domingo, 21 de marzo de 2021

Etranger résident





Ya resignados a que exposiciones como ésta no puedan verse en Barcelona y descartada la idea de un viaje a París para verla, pues tuvo lugar en La Maison Rouge en 2018, nos queda la posibilidad -nada despreciable- de ver la presentación que el mismo Marin Karmitz hizo de “Etranger résident”, muestra sobre su propia colección.
La exposición constaba sobre todo -pero no únicamente- de fotografías. Obras de Koudelka, Dubuffet, Murnau, Brancusi,... De ella se infiere lo compenetrado que Karmitz está con la que podría haber sido su historia personal como perseguido, exiliado, refugiado.
En Mk2 Curiosity, previo registro, hasta el jueves 25 a las 17h. Aquí el enlace:
Y, ya que hablamos de Mk2, también la noticia sobre la apertura de un nuevo hotel en Paris, muy ligado al cine.
















 

Le Pont du Nord

Pascale Ogier en su Mobylette alrededor de las estatuas de Paris.

Bulle Ogier situándose en un Paris lleno de trenes.

Revisando el mapa/juego de la oca.

Hay varias páginas web con un mapa del Paris de “Le Pont du Nord” (Jacques Rivette, 1981; en Mubi). Es del todo punto natural, porque es quizás -y eso ya marca un grado superlativo- la película que hizo Rivette más exploradora de un cierto París.
El mapa utilizado se convierte en realidad en el juego de la oca, y de casilla en casilla van yendo, mapa mediante, Bulle y Pascale Ogier, con interferencias de Pierre Clementi y Jean-François Stévenin.
Todo empieza con un espectacular recorrido alrededor de las estatuas de bronce -leones, en su mayoría- con la cámara siguiendo a una Pascale Ogier en Mobylette, mientras Bulle Ogier recorre entre otros algún sitio que también se frecuentaba -creo- en “Out One” y, de tanto andar, se le rompe la bota y la ata de forma parecida a como hacía con su destrozado zapato el protagonista de “Paris nous appartient”.
Las dos se encuentran. “Una primera vez, un accidente; la segunda, quizás azar; pero la tercera, eso es el destino”, dice Pascale. Y con ellas ya inseparables vamos por un Paris lleno de trenes y de escaleras que se suben constantemente, para acabar en las zonas donde se produce el final de los recintos fabriles para transformarlos en viviendas.
Lo que tiene el ver las películas con la perspectiva que da el tiempo: Por un lado he visto (una tontería) que en el terrado del Arco de Triunfo de l’Étoile habían puesto ya en el año de rodaje unas barandillas metálicas en forma de palos clavados verticalmente, que antes no estaban. Pero por otra (ésta ya de peso), el saber del destino de la hija actriz te hace seguir las evoluciones de esa pareja, madre e hija en la vida real, de una manera bien diferente, que alcanza su cima con el desenlace de la ficción.


En un París en proceso de desaparición: ¡el albergue de la manzana dorada. Posta a caballos!

Esta secuencia, con Pascale Ogier tomada como si fuera desde la mira de una escopeta, te lleva, entre otras de la relación con su madre, a grandes reflexiones.

 

sábado, 20 de marzo de 2021

Trois minutes



En 2007, Theo Angelopoulos hizo el corto “Trois minutes” para el film de episodios “A cada uno su cine”, producido para celebrar el 60 aniversario del Festival de Cannes.
En él, en esos tres minutos justos que dedicó a la memoria de Marcello Mastroianni, vemos un plano secuencia marca de la casa en el que la cámara sigue a Jeanne Moreau buscando por el teatro Le Trianon de Paris, hasta que tiene lugar un insólito plano/contraplano con Mastroianni -en el Pantheon de “El apicultor”, en el que la Moreau dice un texto de “La notte”.
¡Ah! Para sembrar polémica. No me gusta, me sobra, la música que le pone Eleni Karaindrou. Entiendo que quiere subrayar el encuentro entre ellos dos, pero yo lo habría dejado solo con los sonidos de ambiente, que quedaban perfectos.
Aquí el cortometraje:
Nos lo descubrió también ayer, como preámbulo a “El apicultor”, la Filmoteca.




 

El apicultor

La boda en la casa familiar que, una vez acabada, vuelve a cerrarse, quedando vacía.

Yendo a ver a su mujer, buscando un asidero en lo perdido.

Spyros, de gira con sus colmenas.

“El apicultor” (1986; ayer en la Filmoteca) sigue el camino que emprendió Theo Angelopoulos -también con Tonino Guerra como co-guionista- con su anterior “Viaje a Citera” (1984). Sí decía que este último podría pasar por un introspectivo film europeo de otro realizador de la época -esos años 80...-, ésta con más motivo.
No es que la cámara esté quieta y no aparezcan planos-secuencias (aunque reducen su espectacularidad, hasta el punto de que sólo uno, con un convoy de camiones militares pasando entre la gente, puede resultar similar), ni que no emplee Angelopoulos planos con motivos característicos suyos (las escenas de la bahía, de pueblos del interior en días lluviosos, la proliferación de cafés -alguno con iluminación interior visto desde fuera en la oscuridad de la noche-, demuestran lo contrario), pero aunque estén, como esas numerosas mesas rústicas de café junto al lago (y una base militar) que repetiría en otras ocasiones, no le sirven para auténticas coreografías de masas de un lado para otro ni -sobre todo- para introducir bailes memorables.
El protagonista, interpretado por Marcello Mastroianni, es Spyros (mismo nombre que el viejo protagonista de “Viaje a Citera”), un hombre que -como averiguaremos gracias a la emotiva escena/despedida de Sergi Reggiani viendo por última vez el mar- hizo la guerra y tuvo una postura política combativa, pero está en la actualidad retirado de todo, dedicado al cuidado de unas colmenas esparcidas por el territorio griego que debe ir controlando y reparando.
Como el personaje interpretado por Jean-Luc Bideau en la “Belle” de André Delvaux, Spyros ve y siente como le arrebatan a su hija (acude, como ausente, a una celebración de su boda en la casa familiar en la primera escena del film). Eso completa su soledad tras la separación de su mujer y acentúa su impresión de final de un recorrido.
Que, en estas circunstancias, su choque con una chica jovencísima derive, después de su visión de ella bailando ante el juke-box del bareto, en una auténtica obsesión, deviene hasta justificable.
En muchas escenas Mastroiani se queda quieto como un pasmarote, y cuando habla con alguien lo hace solo con frases cortas (lo que debió rebajar la tensión del actor ante un idioma desconocido...), directas, sin apenas salir de su mundo interior, pero ofrece un retrato convincente de un hombre que no quiere efectuar la mirada atrás a la que está obligado, para el que el paso del tiempo lo es todo, iniciando en su camión recorriendo todos esos pueblos y con esa chica un camino condenado al fracaso.


Los antiguos camaradas, propiciando la última visión del mar por parte del personaje interpretado por Reggiani.

Con la chica, engañándose.


Spyros, con una de esas maletas que pueden representar a todo el cine de Angelopoulos, llegando al destartalado cine Pantheon con la chica.

Con las colmenas, junto a la retama.


 

viernes, 19 de marzo de 2021

Five came back


En el primer capítulo de “La guerra en Hollywood” (“Five came back”, Laurent Bauzereau, 2017, basado en el libro de Mark Harris; en Netflix), sobre todo las intervenciones grabadas de Frank Capra y William Wyler, así como los comentarios de Paul Greengras, Guillermo del Toro, Spielberg o Coppola, justifican la elaboración de los films de propaganda bélica de los grandes cineastas norteamericanos como imprescindible defensa ante la arrolladora fuerza de los promocionados por Goebbels.
El cine, en un momento en que era el principal y más popular espectáculo, instrumento para llevar a la población primero a la necesidad de la guerra, luego a olvidar la melancolía e ir a morir, sí necesario, con fervor por la causa.
Una idea que ya quedó ahí, para no irse, pasando más tarde a la televisión, para conducir a la gente hacia todo tipo de batallas.
Son tres capítulos. Apetece ver lo rodado o montado por Ford o Capra, por ejemplo, certeramente comentado.
Son tres capítulos de una hora. En este primero, ya entrados en guerra, bastantes escenas de “La señora Miniver”, “La batalla de Midway” o “Why We Fight”. Me quedan aún dos por ver.


 

jueves, 18 de marzo de 2021

The spirit of Charles Lindberg


És, parece, la última grabación existente de Orson Welles, “The spirit of Charles Lindberg”. Tres minutos en los que, delante de su máquina de escribir, recita, haciéndolo suyo, un trozo del diario del aviador que por primera vez cruzó en solitario el Océano Atlantico, en el que señala que “no tiene prisa por terminar su vuelo”...
Santos Zunzunegui, en su “Bajo el signo de la melancolía. Cine, desencanto y aflicción” lo sitúa como uno de los más claros indicadores del espíritu melancólico que poseía a Welles y, con él, ciertos de sus films.


 

miércoles, 17 de marzo de 2021

River of glass



Veo ahora que “River of glass” es (1994) la primera película de Kelly Reichardt, lo que troca la decepción que me asaltó ayer al pensar que era posterior a films como “Old Joy” y “Wendy y Lucy”, que me llevó hasta a abandonar a mitad su proyección aprovechando que estaba junto a un pasillo, en satisfacción por su evolución hacia miniaturas como esa citada “Old Joy”.
Mientras suponía que era posterior, me sorprendía viendo que, a lo mejor como respuesta a esos espectadores que le criticaban su forma de filmar, había emprendido un film con escenas -como la acelerada autobiografía de su preámbulo- de lo más dinámico y todo él en clave de comedia.
Se distinguen en ella, como decía ayer de “Old Joy”, elementos de esos que han caracterizado buena parte del cine norteamericano (los coches, las autopistas, el revólver, el motel, el bar donde ligar tomando unas cervezas,...), pero se exprimen hasta banalizarlos, con lo que la cacareada sutileza de otros de sus trabajos brilla, a mi entender, por su ausencia.
Eso de ver un típico film independiente como los que pasan a montones en el Sundance Channel, me dije, ya lo puedes hacer, cuando no se encuentra nada más apetitoso, en casa. Y abandoné la sesión del Americana Film Festival para ahuyentar esa sensación de estar perdiendo el tiempo.



 

Boris Vian: un coeur qui battait trop fort



“Boris Vian, un coeur qui battait trop fort” (Sylvain Bergère, 2020; TV5Monde) nos devuelve muchas de las imágenes y actuaciones del cantante, músico, ingeniero y patafísico, a la vez que informa de varias cosas que desconocía.
Una es que su padre tuvo que vender su imponente casa familiar, en Ville d’Avray, a la familia de Yehudi Menuhin, por haber perdido toda su fortuna con unos negocios de Indochina. La familia se desplazó entonces a la casa del guarda, a las fiestas organizadas en cuyo jardín acudieron los aficionados de jazz de media Francia.
Otra es que, ya separado de su primera mujer, se fue a vivir a un apartamento detrás del Moulin Rouge, que era su propietario, pasando a ser vecino de Jacques Prevert. En él , donde fue acumulando piezas de todo su mundo hasta convertirlo en una especie de gabinete de las maravillas, vivió con su segunda mujer, Úrsula Kubler. Buscando imágenes del mismo veo en un artículo de La Vanguardia que ocasionalmente, a petición, puede visitarse.
Junto a notas biográficas (creador y “príncipe” del Tabou, un par de hijos que se criaron con banda sonora de jazz), el documental subraya de una forma algo machacona, con unas imágenes de sangre/arena de reloj de arena en ebullición, su idea de estar convencido de que iba a morir -como así fue- antes de cumplir los cuarenta años, pero se le perdona con esa maravilla de poder ver el manuscrito y diferentes interpretaciones (y entre ellas las de Sergi Reggiani) de su poema y canción “Le deserteur”, que yo me llevé, con mi cobardía insuperable, en su librito con todos sus poemas y canciones a la mili, para tenerlo conmigo y leerlo o tararearlo de tanto en tanto.


La casa familiar en Ville d’Avray.

El apartamento, pequeño gabinete de las maravillas, propiedad de Le Moulin Rouge.

Le deserteur...

 

Old Joy



Una pausa campestre, la salida de dos antiguos íntimos amigos que la vida, el tiempo, ha distanciado, a unas fuentes termales en medio del bosque. Contentos del reencuentro, notan que algo les distancia y seguramente así seguirá. Así se podría resumir “Old Joy” (2006), de Kelly Reichardt, la directora que tanto éxito ha cosechado recientemente con “First Cow” (2019).
En su sencillez, me ha gustado la película, que además tiene la virtud de ser muy corta (76 minutos). Pero la asistencia ayer a la sesión de la Filmoteca dentro del Americana Film Festival me ha llevado además a una serie de reflexiones, que van en la dirección de constatar la enorme influencia del cine norteamericano en nuestro país y, sobre todo, cómo ha cuajado en la gente más joven, que dominaban entre el público que sorprendentemente llenaba (entradas agotadas) la sala Chomón (su 50%, pero de la grande).
Aparecen en el film coches, autopistas y carreteras en medio de los bosques de enormes árboles que llenan amplias zonas de ese país. Surge su música estilo road movie o western y un café de carretera donde desayunar a su estilo. Pocos elementos, pero basta con esos tres o cuatro para atrapar a tanto espectador que los ha interiorizado como piezas básicas del cine que se ha mamado, voluntaria o involuntariamente, hasta en la sopa.
He estado oyendo la presentación de la sesión, solventada por una especie de conversación entre las dos chicas de la izquierda de la fotografía, Francina Ribes y Marta Salicru -la segunda guiando e intentando sonsacar a la primera-, a las que al parecer la responsable del Americana les había encargado hablar de la música en “Old Joy”.
Sí he entendido que la película que íbamos a ver estaba hecha por Kelly Reichardt con abundante sutileza, porque la palabra ha aparecido en la conversación como unas veintidós veces. Pero me han sorprendido dos cosas:
La primera que expresaran que no sabían muy bien qué decir específicamente de la música, porque de ella decían que apenas aparecía, colocada, eso sí, con una gran sutileza. Y que lo que realmente se debía valorar era la banda sonora en conjunto del film. Es verdad que es una banda sonora trabajada, tanto con los ruidos de la ciudad y la carretera en contraste con el aislamiento del bosque como en la captación de los numerosos pájaros que se oyen y hasta se retratan (sin miedo a la utilización de una óptica que deja desenfocado el resto del cuadro, dentro de unos planos en los que, en todo el film, pese a ese viaje a la naturaleza, todo se muestra generalmente, en vez de con grandes panorámicas, casi siempre con todos los planos que componen el cuadro muy cercanos a la cámara, como apelotonados al ser vistos en teleobjetivo), pero no diría yo que no hay una utilización de la música (Yo La Tengo) de las que no se aprecian. Al contrario. Suele corresponder a planos con visiones desde, a través o hacia el coche en medio de carreteras y marcan a fuego las referencias y el ambiente que quiere ofrecer la película.
La segunda sorpresa (o no tanto) es la de la profunda brecha generacional que se advierte entre los conocimientos de los de la mesa de ayer (y supongo que debo incluir a buena parte de su público ayer) y un servidor, sobre todo en lo que al panorama musical se refiere. Empezaron a citar venga nombres para mi absolutamente desconocidos de la escena musical independiente norteamericana y parecía que la relación no tendría nunca fin.
Para acabar hablando de nuevo de la película, diré que quien mejor lo ha pasado, sin cortapisas psicológicas, ha sido la graciosa perrilla que se llevan los dos de excursión, que supongo debe ser el mismo que medio protagoniza “Wendy y Lucy” (2008).




 

sábado, 13 de marzo de 2021

Viaje a Citera

El director se despierta en su moderna casa de la ciudad pensando en la película que está preparando, en la que aparece un hombre anciano que regresa después de mucho tiempo en Rusia: “Soy yo” es la frase que hace repetir a un batallón de aspirantes a hacer el papel.

Con su padre real, llegando a la niebla de las montañas, donde está, cerrada pero llena de recuerdos, la casa familiar.

Un paseo con un amigo superviviente por el viejo cementerio, saludando al resto de amigos, ya desaparecidos.

Por los festivales de cine en que fue presentando su “O Megalexandros” (1980), Theo Angelopoulos, explicando las razones por las que empleaba tanto el plano-secuencia, respondía que creía haber llegado al fondo de esa técnica y que su próxima película sería, en este sentido que tanto afectaba a montaje y ritmo, diferente.
No se debía referir a su (en mi recuerdo extraordinario) documental televisivo sobre Atenas (1983), pero sí a “Viaje a Citera” (1984), que ayer se pasó, prosiguiendo su ciclo, en la Filmoteca.
Una fuente personal con criterio en la cuestión me señaló el otro día que no se podía entender sus películas sin dar de comer aparte, por ejemplo, las que habían tenido como guionista al gran Tonino Guerra. Ésta es, si no voy errado, su primera colaboración conjunta en el guión y ya sea por la intención de cambio anticipada por Angelopoulos, ya sea por estar en la producción también la RAI y el Channel 4 o ya sea por la presencia de Guerra en el guión, lo cierto es que es notoriamente diferente a las anteriores. De hecho, buena parte de su metraje -con ese director de cine, Alexandros, siempre indeciso, pensando ensimismado en un film cargado de huellas autobiográficas y ese cine dentro del cine- podría pasar por una producción europea independiente muy de la época.
Sí que hay -sin el ritmo y pulso de sus películas anteriores- aún elementos suyos característicos. Esas preciosas escenas iniciales con el niño Alexandros en la ciudad llevando por la calle de la amargura a un soldado alemán durante la ocupación; los ecos de guerras y malos tragos vividos que convierten a Spyros, el padre de Alexandros, que regresa después de mucho tiempo al país, en un eterno refugiado; el cerco intuido de la muerte; etc.
Pero en general se aprecian más las diferencias. La que parecía iba a ser la primera típica y esplendorosa escena coral de masas, a tener lugar ya no en la moderna ciudad, sino en un alto de las queridas montañas del realizador, llenas de niebla, olvido y humedad, se queda en agua de borrajas. Sí que hay finalmente un amago de hacer, In extremis, una de esas piezas corales, mediante una fiesta en el café del puerto, pero significativamente, cuando aparece el protagonista en su papel de eterno e indeciso pasmarote, que sólo sabe hacer que ponerse a fumar pensativo, se ve la fiesta con sus canciones únicamente a través del espejo del café. Una forma de decir, podemos interpretar, que ya es cosa de otro mundo, de otra realidad.
Seguramente será ésta la primera realización de Angelopoulos en la que aparezca uno de sus temas luego recurrentes, ese de la barca de Caronte, llevando por el agua hacia el más allá.
Addenda. En todas las películas de Angelopoulos repasadas hasta ahora aparece un elemento que también hace su aparición en ésta. Como hay tantos traslados forzados de un lado para otro en sus películas es normal que se vea a sus personajes acarreando maletas con sus pertenencias. Una cosa que me desquicia, porque me aparta del sentido de realidad que normalmente quieren imbuir las películas, es que se nota a la legua que las maletas, en vez de ir cargadas con todo lo que se supone irían cargadas en esas circunstancia, se han facilitado vacías a los actores para disminuir su esfuerzo. Si están vacías, se aprecia entonces un balanceo delator de las maletas en cuestión, llevándose la verosimilitud, el intentado envolver al espectador en el ambiente, a freír espárragos.
Pues bien: sobre la primera hora de este “Viaje a Citera”, viendo una y luego más maletas vacías representando que están llenas, he llegado a la conclusión de que en las películas de Angelopoulos -y especialmente en las de su clásico estilo- NO me importa lo más mínimo, no me destroza eso la escena, porque ahí veo a un actor haciendo de un personaje y veo de lo más lógico que se vea que el actor está representando, que hace ver que lleva una maleta cargada mediante una maleta notoriamente vacía. No sé si se me entiende lo que quiero decir. Que se utiliza un efecto de la famosa distanciación, vaya.


Spyros, el padre de Alexandros, y Caterina, su madre, ante la vieja casa del pueblo entre las montañas, ya casi sin vida.

La fiesta, las canciones, el inicio de baile, se dan en esta ocasión, por el final, al otro lado del espejo del café del puerto de Tesalónica.

 

viernes, 12 de marzo de 2021

O Megalexandros

Los “lores” contemplando el amanecer (que yo diría es en realidad atardecer) en Sounion.

Pero se les aparece Alejandro, a quien poco antes han preparado este caballo y casco en un claro del bosque, así como armas para sus hombres, todos fugados de la prisión.

En esta ocasión al inicio de “O Megalexandros” (Theo Angelopoulos, 1980: el ciclo de la Filmoteca avanza con marcha segura) se celebra una nochevieja especial. Va a iniciarse un siglo -el XX- cargado de esperanzas. Unos aristocráticos jóvenes británicos, imbuidos de la poesía de Lord Byron y demás, van a ver amanecer a las ruinas del templo de Poseidón del Cabo Sounion (un poco raro, porque yo diría que lo que se iba a ver ahí era la puesta de sol: debe ser una licencia poética para rimar con lo que está por venir y no con lo que acaba). Pero entonces son secuestrados por el mítico capitán Alejandro y sus bandidos, fugados de la prisión y armados no se sabe gracias a quién esa misma noche. A lomos de su caballo blanco, Alejandro se erige en líder de los campesinos a los que han arrebatado sus tierras para entregarlas a una explotación minera. Para la liberación de los rehenes exigen que se les devuelvan esas tierras de cultivo.
Si “Los cazadores” se concentraba en las trifulcas entre las diferentes familias de la derecha, “Alejandro el grande” va a hacer lo mismo con la otra cara de la moneda. Si allí era la aparición del cuerpo de un guerrillero comunista lo que revolvía la situación, aquí es la de ese bandido, posible reencarnación del mito de Alejandro el Magno. Si en la primera el resultado de la palpable presencia del mito era la constatación de estar en una especie de cenagal sin salida, en ésta se constata la eterna degeneración de los ideales, hasta surgir la duda sobre si todo no habrá sido organizado malévolamente desde el poder para que resulte evidente el terrible resultado.
Alejandro se dirige hacia su escarpado pueblo, constituido por casas de piedra de pizarra de estilo otomano en las frías y lluviosas montañas del norte del país, el escenario preferido de Angelopoulos y el de origen de Alejandro el Magno. El pueblo será, por un momento, el crisol de las diferentes utopias que creían verían la luz en el nuevo siglo. Se forma allí una comuna en la que conviven durante un tiempo los pueblerinos educados por el avanzado maestro, unos anarquistas italianos perseguidos por la policía y los cuatreros de Alejandro imponiendo su autoridad.
Ha sido un actor el que, al inicio de la película, se dirige a la cámara, explicando la leyenda. Con muchos más exteriores que la anterior, no podían faltar en ella músicas, bailes, irrupciones inesperadas en medio de las fiestas, hasta cinco cuerpos yacentes expuestos en tablas y movimientos para aquí y para allá. Con ese espectacular casco él en la cabeza y los trabucos su gente, por momentos te imaginas el espectáculo singular que podría haberse hecho con este material en el Palais des Papes de Aviñon. Pero si esto es así es porque ya desde tu butaca te sientes espectador privilegiado, viendo evolucionar ante tus ojos, en cadenciosos movimientos que por momentos se aceleran, la Historia.
Propiedad, poder... Estos dos conceptos se nombran por el final de la película de forma repetida. Por ahí, a vueltas con ellos, se mueve “O Megalexandros”. Alrededor de ellos y de un reloj que unos quieren que funcione y otros quisieran desterrar para siempre.
230 minutos “El viaje de los comediantes”, 149 “Los cazadores”, 210 minutos ayer ésta... Hoy, “Viaje a Citera”. Estuvo mucho más contenido: la despachó en sólo dos horas.


Abrazos universales a la llegada de Alejandro.

Alejandro ante la casa de su infancia.

Y un baile que aglomera el pueblo entero. Luego llegarán las desavenencias y el ejército esperando al otro lado del río.

 

Où en êtes-vous Sébastien Lifshitz?


Puede haber pasado a muchos. Ha muerto el último de los padres superviviente y se ha de ir a su casa, donde se hace patente la ausencia.
En 2014 murió el padre del cineasta Sébastien Lifshitz. Fue entonces a la antigua casa familiar, que debía vaciar para venderla. Se puso a rodar todo lo que veía, antes y después de vaciarla.
Era ese un documento privado, hasta que lo entregó para formar parte de esa magnífica colección que está creando el Centre Pompidou solicitando pequeñas miradas de éstas a diferentes cineastas.


 

jueves, 11 de marzo de 2021

Los cazadores

La partida de caza del día de nochevieja de 1977 da con el cuerpo de un guerrillero comunista de 1949. “Su sangre está fresca, como si estuviera vivo”.

El cuerpo yacente de ese guerrillero, estilo Ché Guevara o Cristo de Mantegna, se mostrará ahí en el hotel a donde lo conducen, en medio de todas las trifulcas de ese grupo de representantes de la más rancia derecha: ¿qué hacer ante su sorprendente aparición y presencia?

Una partida de caza invernal en medio de la nieve, bajo la vigilancia de unas enormes montañas, se encuentra con el cuerpo de un guerrillero comunista del 1949, con la apariencia de muerte reciente. Así se inicia “Los cazadores” (1977), el largometraje que rodó Theo Angelopoulos inmediatamente después de “El viaje de los comediantes” (1975).
Como los de la partida de caza son los hombres de un grupo de matrimonios burgueses reunidos en un hotel para celebrar la llegada del año 1977, como dice uno de ellos lo que se ha producido ha sido un “terrible error histórico”.
Conducen el cuerpo del guerrillero al hotel. Viendo su apariencia exterior, con unas grandes cristaleras, en seguida sospechamos que ahí tendrá lugar una de esas escenas corales que tienen a Angelopoulos por maestro, y así es: buena parte del film se desarrolla en su interior, aunque como apenas se ven luego desde dentro las cristaleras, bien pudiera tratarse de un decorado construido en otro sitio.
A partir de entonces tenemos un cóctel de venga elementos Angelopoulos bien agitados: saltos temporales, atrás y adelante, dentro del mismo plano espacial; canciones, bailes y desfiles militares; tarareos de himnos; contrastes y enfrentamientos de contrarios; escenas corales jubilosas en las que, de repente, llega un inesperado personaje; etc.
Tampoco es la primera película de Angelopoulos con la presencia del cuerpo de un fallecido en una mesa, un brazo extendido, en una imagen que recuerda al Cristo de Mantegna o al cuerpo del Ché Guevara en aquella especie de lavadero de Bolivia. Aquí son mayoría las escenas con él -el guerrillero- en medio y tres personajes diferentes dicen al respecto a lo largo del metraje la misma frase, “La sangre de la herida está aún fresca, como si estuviera vivo”, por lo que ya podemos confirmar que eso (la pervivencia soterrada, desde 1949, del conflicto que ocasionó la guerra civil), y no otro, es el tema del film.
Pese a la existencia de todo esto en la película, confieso que se me ha hecho por momentos pesada, y eterna alguna escena en concreto. Tras reflexionar un poco he dado con una posible causa para que así me resulte ésta (de dos horas y media) y no en cambio la anterior “El viaje de los comediantes”, que sin embargo roza las cuatro horas. Creo que el problema es que los protagonistas son aquí siempre “los malos”, esos componentes de las diferentes facciones de la derecha con sus miedos y rivalidades, y apenas aparece el contraplano esperanzador de “los buenos”, que sólo asoma en un par de escenas con el paso de una flotilla de barcas con su pasaje enarbolando banderas rojas.
Habrá que ver esta tarde si su siguiente film, “O Megalexandros”, se redescubre como otra, enorme, panorámica circular.


Las fiestas de celebración de fin de año en el hotel. Ahí empieza una larguísima secuencia, auténtico tour de force de esta actriz, que uno le diría a Angelopoulos de,si no suprimir, al menos abreviar.

Los celebrantes de la fiesta la interrumpen bruscamente y salen al exterior, pues el amenazante pero callado rumor de esa comitiva de barcas de 1949 remando (aunque Angelopoulos no tiene reparo en, para lograr el efecto homogéneo y majestuoso buscado, dotarlas de motores fuera borda) se hace insoportable.