domingo, 16 de agosto de 2020

Horizontes de grandeza




No me cabe la menor duda que “Horizontes de grandeza” (“The big country”, William Wyler, 1958) era una de esas películas cabeceras de lote de las grandes distribuidoras, de las que hacían que el empresario del cine de turno, para pasarlas, debía tragarse, pagando por ellos, cantidad de films que no tenía ni intención de proyectar. Porque era, realmente, de las que cualquier propietario de sala buscaba como cabecera de cartel: un western rodado en Technicolor y Technirama, con, por un lado, grandes espacios entre los que se visualizan dinámicas carretas a caballos en apuros, vaqueros y hasta un numeroso rebaño de ganado; por otro actores como Gregory Peck, Jean Simmons o Charlon Heston (además de una larga retahíla de característicos) y; por último, con música adecuada para acompañar las panorámicas por las praderas y los títulos de crédito (que veo correspondían a Saul Bass).
La sesión se alarga más de dos horas y media, y vive Dios que durante la primera de ellas, comenzando, precisamente desde los títulos de crédito, la he disfrutado aun ahora de lo lindo. Es una gozada ver cómo la imagen de la pradera que envuelve la diligencia abarca toda la amplia y plana superficie de una televisión de las de hoy en día, y ver cómo la diligencia se aleja adentrándose entre los campos hasta llegar a la lejana aldea del valle. O seguir los recorridos de la cámara para captar la grandiosidad de los paisajes y lo pequeños de sus ocupantes y, pese a ello, organizadores.
Pero se me permitirá también decir, aunque resulte una herejía tratándose de uno de los grandes títulos del western, que la cinta adolece luego de todo lo que adolecían estas grandes producciones de Hollywood, y es que casi casi podríamos dejar de verla una vez ya en nuestro poder todo su vistoso planteamiento. Porque desde un principio todo el mundo sabe que Gregory Peck, por mucho que quede como un cobarde en varias ocasiones, demostrará ser el más valiente de todos, de la misma forma que donde esté Jean Simons como personaje, ya puede apartarse la en principio más protagónica Carroll Baker.
Claro que entonces nos perderíamos el enfrentamiento final en el desfiladero, otro clásico en los westerns.



 

jueves, 13 de agosto de 2020

Formas de mirar(se)


Ha resultado una buena sorpresa este libro, que tenía guardado desde 2013 en espera de lectura, y al que me habría ido bien acudir en varias ocasiones en que he citado dos películas extraordinarias, tanto para mí como veo que también para su autor las mejores de sus respectivos directores, “Una mujer en Paris” (Charles Chaplin, 1923) y “Playtime” (Jacques Tati, 1967).
Dice Imanol Zumalde en la introducción de su “Formas de mirar(se). Diálogos sin palabras entre Chaplin y Tati, Lewis mediante” (Biblioteca Nueva, 2013), que el largo tiempo transcurrido entre que escribió el manuscrito y encontró una editorial que quiso darlo a conocer le hizo repasar el texto centenares de ocasiones, limándolo y simplificándolo en cada una de ellas, haciéndolo más inteligible.
Aún queda en el libro mucho término de esos que trufan los estudios académicos, neologismos creados, quiero pensar, en un intento de referirse a procedimientos que carecen de terminología precisa para identificarlos, pero que hacen tan farragosa una lectura a nosotros los profanos. Pero no hay que inquietarse. Si bien prevalecen, está su significado claramente, por varias aproximaciones, explicado.
Esta secuencia de “Una mujer de Paris”, pese a que no incluye a ningún personaje principal de la trama, es señalada por Zumalde como la clave de toda la película. En ella Chaplin trabaja con el fuera de campo, con lo que no puede verse, de una forma que entusiasmó e influyó un montón en Lubitsch. Además de que la protagonista del streaptease y quien le ayuda no dejan de verse -dice- como piezas de un proyector de cine y esa enrollada sábana como el celuloide que va de una bobina a otra

La tesis del libro, avanzada, desarrollada y concluida en él, es la de una cierta simetría entre la obra de Chaplin y la de Tati, y entre esas dos películas que he citado al inicio en particular. Y, para ello, y ahí está la gracia de la operación, Zumalde procede, paso a paso, a ahondar en la observación de las películas y en determinadas secuencias suyas en particular (de las que adjunta detalladas imágenes), dando lugar a un apasionante recorrido que, aunque llegue en algún momento a conclusiones sobre su gestación y significado que seguramente nunca se les habría ocurrido ni a Chaplin ni a Tati, ofrecen una interpretacion redonda, muy completa, sin fisuras.
Sobre hablar de lo que no se ve o se ve por su reflejo o intermediación, sobre intentos de dar borrón y cuenta nueva al hacer esa película y sobre batacazos que hacen tornar al redil, así como sobre el “aquí estoy yo” autoral, va la cosa. Pocas veces esas dos películas, los recorridos de esos dos grandes directores, resultan tan bien, de manera tan precisa, explicados.

No se ve nada bien, pero no he encontrado otra captura mejor. En la escena de la estación de tren hace su aparición Chaplin (quien por primera vez no es protagonista de una de sus películas) haciendo de porteador de maletas, vestido de tal forma que -à mí me pasó en una primera y quizás en una segunda visión, no ya en la tercera- puede pasar desapercibido para el espectador.

De la misma forma que en “Playtime”, en la escena inicial en el aeropuerto, aparece “un” Mr. Hulot.

 

martes, 11 de agosto de 2020

Heimat ist ein Raum aus Zeit

Una de las páginas (deben pasar durante unos veinte minutos del film) con la relación de deportados.

El borrador de carta que escribe un bisabuelo de Heise a las autoridades que le han notificado represalias por ser su mujer judía.

Bastante cansado de lo anodino que resulta lo que en general se puede ver actualmente por los pocos cines abiertos, por televisión y por plataformas, me he liado la manta a la cabeza (es un decir: con los calores actuales lo que he intentado es mantener una cierta temperatura a base de aire acondicionado) y he visto de un tirón las casi cuatro horas de “Heimat ist ein Raum aus Zeit” (Thomas Heise, 2019; Atlántida Festival en Filmin).
La estética del documental es bastante uniforme. Unos movimientos de cámara van recorriendo muy lentamente espacios y hasta fotografías, o bien la cámara permanece fija ante entornos actuales, bastante anodinos, o bien ventosos paisajes, bastante desolados, con mucha presencia de parajes ferroviarios secundarios. Pero esas imágenes sólo en ocasiones guardan alguna relación sensorial con lo que una nunca alterada voz masculina (que se ve que es la del mismo Heise) va leyendo, que es lo que realmente rige el film.
¿Cómo harías una película para hablar de tu familia, íntimamente ligada con el devenir de tu país y del último siglo transcurrido? Hay quien lo hace montando una ficción (o un documental) con héroes, traidores y víctimas. Thomas Heise lo hace a partir de una selección y presentación de escritos y notas de sus familiares, pero sobre todo de las cartas que se fueron intercambiando entre ellos durante los últimos cien años.
Así, el film empieza con un escrito del Dr. Wilhelm Heise en 1912 que relata, extendiéndose en ello, lo despreciable y las desgracias de todo orden que suponen las guerras (si bien hay que oír la coda final que incluye), pasa luego por la ascensión del anti-sionismo que llegó hasta el bárbaro extremo de los primeros años cuarenta (y la familia de Heise era en buena parte judía), más tarde por los bombardeos de Dresde, a continuación por el control político desarrollado en la DDR y llega hasta nuestros días, tras la eliminación del socialismo y la desorientación absoluta aportada por el consumismo.
Para mí el trozo más emotivo de todo el film corresponde, sin dudarlo, a los intercambios epistolares de familiares de Heise que van dando cuenta, explicándoselo unos a otros, de todo el proceso de progresivo acoso sufrido por los judíos en Alemania, hasta llegar a un dramático silencio, tras su inclusión en un lejano campo de exterminio. Mientras Heise va leyendo una tras otra las cartas intercambiándose noticias, cada vez más cortas, alarmadas y llenas de un impotente amor familiar, una enorme relación de nombres y direcciones de deportados va desfilando lentamente, en multitud de hojas, por la pantalla. Al menos tres nombres están subrayados.
En general todos los fragmentos de cartas leídos están muy bien escritos, conteniendo muchos de ellos una reflexión política de gran profundidad y un alto nivel intelectual, lo que hace pensar si se tratará realmente o no de cartas y notas familiares o bien cosas escritas para la ocasión, pero veo que Heise explica por ahí que sí, que encontró una caja con la correspondencia guardada por su abuela de la época nazi y, por otra parte, se ve que su padre, Wolfgang Heise, fue un notable filósofo de la Alemania del Este.
Es este “Heimat Is a Space in Time” un documental que no se puede ir recomendando por ahí como quien reparte chocolatinas, porque su visión requiere realmente un esfuerzo de concentración grande, pero si se le dispensa, aporta, lo digo con sinceridad, grandes compensaciones.
Monumento enorme a la correspondencia, por momentos más con aspecto de pieza de museo de arte contemporáneo que de película, el documental presenta un final en el que Thomas Heise no lee a su familia, sino que habla por sí mismo. Es un final con cierto tono irónico, pero realmente desolador. De alguien que, como no puede ser de otra manera, no encuentra acomodo en nuestro siglo.




 

lunes, 10 de agosto de 2020

Crisis


La magnífica escena inicial. Flirt del pintor en casa de la protagonista, a la que dedica un esbozo, ante la presencia de la amiga de vida disoluta, la del caracolillo en la frente.

Ella se siente ahogada en casa, con un marido que no hace más que dedicarse a su trabajo.

Domingo noche. ¿Alguna duda sobre qué película ver, para que no vuelva a resultar como máximo ese usual “se puede ver...”? José Luis Márquez acude en nuestra ayuda y en su “Festival de verano” comparte (ver enlace a una copia espléndida en YouTube, con rótulos subtitulados en español, al final), entre otras, “Crisis” (Georg Wilhelm Pabst, 1928), que no recordaba conocer (y de la que, una vez vista, sólo me sonaba la imagen, que ha circulado bastante, del muñeco boxeador).
No es la película de Pabst, ni de lejos, que más me ha gustado, pero se convendrá en que tiene trozos excelentes. Krakauer destacaba casi únicamente el de la desatada fiesta central en el club, porque le servía para caracterizar toda una sociedad, pero resultándome éste algo reiterativo -no sé si por la música colocada para la restauración de la copia-, yo señalaría como tal toda la primera media hora, con ese extraordinario planteamiento del drama. Ahí está todo (diseño de la casa burguesa, del estudio del pintor, vestuario, encuadres, el enfoque de esa frustrada historia de pasión) lo que configuraría, como señalaba “De Caligari a Hitler” la modernidad de la sociedad de la República de Weimar.
La “crisis” del título español (el “Abwege” original es más apropiado: “Por el mal camino”) es la de un matrimonio berlinés adinerado o, más concretamente, la de la mujer (Brigitte Helm, la de “Metrópolis”), en busca de una “engañosa” libertad cuando una amiga “de vida disoluta” que su marido no quiere que frecuente, le pregunta por qué “se deja aprisionar”.

Y las circunstancias la lanzan al club nocturno de fiestas.

YouTube, que es muy pacato, advierte algo así como que la película contiene escenas que pueden herir tu sensibilidad o causarte un profundo daño de no ser que el espectador tenga la suficiente estatura moral como para resistirlo, y obliga dar su consentimiento para no ser responsable de condenaciones eternas. Pero la verdad, como no sea por lo supuestamente sicalíptico de la fiesta en el club o por el empuje con el que la protagonista parece lanzarse a liberarse del descuido que muestra por ella su marido y hacia un adulterio, no le veo yo la osadía. Es más, por el tercio final he empezado a arrugar la nariz, pensando si uno de los guionistas, Ladislao Vajda, no estaría ya haciendo prácticas para su posterior “Marcelino, pan y vino” y ayudando a edificar una moralízate, de lo más sólida, lección, en prevención de alocadas ideas de las damas que se sintieran identificadas en su abnegada vida doméstica.

 

domingo, 9 de agosto de 2020

De Caligari a Hitler. El cine alemán en la era de las masas


¿Es posible seguir el hilo de este país por el cine? - se preguntan en “De Caligari a Hitler. El cine alemán en la era de las masas” (Rudiger Suchsland, 2014; visible en Filmin).
Compré “De Califari a Hitler. Una historia psicológica del cine alemán” cuando salió editado por Paidós (1985) con una reluciente cubierta roja (primera imagen). Era un clásico de la bibliografía sobre cine, que venía precedido de una enorme fama e influencia.
Citando en varias ocasiones a Krakauer, el documental presenta su mejor baza en la selección de extraordinarias escenas que, con los correspondientes comentarios en la banda sonora, casi lo constituyen en exclusiva. En este sentido, las (por suerte escuetas) declaraciones de unos pocos supuestos “expertos” actuales, son, en mi opinión, de lo más prescindibles. Otra cosa es engranar una tras otra imágenes -en perfecto estado- de films de Wiene, Lang, Murnau, Siodmak o de unos cuantos hoy en día menos conocidos realizadores, pero todas ellas dejando testimonio de cómo reflejaron las sensaciones de toda una sociedad y la modernidad del cine de la República del Weimar.




 

miércoles, 5 de agosto de 2020

El joven Ahmed




La muerte del trabajo


El epílogo de “La muerte del trabajo” (Michael Glawogger, 2005, incitada a ver por José Luis Márquez, que ofreció el enlace que cuelgo yo también abajo) muestra unos niños de excursión por el parque en el que se ha convertido una acería alemana, como dando por válido el título del documental. Pero son unas imágenes que pueden llevar a una conclusión engañosa. Si en Alemania han podido hacer estas virguerías en los sitios en que funcionaba su industria pesada, es porque han exportado toda su industria nociva a países del tercer mundo, como deja intuir parcialmente algún relato de los presentados.
No es “La muerte del trabajo” una película de esas que levante el ánimo. En ocasiones, además (y el caso de esa especie de matadero gigante nigeriano al aire libre, a donde la gente lleva sus animales y paga para que se los maten, asen y despiecen, es el más evidente), hay que tener valor, o estar bastante enfermo, para aguantar sin pestañear cosas tan desagradables. Ahí está toda la atrocidad de “La sang des bêtes”, pero sin un ápice de su poesía.
Apenas si se ven capataces, y no digamos ingenieros o directores de los trabajos. Quizás sea que no han permitido su aparición en el documental, pero eso de a veces la impresión de que los propios trabajadores se entregan voluntariamente, animosamente, a su horroroso y peligroso quehacer.
Viendo alguno de los episodios, y más concretamente el de Nigeria, llegué a preguntarme si José Luis me quería mal, enviándome este recadito. Pero he de concluir que no, que su visión me ha llevado a una serie de enseñanzas y correspondientes conclusiones, que creo positivas. Una es que nunca iré a hacer de turista a una montaña de azufre indonesia, mientras me cruzo a unos pobres desgraciados que no acuden allí por la belleza de esos tonos amarillos. Una segunda es valorar seriamente lo de convertirse en vegetariano. Otra tercera es no dejar decir a nadie que vivimos en una sociedad avanzada mientras no se exija en trabajos y productos (aquí y allí) que se produzcan con un sueldo justo y en condiciones de seguridad absolutas.
De modo que gracias, José Luis. Pero: ¿qué tal en otra ocasión una comedia, una de aventuras o así?

martes, 4 de agosto de 2020

Bait



Blanco y negro, 16mm, aspecto de soporte químico, “Bait” (Mark Jenkin, 2019) viene marcada a fuego por su formato.
Planos medios, cuadro muy ajustado, un campo visual aún más limitado por sus frecuentes insertos en primer plano, van tejiendo tensiones, empezando por las visuales, en un ambiente de pueblo costero al que llegan familias de la ciudad. En un sitio de antiguos marineros que va cambiando de medio de vida, componentes de sus familias ahora rivales.

La tensión lograda con medios formales va aumentando, incrementándose también gracias a acelerados montajes paralelos de elementos (de pescados, langostas, redes, instrumentos marineros) de detalle.
Una propuesta del Atlántida Festival visible en Filmin que me ha resultado por momentos claustrofóbica, pero con interés.


lunes, 3 de agosto de 2020

Un verano prodigioso






¿Qué pasó entre 1933, año de realización de “Okrania” y 1951, el de “Un verano prodigioso”, para que el cine de Boris Barnet cambiara tan esencialmente, hasta solo tener parangón en el cine chino de la Revolución Cultural o en los carteles de propaganda norcoreana?
La respuesta la da, claro, la evolución de la historia de la Unión Soviética de Stalin.
En “Un verano prodigioso” Pietr regresa a su pueblo y parece que algo de historias personales al margen van a existir, pero sí están ahí no es para mostrar la habilidad de Barnet, sino para certificar las dificultades pese a las que se pueden encontrar en el desarrollo de los programas de un Koljós y cómo el entusiasmo va contagiándose hasta lograr la mejor producción agropecuaria del siglo.
Me suelen gustar mucho, vistos desde aquí y ahora, los cuadros del realismo socialista, con ese efecto cromo tan divertido, pero puestos en una película se hacen pesadísimos. Claro que no tanto como debió ser vivir ahí en ese momento, golpeados por una realidad que sólo una propaganda marciana se atrevía a tergiversar de forma tan edulcorada e hipócrita.





domingo, 2 de agosto de 2020

Okraina


Una pareja pasea por la plaza, cruzada por todo un juego de sombras.

Una joven observadora de los hechos, en un banco.

El banco, protagonista de intentos de seducción.

Hasta con el clásico ligue con perro.

Antes del estallido.

Este magnífico detalle de ver al personaje con su gesto de rasgarse la cabeza.

La inocente observadora.

¡Qué bueno era Boris Barnet!
Hay por YouTube (enlace al final) una copia bastante buena (1) de “Okraina” (“Suburbios”, 1933, anunciada ahí como “Outskirts”). Como cuando se hizo se llevaba muy poco tiempo de sonoro, lo extraordinario, el verdadero regalo para su contemplación actual, es que todo está narrado mediante recursos visuales, cuando no espléndidos gags.
El sonido (aunque quizás el de esta copia esté -mal- renovado), por su parte, es mucho más rudimentario, dando esa penosa sensación de que surgía de un plano diferente al de los personajes de la pantalla. Claro que, aún así, hay unas cuantas utilizaciones de esas que sólo propiciaba su cercana introducción en el caso de estar al cargo un buen realizador. Un ejemplo es el de esos chorros de vapor que expulsa la locomotora correspondiendo a los gritos de hurra de los que despiden a los que van a la guerra. Otro, el montaje paralelo, aprovechando un ruido similar, entre la ametralladora alemana y la nueva máquina para clavar las suelas de las botas.
Como siempre en Barnet, son maravillosas, y llenas de humor, las imágenes iniciales, que plantean el ambiente previo a los acontecimientos. Si se va mirando la larga serie de capturas de pantalla que cuelgo y leyendo sus pies de foto, podrán pescarse unas cuantas.
El tema que plantea la película, ambientada en el momento del estallido de la guerra de Alemania con la Rusia zarista, es uno que estuvo muy presente al inicio de la Primera Guerra Mundial. Son las dos posturas enfrontadas: combatir al enemigo, olvidándose de las luchas internas ante un trabajo casi esclavista o bien entender que la solidaridad obrera, aún internacional, es prioritaria y debe seguir buscándose la revolución.
La postura de Barnet queda clara desde el primer momento: El fabricante de botas que ha incitado a dejar de lado la huelga e ir a combatir a los alemanes vemos que se ve beneficiado por un sustancioso contrato para suministrar calzado al ejército.
El enlace:

Dos vecinos -que se dirigen uno a otro de esa forma que hizo célebre los relatos rusos del XIX, por su nombre y apellido- van a averiguar qué conflictos hay por las cercanías.

Estalla la guerra.

Preocupado por leer la noticia, este señor casi ahorca involuntariamente al pobre perrín.

El banco de nuevo. El de la derecha, un soldado alemán.

El padre, zapatero, recibe una trágica notificación. Esta escena la incluimos en el Ombres Mestres dedicado a “Correspondencias”... en otro momento hay también un espectacular raccord con la bota de un muerto expulsada de una trinchera y otra de las muchas botas producidas en el taller, que también mostramos en otro Ombres Mestres, el de raccords.

No preocuparse: con paso decidido, una marea imparable de proletarios caminará al final para cambiar la situación.

Se acabarán en el futuro escenas como ésta del carrista borracho del principio del film.