Un patio de colegio. En una esquina discuten dos niños. “La escuela de Shinomi” (1955; ayer en la Filmoteca) es de nuevo -te dices- otra película de Hiroshi Shimizu repleta de niños. Pero uno de ellos recoge y calza su mochila escolar y, al alejarse, apreciamos que al andar va arrastrando un pie, dejando un rastro discontinuo en el suelo: la película va una vez más de niños, y de niños marginados, pero en esta ocasión la marginación la da que tienen parálisis infantil.
Una indiscreción de la nota de la Filmoteca te explicaba, efectivamente, que “iba” de una escuela -no esa inicial- para niños con parálisis infantil, y fui a verla con un miedo terrible de que se tratara de una película de esas “edificantes”, que marcan en ello todas sus intenciones. “La escuela de Shinomi” no escatima escenas de lo más melodramático, pero sigue siendo un Shimizu, lo que la hace, con todas sus imperfecciones, muy interesante de ver.
Construida inicialmente a base de flashbacks narrados en off por la pareja protagonista, y luego con alguna otra escena también narrada en off, explica historias muy sencillas sobre la educación de toda una chiquillería aquejada de la polio. Todos, con sus más y sus menos, son de una bondad más allá de lo esperable, lo que contrasta con otras escenas que evidencian la crueldad innata del resto de los niños.
Me he ido encariñando con la forma de hacer cine de Shimizu. Por ejemplo, noto que tarda en cerrar cada plano para pasar a la secuencia siguiente, lo que ofrece tiempo al espectador, unos segundos, para valorar la profundidad de lo visto.
Igualmente, he detectado tres travellings muy suyos y destacables,
-El primero culmina la temprana escena en el hospital -que, por cierto, certifica el papel totalmente secundario, sin potestad alguna, de la mujer en el Japón de esa época-. El profesor queda impactado por la noticia recibida, y se aleja solitario, meditabundo, por un amplio pasillo del centro hospitalario. La cámara le sigue…hasta acabar de cerrar -esta vez con mayor lentitud que la habitual- el plano.
-Los otros dos son de los de marca de la casa, ya observados en otras películas de la retrospectiva. En el primero la cámara se desplaza lateralmente por sus raíles hacia la derecha mostrando para seguir la acción -en una visión entrecortada- la confortable y muy vivida casa tradicional de la familia del profesor. El movimiento inverso de respuesta -la cámara se desplaza lateralmente ahora hacia la izquierda- se da en esta ocasión por el final en un exterior. Primero sólo vemos las hierbas altas que bordean el camino por el que se desplaza la cámara, hasta que se abre el horizonte, sobre otro camino perpendicular por el que caminan con esfuerzo, también alejándose, los alumnos de la escuela. Entonando sus cánticos, van a echar cartas al correo.
A quien no le convenza demasiado la película, por cómo se decanta hacia lo melodramático (la horrible música de piano eléctrico sería otra causa esta vez más que razonable), tiene entonces aún la posibilidad de verla como un espléndido tratado sobre la casa japonesa. Y, si se quiere, sobre arquitectura japonesa en general, pues aún aparecen otros espacios -en esta ocasión modernos años 50- como clases y hospitales.
Pero no hay que tener miedo, por si, al tema de la película. La situación de los niños con polio y sus familias era muy penosa, pero para afrontarla, Shimizu presenta las mismas acciones que ya había hecho en su primeriza “La horquilla”. En ella, Chisü Ryü se había clavado en el pie, entrando en un baño de esos exterior japonés, una horquilla de pelo. No se entiende muy bien por qué, para recuperarse de la infección causada, debía emprender asiduamente unos pesados ejercicios, hasta poder caminar de nuevo normalmente: ya lo veíamos ahí retándose a sí mismo para ir, con un esfuerzo descomunal, hasta el próximo árbol. Un par de niños, veraneantes en el mismo balneario, le iban dando sincopados gritos de ánimo para que, poco a poco, fuera consiguiendo su hazaña. Pues bien: en “La escuela de Shinomi” se repiten, con el mismo espíritu, escenas como esa. Sólo basta cambiar a Chisü Ryü por un niño afectado de polio, intentando levantarse él sólo del suelo o alcanzar una meta. Los dos niños se han convertido en todo un coro. Y todos ellos han aprendido a mostrar, durante la película, su específico modo de cojera. Chisü Ryü, unos diez años antes de “Cuentos de Tokio”, realmente se veía esforzándose, pero lo hacía fatal.
La crueldad innata de los niños









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