¿Por qué se habrá embarcado Olivier Assayas en una película como “El mago del Kremlin” (2025)? En su filmografía se dan tanto obras inequívocamente personales (ahí están para atestiguarlo “Las horas del verano” o “Tiempo compartido / Hors du temps”) como films que de mirada personal introspectiva tienen bien poco. De éstas, unas dan la impresión de querer estar a la orden del día y rozan tendencias del gusto del momento, mientras que otras abordan temas de la historia política reciente de esos que en algún momento inundaron los periódicos.
En estos últimos casos, puede dar tanto una de cal como otra de arena y, para apreciarlas o denostarlas, influye mucho el momento que tengas a la hora de su visión. Ayer por la tarde, un martes de cielo despejado de las vacaciones de Semana Santa, yendo al cine Balmes, pagando una cantidad ridícula por la entrada gracias a los auspicios del Ministerio de Cultura,… todo hizo para impulsarme a contemplar buena parte de su metraje con agrado y hasta a aplaudir internamente ciertos de sus apuntes.
Con origen en un libro de gran éxito en Francia, del que sacaron un guión Assayas y Emmanuel Carrère, la película avanza a base de la narración que, teóricamente, vierte el protagonista (inductor en la sombra de la política y las artimañas rusas desde Yetsin y, sobre todo, bajo Putin, personificado por un actor con una caracterización que no sé yo si es un acierto) a un cronista occidental que llega en el presente a Moscú para una investigación y posibilita así enterarse de todo al espectador. No se queda sin embargo ahí la película, pues de vez en cuando recalca algún detalle de guión curioso (como el para sus críticos significante vaso de leche que se bebía Gorvachov en sus comparecencias) o deja caer algún buen detalle cinematográfico (la estremecedora caída de nieve contra los vidrios de la ventana de Moscú donde se encuentra el personaje occidental que conduce inicialmente la trama, o una específica mirada perdida de la prácticamente única protagonista femenina avanzándonos lo que será su separación).
Todo va dirigido en ella a ir mostrando las fases de la construcción de un mito (ese Putin al que todos acaban llamando Zar) pero, con el paso del tiempo, la sesión va decayendo, porque el juego, con tanta continua presencia de todos y cada uno de los clichés sobre Rusia… vistos desde el mundo occidental, va cansando y aburriendo un poco. Quizás, en mi caso, por rebelarme ante la excesiva sencillez con la que se quiere resolver toda la deriva política actual (o bueno: la previa -aunque ahí siga- a la de más rabiosa actualidad).
Pero el placer de poder ir a un buen cine por cuatro chavos un día de vacaciones no te lo quita nadie.








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