miércoles, 23 de agosto de 2017

La sal de Svanetia

Las torres medievales que cortaban el paso a los visitantes indeseados.

Georges Sadoul veía a "La sal de Svanetia", o "Sal para Svanetia" (Mikhail Kalatozov, 1930: Una nueva incorporación al catálogo de la Filmoteca Shangrila en Vimeo, que está de un generoso que se sale) como un alma gemela de "Las Hurdes/Tierra sin pan" de Buñuel. Claro que luego he mirado el libro sobre el cine ruso y soviético de Jay Leyda, y éste ya decía lo mismo.
Un par de paisanos hacen pasar el liviano puente sobre el río a sus cabalgaduras, que se resisten.


Es verdad que ambas hablan de las malas condiciones de vida y del retraso secular de las poblaciones de dos zonas geográficas aisladas, incomunicadas con el progreso, pero al margen de eso no veo demasiada similitud en cuanto a realización se refiere, que se apoya en ésta en muchos planos inclinados y montaje "soviético" de los que la de Buñuel, a mi entender, carece. Eso al margen, seguramente me siga quedando con "Tierra sin pan", a la que estimo enormemente, pero esta "Sal para Svanetia" me parece otra película de esas a ver obligadamente (pero para disfrutar viéndola, claro).
Si quitamos la inclinación de la roca podríamos pensar que se trata de "Hombres de Arán", pero son dos habitantes de la zona rompiendo la pizarra para arreglar el techo de los edificios junto a las torres.

Esquilando a un niño como antes ha hecho con una oveja.

Supongo que para evitar problemas en su primera película, Kalatozov, que se hizo famoso en Occidente por su mucho más amable "Cuando pasan las cigüeñas" (1957), saludada como muestra temprana del deshielo, coloca un cartel de apertura con una frase de Lenin que justificaría todo lo que se descubre después, y acaba con un final triunfalista, con todo de hominus sovieticus, en un alarde de fuerza física, construyendo la carretera que va a acabar para siempre con el aislamiento de Svanetia.
Esquilando a un niño como antes ha hecho con una oveja.

Para hacer fuerza con su peso durante la trilla del escaso cereal, una mujer coloca a su bebé en la cuna encima de la plataforma, y se coloca a su lado, tejiendo.

En medio, con rompimientos a base de los indicados planos inclinados y trepidante montaje, con composiciones osadas y claroscuros, con primerísimos planos a personas, animales y cosas que quiere mostrar en detalle, Kalatomozov habla de los primitivos trabajos y de la auténtica miseria de la región, rodeada de unas enormes y nevadas montañas, y para ello echa mano de la falta de sal que acusan todos los animales, que lamen con fruición las piedras donde ha meado un pastor, para poder consumir así el mínimo de sal disuelto en la orina. Y habla, claro, de una religión que hace mantener unas tradiciones propias de "Lejos de los árboles".
La iglesia esquilma económicamente a los parroquianos, y les mantiene en la ignorancia, atados a unas tradiciones criminales.





La casa de la plaza Trubnaya

La ciudad se despierta reflejada en los charcos de agua.

Cómo salí con tan buen sabor de boca de ver "La muchacha de la caja de sombreros", que me recordó en varios momentos a los mejores Buster Keaton, me he alegrado al ver que una de las novedades del día en la Filmoteca Shangrila de Vimeo era otra comedia, "La casa de la plaza Trubnaya" (1928), también de Boris Barnet. De ella me alimenté anoche.
Y, cuando está viva, activa, recibe a una chica procedente del pueblo, asustada como estaba la mujer de campo entrando tras el viaje en tranvía a la ciudad en "Amanecer".

Salvo en alguna cosa aislada (ese tren que se interfiere delante de otro en una despedida, no dejando ver la persona despedida a la que despide, por ejemplo), aquí el referente no ha sido para mí Buster Keaton, aunque sigue siendo una película cómica, marca de la casa. Todo el arranque del film y partes posteriores recuerdan más a esas sinfonías de las grandes ciudades de la época. Hay por ejemplo un recorrido en coche desde el que el chofer y la criada contemplan la ciudad repleta de actividad, con la gente cruzándose, reflejos,... pero es que antes hemos sido testigos del despertar de esa misma ciudad -Moscú-, y uno no puede dejar de pensar en "El hombre de la cámara" (Vertov), si bien aquí es la tonalidad poética (los reflejos de las torres de las iglesias en los charcos, la ropa tendida) la que predomina.
Ella viene en tren, procedente del pueblo, y cargada con, entre otras cosas, una oca.

Más anteriormente aún, hemos sido testigos del caos del patio de vecinos, estilo "13, fue del Percebe", que va a ser en buena parte protagonista de la velada. Todos y cada uno de los vecinos de la casa del título limpia su piso, barriendo la porquería y expulsándola hacia las zonas comunes, que al margen de decrépitas están en un estado de limpieza que da asco.
Va siguiendo las instrucciones de la gente a las que pregunta la dirección.

Pero la protagonista principal es Parasha, una chica de pueblo perdida en una ciudad hostil por desconocida. Y trata el film de su (pasivo) acercamiento, cuando pasa a ser criada de dos explotadores, a un sindicato que infunde real miedo.
Pero seguro que irá a parar a esta comunidad de vecinos, donde trabajará de criada para los más estrafalarios. Tan despreocupados con lo común como todos los demás.

Varios hallazgos visuales (la oca tras la ventana que indica que la chica se ha instalado definitivamente en la casa, el balanceo de la pierna del que será el patrón cuando se siente satisfecho, la expectación -captada por la quietud de las piernas de los espectadores- ante la magia del teatro,...) ayudan a seguir la película sin que tenga que ser por los caminos trillados, mientras que uno se imagina lo intensamente popular, por divertido y cercano, que debía ser ahí, en la URSS de esos años, este tipo de cine.

martes, 22 de agosto de 2017

Le regard de Georges Brassens


En el minúsculo patio de la casa de París donde se sentía a gusto, filmado constantemente con su cámara. A parte de él con la guitarra se ve a Jeanne y Marcel.

Anoche pasaron por TV5Monde (y supongo que lo volverán a pasar) "Le regard de Georges Brassens" (Sandrine Dumarais, 2013). Los amantes de Brassens como un servidor tienen una cita inexcusable con ella, un recorrido por su vida contemplando trozos de sus películas amateurs -pues se ve que era muy aficionado- comentadas por sus amigos, hasta que la fama le condujo a no filmar ni filmarse ya más.
Con su amigo el escritor René Fallet, quien veía primero todas sus canciones.
En una gira, con Puppchen.

A través de ese dispositivo (completado con alguna entrevista y grabación de sus actuaciones) nos vamos enterando de que su padre, todo un albañil librepensador con andares y bastón a lo Charlot, "fumaba exactamente como él" o que su madre era muy piadosa, y se enfadaba enormemente por los tacos que su hijo soltaba en sus actuaciones. Como nos enteramos también del origen de "La mauvaise réputation", de "La Cane de Jeanne" o de la identidad de sus más constantes mujeres, como es el caso de la misma Jeanne. Y confirmamos lo que ya intuíamos: Que sus canciones son si no totalmente, como dice un amigo en el documental sí en un 80% autobiográficas.
Marcel y Jeanne, con abrigos nuevos, tras el éxito de Brassens.

Diva dolorosa



Recuerdo la impresión que me causó ver "Nitrato lírico" (Peter Delpeut, 1991) en su día en la Filmoteca de la carretera de Sarriá. De golpe caí en el enorme interés del trabajo de restauradores de films primitivos. Delpeut cogía unos metros de películas destrozadas por la oxidación y, tras un proceso laborioso de limpieza, rescataba un color original, una mano o rostro de mujer que imploraba, enseñándonoslo. Y, por un momento, esa mujer que estaba enterrada en un mar de óxido, resucitaba, volvía de la forma más emocionante que pensarse pueda a la vida.

"Diva dolorosa" (Peter Delpeut, 1999, en Filmoteca Shangrila en Vimeo) es muy diferente, pero no deja de insuflar vida a viejos celuloides, en este caso a los de los melodramones del cine italiano de los años 10. No es ese un tipo de cine que me haya atraído nunca especialmente. De hecho, no sabría ni identificar a Francesca Bertini entre las grandes divas del cine de esa época, y seguro que debe ser una de las más características que aparecen en este film. Pero sin embargo he seguido con interés este metraje, constituido únicamente por grandilocuentes escenas escogidas de esas películas, ordenadas y entrelazadas pese a su diferente coloración, de forma a ofrecer un discurso lógico, casi como siguiendo un argumento, una trama, que pasa por los juegos de la seducción amorosa, los apasionados besos y los dramas del engaño y de la pasión amorosos.

Es ésta una película que, si no la ha visto ya, yo creo que entusiasmaría a Antoni Padrós, aunque haya visto -como supongo- los films de los que procede, tan bien enganchadas y puestas en situación sus secuencias.





lunes, 21 de agosto de 2017

La muchacha de la caja de sombreros

El ferroviario está prendado de la muchacha de la caja de sombreros.

La Filmoteca Shangrila sigue creciendo en Vimeo, y hoy nos ha sorprendido con la adición en su catálogo de una comedia del gran Boris Barnet: "La muchacha de la caja de sombreros" (1927).
Que es una hilarante comedia se aprecia a las primeras de cambio, con ese ferroviario enamoradizo resbalando por la nieve cuando persigue a la protagonista, viéndola perderse por el horizonte, ella ya sólo un punto negro sobre la nieve.
Ella fábrica artesanalmente sombreros junto a su abuelo.
Pero con la comedia arrastra secuencias poéticas (ese mismo ferroviario enamorado no alcanzando el tren en el que se va ella, y haciéndose pequeño a nuestros ojos), otras dignas de Buster Keaton (ella corriendo tras el que cree ser el chico que le gusta... hasta un urinario, donde se para en seco) y una serie de críticas semiencubiertas a la escasez de vivienda o a la nula productividad de los funcionarios que actúan como inspectores, junto a la denuncia directamente expuesta de unos burgueses rateros que, al margen de querer engañar al estado para mantener sus comodidades materiales, recurren directamente a la estafa para lograr sus medios.
Va a vender los sombreros que fabrica a la ciudad, acusando las incomodidades del tren.

Acaba coincidiendo bastante con el de las botas.
Una más que agradable sesión, que pasa como un suspiro.
La propietaria de la tienda a la que vende sus sombreros.

sábado, 19 de agosto de 2017

Gente en domingo



Hoy es sábado y el sábado también, pero en 1929, en un atareado centro de Berlín se conoce una pareja. Él le invita a ella a un helado, y quedan para salir de excursión en grupo al cercano lago a pasar el domingo. Como anuncia un cartel inicial, se trata del argumento de "una película sin actores", "Gente en domingo", que Robert Siodmak y Edgar G. Ulmer, siguiendo un guión de Billy Wilder, dirigieron, presentándola en 1930, y de la que puede verse una copia de una extraordinaria nitidez en la Filmoteca Shangrila Vimeo.


Viendo esta espléndida copia, uno confirma encontrarse ante un ejemplo de los mejores de entre esos documentales que por esa época nos enseñaron el latido de las grandes ciudades del mundo. Pero también ante una especie muy cercana al "Une partie de campagne" de Renoir, siguiendo en este caso el ocio de los empleados de las tiendas berlinesas.

En un momento del film, acabado el frugal almuerzo campestre, dejamos a los cuatro muchachos (dos chicas y dos chicos) y pasamos a ver, en otro montaje rimado, cómo transcurre la hora de la siesta de una ciudad que, entonces, sólo disponía del domingo para alejarse de la rutina laboral diaria.
Si no se ha visto nunca, o aunque se conozcan ya algunas de sus imágenes, hay que ver "Gente en domingo" (por aquí se la conocía, por una errónea traducción, por algo así como "Los hombres del domingo"), que muestra de una forma preciosa, emocionante, las en el fondo sencillas preocupaciones vitales de los habitantes de una gran ciudad.

viernes, 18 de agosto de 2017

Gerhard Richter - Painting



Me he refugiado en un documental, y más concretamente en un documental de arte: "Gerhard Richter - Painting" (Corinna Belz, 2011. En Filmin).
Con referencia a la proximidad y a la calidez de sus espacios (casa y jardín) que nos ofrecía de Peter Handke el documental que la misma cineasta hizo cinco años después, inicialmente te asustas un poco viendo la frialdad del taller de Richter, que parece más una empresa -estilo arquitecto estrella- que otra cosa. Él mismo resulta algo distante, rehuyendo el cuerpo a cuerpo con Corinna Belz, quien parece que deba conformarse con recabar las explicaciones de los dos asistentes del pintor.


En el taller vemos las maquetas -con reproducción fotográfica minúscula de los cuadros incluida- en las que planifican las exposiciones que ha ido teniendo en las grandes salas de exposición de todo el mundo. Pero sobre todo vemos a Richter pintando una serie de cuadros abstractos. La cámara se acerca para que contemplemos cómo carga las barras metálicas o de plástico transparente que luego utiliza para repartir la pintura de forma uniforme por el lienzo, aportando y tapando colores. Lo hace vestido con pantalón y camisa impecables, sólo con unos guantes protectores, en vez del preceptivo mono.
Aunque también habla de lo molesto que le resulta que le observen mientras pinta, poco a poco va haciendo confidencias (como ese pensamiento después de una veloz demostración de que "debiera buscar la forma de hacer los cuadros así de rápido, así de fácil, pero que además estuvieran bien"). Y llega a hablar de lo que resulta de haber alcanzado su nivel de fama, de los cuadros que tiene colgados en su estudio "para comparar", de que es necesario dejar pasar un tiempo para saber si lo que se acaba de pintar es bueno o debe ser repintado por completo, etc.
Los cuadros que -dice- tiene colgados "para comparar".
Le cuestiona a la realizadora el documental que está haciendo ("El de Phillip Glass sí que estaba bien, con su música mientras pasea...") y entonces Belz pone en la banda sonora unas cuantas notas musicales espaciadas, mientras vemos a Richter sentarse reflexivo ante su jardín.
Poco a poco, Gerhard Richter se va abriendo, casi hasta abandonando esa risa que utiliza como defensa. En un momento dado le oímos reflexiones sobre fotografías familiares, que la cámara repasa, y hasta nos habla de la relación con sus padres. Más frío que el encuentro posterior con Handke, sales de su visión pensando que te conoces bastante mejor al pintor y sus circunstancias.

jueves, 17 de agosto de 2017

Lucky Star

La diablilla del inicio del film.

Borzage no suele engañar, ni decepcionar. "Lucky Star" (Frank Borzage, 1929), de la que vi ayer disponible una copia nueva en la Filmoteca Shangrila Vimeo que me apresuré a degustar, promete un melodrama desatado, y a fe mía que lo cumple, pero con la mirada directa hacia esos personajes encarnando la pareja que conecta entre sí y sabe entones también caer bien al espectador, marca de la casa.
Reparte con su carro leche, y conoce a los dos rivales, que trabajan en una compañía eléctrica, organizando la disputa entre ellos.
Y se entera de que van a ir a la guerra.


Pronto se presenta su planteamiento temático, y enseguida, atando cabos, sabes cómo se desarrollará la cosa, pero no importa demasiado: Lo que importa es esa nitidez de imágenes en medio del limitado decorado (unas pocas cabañas a lo largo de un riachuelo, entre colinas) y de sentimientos elementales: cariño, enamoramiento, bondad, maldad, codicia,..: En un ambiente rural de la América profunda, una cría desastrada y medio salvaje conoce a un par de jóvenes (uno que exhala bondad, otro un aprovechado) que, casi de forma inmediata, parten de voluntarios hacia Francia, formando parte del cuerpo expedicionario americano en la I Guerra Mundial. Al cabo de un par de años, el bueno, que arregla piezas rotas, la arregla a ella...
El bueno se da cuenta de repente que quizás ya no tiene en sus manos a una cría.


Sino una mujer agradecida.


Mientras, el abusón se camela a la madre.

miércoles, 16 de agosto de 2017

La inhumana

El impresionante decorado de la sala de recepciones de la diva.

"La inhumana" (Marcel L'Herbier, 1924. En Filmoteca Shangrila Vimeo, y van...) ha pasado a la historia del cine por sus decorados (realizados por gente como Léger, Cavalcanti, Autant-Lara o el arquitecto Mallet-Stevens) y su estilo global, deudor de la vanguardia artística de entreguerras.

El ingeniero sale de la casa de la diva, ante la presencia de uno de los criados a los que se les ha privado de expresar otro sentimiento que el denotado por la sonrisa de su careta.

Fuera de la casa, coge su bólido.

Y lo conduce angustiado.

Su trama tiene algo de cuento. De hecho, un cartel inicial ya avisa de que se trata de "una historia feérica vista por Marcel LHerbier". Una diva, cantante de éxito atronador -"y mujer extraña"- que recibe el sobrenombre de "la inhumana" por su aparente falta de sentimientos, ofrece en su modernísima mansión ("dominando la ciudad", dice un intertítulo, lo que da pie a que la cámara nos de un paseo espectacular al borde de un río) una fiesta a la que acuden lo más granado de la sociedad intelectual y artística. En la fiesta, servida por todo un conjunto de impecables camareros cubiertos con una careta que perpetúa su sonrisa, la diva comunica que tiene intención de irse a conocer mundo "a no ser que alguna cosa (y ahí una aviesa mirada suya a sus admiradores) la retenga. Esa "quelque chose", escrita con todas sus letras, vuela por el ambiente entre las cabezas del revolucionario de salón, el fakir, el filósofo... y el realmente enamorado ingeniero y avanzado científico, conductor de un bólido y propietario, a su vez, de otra sofisticada y moderna casa, lo que a su vez da lugar a que veamos otras de las más espectaculares escenas siguiendo su recorrido a la carrera en carreteras arboladas, mostrando la velocidad mediante sobreimpresiones, en contraste con la aparición de una más que tradicional tartana y su joven pero salida de otro mundo ocupante, y a que veamos también otras escenas de su futurista laboratorio, llegado el momento en acción mediante nuevas sobreimpresiones y montajes acelerados).
La no menos manca casa del deportivo ingeniero.

El laboratorio de la casa del ingeniero.

La diva y el ingeniero en el laboratorio de este último, capaz de los avances técnicos más impresionantes en el mundo de las comunicaciones audiovisuales.

Como la película es muda, a ella no se la oye cantar, y uno se pregunta entonces qué, al margen de sus evidentes bienes patrimoniales, causa que una mujer con tan pocos atractivos cause la sensación que causa entre los hombres, que caen rendidos ante ella. Un amigo me resolvió ayer mismo la mayor incógnita que envuelve a la película: La actriz que la encarna fue la productora de la película.

martes, 15 de agosto de 2017

Marcel Hanoun Wedding


Rumiaba qué colgar esta mañana por aquí, y he pensado que estaría bien el enlace a una miniatura (poco más de dos minutos) que ofrece la Filmoteca Shangrila en Vímeo. Se trata de "Marcel Hanoun wedding" (Jones Mekas, 1971).
Está rodado como todas las cosas de Mekas, con esa cámara vertiginosa, temblorosos y nerviosos planos que se suceden -alguno metafórica o directamente ilustrativos- relatando el tema. Unas columnas al son de una animada música clásica, una pareja eufórica, un funcionario en medio de sus papeles que les hace firmar en un libro. Luego un viaje en metro hasta una casa en la que tiene lugar una pequeña fiesta, llena de regalos con flores. La cinta acaba con las bromas sobre los zapatos -con una enorme estrella roja- del cineasta francés.
Me iba despertando pensando que sí, que eso podía colgar, pero veía la carátula del film como si se tratase de un papel viejo, con unos puntos oxidados, alguno en molesto movimiento. Hasta que no me he levantado no he caído en que estaba mezclando imágenes vistas ayer mismo. Por un lado la peliculita sobre la boda. Por otro, una enorme cucaracha alargada amarillenta que boca arriba agitaba sus patas intentando sin conseguirlo enderezarse, a la que vi en el pasillo de salida del supermercado al que había ido a reponer una serie de alimentos para casa. Aunque recordarlos juntos ahora, con Hanoun fallecido ya hace cinco años, no hace más que acrecentar dramáticamente la impresión de fugacidad de la vida que ofrece ese pedacito de la obra de Mekas, vamos a intentar diferenciarlos, y recordar sólo lo festivo de las tomas. Pensar en que Marcel Hanoun también pasó por una boda en 1971, con una judía americana (lo digo, quizás equivocadamente, sólo por su aspecto), y que ella lucía una radiante sonrisa.

O, ahora: https://www.youtube.com/watch?v=BpRPcX2Wt3g

lunes, 14 de agosto de 2017

Leche


La madre de Yusuf, en el sitio de los pensamientos, vecino a su casa.

Si me había gustado la primera y la tercera película de la trilogía de Yusuf, era natural que también me gustase la segunda, "Leche" (Semith Kaplanoglu, 2008).
En ésta, a Yusuf le llegan a publicar en una revista uno de sus poemas, pero para vivir, en espera de ver a qué se dedicará, debe seguir ayudando a su madre en la lechería, quien le reprocha en una escena el que no haga otra cosa que abrir un libro, o que se pase el día contemplando una flor, o un insecto: nada productivo.
Al inicio de la película, Yusuf con quien no vuelve a aparecer, en un puente sobre un río seco.

Como también sucede en las demás, vemos a un personaje yendo campo a través, sin utilizar los caminos. Film éste de leche, pero también de queso, nueces, granadas, y hasta misteriosas serpientes, en un entorno sin embargo ya no tan rural como el de "Miel", o incluso el de "Huevo". Pero una valla junto al cultivo de coles es el emplazamiento por antonomasia para las reflexiones tanto de la madre -un personaje también, cuando menos, curioso- como del hijo.
Yusuf y su madre en la cocina de su casa.

En un momento dado, una panorámica descendente, acompañando supuestamente y explicando así la mirada de Yusuf, desciende por la pierna de un colega minero con el que está hablando, hasta llegar a ver sus destrozados zapatos. A ese plano le sigue otro plano -y ya sabemos que es un plano subjetivo, que estamos pues viendo lo que mira Yusuf- que dibuja una panorámica horizontal, dejándonos ver todo el escenario de la destartalada y absorbente mina en la que gasta sus días el minero/poeta.
Yusuf en el rincón de su casa en el que se pone a escribir poemas.

Probablemente película de, incluso, menos diálogos que las otras dos de la trilogía, con planos sostenidos a los que nosotros, espectadores, hemos de ir dotando de sentido, deduciendo -a veces de una forma algo laboriosa- lo que pasa fuera y dentro del plano. Acaba la película de una forma que no se sabe muy bien lo que quiere decir. Posiblemente es sólo eso: el interés se desplaza al que bien puede resultar otro posible Yusuf.
En Esmirna, junto a una bella aficionada a la poesía.