Si en “Notas de una mujer errante” se echa en falta un niño del estilo Shimizu, en “Los niños de la colmena” (Hiroshi Shimizu, 1948; ayer en la Filmoteca) hay niños para dar y vender, apareciendo ya en forma del nutrido coro infantil que se oye cantar en off mientras desfilan los títulos de crédito.
Enseguida una serie de imágenes nos dejan interpretar que la guerra ha finalizado y un duro período de adaptación se cierne sobre el Japón. Aunque unos cuantos de los niños protagonistas y un soldado están en el andén de una estación, las imágenes de tropas -o mejor soldados en desbandada- partiendo hacia casa en tren se nota que no han sido rodadas para la película, sino capturadas de un reportaje de la época.
Una vez partido el tren, sin llevar consigo a ese soldado, la película capta muy bien ese tiempo de la inmediata postguerra repleto de gente indecisa que, faltos de todo -e incluido familia, desaparecida durante la contienda-, no sabe a dónde ir. Viendo la magnífica escena con esos niños con pantalones devastados, llenos de zurcidos, intentando traficar en el mercado negro u obtener un mendrugo de pan o algo del soldado para comer que ese cojo que los mangonea no pueda vender, he recordado súbitamente que ya había visto la película. No lo sabía porque en su día no se llamaba nada que tuviera que ver con una colmena, sino “Los niños del paraíso”. Y posteriormente he visto que ésta ha sido ya nada menos que la tercera ocasión que la he contemplado.
Pero el ir viendo de forma conjunta y más o menos ordenada las películas del ciclo aporta un gran valor añadido. No sólo vas reconociendo la forma de hacer de Shimizu y sus escenas de marca, sino que se enriquece tu visión dando un carácter global a todo que, de otra forma, desaparecería. Lo digo porque el soldado confiesa que es de los que no tiene nadie que lo espere, y que su única casa, a donde acabará yendo, es la Torre de la Introspección (aquí la llaman Torre de mirar atrás), un orfanato o mejor un reformatorio que daba título a una película de Shimizu hecha y vista anteriormente.
El soldado lleva consigo a esos niños desheredados en un largo periplo por el Japón que constituye la trama de toda la película. Faltos de dinero, se emplean en diversos trabajos: en las salinas, en talar árboles, en acarrear madera y sacos varios, etc. Cuanto más evidente se detecta la desgracia que ha llevado a esos niños a esa situación, más animosa es la música que suena en la película. Una película muy hermosa que, aunque contiene elementos muy dramáticos (una amiga vi al salir que había llorado como una Magdalena), se recuerda -y no sólo por sus divertidos gags- con una sonrisa en la cara.
El soldado comenta que los niños trabajan incluso más fuerte que él, pero son niños, y eso se detecta en seguida viéndoles correr en un camino junto al tren para ver si superan la velocidad de la locomotora, desertar del trabajo en cuanto se sienten cansados o acudir rápido a jugar con unos niños que ven practican el béisbol.
Llegarán, en ese recorrido en muchas ocasiones captado desde una cámara en un travelling en retroceso -ya voy viendo que típico de Shimizu- a dos lugares muy significativos:
-Uno es la ciudad de Hiroshima, en buena parte en ruinas absolutas, por el destrozo causado por la bomba atómica, entre las que sólo se distinguen alzadas unas cuantas estelas funerarias. Sirve de escenario a una emotiva separación debido a la cual uno de los niños queda primero mudo y desconcertado y luego, cuando por fin capta la consecuencia del hecho, inmerso en un desconsolado lloro.
-El otro es la laboriosa ascensión, con aire de epopeya mítica, a una colina desde la que se puede contemplar el mar, en una escena que es, posiblemente, la más recordada posteriormente de todo el film.
Y aún hay tiempo para otra secuencia, otra vez junto a las vías de un tren, llena de elementos singulares de puesta en escena.
Si la de la montaña la escogimos para el Ombres Mestres sobre el hecho de atalayarse, la otra, en una destartalada estación que verá la pelea entre el soldado y el macarra que ahí tiene lugar, captada desde el punto de vista de los niños en su mayor parte fuera de campo: sólo captamos las reacciones de los niños y las consecuencias del enfrentamiento.
Película que asocia ya de forma definitiva a Shimizu como el cineasta de los niños, puede ser recordada también por otras muchas cosas.









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