La voz de quien efectúa el recorrido de las mujeres por el reformatorio sigue en off enseñando cómo los niños limpian ellos mismos cotidianamente.
Igual que trabajan en el campo, cultivando parte de sus propios alimentos.
Tanto es así que a veces parece un presidio con redención de penas por trabajo.
Y asisten a clase ellos…
…y ellas.
La primera imagen de “La torre de la introspección” (Hiroshi Shimizu, 1941; ayer en la Filmoteca) no es ésta vez un travelling en retroceso ante el avance de un grupo por un camino: es un plano general que es cruzado de extremo a extremo por un tren, como pasará alguna otra vez en el curso de la película. Pero ese travelling viene inmediatamente a continuación, dándote a pensar (tres Shimizu vistos en esta semana, los tres con la misma secuencia) que se trata de una marca de la casa, cuando menos por esa época.
Los que se mueven tras la cámara y hacia ella no van esta vez a un balneario. Son, en este caso, un nutrido grupo de señoras que, guiadas por un monitor, se disponen a recorrer y conocer por dentro un reformatorio aislado en medio del campo, que acoge a gran cantidad de niños y niñas conflictivos.
Porque si en otras películas de Shimizu aparece siempre algún niño inquieto, que te alegra la velada con su sinceridad, en ésta los hay a patadas. Con retratos de niños -y de sus profesores y padres- que te convencen un montón, sin embargo no me resultó la película de ayer tan exaltante como las otras dos que, en tan corto espacio de tiempo he alcanzado a ver. Y eso por dos motivos.
El primero -coyuntural- es el estado infame de la copia proyectada, que doy por bueno si es esa la única existente que puede verse. En algún momento apreciabas que había una música en la banda sonora, emergiendo del continuo y pesadísimo ruido de fondo general, pero de tan distorsionada que surgía era difícil de captar. Un replique de campañas lo tuvimos que suponer, más que por su extrañísimo sonido, por el plano medio de las campanas en acción. Son todas las vistas hasta el momento copias en 16mm en un estado tal que me recuerdan las que llegaban en los 70 a los cine-clubs, después de miles de pases previos. Ahora que parecen estar en un punto de madurez las restauraciones, llegando sus resultados a muchos festivales, no estaría mal que alguno echase una mano a la Japan Fondation en esa dirección…
El otro inconveniente que no me ha hecho disfrutar del todo de la película ha sido el mar de fondo que intuía en su trama. Tratando el tema que trataba, cualquier espectador debía presuponer que iba a presenciar un final edificante. Ya iba preparado, pues. En este sentido, me gustó mucho cómo iba cerrando plano tras plano Shimizu, sin redondear y sentenciar moralmente de forma redundante, dejándolo todo lo ejemplarizante en una ligera impresión. Pero tras la epopeya de traída de agua que tanto me recordó a “Él pan nuestro de cada día” (King Vidor, 1934), hay un final de cánticos y recitado de propósitos de enmienda y mensaje poético de todos y cada uno de los protagonistas que no pude desligar del todo del inmediato estallido imperial japonés… y de los finales del cine chino de la revolución cultural. A ver cómo pasarán las películas de Shimizu el periodo de guerra y la derrota japonesa.
Los traumas que arrastran les hacen frecuentemente mojar el tatami.
Una nueva interna.
Con dificultades para adaptarse.
Lo que causa preocupación en “su nueva mamá” (su tutora).
Sus difíciles relaciones.
Visita de una madrastra.
Comunicación de que un niño se ha escapado
Y el acto de final de promoción con los propósitos de enmienda y referentes poéticos.















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