Temporada V
Ciclo LA SINIESTRA POESÍA DE GEORGES FRANJU
Jesús Franco no gana para desengaños en “El extraño viaje” desde la muerte de sus padres. Invoca al tiempo pasado continuamente: “¡Con lo buenas que estaban las peras del huerto de papá!” ¿Cuáles podrían ser esas riquísimas peras del huerto de papá, a conservar en la memoria? Aquí –Cine- se intenta recopilar y dejar visibles las impresiones a vuelapluma, en general sin documentación ni análisis previos, de la reciente visión de alguna película que me haya causado buenas vibraciones.
La apremiante exigencia de la niña apretándole la mano, su sonrisa confiada y el mismo milagro de Ordet (Carl Theodor Dreyer, 1955) deberían figurar por derecho propio y en primer lugar en esta sección si lleva el nombre que lleva. Pero hay en la película otra escena, alrededor del mismo personaje que actúa en ésta, que me produce un mismo efecto, si no superior.
Es el bueno de Johannes, su protagonista. Primero en persona, escapándose por una ventana de la casa una noche, tras dejar escrita una nota. Luego en off, ya de día, con todos los de la familia, dispersados, gritando su nombre: «¡Johannes!», intentando localizarle.
Especialmente emociona ver cómo actúa su rígido y anciano padre. Ha subido por unos escalones de madera enclavados en la arena a lo alto de la duna donde está el tendedero de la granja, y grita al aire, desesperado: «¡Johannes! ¡Johannes!». Sabe que el estado mental de su hijo no le permitirá valerse por sí mismo y teme por su vida. Una música que acompaña de fondo la escena es en parte causante de que se incumplan las reglas que me he marcado como límites para incluir escenas en la sección. Por exceso: ese Casi… de su título se queda bien corto.
Por casa saben que no puedo ver una duna con una ammophila arenaria (he averiguado su nombre rastreando por internet) allí arriba, ondeando al viento, sin que me ponga a gritar: «¡Johannes! ¡Johannes! ¡Johannes!». Por pudor lo hago de espaldas, porque se me quiebra, irremediablemente, la voz.
En esta ocasión la flojera me ha venido a través de una película reciente, en principio poco proclive a la lágrima. Se trata de 50 años de rebeldía (The fifty-year argument; Martin Scorsesse y David Tedeschi, 2014), un documental sobre el The New York review of books y especialmente uno de sus fundadores, Robert B. Silvers.
He llegado a ver (exteriormente) algún ejemplar del NYRW que compraba y decía que leía un amigo al que consideraba un snob de la cosa americana, pues no encontraba qué interés podía tener en informarse de los libros que iban apareciendo en los Estados Unidos, si aquí apenas si llegaba alguno de ellos con mucho retraso, mientras veía que dejaba pasar todo lo que surgía por nuestros barrios. Reconozco que debía haberlo sabido con anterioridad, pero que ha sido viendo el documental cuando me he enterado de que es verdad, las críticas literarias forman la estructura de la revista, pero ésta ha destacado desde siempre por sus influyentes artículos, escritos por lo más granado de la progresía literaria y del pensamiento de cada época. Ignorancia que acumula uno.
Pues bien. Iba yo, bastante entretenido, viendo pasar gente notable hablando de notabilísimos escritores que colaboraban en la revista y de sus peculiaridades, de forma que se me ha hecho rápidamente la hora de su fin. Y por entonces ha aparecido nada menos que alguna de las escenas finales del Fahrenheit 451 que Truffaut realizó en 1966 adaptando la novela de Ray Bradbury, esas que explican la llegada del bombero Montag a ese territorio al final de las vías abandonadas, donde vive una colonia de refugiados, cada uno convertido en un libro, decidido a perpetuarlo:
– Ese tipo flaco es Alicia en el país de las maravillas. ¿Ves a esa chica rubia? Mira cómo se sonroja.
– Soy La cuestión judía, de Jean Paul Sartre…
Pueden resultar unas escenas hasta ridículas en la película de la que están sacadas, aunque las disculpo por el entusiasmo que aprecio en Truffaut, un autodidacta, sembrando y expandiendo la adoración por todo tipo de libros. Pero mira por dónde, después de ver toda esa gente del documental hablando de sus cosas, ese engarce con lo familiar me emocionó. Por ahí asomaba el recuerdo de mis noches de crío leyendo un ejemplar de lo más flexible de Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas, u otro bien rígido del Robinson Crusoe de Daniel Defoe, o, ya pasados unos años, el de Madame Bovary de Gustave Flaubert, pero también el de las Cartas al padre de Franz Kafka, o uno clandestino de España, aparta de mí este cáliz de César Vallejo. Y algo se removió por dentro.
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| Costaba apreciar si esa doble fila yendo a buena y acompasada marcha era de estudiantes, seminaristas, sacerdotes u otra cosa. |
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| En ocasiones, si no fuera por las diferencias de paisaje, daría para un corto de graduación de la EOC en los años 60. |
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| El campanero va a subir a hacer su concierto. |
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| A los sones de las campañas, la evolución de los pájaros por las ramas de los árboles y esta visión en picado, con la gente como si fueran insectos. |
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| Imágenes de la actividad de la ciudad buscadas con buen ojo. |
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| La marioneta mostrada entre la gente. |