domingo, 28 de noviembre de 2021

Retrats Betevé: Óscar Tusquets




Desmenuzando la entrevista realizada a Óscar Tusquets en su casa y apretando bien los trozos esenciales retenidos, para que cupieran en los quince minutos (16 con los rótulos intermedios que los clasifican), me ha gustado mucho el programa resultante, que pasan por Betevé o puede verse aquí:
Parece (es difícil saberlo, porque no lo ponen por ningún lado) que al menos la entrevista la hizo Marta Ballesta. No sé si participó también en su realización, de no sé quién.
Es indudablemente el personaje de Tusquets, pero además me da la impresión de que posibilita alguna que otra mirada nueva sobre su carácter y personalidad.




 

Sophia de Mello Breyner Andresen



¿Quién iba a sospechar que Joao Cesar Monteiro había empezado su filmografía con un cortometraje (19 min) dedicado a la gran figura femenina de la poesía portuguesa del s.XX y que, además, lo había dedicado a Carl Th. Dreyer?
Quizás la evocación a Dreyer le viniera del origen familiar de la poeta, cuyo abuelo paterno era danés. El caso es que el corto “Sophia de Mello Breyner Andresen” (1969j contiene por momentos en su estética mucho de la austeridad nórdica, mostrando a la escritora escribiendo junto a una ventana con vistas al mar en una desnuda mesa sólo decorada por una fuente con frutas. Pero hay más: esas escenas con toda la familia en barca por la rocosa costa del Algarve tienen, con su contrastado blanco y negro, el aroma de ciertos Bergman…
Aparece en el corto la poeta que se carteaba con Jorge de Sena en la “Correspondencias” (2016) de Rita Azevedo Gomes también en su casa, leyendo un cuento a su hijo pequeño y siendo protagonista directa o indirecta de varias bromas. Así, la película se mueve entre alturas poéticas de lo más culto y lo doméstico, en una mezcla que, en todo caso, no dejaba pronosticar la evolución posterior del cineasta.
Aquí, el enlace al cortometraje, agradeciendo a José Luis Márquez su descubrimiento:





 

viernes, 26 de noviembre de 2021

Spencer


Unos días “a Ca la Sogra” (en casa de la familia política). Así pensé durante toda su primera mitad que podría haberse titulado, con precisión, la película. Pero seamos serios y vayamos por partes.
Vaya por delante que nunca mostré ningún interés por el personaje de Lady Di, del que sólo sabía lo que quedaba depositado en el cerebro cuando, aún sin prestar atención, hablaban de ella en las noticias televisivas, de radio o en los titulares de diarios.
Ese mínimo conocimiento ya me era suficiente para pensar que “Spencer” (Pablo Larrain, 2021; en el Boliche) seguramente profundizaría en el mito popular: el de una princesa con una vida desgraciada por la falta de amor conyugal, por las rigideces y ataduras obligadas por la realeza y por el acoso de los medios de comunicación.
Asumido todo eso, decidido a no cuestionarme las razones por las que tanta gente que vivía en ambientes y con condiciones realmente chungos podía sentir conmiseración ante el personaje, me puse ayer a ver la película, de la que, salvo en unos momentos en que entra casi a formar parte de esa numerosa tropa de ficciones de terror psicótico yanquis, debo decir me coloco como claro defensor.
Me gusta cómo está llevada por Larrain, como me gustó su acercamiento a “Jackie” (2016), un personaje también del papier couché, quizás, desde fuera, con más carga a su favor para la conmiseración, habiendo un muerto por el medio.
Esa forma de hacer de Larrain, ese “cine” que emana de sus planos, puede verse desde el inicio de la película. En un plano general se aprecia, a lo lejos, una caravana de vehículos militares. El plano siguiente es ya un plano -muy rebuscado- de la carretera por la que transita el convoy, la cámara situada en el suelo y con el objetivo tomando frontalmente a los Land Rover que, uno a uno, pasan por encima de la cámara. No lo hacen, no obstante, como el tren que pasa encima de la cámara situada entre las vías por Dziga Vertov o tantos otros, porque debido a la óptica empleada, a los ojos de los espectadores la rueda exterior hace un brusco y extraño quiebro. Supongo que se deja con ese efecto tan grosero porque el objetivo del plano es únicamente que veamos a la vez, en el suelo, el cuerpo ya sin vida de un faisán. Un símbolo evidente de lo que le puede pasar a Diana, próximo pájaro caído, atropellado.
Otro efecto muy cinematográfico recorre buena parte del principio, en que un poderosísimo off -la familia real, que no aparece o bien se muestra sólo alejada o de espaldas- lo recorre. Larrain sostiene ese off un buen rato, agudizando la curiosidad del espectador… hasta que ya no podía aguantar más el suspense, so pena de entrar en otro tipo de film.
Son impresionantes los travellings que siguen a Kristen Steward, sola o escoltada, por los mullidos pasillos del Palacio de Windsor, por las cocinas (el espacio que da juego a las escenas, en mi opinión, más atractivas), por…, marcando la impresión de estar ella penetrando en la casa de la fiera. Una lucha desigual, como se aprecia también, por ejemplo, con el contraste de la imagen de ella, absolutamente sola, sentada dando su espalda a la fachada del imponente caserón.
Como esos films de terror nos va envolviendo la película, ayudada un montón por la música de la banda sonora, para luego, en un giro, dar pie a ese final que, de alguna manera, cierra muy bien, positivamente… el momento del que quiere dar cuenta, por fin desvelado, como un final feliz de un cuento de hadas.


 

Jean Eustache. Interior cine


Decía el otro día que llegaba una rarísima oportunidad. Empieza la semana que viene un curso on-line de intensas seis horas, “Jean Eustache. Interior cine”, organizado por José Luis Guerín (Los films de Orfeo) e impartido por Ángel Diez.
Me asombro de que hoy en día, en el que el actual caos en la distribución cinematográfica ha permitido a los interesados hacerse con una más que apañada historia del cine particular, pues nunca como ahora ha sido fácil ver determinados films clave, no se hable lo que se merecen de dos películas, para mí, claves, de gran impacto en su primera visión, pero de auténtico enamoramiento en las sucesivas visiones: “La maman et la putain” (1973) y la que debía haber sido la primera en la obra de Jean Eustache, “Mes petites amoureuses”.
Hay varios libros que dan cuenta de los (sorprendentes, no apreciables por completo sólo mediante la visión de las películas) secretos que envuelven a las películas y a la propia vida de Eustache. Uno es el monumental “Le dictionnaire Eustache”, bajo la dirección de Antoine de Baecque (Éditions Léo Secher), otro es “La maman et la putain. Jean Eustache. Politique de l’intime”, bajo la dirección de Arnaud Duprot y Vincent Lowy (Éditions Le bord de l’eau) y un tercero es “Jean Eustache. El cine imposible”, con coordinación de Miguel Ángel Lomillos y Jesús Rodrigo García (Shangrila). En el primero tiene una entrada Ángel Diez y en el tercero escribe uno de los artículos. Pero es que además Ángel Diez es el director de “La peine perdue de Jean Eustache” (1994) un increíble documental sobre el realizador.
Ángel Diez será quien imparta, como he dicho, el seminario. Todos los detalles, aquí: https://joseluisguerin.com/talleres-cursos-online/...





 

jueves, 25 de noviembre de 2021

El último remojón




Ayer avisó José Luis Márquez que en YouTube había unas cuantas películas de ese singular cineasta que fue Joao César Monteiro y, como entre ellas se encontraba “El último remojón” (1992), que no había visto, me faltó tiempo para ponérmela.
La amenazante descripción inicial de “esbozo de película” me hizo temer encontrarme ante un experimento tipo “Blancanieves” (2000), pero no hay que asustarse, que no es así.
-El cielo puede esperar - le asegura el señor Eloi, el marinero jubilado que ha visto como Samuel, indeciso, estaba, ya oscurecido, un par de horas en un muelle decidiendo si se tiraba o no al agua para desaparecer de este mundo. Lo coge del hombro y se lo lleva a recorrer las miserias y las glorias de la ciudad. Como esa ciudad, señoras y señores, es la inconmensurable Lisboa de antes de la Expo, todo está ya dicho.
Eloi se lleva a Samuel a su casa y de ahí a varios cafés. Le abastece en comercios tradicionales, van a un barbero que ejerce su oficio al son del ‘“Fígaro” y llegan a un café de variedades en el que actúa una Carmen Miranda que, para dar el papel, baila con un plátano en la mano. Allí se hacen con compañía femenina con la que pasean por calles y plazas de la Lisboa antigua en fiestas, con bailes populares, que es una auténtica delicia, para acabar en una pensión.
Al día siguiente sigue la fiesta: surgen por todos lados tranvías, elevadores, mercados repletos de vida. La Lisboa de verdad en todo su esplendor.
En esta ocasión no actúa Monteiro. Por un momento parecía él el hombre delgaducho y desgarbado que sale a bailar con Carmen Miranda, pero no. Sí aparece luego, como figurante, no sé si entrando a unos lavabos públicos. La batuta la llevan Eloi y sus chicas, por un lado, y Samuel (que se parece mucho, por cierto, a Benjamin Prado, con su reluciente conquista nocturna.
Llegado un momento, sobre los dos tercios de su metraje, empiezan a aparecer unos cuantos tours de force: hay una inacabable danza de los siete velos, aunque quizás se descuenten, que acaba hasta con el sonido durante un buen rato, una caminata de una rapaza por la Avenida da Libertade, los intentos de articular palabras de la muda o un cruce de un campo de enormes girasoles. Pero es que si no hubiera rarezas, no sería un Monteiro.
Tampoco he entendido nada, a parte de su indudable belleza, de una correspondencia entre Hyperión y Diotima que le debe dar un sentido mítico a lo visto. Pero no importa: la historia principal, que esa sí que se entiende muy bien, tiene, antes del final, su cumplido desenlace.





 

La puesta en escena de la pintura - y 4





Cuando José Luis Guerin llegó ayer a Degas, enseñándonos cómo se le escapa la vida del espacio del cuadro, recapituló hasta hacernos ver que posiblemente todo su curso sobre “La puesta en escena de la pintura” ha tratado fundamentalmente de un proceso por el que paulatinamente la pintura va dando pistas de lo que se encuentra fuera del objetivo principal del cuadro (miradas, ventanas, reflejos, espejos,…), hasta que llega un momento en el que la imagen del cuadro queda absolutamente desbordada por la vida.
Previamente, en esta cuarta y última sesión, partió de un Rembrandt que busca la introspección y muestra ese estado interno de sus personajes (primera imagen).
Dio un salto a Velázquez, entrando por el de sus primeros tiempos (segunda imagen), que muestra la osadía de dar un primerísimo plano para el personaje más modesto, mientras deja el teórico motivo principal en una esquina al fondo.
Hablar de Velázquez le llevó a hacerlo del punto de vista y de los espejos. De su inesperada (tercera imagen) “Venus del espejo”, precisamente, hizo un raccord a los espejos de los impresionantes cuadros de Vermeer: cuarta imagen), con sus personajes colocados junto a una ventana, a través de la cual, por ejemplo, su geógrafo (quinta imagen) mira pensativo un mundo exterior que no vemos, produciéndose entonces una suspensión temporal.
Esas mujeres de los cuadros de Vermeer le llevó hasta las de los de Hammershoi (sexta imagen) que, de espaldas, sin que les veamos su rostro, parecen no hablarnos de una mujer concreta, sino de “la mujer”.
De mujeres de espaldas (todo esto es únicamente un esquema, una simplificación mía, pues éstas sesiones están repletas de imágenes de muchos pintores) a hombres también de espaldas, habitualmente en un punto elevando, contemplando el paisaje, esencia del Romanticismo.
Y así siguió, mezclando cuadros archiconocidos con otros casi desconocidos.
Acabó, en un final en el que metió varias de sus últimas obsesiones, con el último cuadro de Manet (séptima imagen), en el que -aventuró- casi seguro que vertió todo lo que, sabiendo que venía su final, llevaba dentro. Y dio razones para pensarlo.
¿Dije en alguna de estas apresuradas notas de después de cada una de las atiborradas sesiones de más de tres horas que efectuamos un recorrido fascinante?
Acabó el recorrido, pero por suerte éste puede tener su continuación en otro curso la semana que viene. Los Films de Orfeo (la marca que ha montado JLG para sus cursos y talleres) ha planificado para ese nuevo curso algo muy diferente, pero que no debiera dejar indiferentes a los amantes del cine. Ha contactado con Ángel Diez, el director de “La peine perdue de Jean Eustache (1994), lo mejor que he visto sobre el realizador criado en Narbona, de quien se detecta muy próximo y conocedor de las principales figuras que lo acompañaron, que aparecen en el documental informándonos de manera increíble.
Quien ha amado o cuando menos intuido lo que hay detrás de “La maman et la putain” o de “Mes petites amoureuses” (octava y última imagen) no debería saltarse ese curso (dos dias de tres horas cada uno). Para inscripciones, visitar la web joseluisguerin.com






 

miércoles, 24 de noviembre de 2021

Querida Chantal


Una extraña fascinación me han producido estos cinco minutos que conforman “Querida Chantal” (Nicolás Pereda, 2021; en Filmin formando parte de la selección de cortometrajes de L’Alternativa).
Referencia a una cineasta belga (que llamándose Chantal deja fácil adivinar de quién se trata), una foto inicial en blanco y negro -un retrato- que bien puede ser de uno de sus primeros cortometrajes, una pintura, una mujer (que en los títulos de crédito descubrimos que se trata de la hermana del realizador mexicano) ordenando y haciendo habitable un precioso y moderno apartamento -estilo Luis Barragán- que quizás se corresponda con el que, en la voz en off de la banda sonora, el realizador pone -por cartas sucesivas contestadas elusivamente- en disposición para su alquiler por la cineasta belga, porque se trata de un apartamento de su hermana…
Como se ve, mucho para cinco minutos con apariencia, contrariamente, minimalista. Se puede escoger entre el juego de espejos, el homenaje a la cineasta o el documental arquitectónico. O escoger uno, luego otro, luego otro. Total: siendo sólo cinco minutos se puede ver varias veces sin que pese.



 

lunes, 22 de noviembre de 2021

La puesta en escena de la pintura - 3






La tercera sesión del curso “La puesta en escena de la pintura”, impartido por José Luis Guerin nos llevó a constatar un camino cada vez más decidido hacia lo que llamó la “representación de lo invisible”.
Pasó por varias de las últimas cenas pintadas como frescos en diversos conventos de Florencia hasta llegar a la impresionante y prototípica de Leonardo da Vinci. Utilizó entonces el vaciado de Juan Manuel Ballester para poder apreciar los espacios.
Un paseo por Mantegna le permitió hacernos ver las presencias de auténticos fantasmas en los cuadros de Masaccio. Una presencia, la de los muertos, que estalla en el caso de la Simonetta Vespucci de Piera di Cosimo.
Recorrió luego el camino que lleva “de lo bíblico a lo familiar” comparando “La Presentación en el templo” de Mantegna con la de Bellini.
Recuerdo luego cuadros de voyeurs, primando el punto de vista, como en el “Susana y los viejos” de Guercino. Siguió entonces comparando los claroscuros de Caravaggio con los de De la Tour y llegamos a ver unos cuantos retratos de grupo de pintores flamencos, llegando inevitablemente a Rembrandt.
Nos despidió con un impresionante mosaico de autorretratos de Rembrandt que, desde luego, expresaban en su conjunto, como señaló, toda la condición humana.
No sé si con estas notas queda claro que estamos asistiendo a un repaso a la historia de la pintura de lo más enriquecedor, que hará que a partir de ahora cambie nuestra mirada cuando nos situemos ante un cuadro.


 

domingo, 21 de noviembre de 2021

París siempre vale una misa


Estoy pensando que París sigue siendo París..:


 

Los Belov


Del mismo realizador de un documental tan curioso como “¡Vivan las antípodas!” (2011) o mejor esa divertida película con cerdos como protagonistas, “Gunda” (2020), Viktor Kossakovsky, hay temporalmente en Filmin, gracias a L’Alternativa, “Los Belov” (1992), el que pasa por ser su primer documental.
El film, de una hora, muestra una serie de escenas de la vida de una pareja de ancianos hermanos, ambos medio idos mentalmente, a cargo de una destartalada granja. Ella canturreando canciones constantemente y desesperada por los destrozos que ocasionan constantemente las vacas, él casi siempre borracho, discurseando de lo lindo.
Por las discusiones que oímos cuando les visitan otros dos hermanos, con los que él emprende una discusión a voz en grito, sabemos que estamos en la época de Boris Yetslin. En un momento, pues, decisivo, de enfrentamiento entre ideas en la URSS, sin saber hacia dónde se iba a decantar la cosa.
Kossakovsky tiene acceso hasta a discusiones brutales entre hermanos y en la música pone tanto una canción cubana que habla de un “Caballo viejo” como una dulzona canción en inglés, que sorprende por contraste con la dureza del entorno.




 

Pasos cortos de Oskar Alegria


Vi en L’Alternativa de 2019 “Zumiriki” (Oskar Alegria, 2019), que por cierto se pasa mañana en la Filmoteca, y me convenció totalmente. L’Alternativa de este año le dedica toda una sección al realizador y ayer ofrecieron en el auditorio del CCCB sus “Pasos cortos”, un programa que ha montado para la ocasión a base de cuatro cortometrajes, cuatro encargos -según dijo ayer en la presentación que hizo, para escaparse del coloquio final- que se hizo suyos.
Según le salió -inesperadamente divertido- a Tess Renaudo, co-directora del festival, fue “casi su estreno mundial, y más en Barcelona”.
“La lengua de los Dioses” (2018), que comentó había hecho para el Nak (festival de música música contemporánea navarro), podría encuadrarse dentro de eso que se llama cine experimental. Se trata de una de esas películas, con de vez en cuando imágenes de belleza innegable, que te dan tiempo a escrutar los ojos de una lechuza o ver cómo la niebla alcanza una cima rocosa. Sobre ella el músico Philipp Laval interpretó en directo (en su día) lo que es ahora su banda sonora.
“Erleketa” (2020) es la que veo más emparentada con “Zumiriki”, pues nada más empezar ya aparece un personaje, conocedor del mundo de las abejas, que bien podría tratarse del ocupante de la cabaña del otro lado del río de aquella película. De tener que escoger una de las cuatro películas de la sesión escogería, sin dudarlo un momento, ésta.
Encargo de un Instituto de Cultura del País Vasco Francés dedicado al análisis de la palabra, tiene y muestra el aprecio de Alegría por las palabras y sus atractivos significados. Aquí es maravilloso, por ejemplo, leer la definición de una serie de palabras empleadas por pescadores que caracterizan el estado del mar cuando, bajo sus aguas, corren unas u otras bandas de peces. A cada palabra y su definición hace seguir Alegría un plano que retrata el mar en cuestión mencionando.
Pero no acaba aquí. En la presentación se volvió a reconocer como gustoso entrevistador de gente veterana, a la que sonsacar sus conocimientos, y en la película se ve y oye a una serie de ancianos reproduciendo con su boca los ruidos de los diferentes tipos de motores y barcas y toda una serie de cosas así.
“Hotza” (2018) firma parte de un film de episodios dedicado al poeta Joseba Sarrionandia, “Destierros”. Oskar Alegría se fija en únicamente un par de versos suyos, en los que plantea una pregunta sobre a dónde va un hombre que se adentra por el valle con éste todo nevado. A mí, personalmente, la resolución de la pregunta, la respuesta que completa el cuento dándole un carácter de cuento fantasioso, no me convenció, pero sí todo el recorrido que lleva a ella, en la que Alegría se recrea, en plan etnólogo, en mostrar al detalle los instrumentos y acciones que emprende el personaje del film.
Por último, “Aritzakoa” (2020) juega con el ritmo de luces y oscuridad correspondientes a las señales de un faro y lo liga con el ritmo de los versolaris. La centra en Ea, un pueblo perdido donde nació un abuelo del escritor Julio Cortázar. A la salida discutí con tres notorios espectadores sobre la utilización que hace de un narrador (me decían que era el mismo Oskar Alegría, aunque yo creía que eso la haría más personal y pensaba que estaba dicha por un locutor) como voz en off. Quizás acostumbrado a la lectura de las frases que fueran en la pantalla de los films previos, me dio la impresión de que esa voz le restaba a la partida mucho de la poesía del conjunto. Debo decir, no obstante, que no apreciaron en absoluto mi propuesta. Me dijeron que el euskera es muy bonito. Cosa que no pongo en duda y hasta suscribo, pero…






 

sábado, 20 de noviembre de 2021

Cuando pasan las cigüeñas

El plano inicial.

Viendo pasar las cigüeñas.

Fui pasándome anoche varios principios de películas soviéticas de esas que ha incluido últimamente Filmin en su catálogo, pero iba abandonándolas una tras otra. Tuvo que ser con “Cuando pasan las cigüeñas” (Mikhail Kalatozov, 1957), la película que ganó la Palma de Oro al año siguiente en Cannes, anunciando un posible deshielo en la URSS, con la que me quedara para verla de nuevo hasta el final.
Y es que, ya desde la primera escena, en un muelle junto al río, el poderío visual que muestra la película es total, justificando las voces que decían que la fuerza que había producido esas maravillas del cinema soviético de vanguardia en los años 20 y 30 seguía circulando por algunas venas de los nuevos cineastas.
Historia de amor imperecedero de una joven pareja cuando estalla la guerra que los separa, conviene ver, si no se cree lo que digo, cualquiera de esos planos en picado, los personajes solitarios caminando allá abajo, alejándose de la cámara, las veloces subidas y bajadas de la escalera de la casa de ella o bien esas otras secuencias en las que la cámara recoge con una extraña habilidad cómo la protagonista femenina avanza con dificultad entre la multitud.
Signos del deshielo rudo que se intuyó en Occidente, atentos al desarrollo de los acontecimientos tras la muerte de Stalin, hay en el film alguno, si se tiene la buena voluntad de buscarlos, pero vete a saber si son realmente lo que parecen o una casualidad: en una de las escenas de la despedida porque el hijo se va a la guerra, se valora el sentimiento casero por encima del impostado discurso encomiástico del comité fabril. También me ha resultado algo sarcástico el comentario de un personaje reconfortándose por lo que se oye por un altavoz de que no hubiera nada reseñable en el frente mientras vemos sacar venga soldados heridos de un tren.


Otro de los preciosistas planos en picado.

En las escaleras de la casa de ella.

Entre la multitud.