martes, 19 de octubre de 2021

Lucky Chan-sil


Quien va a ayudar a Lee Chan-sil en su primer proyecto tras la muerte del famoso director a quien había hecho de productora, le retira su apoyo. Para justificarlo le dice alegremente que, teniendo un estilo tal propio el Director Ji, ha llegado a la conclusión de que su papel en sus películas había sido irrevelante y que él habría hecho lo mismo con otro productor.
Tiene su qué esté diálogo de “Lucky Chan-sil” (Kim Cho-hee, 2019), que hoy ha estrenado Mubi, porque su directora había adquirido un cierto nombre, precisamente, haciendo de productora para Hong Sang-soo…
Habría que saber si la separacion de caminos entre Sang-soo y Cho-hee ha sido circunstancial o definitiva, amistosa o tirándose los trastos a la cabeza, pero debe ser lo primero. Al menos a ella le ha salido una amable comedia de superación, en la que narra el duro camino de la protagonista para abrirse un mínimo camino, después de haber dedicado en cuerpo y alma su vida a los proyectos de ese director.
Y se le aparece Tony Leung en camiseta imperio o coincide con uno en que están viviendo una escena de Ozu.





 

lunes, 18 de octubre de 2021

Sous le soleil de Pialat

Sandrine Bonnaire explicando el giro de su decisión, cuando había dicho que no quería rodar con Depardieu.

¡Te has convertido en una actriz! - le dice profundamente decepcionado Maurice Pialat a Sandrine Bonnaire en el set de “Sous le soleil de Satan”.
Aparece, junto alguna que otra joya más de este estilo, en el programa “Sous le soleil de Pialat" (William Karel, 2021), que felizmente me han avisado podía verse en el ARTE en francés (abajo de todo el enlace), bien es verdad que a palo seco, sin subtítulos, por lo que se pierden (al menos a mi me pasa), pequeños detalles.
He dicho que contiene varias joyas. Ahí están unas cuantas escenas de sus películas, o la famosa entrega de la Palma de Oro en Cannes, en la que Pialat respondió al público que le silbaba cuando subía al escenario para recibir el premio de manos de Yves Montand aquello de (más o menos) “Ya sé que no os gusto, pero sabed que vosotros tampoco me gustáis”.
Pero las verdaderas joyas, a mi entender, son las pequeñas entrevistas a actores de sus películas que, en su momento, se sintieron maltratados y hasta torturados por un Pialat que iba siempre al límite, buscando que desapareciera el aspecto profesional, para que -según comenta acertadamente Serge Toubiana- sus actores no interpretaran, sino que fueran.
Por ahí pasan, sincerándose, Isabelle Huppert, Natàlia Baye, la misma Sandrine Bonnaire (confesando que Pialat podía ser tanto terrible como mostrar una ternura increíble) o Sophie Marceau, que fue la star que hizo el papel que no pudo hacer Sandrine Bonnaire en “Loulou” y que denunciaba lo terrible de tener que luchar no con un Pialat, sino con dos (el otro era Gerard Depardieu).
También aparecen estallidos de genio de Pialat en diferentes rodajes, uno de ellos con la respuesta, ya desquiciado, de Guy Marchand. O la sorpresa del casting de Sandrine Bonnaire para “À nous amours”.
Pero, decididamente, el trozo del documental que más impresión me ha causado no lo explico aquí para hacerlo en un futuro “Casi lloré al ver esta escena en el cine”. Tiene como protagonista a Gerard Depardieu, que previamente ha narrado muy bien el impulso que llevó a Pialat a rodar su último film, “Le garçu”, cuando el realizador estaba a la vez feliz por haber tenido un hijo del que podía ser su abuelo, pero enormemente triste porque pensaba que no lo podría ver cuando tuviera 20 años.
Invito a acudir al siguiente enlace aunque sólo sea para ver eso en concreto (hay que acudir, en ese caso, al final de todo y que aparezca un Gerard Depardieu pasando un mal trago):

Depardieu en una broma del rodaje de “Sous le soleil de Satán”. Sí entendí bien, rodado en un documental que hizo William Karel.

Serge Toubiana, que acompañó a Maurice Pialat en sus últimos años, cuando ya estaba muy enfermo, explica en el programa varias cosas de primera mano.

El momento que señalo.





domingo, 17 de octubre de 2021

Bostofrío




Como en “A toca do lobo”, en “Bostofrío” (Paulo Carneiro, 2018, igualmente en Filmin) el realizador también quiere investigar sobre su abuelo y éste es el tema de su documental. Sólo que el abuelo de Carneiro no era un escritor, sino un hombre de campo que nunca llegó a reconocer a su padre.
Como para marcar la diferencia, ya en la primera escena una vecina, reacia, envía a la mierda a quien le va a preguntar, aunque luego cambia de opinión y empieza a largar sobre el personaje, un bicho ciertamente arisco y nada ejemplar.
Paulo Carneiro va a la aldea portuguesa, cercana a Galicia y nos va descubriendo desde el primer momento un soberbio paisaje invernal muy solitario, un mundo rural duro, bastante intocado y volcado al trabajo para poder sobrevivir. Un mundo que, posiblemente, más allá de ese hombre que tuvo varios hijos y se desentendió de ellos, se convierte en el auténtico protagonista de la función.





 

Cartas de guerra

No aparece en la película. Es una fotografía relativamente reciente de Antonio Lobo Antunes en su casa de a Lisboa, efectuada por Manuel Llórente.

El oficial médico jugando a ajedrez con el comandante, que considera la guerra un terrible error.

Su mujer.en Lisboa. En la banda sonora va leyendo las cartas que recibe de él.

Todo el mundo, toda la temible experiencia africana de Antonio Lobo Antunes, que le marcó de por vida, está presente en “Cartas de guerra” (Ivo Ferreira, 2016; en Filmin).
El intercambio de correspondencia entre el oficial médico Antonio en Angola y su mujer, embarazada, en la metrópoli, lleva toda la película, al tiempo que vas viendo y sintiendo las miserias, el sinsentido de una guerra que arrastró a Portugal y a todos sus habitantes en edad militar durante largos años.


Los bellísimos paisajes de un país en guerra.


 

sábado, 16 de octubre de 2021

A toca do lobo

Tomaz de Figueiredo y su hija pequeña (la madre de la realizadora), paseando cogidos de la mano.

Gracias a la contratación de una serie de films portugueses en Filmin podemos ahora conocer “A toca do lobo” (2015) y a una nueva realizadora de ese país que ya lleva haciendo cine desde finales del siglo pasado, Catarina Mourão.
Al menos en esta película practica esa estructura que ahora ya nos es bastante conocida: nos explica que ciertos elementos se le han aparecido de forma encadenada impulsándole a investigar su historia familiar. Construye y monta sus escenas de tal forma que nos da la impresión de ir avanzando en la investigación al mismo ritmo que ella. Básicamente interrogando a su madre, viendo fotografías familiares, documentos oficiales,… vamos sabiendo de líos de herencias, circunstancias personales de esas que se suelen cubrir con algún que otro velo, como era de metódica la temible PIDE y los usos y costumbres que regían en el Portugal de Salazar.
Todo eso la uniría a un paquete de films, más o menos poéticos, de recuperación de la memoria, pero es que además éste tiene de particular que el abuelo de la realizadora y pieza clave de la función es Tomaz de Figueiredo, un famoso escritor del país vecino, del que, de primera mano, salen así a la luz pública historias de esas que restaban bajo el manto del secreto.


El álbum de fotos familiar, elaborado por la madre.

La realizadora preguntando a su madre ante la cámara.

Un archivo de la PIDE sobre un familiar. En el film se explica que, cuando se hicieron públicos los archivos de la policía política de la dictadura, el expediente de este personaje, tío de la realizadora, constaba de 17 archivadores.

 

viernes, 15 de octubre de 2021

Inspector Bellamy


Es extraordinario el efecto que causa, alejado de lo de todo lo que puede verse hoy en día. Por una cosilla que tengo entre manos veo “Inspector Bellamy” (2009), que no es que fuera uno de los Chabrol que más me impresionara y por otra parte apenas recordaba.
Pues bien: aún ahí, en una película marcada además por el protagonismo de un ya entonces enorme -en todos los sentidos- Depardieu, aparecen unas cuantas escenas con cosas de puesta en escena que te dejan boquiabierto.
Una primera introductoria, que de hecho envuelve toda la película, sobrevuela, al son de una canción, la tumba de aquel que decía que quería ser enterrado en el cementerio de Sète, porque estaba a cuatro pasos de su casa: Georges Brassens.
En seguida aparece otra muy significativa, que selecciono mentalmente. El famoso Bellamy, ya retirado y de vacaciones en Nimes, se dice:
-Tiens, tiens!- mirando intrigado por la ventana (e intrigándonos a los espectadores) a alguien que merodea por su jardín y, a continuación, pasamos a seguir una de esas comidas que sabemos marcaron buena parte de la carrera de Chabrol. En la mesa, Depardieu con su mujer y el dentista de ésta.
Tirando ya hacia por el final, Bellamy está paseando con su mujer. Casi se cae en un agujero, pero no lo hace, según dice el mismo, gracias a la suerte, su enorme suerte, de tenerla a ella a su lado, y pasa a abrazarla como si le fuera la vida en ello. Mira por dónde, damos ahí con un impulso muy Nouvelle Vague, que bien podría ser de Truffaut.
Para que el recuerdo a Truffaut coja más substancia, por el final vemos a Bellamy subiendo una escalera (pareciera que Chabrol, sádico subido, hubiera disfrutado haciendo subir continuamente escaleras a un para nada ágil Depardieu/Bellamy…), mirando y valorando en voz alta las piernas de una chica de la trama, tal como hacia el personaje de Charles Denner en “L’homme qui amait les femmes” o concordando con la única visión que tenía desde su subterráneo el de Tritignant en “Vivement dimanche”.
Seguirán más Chabrol, porque debería ver los máximos posible.




 

Terror en el espacio



Hoy un TBO, “Terror en el espacio” (Mario Bava, 1965). Una nave espacial, que cuando sus tripulantes, vestidos como moteros, recorren sus amplios espacios, resuena a chapa metálica. Aún no es la época de la electrónica, con lo que estamos en la de la electrotecnia y todo se rige a base de interruptores de vivos colores, sobre todo rojo y verde. De vez en cuando, se ve por ahí alguna escultura como de Miró.
Buscando fotos para ilustrar esta entrada, unas incorporaban algo que se parecía a un terrorífico monstruo, que la verdad es que no he visto por ninguna parte. Puede que fuera por tratarse de otra película de título o equipo similar o bien porque yo me encontraba en uno de esos momentos en que caía, mecido por los brazos de Morfeo. En cualquier caso, al desvelarme un poco, me he encontrado ante un paisaje que recordaba al que estos días vemos por la tele, en la isla de La Palma.
He ido en pos de un libro muy bonito, de los primeros de cine que tuve (Cine y ciencia-ficción, de Luis Gasca, 1969), que veo me costó 150 pesetas, y leo lo que dice de la película. Tampoco es que se ajuste escrupulosamente a lo visto. Puede ser que hable sólo del guión original y ciertamente no fue respetado ni por asomo o puede ser que, como era habitual en la época cuando se tenía que escribir sobre cine, lo hiciera recordando la película, vista ves a saber cuánto tiempo antes:
“Otro ejemplo de guión inteligente -destrozado por una labor en serie de Mario Bava, acuciado por imperativos de producción y por obra de la censura- es el de Renato Prestiniero en ‘Terrore nello spazio’ (1965). Como ‘los invasores’ que sólo David Vincent ha visto llegar en el serial de TV ‘The invaders’, los extraterrestres de ‘Terror en el espacio’ pueden adoptar la figura humana, posesionándose del cuerpo y el alma de los muertos. Cuando los supervivientes de una expedición astronáutica retornan a la Tierra, sólo sus cuerpos y apariencias físicas regresan, ya que sus almas son las de unos alienígenas. La idea original del guión, desvirtuada por imperativos de la censura, era el presentar a la pareja de supervivientes como los dos nuevos Adán y Eva, que aterrizan en la Tierra -totalmente destruida por un conflicto atómico- para crear una nueva raza a su imagen y semejanza.”





 

Cimarrón



La presentación de personajes y los actores que los encarnan, deliciosa, con giro de cada uno hacia la cámara, aparece al principio de “Cimarrón” (Wesley Ruggles, 1931; a no confundir con la versión de 1960 de Anthony Mann).
La película en sí se inicia, no obstante, con la famosa salida a la hora anunciada de los miles de colonos para hacerse con un terreno en Ocklahoma. Caballos, carretas, hasta gente corriendo empieza una espectacular carrera para hacerse con un trozo del nuevo terreno obtenido de los indios para los blancos.
Más tarde, la trama se centra en el desarrollo de la ciudad de Osage, una población de aluvión, con 10.000 habitantes en sólo una semana, desde ese 1889 hasta 1930, el momento del rodaje del film.
La vorágine de la nueva ciudad, liderada contra los bandoleros (unos matones muy groseros, otros con aires de leyenda) por el editor del periódico local, Yancey Cravat (el hombre de poses para la historia, Richard Dix), admite un ajetreado oficio religioso en una taverna y unos cuantos enfrentamientos y muertes de buen western, lo que permiten que el protagonista marque en una imagen previa a una elipsis, una muesca más en su revólver, vista en primer plano.
Irene Dunne hace de la mujer de Cravat, que se ve forzada a evolucionar desde su clasista, racista y acomodada vida en Wichita hasta la peligrosa y todo por montar en Osage.
La inocencia típica de la fecha en que está hecha la película permite que el gracioso de buena parte de la misma sea un chicuelo negro que tenga el cometido de abanicar la mesa familiar desde la lámpara del techo, o que se llamen gandules a los cherokees y se considere que ya está bien entonces que el gobierno les compre sus tierras a 1,20 $ el acre. Aunque luego se ve que es toda ella, en realidad, un alegato avant la lettre sobre la necesaria independencia y fuerza de las mujeres, así como sobre la igualdad de oportunidades de las diferentes razas.





 

martes, 12 de octubre de 2021

El último guión: Buñuel en la memoria


Palet Palots anunció ayer que por Filmin se encontraba este documental, “El último guión: Buñuel en la memoria” (Gaizca Urresti y Javier Espada, 2008), con una conversación entre Juan Luis Buñuel y Jean-Claude Carrière que le había maravillado.
Pues aunque creía que sí, no lo había visto nunca, posiblemente porque no da la impresión de haberse distribuido demasiado. Filmin debe haberlo incorporado de forma algo dudosa en sus fondos: varias veces pasa por la pantalla un letrero diciendo que esa copia forma parte de una edición especial reservada para los académicos de cine. Debe ser de esas que les regalan para que voten para los premios Goya.
Es, producida en parte por la televisión aragonesa, una auténtica producción viajera, que ha recorrido cantidad de lugares asociados a Luis Buñuel. Y, entre estos, muchos que raramente aparecen por la pantalla o fotografías. Se nota que los responsables de la película han sabido llamar a las puertas adecuadas.
La cosa empieza con su hijo mayor, Juan Luis, explicando su origen familiar en Calanda, tanto en la casa del centro como junto a la torre cercana al pueblo en la que vivieron y jugaron mucho tiempo.
Poco después se suma Carrière y, ambos ya renqueantes (a uno, viéndolos, se le va la cabeza de tanto en tanto pensando que ya no están con nosotros), hablando los dos entre sí en español, aunque lo habrían hecho con mucho menor esfuerzo en francés, recorren, rememorando historias, el Paseo de la Independencia de Zaragoza, entrando luego en el Teatro Principal.
El encuentro de ambos en la Residencia de Estudiantes de Madrid con Ian Gibson (como más tarde en el terrado del Círculo de Bellas Artes, para hablar de la República) se pone más bien serio, no tan trufado de anécdotas cómo surgen en otras partes del documental, que siempre aporta muy buena documentación, tanto en imágenes fijas como en movimiento.
De allí viajamos a Toledo, para rememorar mínimamente la Orden de Toledo (y luego hablar de Tristana), donde descubro que la Venta de Aires, el sitio donde siempre acababa cuando pasaba por la ciudad, sigue abierta, mientras que cuando leí recientemente un libro de Carrière que me hizo comprobarlo, vi por internet que estaba cerrada y ya la di por muerta y enterrada.
En París es grande la colección de sitios que se recuperan en el paseo: el Pasaje Jouffroy, La Closerie des Lilas, los estudios Albatros, el Studio des Ursulines, Pigalle, El Studio 28,…
Sorprendentemente luego, avisando de lo amplio de su presupuesto, se ha rodado también en Los Ángeles, con la aparición de Rafael Buñuel y familia… ¡y la casa donde vivió Buñuel en los años 40, antes de ir a México, donde el documental recupera a Carrière y ofrece la sorpresa de mostrarnos el estado actual de muchas de las localizaciones de sus películas y una combinación de gran efecto: la visita de Juan Luis Buñuel, con Carrière, a la casa familiar de Xoximilco en su estado actual, con secuencias de una pelicula que rodó el mismo poco antes de abandonarla la familia, aún con muebles y Jeanne Rucar, la mujer de Luis Buñuel, viva y coleando por ahí.
Éste de las localizaciones de rodajes, junto con la mirada cercana de Juan Luis y de Carrière, es uno de los grandes aciertos del film. Posteriormente llegamos a acceder a la habitación del Hotel L’Aiglon de Paris, donde solía alojarse, y salir -como él hacia- al balcón para ver allá y emprender como él alguna profunda reflexión sobre la fugacidad de la vida contemplando las vistas del cementerio de Montparnase.
Transcribo para acabar una de las anécdotas oídas en la película, contada ahora ya no recuerdo si por Carrière o por Juan Luis Buñuel, creo que por este último. Nicholas Ray está hablando con Luis Buñuel y le pregunta, admirado, cuál es su secreto para tener la libertad que tiene de hacer siempre lo que quiere en sus películas. Buñuel le contesta rápidamente:
-El secreto está en pedir menos de 50.000 dólares.
Por si no estuviera claro, Juan Luis añade que Ray se quedó libido y callado y comenta que ni él ni nadie de Hollywood se hubiera conformado con esa cantidad, mientras que su padre sólo quería lo necesario para vivir dignamente.
Una gozada para los amantes del cine y del personaje de Luis Buñuel.





 

lunes, 11 de octubre de 2021

Le sabotier du Val de Loire


Mubi acaba de colgar tres cortometrajes de Jacques Demy de los años 50, de esos que me atrevo a calificar de casi inéditos.
Una vez vistos, personalmente recomendaría “Le sabotier du Val de Loire” (1956). Tiene escenas de tipo etnológico, con todo el proceso de fabricación de unos zuecos y otros aspectos de la vida rural, que ligan muy bien con Georges Rouquier, que figura en los títulos de crédito como su productor, pero también posee unas escenas con encuadres perfectos, muy serenos, que hablan muy bien del primer Demy.




 

sábado, 9 de octubre de 2021

El destino de un hombre



Tenía asociado a Serge Bondarchuk con la fuerza bruta, porque recordaba que sus películas eran anunciadas por “Films Soviéticos” (una revista de propaganda oficial de ese cine) y eran de las que se valían de miles de extras: el ejército soviético. Eso me lo había mantenido alejado de mi atención, pero me dispuse ayer, no obstante, a ver “El destino de un hombre” (1959), ahora también en Filmin, pues venía precedida de muy buenas críticas y aceptación, a ver si me sacaba de encima mi prevención. Como mínimo sería un baño de algo trabajado de forma bien diferente de las que nos escupen continuamente.
Nada más empezar, una impresionante panorámica de casi 360 grados sobre un ondulante y desierto terreno, hasta que la cámara da con un niño caminando por un camino de la mano de su padre, me dejó de golpe desarmado. Pocas películas tienen un inicio tan potente.
A continuación un encuentro y una conversación dan pie a una serie de pequeños flashback, correspondientes a la narración que hace el protagonista de toda su historia personal: encuentro con una chica de la que se enamora (con final de ese flashback registrando el alejamiento de los dos enamorados por un camino, en otro encuadre de impacto), nacimiento del primer hijo, crecimiento de los niños… En pequeños saltos, esos flashback, con sus imágenes enmarcadas con un entorno desenfocado, van dado cuenta de unas vidas felices…hasta que estalla la guerra con Alemania.
En ese momento el padre va a la guerra y queda inmerso en ella, pasando el film, aún centrado en ese personaje, de lo personal a lo colectivo y aparecen las masas que tengo asociadas a las películas posteriores del director.
Los alemanes dan en las siguientes escenas muestras de su maldad, pero no tengo tiempo de ver si eso hace temblar mi consideración de la película -que todo ese inicio de historia personal narrada en pequeños flashback había situado muy alta-, porque en ese momento se me vuelve a cortar la conexión con internet y no hay forma de que regrese con la fuerza necesaria para reemprender la visión. 1959, me estaba diciendo en ese momento, era ya un año bastante alejado de la guerra con Alemania para traerla de nuevo a colación como tema de un film, ya siendo un recurso muy sobado en un cine soviético que ya no sabía o al que ya no le dejaban tratar de los reales intereses de esa sociedad, si bien es verdad que la novela del por otra parte muy oficialista premio Nóbel Mijaíl Shólojov se ve que es de sólo un par de años antes.
Me armo de valor y llamo entonces al número de Movistar, donde una voz femenina me va diciendo reiteradamente que no me retire, que están reiniciando mi conexión, combinando eso con todo un repetitivo concierto musical que me pone de los nervios.
Pasados unos quince minutos, me pregunta si ya tengo restablecida la conexión. Sí que se ha restablecido, pero, aunque reinicio la conexión con Filmin, será porque se trata de un sábado por la noche y en mi zona aumenta mucho el número de gente conectada, será por lo que sea, pero no es con la fuerza suficiente como para permitirme seguir viendo la película.
Cada pocos meses Movistar envía una carta diciendo que es enorme la evolución de los usos de internet que está habiendo y que bla bla bla. Que para que podamos disfrutar de ella son tan estupendos que nos amplían la velocidad de conexión. Y, al final, solo como pequeño detalle sin importancia, que eso nos supondrá un ridículo aumento mensual de unos eurillos en nuestro contrato.
En vez de notar más agilidad en el servicio, lo vamos notando más torpón, con dificultades de acceso, lentitud, cortes y necesidad de emplear la receta esa de apagarlo y volverlo a ponerlo en marcha, a ver si así…
Anoche me prometieron finalmente que nos llamaría un técnico, que vendrá a casa y revisará la línea. Será un día laborable y lo más probable será que verá que en ese momento funciona, con lo que seguiremos igual.
Claro que será de una empresa subcontratada y a lo mejor me explica lo que hay detrás de lo que nos está pasando, como un incremento de uso de las redes superior al absorbible, pero en todo caso es muy difícil que, con los horarios que se debe ver obligado a seguir y la miseria de sueldo que debe cobrar, es difícil que tenga tiempo para experimentar él en su casa lo que experimento yo con el internet de marras, y hasta es probable que el cine soviético, Bondarchuk y hasta si me apuran la línea oficialista del director y del escritor que sirvió de base a su historia le traigan al pairo.



 

Tres hombres sobre una balsa


He escogido “Tres hombres sobre una balsa” (1954) para iniciar la visión del auténtico festival que nos propone Filmin, que hoy ha colgado en su catálogo un buen paquete de films soviéticos de todas las épocas.
La película está dirigida por Mikhail Kalatozov, el director de “Cuando pasan las cigüeñas” (1957), la que avisó a Occidente de que en la URSS se estaba produciendo un cierto deshielo.
Ésta es de tres años antes y parece meridianamente claro que no se habría rodado y hecho de esta manera si no fuera que el padrecito Stalin había ya muerto un año antes y, seguramente, Jrushchov había lanzado ya su demoledor informe contra él.
La trama argumental es mínima (tres amigos desde la infancia se reúnen ya habiendo triunfado cada uno en su especialidad para reproducir un viaje en balsa por un río), pero sirve para establecer una fábula sobre la amistad, la burocracia entorpecedora y cierta corrupción que anquilosa el poder.
A poco de empezar su metraje hay un paseo en coche por Moscú de los dos amigos en busca del tercero, en el que aparecen todos los rascacielos y edificios modernos de la ciudad, presentados como si de Nueva York se tratase. Sólo por esa escena, en mi opinión, ya merecería verse. Entre eso, la bondad de casi todos los personajes, el bienestar que se respira por todos los rincones y la feliz triple conclusión del film, se entenderá que, aunque deje entender la precariedad de la vida en la sociedad soviética del momento, aún se cree algo en el modelo.
Está hecha con unos colores pastel muy propios del cine ruso de esos años, entre los que destacan unos cuantos bien vivos (fruta, farola de la balsa, flores, el azul del cielo) que se deje ver de buena gana.
Además, aunque sea poseedora de un humor de lo más inocente, hasta me he reído en un par de escenas. Una el surrealista rescate del científico, puro cine cómico. Otra, con la frase que vierte la autoridad policial en su interrogatorio cuando el interrogado señala que decía una cosa metafóricamente:
¿Entiende que no se nos permite escribir el protocolo en sentido metafórico?
Inocente, festiva, dejando traslucir algunas críticas al sistema: una sesión provechosa.


 

viernes, 8 de octubre de 2021

El halcón de los mares


No era la tarde de un domingo, pero bueno es también ver en viernes una de piratas y espadachines descansando de toda la semana. Le tocó el turno a “” (Michael Curtiz, 1940), una “de Errol Flynn”.
Entre abordaje y trifulca me he divertido fijándome en cómo esos turbios anglosajones, de los que siempre hemos desconfiado por aquí, echaban una ayudita a la leyenda negra.
No sé si alguna galeaza de las que circularon años atrás por el Mediterráneo se despistó por el océano en el s. XVI, pero me temo que en cualquier caso era muy apetitoso eso de mostrar a los españoles -más bien tontainas, frente a la astucia y agilidad de esos piratas británicos tan patriotas- exclavizando a sus enemigos y poniéndolos a remar hasta la extenuación o muerte. Así pues, mejor convertir los galeones en galeras.
Para acabar de dorar la píldora, ¿qué mejor que sea la Inquisición, con ese puesto suyo tan siniestro, la que juzgue en España a los piratas británicos atrapados? Dan para una escena corta, pero sustanciosa.


 

martes, 5 de octubre de 2021

Los ojos dejan huellas



Ahora que veo reivindicaciones de cine francés y y hasta español de ese que antes se vilipendiaba, ¿qué pasaría si hago yo lo mismo con “Los ojos dejan huellas” (José Luis Sáenz de Heredia, 1952)
Sabía de la consideración y hasta amistad que le tenía Luis Buñuel desde la época de Filmófono, pese a ser un franquista redomado, pero las veces que me había acercado a películas de Sáenz de Heredia hasta ahora me habían dejado sorprendido de que alguien pudiera dejarlas en buen lugar. Hasta ahora, momento de la pesca de este curioso film por la televisión.
La película me resulta bastante sorprendente por varios motivos. Un primero es el que anuncia ese “18 años” como edad mínima para su visión, del que alarma La 2 con un par de campanitas. Y es que el film está repleto de mujeres fatales, que van por libre, que tienen llave de la casa de su amante y campean por la película planteamientos muy alejados de la capa moralizante que imperaba en la época.
Otro motivo de sorpresa es su elenco. Tanto los internacionales (un Ralf Vallone al que fuerzan una escena para que aparezca en ella con una camiseta imperio y la atractiva Elena Varzi) como los nacionales y, entre ellos, una muy guapa Emma Penella y un Fernando Fernán Gómez que, apareciendo sobre la mitad de la película garantiza una segunda parte con escenas de humor, cosa que parecía vetada en una película tan seria sobre adulterios, sobre gente que de tan resentidos que son se les tilda de comunistas.
Buñuel planea por el film en algunos momentos, aunque sea por esa salida de la pareja a Toledo y la estancia en la Venta de Aires, que tanto frecuentara.
Y, en lo que corresponde a las propias buenas maneras en dirección cinematográfica, que Buñuel vio en el joven Saenz de Heredia encomendándole la realización de un par de films de la productora Filmófono durante la República, o que luego debería poder certificar el haberse convertido en director de la EOC, me ha sorprendido, para bien, en un par de momentos. Uno es cuando están discutiendo si dejarlo estar por esa noche o acudir a la sala de fiestas Saratoga y, por un drástico corte aparece una serie de gente bailando en el Saratoga… El otro momento que me ha llamado la atención lo he detectado al ver como la música que suena en una radio supone un auténtico diálogo con el personaje.