Cosas del doblaje.
Como me estuve viendo de nuevo la película y luego entreteniendo leyendo todo lo que pude sobre ella, me enteré de los principales cambios que supone “Las uvas de la ira” (John Ford, 1940) respecto de la novela de John Steinbeck de la que sacó un guión Nunnally Johnson.
Uno importante fue el cambio de orden de la secuencia en la que la familia de Tom Joad (Henry Fonda), una vez alcanzada California desde su Oklahoma de origen, va a parar al campamento federal, ejemplo de las cosas puestas en marcha por la política del New Deal de Roosevelt. En la película ese es el último campamento en el que se les ve alojarse, lo que deja al espectador con una cierta esperanza aún sabiendo de su incierto futuro. En el libro la familia lo abandonaba… para ir a trabajar en un sitio en el que inconscientemente estaban haciendo de esquiroles, alojándose en otro campamento… en el que les ocurren innumerables desgracias suplementarias. Sí, justamente el campamento del que llegan en la película a ese otro absolutamente modelo.
Pues bien: No sé si se recordará la escena en que Fonda entra en la oficina del responsable del Centro (Grant Michel, personaje escrito basándose en uno verdadero y caracterizado en la película de forma que recuerda al presidente Roosevelt) para darle unos cuantos datos. A esa (ver la captura) me refiero.
Le pregunta cuántas personas forman su familia.
-Ocho -contesta. Y tras una pausa precisa: “¡ahora!”
Al espectador le pasan por la cabeza las dos personas que han fallecido en el largo trayecto desde Oklahoma, que han reducido consecuentemente el grupo familiar significativamente. Pero en el doblaje de la escena (que casualmente pude apreciar esta semana en la sesión sobre el New Deal a la que asistí) entiendo que han querido colaborar a la ducha de optimismo aportada por el cambio de orden señalado y hacen precisar a Tom Joad con un giro ligeramente diferente, en vez de “ahora”, lo siguiente:
-¡Por ahora!
En este caso, el espectador español que sigue la película con su doblaje, deja de pensar en las tristes muertes, para pensar en el “Estado de buena esperanza” -que se decía entonces- en que se halla la hermana de Tom.
Entre el baño de optimismo ofrecido por un campamento que trata a sus huéspedes con dignidad, como si realmente fueran humanos, y no la escoria que parecen representar para los demás, y la noticia del próximo feliz acontecimiento del nacimiento de un nuevo componente de la familia, el espectador puede irse con el ánimo más relajado a casa, sin tanta preocupación por esos pobres desgraciados.
De hecho, el cambio de orden de las secuencias aportaba a la película una pequeña sinrazón, mostrada en la carga del camión a la hora de la partida que te dejaba un poco intrigado: ¿Por qué para irse de ese modélico campamento el resto de la familia se preocupa tanto por el estado de salud de la hermana de Tom, como si estuviera enferma, cuando sólo estaba embarazada? Respuesta: porque, para entonces, ella ya había dado a luz…un niño muerto.

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