que no era a ella a la que quería ver, sino a la de hacia 50 años...


Otros ramalazos por la película me dieron la impresión de que podía conectar con ella, como esa expresión rápida de JPL que recuerda las de JPL mucho más joven, o apariciones fulgurantes, en escenas como de cuento de hadas, de ese único amor de la vida del viejo actor que murió tan joven.

Los exégetas de la película estarán moviendo la cabeza en señal de negación. Deben considerar inverosímil que no capte esa maravilla de cine dentro del cine (al margen del rodaje profesional que abre y cierra la película, la trama que se entremezcla con la explicada es la de un rodaje de una película de fantasmas por parte de unos niños bastante chapuceros y muy poco uniformes que convencen a JPL para que también sea su actor), esa poesía que emana de la sencillez de la trama y de sus secuencias. Está claro que veo el valor simbólico que tiene que uno de los más reputados directores contemporáneos, como Nobuhiro Suwa, haya escogido para protagonizar su película al que fuera el niño de "Los cuatrocientos golpes" con la intención de hacerle representar su muerte, pero me sabe mal que, signo de los tiempos, no consiga más -en mi apreciación, claro- que una sencilla plasmación de lo que a priori ya sabes leyendo el enunciado de la propuesta.