Aún con los ecos de haber vuelto a ver esta mañana “La belle noiseuse - Divertimento” (Jacques Rivette, 1992), dejo por aquí unos cuantos de los diferentes temas suscitados por su visión.
Los temas son muchos y variados. A la evidencia del tema del pintor y su modelo, y ese poder medio vampírico del primero sobre el segundo, se suman otros cuantos como temas de fondo de la película:
-El proceso de envejecimiento y un eventual proyecto rejuvenecedor que lo contrarresta.
-El amor, tanto en tiempos de madurez como en tiempos juveniles.
-La gestación de un cuadro.
-La captación de lo que realmente subyace detrás de un retrato.
-La sustitución de Liz (Jane Birkin) por Marianne (Emmanuelle Béart), ratificado en la película por ese collar que la primera quiere ceder a la segunda.
-La desnudez.
-El poder equivalente de la pintura y la taxidermia.
-El ideal de la obra maestra absoluta como culminación.
A todos estos se podría añadir -los señala Bernard Dufour, el pintor cuyas manos substituyen a las de Míchel Piccoli cuando éstas no alcanzan- el de las quimeras, esos animales míticos cuyo cuerpo está formado por la combinación de los de dos o más seres. Del interior del Chateau d’Assas, lugar de rodaje de la mayor parte del rodaje, lo primero que vemos es la sala de las quimeras (esa que le gusta a Liz, el personaje de Jane Birkin, “porque no tiene nada”), donde se encuentran dos figuras de quimera (ver el fotograma). Una podría ser Liz/Marianne. Otra -dice también Dufour- la figura tricéfala del pintor Frenhofer, encarnada por Piccoli el actor, Dufour el pintor y Rivette el cineasta.
En cuanto a lo que previamente recogí como carpintería del film, me gustaría indicar por aquí:
-Su punto de partida, confesado por Rivette mismo. Una mujer joven que es forzada a hacer de modelo, al principio lo hace como desafío y luego es atrapada por el juego.
-Que aunque dé la impresión de obra sumamente prefigurada y planificada, cada día de rodaje se acababa sin saber qué tocaría hacer el día siguiente. El equipo de tres guionistas, presente en el chateau, se ponían cada noche a escribir cómo seguir lo completado el día transcurrido. Esa misma noche, o la mañana siguiente, daban a cada actor los textos que debían decir en la nueva sesión.
Y dos o tres cosas finales que me han rondado por la cabeza viendo la película:
-Marianne baja del altillo del taller de pintor, envuelta en su “peignor” y con un palito sosteniendo el pelo, tal una princesa japonesa resignada al sacrificio, tal la Emperatriz Yang Kwei Fei.
-El intento de Frenhofer me ha recordado enormemente al de Antoñito López intentando captar la realidad de ese esquivo membrillero en “El Sol del membrillo”.
-Más que con los juegos de Rivette (de los que no distingo sino alguna escasa huella), en varias ocasiones me ha parecido enfrentarme a los ambientes y colores de Rohmer.
Carlos F. Heredero dejó escrito en un texto suyo sobre la película que se trata totalmente de una típica película de Rivette, únicamente cambiando el teatro por la pintura como metáfora de la puesta en escena cinematográfica. Yo no lo tengo tan claro.






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