sábado, 7 de marzo de 2026

Los masajistas y una mujer




El otro día, comentando la película de Shimizu -“La horquilla”(1941)- acabada de ver en la Filmoteca Valenciana, surgió el debate sobre si la aparición en la trama de masajistas ciegos era sólo para provocar algún gag o si, realmente, existía en el Japón una tradición al respecto.
Ayer, viendo, ya en la Filmoteca de Barcelona, su previa (1938) “Los masajistas y una mujer”, uno de los masajistas del título asumía un papel protagónico y, como los demás que aparecen en la trama, también era ciego. He mirado por internet y ahí informan que eso viene de tan antiguo como desde el siglo XVII, y no por lo que llegamos a aventurar (que no vieran a mujeres desnudas, que tienen un tacto mucho más perfeccionado, etc.), sino simplemente porque, igual como por aquí la ONCE encontró en cederles la venta de su lotería una forma de que tuvieran ingresos, allí vieron que era bueno encaminarlos hacia ese empleo.
Hecha esta digresión, paso ya a hablar de la película.
Lo que son las cosas, ésta de 1938 empieza exactamente igual que empezaba la de 1941: La cámara, en travelling en retroceso enfoca a unos caminantes que se dirigen por un amplio camino entre el bosque hacia un balneario (primera foto). Aquí se trata de dos masajistas… ciegos, que se cruzan con niños o son adelantados por viajeros -estudiantes, excursionistas, un hombre con su sobrino, una misteriosa mujer- que tienen su mismo destino.
Hay más concomitancias entre las dos películas, y no sólo en la referencia a la vida de balneario, hasta el punto que diría que ésta de 1938 parece un poco borrador de la de 1941. Acabaré con eso.
Previamente, los títulos de crédito ya anuncian, por la música de la que van acompañados (si no fuera por el uso de violín y otros instrumentos ajenos, la asignaría a una banda valenciana tocando una pieza bufa), que nos hallamos ante una comedia, que acentúa los elementos cómicos. Ahí está, en el camino de acceso de los masajistas, la forma de hacernos ver, mediante un obstáculo que sortean, lo desarrollado que tienen también el olfato. También, las crueles bromas que gastan los estudiantes a los ciegos, o el encuentro de los estudiantes doloridos por los masajes con las mujeres excursionistas, dando lugar a un divertido sainete (ver serie de tres imágenes también colgadas)
Pero, perdidos entre tanta escena jocosa, van dándose, por una parte, unos impresionantes travellings laterales, que subrayan la estética interior de la arquitectura tradicional japonesa y dan a conocer nuevos espacios en los que se desarrolla la acción y, por otro, planos muy bien encuadrados aportando un tono dramático muy incisivo: esa mirada bajada de la misteriosa mujer, que parece meditar que ya le estará vetado para siempre su regreso al hogar, o ese recorrido de ella sola, protegida por una sombrilla, por la pasarela del río por la que había transitado previamente acompañada.
Este último plano es uno de los que recuerda poderosamente a otro que volverá a aparecer en “La horquilla”, de la misma forma en que en las dos palículas son las miradas y las acciones de niños las que permiten hacer ver cosas a las que de otra manera no se llegaría.
Si en “La horquilla” era el personaje de Chishu Ryu el que representaba de una forma desmedidamente exagerada su cojera, en esta “Los masajistas y una mujer” son los masajistas los que evidencian su ceguera a base de fuertes exageraciones. Me da la impresión de que, poco a poco, Shimizu fue puliendo estas cosas que le aproximaban al primitivo cine cómico para ir yendo a lo esencial, de la que ya aparecen indicios en esta obra menor, pero que se pasa muy bien y tan prometedora resulta.





 

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