sábado, 16 de enero de 2021

Sean Connery sobre Barbra Streisand


En el Positif de enero John Boorman, que dirigió a Sean Connery en “Zardoz” (1974) participa en un pequeño homenaje que se hace al actor escocés, publicando unos cuantos recuerdos personales sobre él.
Entre esos recuerdos habla del agónico rodaje de la escena final de la película y como la cólera de Connery iba subiendo, hasta alcanzar su grado máximo. Pero a mí, que tengo -es una problema personal- a Barbra Streisand prohibida por el médico, me gusta especialmente la anécdota que transcribo:
“Un día que estaba en Los Ángeles -escribe Boorman-, Sean me telefonó, diciéndome que iba a comer en casa de Barbra Streisand y me preguntó si me gustaría ir con él. Ella vivía en el Cañón de Malibú. Había cocinado unos platos deliciosos y hablaba de la película que iba a rodar. Lanzó entonces lo siguiente:
‘Hay un papel encantador para ti, Sean.
-¿Quién la dirige? -preguntó él.
-Yo -respondió Barbra.
-Entonces, será sin mí’ -replicó él entre mordisco y mordisco.”



 

viernes, 15 de enero de 2021

El faro



Entre el catálogo -un amplio porcentaje desconocido para mí- de Mubi, quizás me haya quedado viendo “El faro” (“Mayan”, Mariya Saakyan, 2006) gracias a la imagen de su protagonista junto a la ventana del tren (primera foto).
Armenia, Georgia,... Ecos muy cercanos de una inacabable guerra. Destrozos, tiroteos, helicópteros, circulación de tropas, cansancio, miedo, duelo, escasez, éxodos, supervivientes. Vemos retazos de todo vividos por Lena, que acude en tren al pueblo y casa de su familia, entre altas montañas.
Salpicada de bellas imágenes de interiores que despiertan un cierto sentimiento de nostalgia, recordando algún film de Tarkovski, “El faro” te transmite también, vía imágenes y sonidos, la sensación buscada de desespero, con una belleza desgarrada como la de ver, oír y sentir a Lena cruzando el oxidado puente colgante sobre el río que la lleva a la estación del tren.
Se supone que ya lejos de esa zona, hay un precioso movimiento de aproximación de la cámara a un balcón, donde está, mirando el paisaje, pero seguramente pensando en otro lugar, ella. Aparecen entonces por la pantalla reportajes ligados a estos temas de la guerra, los desplazamientos de refugiados, etc., configurando globalmente la película como un sentido lamento, salido de dentro.





 

jueves, 14 de enero de 2021

Chant d’hiver

Una tricoteuse recoge en su delantal la cabeza, aún con pipa, del barón ejecutado. Eso dará pie a la aparición, real o figurada, de la cabeza en la época actual...

La hija del capo uniformado se cruza con uno de los ladronzuelos, que se enamora perdidamente de ella.

Una aristócrata, envejecida, pero que acoge y apoya, como nuestra “duquesa roja”, a los más desfavorecidos.

Siempre he dicho que una retrospectiva Iosseliani sería una de las mejores que podría organizar la Filmoteca. No sé si para poder contar con su presencia el coronavirus o lo que sea habrá ya hecho mella en él, pues es un hombre de 86 años, pero en 2016 al menos mostraba tan buenas facultades como para hacer una película tan compleja como ésta “Chant d’hiver” que colgó ayer Mubi.
Por aquí se estrenaron sus “Adieu, plancher de vaches” (1999) y “Lundi matin” (2002), pero luego al menos yo, con unas ganas terribles de seguir viendo sus películas tras esas dos, que me entusiasmaron, perdí su pista.
Suelo relacionar el cine de Otar Iosselliani con el más complejo de Jacques Tati, porque esas dos obras corales, de construcción laboriosa a base de planos secuencia planificados de forma milimétrica, en la que parece que todo un ejército de personajes, en un continuo ballet, van encadenando sus actividades a medida que la cámara da con ellos, me lleva a ciertas escenas de “Playtime” o “Traffic”.
Los planos secuencia están también muy presentes en este “Chant d’hiver”, y son posiblemente lo que más resulta de la cinta, que mentiría si no dijera que desconcierta en grado superlativo.
Se inicia la película durante la revolución francesa, con una ejecución de un barón en la guillotina ante un selecto público de mujeres haciendo calceta, para seguir tras el título, en un buen salto, con unas vertiginosas escenas de lo que parece alguna reciente guerra del Este, en la que está presente el más bestial saqueo. Es en este trozo donde todo ese mecanismo de los planos secuencias es más admirable. Pero luego, tras otro salto espectacular, estamos ante venga extrañas escenas de “la actualidad”, ambientadas en París, con la única aparente ligazón con las anteriores de que surgen unos mismos actores, como dando continuidad a los personajes a través del tiempo.
Aristócratas venidos a menos o aún con un gran poder material, vagabundos, un curioso grupo de perros, dinámicos ladronzuelos que actúan combinados como nos enseñaron en “Pickpocket” que debían actuar para ser productivos, se suceden, con un repelente contra-personaje uniformado (mismo actor que el del verdugo inicial) que viene a ser encarnación de un corrupto y despótico, llevado a la bufonada, poder.
No entendí nada, pero sí constaté, divertido, las tundas que daba Iosseliani a unos cuantos personajes y manejos muy del orden del día.
Parece realmente ambientada toda ella en invierno, pero me da que el título puede también indicar que la humanidad se halla, ciertamente, de forma ganada a pulso, en un cierto estado invernal, y este extraño, para mí casi indescifrable, film (eran mucho más claras esas otras dos películas citadas, y no digamos otras anteriores), podría ser la flor, el canto que, pese a todo, aún produce.


El desalojo de un asentamiento.

Dos fundamentales personajes, por muy erráticos que resultarán para mí cabeza, del film.

Dos del equipo de ladronzuelas, siempre a la carrera (por sus pies, en patines, en bici) y en pareja.

Y falta el más pequeñajo de atrás, más potragónico incluso.



 

miércoles, 13 de enero de 2021

Falkenau, vision de l'impossible: Samuel Fuller témoigne



Esta tarde, en una sala Chomón de la Filmoteca llena sobre todo de grupos de jóvenes estudiantes que acudían a su Aula de Cinéma, Marina Vinyes ha efectuado una introducción para la sesión que ha organizado. En ella ha expuesto muy bien las polémicas existentes sobre la representación en el cine del holocausto. Cuando se despedía, se ha visto que le fallaba la expresión con la que quería finalizar. Ha habido un momento de silencio, buscando ella infructuosamente las palabras, hasta que lo ha explicado de forma directa:
-Iba a deciros que disfrutéis de la proyección, pero no sería eso lo apropiado.
Tenía razón, porque la verdad es que se pasa bastante mal. La sesión era con “Falkenau, vision de l'impossible: Samuel Fuller témoigne” (Emil Weiss, 1988), pero yo me refiero exclusivamente a la película documental que, rendidas las tropas alemanas, hizo Samuel Fuller en la población de Falkenau. Fuller no era entonces aún cineasta, sino periodista, enrolado en el ejército norteamericano.
De crío me impresionó mucho el relato que nos hizo mi padre de lo que habían hecho las tropas norteamericanas con la población alemana que negaba haberse enterado de lo que pasaba en los campos de trabajo vecinos a sus poblaciones. No sé si fueron imágenes de las revistas británicas de la época que coleccionaba o bien se trata de las vistas recientemente en algún documental: un comandante americano organizó una marcha de toda la población, mujeres y niños incluidos, para ver el dantesco espectáculo de unas fosas a medio llenas y unos famélicos supervivientes.
Ahora veo que ese no fue un caso único. Fuller tenía una cámara de 16mm con cuerda que le envió su madre y su capitán, Richmond, le pidió que filmara una ceremonia que organizó por su cuenta y riesgo, harto de oír decir al banquero, a los mayores comerciantes de Falkenau, a unos centenares del campo de trabajo, que era imposible que allá se hubieran producido muertos entre la población reclusa. Y el olor lo delataba...
La filmación de Fuller, de hecho su primera película, es impresionante. En la película de Weiss la va comentando el mismo, incluso presente, cuarenta años después, en el emplazamiento de los hechos. Las fuerzas vivas del pueblo, bajo las órdenes directas del capitán, sacan uno a uno los cadáveres de una veintena o treintena de hombres, apilados desnudos, “como si se tratase de leña” (señala Fuller). Luego proceden a vestirlos y colocarlos ordenadamente en el suelo, desde donde los homenajean los soldados y el resto de prisioneros. Más tarde los colocan en unas carretas y, pasando por todo el pueblo, los llevan al cementerio, donde les dan sepultura en una fosa.
Esto constituye la primera parte, como digo impresionante, que deja sin palabras, de la película de Weiss. Luego, sobre todo en una tercera en tiempo presente, Weiss intenta hacer decir a Samuel Fuller la teoría, que entonces se estaba empezando a dar forma, sobre qué es imposible interpretar esos hechos en una ficción. Tanto insiste que Fuller, que antes había dicho lo contrario, tras exhibir su puro, su bravuconearía y su discurso, acaba diciendo lo que quería Weiss, y llega el fin del documental.




 

martes, 12 de enero de 2021

Justice est faite



No cabe duda de que André Cayatte, que había estudiado Derecho, se perdía por los temas judiciales y de dilemas morales asociados, o al menos hizo todo lo posible por dar esa impresión en casi toda su filmografía. Recuerdo haber visto en el Alexis una curiosa película doble (es decir, dos sesiones, dos entradas), “La vie conjugale” (1964), que mostraba(n) una misma historia, la de una pareja, explicada en una por ella y en la otra por él. En los papelitos que se distribuían para ambas sesiones recalcaban que se había de ver las dos (negocio obliga...) e incitaba al público a después dictaminar quién de los dos era más creíble en su presentación de los hechos.
Por TV5Monde pasan “Justice est faite” (1950) y amplía el dilema a los siete miembros de un jurado popular, que deben decidir sobre un caso nada menos que de eutanasia. Ganas de que los espectadores escojan y discutan su postura personal en la polémica.
Sus personajes están firmemente caracterizados, sin sombras, desde el primer momento (el ex-militar de ideas “de orden” que, para hacer su juramento al inicio del juicio, extiende el brazo tal haciendo un saludo que dirías nazi; la dama que lo iba a hacer con un guante que explica su clase, el tolerante, el bufón que se crece ante la responsabilidad que le ofrece la ocasión, etc).
La forma de realizar de Cayatte es de esas sobre las que despotricaron de lo lindo los jóvenes turcos de la crítica que luego formaron la Nouvelle Vague: utilización de decorados montados en estudios, preponderancia del guión, planos de detalle para cerrar la escena, descaradas aproximaciones de cámara hasta enormes primeros planos de las caras de los personajes cuando se disponen a soltar una frase de peso.
Ésta es de 1950, pero es que cuando hizo “La vie conjugale” la NV ya había dado una buena sacudida a la forma de hacer cine. Esta última película se pasaba en el mismo cine que programaba “La peau douce” o “À bout de souffle” -la vista anoche no creo que se pasara en la nacional/católica España- y aún así creo que recordar que tuvo -tuvieron- un éxito notable. Los métodos efectistas de Cayatte, con todas sus estudiadas trampas, lograban su propósito, mostrando la debilidad de las revoluciones cinematográficas a las que damos tanta importancia.
Me he quedado a verla hasta el final porque quería ver cómo se resolvía en un jurado un caso de eutanasia en una fecha tan temprana como 1950, pero a mí, la verdad, me resulta mucho más atractivo, en vez del acartonamiento de los personajes, todos dibujados de una pieza, de Cayatte, los entornos y los personajes más libres, sin tanta atadura de guión, tan forzada, de -por no poner a ninguno de los nombres más repetidos de la NV, por ejemplo, un Rozier. Me da la impresión de que se respire con ellos más vida.


 

domingo, 10 de enero de 2021

Flowers of Taipei. Taiwán New Cinema

Los directores del Nuevo Cine de Taiwán, que aparecieron en Cannes como un grupo compacto. Hsiao-Hsien -el de más a la izquierda-, por ejemplo, aparecía como actor en las películas de Yang -el de más a la derecha.

Weerasethakul explicando lo que más le sorprendió e influyó del Nuevo Cine de Taiwán.

Koreeda, en el espacio en el que Ozu escribió su “Cuentos de Tokio” con su guionista.

Hsiao-Hsien, al final del documental.

Apichatpong Weerasethakul, reflexivo en un balcón de madera que deja ver alrededor una selva como la de sus películas, comenta que el punto de vista frontal, el uso de ventanas y puertas en esas superficies planas que solía ser el encuadre de las películas del Nuevo Cine Taiwanés, le influyeron mucho en su propio cine.
Olivier Assayas dice que lo que primero le atrajo de ese cine tan moderno de Hsiao Hsin y de Edward Yang fue su ausencia total de exotismo. “Siendo no obstante profundamente del lugar” -le complementa Jean-Michel Assayas.
Wang Bing descubre un inesperadamente poderoso discurso oral, que antes sólo le había visto a través de las imágenes de sus films, mostrándose admirado de la forma de hacer del nuevo cine taiwanés, que sabe presentar personas, individuos de lo más real, frente a un cine de la China Continental que solo sabe presentar lo colectivo, sin saber dibujar el carácter de sus personajes.
Todo esto, junto a escenas muy bien escogidas del cine objeto del documental, puede verse en “Flowers of Taipei. Taiwán New Cinema” (Chinlin Hsieh, 2015; en MUBI), en la que antiguos seleccionadores de los Festivales de Cannes, Venecia o Róterdam y gente de cine y artistas de Francia, Argentina, Japón, Hong Kong, China y la propia Taiwan, elevan su sombrero ante la sorprendente frescura de las obras de ese grupo de cineastas que, ayudándose entre sí, surgieron en los años 80 en Taipei.
Y lo cierto es que algo tienen las películas de Edward Yang o las primeras de Hou Hsiao Hsien (de los únicos que -¡ay!- he visto algo), que al ver alguna de sus escenas te dejan atrapado por la composición de su cuadro, por los (escasos) movimientos de sus cámaras o por el movimiento, la vida, captados por ellas, dándote valiosa información, a la vez, sobre toda una sociedad que había restado muy alejada.
El documental no me parece muy recomendable únicamente por dar a conocer todo lo anterior, sino también por lo bien realizadas y enmarcadas que están -vía puesta en escena- sus entrevistas. Tanto es así que he ido a mirar si su realizadora ha hecho algo más, pero desgraciadamente éste es su único largometraje.
¡Ah! Por si fuera poco, en él Hirokazu Koreeda nos enseña la habitación en la que Ozu y su guionista Kogo Noda escribieron “Cuentos de Tokio”, mantenida desde entonces sin cambios notorios.


“Un día de verano”, de Edward Yang.

“A City of sadness”, de Hou Hsiao-Hsien.


 

Un espía en Moscú



Una curiosa y divertida rareza.
Ahora que vuelven a estar de moda los espías de Cambridge por efecto de esa serie toda ella ambientación de Filmin, puede estar bien explorar este complemento , que me ha resultado una encantadora miniatura (dura 61 minutos) y supone una divertida puya sobre el destino final de los ideales comunistas.
Se trata de “Un espía en Moscú” (“An Englishman abroad”, John Schlesinger, 1983), una ficción basada en el relato de la actriz Colar Browne sobre su casual encuentro con el espía Guy Burgess (interpretado por un bastante histriónico Alan Bates) cuando fue a representar un Shakespeare en la capital soviética.
Ironía destroyer sobre el destino del mundo comunista, pero también enternecedor retrato de una Gran Bretaña de manual que seguramente ya pasó también a la historia.


 

El cine para 2021 según los Inrocks




¿Y qué cine espera Les Inrockuptibles que se estrene (no se sabe cómo) en 2021?
De entre las que señala me apetecen un montón (luego ya se verá qué pasa con ellas, en qué estado dejan):
-The French Dispatch (Wes Anderson). Con una nómina de famosos actores interminable (Frances McDormand, Tilda Swinton, Mathieu Amalric, Benicio Del Toro, Bill Murray -el único que no debe sorprender-, Léa Seydoux, Willem Dafoe, Kate Winslet, Elisabeth Moss,...). Aunque a saber por donde saldrá: me temo que volverá a ser tirando a pantomima.
-Tromperie (Arnaud Desplechin). Adaptación de un Philip Roth que casa mucho con el confinamiento.
-Bergman Island (Mía Hansen-Løve). Rodada en inglés en la isla de Faro.
Y también tengo interés ahora mismo por ver:
-Annette (Leos Carax); que estaría arriba si no hubieran dicho que en ella tiene un papel muy especial una marioneta y que se trata de una comedia musical.
-Viens je t’emmène (Alain Guiraudie). Parece que dando vueltas a los atentados terroristas del 2015 en París.
-La gripe de Petrov (Kirill Serebrennikov, el de “Leto”).
-Benedetta (Paul Verhoeven). Me temo que buscando una historia bestia, de impacto, del siglo XVII.
-Memoria (Apichatpong Weerasethakui). Que se fue a rodarla a Colombia.
Estoy convencido de que las verdaderas satisfacciones, no obstante, vendrán de otras fuentes.
¿Y qué cine espera Les Inrockuptibles que se estrene (no se sabe cómo) en 2021?
De entre las que señala me apetecen un montón (luego ya se verá qué pasa con ellas, en qué estado dejan):
-The French Dispatch (Wes Anderson). Con una nómina de famosos actores interminable (Frances McDormand, Tilda Swinton, Mathieu Amalric, Benicio Del Toro, Bill Murray -el único que no debe sorprender-, Léa Seydoux, Willem Dafoe, Kate Winslet, Elisabeth Moss,...). Aunque a saber por donde saldrá: me temo que volverá a ser tirando a pantomima.
-Tromperie (Arnaud Desplechin). Adaptación de un Philip Roth que casa mucho con el confinamiento.
-Bergman Island (Mía Hansen-Løve). Rodada en inglés en la isla de Faro.
Y también tengo interés ahora mismo por ver:
-Annette (Leos Carax); que estaría arriba si no hubieran dicho que en ella tiene un papel muy especial una marioneta y que se trata de una comedia musical.
-Viens je t’emmène (Alain Guiraudie). Parece que dando vueltas a los atentados terroristas del 2015 en París.
-La gripe de Petrov (Kirill Serebrennikov, el de “Leto”).
-Benedetta (Paul Verhoeven). Me temo que buscando una historia bestia, de impacto, del siglo XVII.
-Memoria (Apichatpong Weerasethakui). Que se fue a rodarla a Colombia.
Estoy convencido de que las verdaderas satisfacciones, no obstante, vendrán de otras fuentes.








 

sábado, 9 de enero de 2021

El orden de las cosas



“El orden de las cosas” (Andrea Segre, 2007, en Canal Sundance) va de lo que sucede, pero no querríamos saber.
Rinaldi, antiguo deportista olímpico convertido en alto cargo policial italiano, que vive en una lujosa casa en un barrio residencial de Padua, viaja con frecuencia a Libia en misiones -como su colega francés- para la Unión Europea. Allí debe fiscalizar y conseguir que funcionen los sistemas ideados como barrera de acceso al continente de la inmigración ilegal. En el ministerio y la Comisión Europea quieren ver que el dinero que suministran a los órganos colaboradores libios obtiene el resultado esperado.
De forma voluntariamente aséptica, la película recoge la alternancia de tareas -políticas y turístico/familiares- de Rinaldi, meticuloso alto funcionario, en suelo libio. Pero muestra cómo un día repara en una pieza de ese puzzle inmenso que intenta montar, que contemplaba hasta entonces en bloque, sin parar en considerar cada pieza en sí.
No sé si todo esto del control en origen de los migrantes funciona como muestra la película, pero apostaría a que sí.





 

viernes, 8 de enero de 2021

Oliver Laxe con la FCC




Uno de esos casos de cineastas españoles apadrinados por los franceses, siempre en busca de un hipotético nuevo Buñuel. En Cannes hicieron de “descubridores” suyos y, de hecho, han programado y premiado sus tres largometrajes.
Oliver Laxe estudió Comunicación Visual en la Pompeu Fabra. Hombre callado y discreto, es fundamentalmente un tío que cae bien a todo el mundo.
En sus películas, siempre en ese fértil terreno entre la ficción y el documental, han participado de una forma u otra sus alumnos. En “Todes vós sodes capitáns” (2010) rodó con los de la escuela marroquí en donde daba clases. En “Mimosas” (2016) la relación con alumnos no es tan evidente, pero de alguna forma el proceso de aprendizaje profundo se dio en modo superlativo en ella, tanto por sus localizaciones como por emplear como actores personas que nunca habían actuado. Finalmente, su último largo, “O que arde” (2019), es de hecho un producto colectivo, del Máster de Documental de creación de la UPF.
Hay más cosas que hacen de cada una de sus películas un proceso de experimentación completo, abierto a todo tipo de sorpresas. Eso se ve claro si tomamos sus bandas sonoras, o sabemos que a cargo de la dirección de fotografía desde su segundo largo está Mauro Herce, a su vez un director de cine muy implicado en la fotografía y banda sonora -que adquieren un protagonismo importante- en sus propias películas.
Coincido con la opinión de una amiga que siempre espera con interés las películas de Oliver Laxe, si bien luego algún pequeño elemento le aparta del goce, de la satisfacción completa con ellas. Lo que no puede negarse es que hay una marcha ascendente, de aprendizaje y de realización en su evolución. En este sentido, confirmando lo que digo, quizás sea “O que arde” la que me resulta su mejor película, aunque todavía le veo algún pequeño elemento para que no me convenza del todo. Razón de más para esperar con ansiedad su próximo proyecto, esperando que no se confirmen rumores de sus intenciones de pasar a hacer otro tipo de cosas, a llevar otro tipo de vida.
De todo esto y más supongo que se hablará en una de las mejores iniciativas de la Federació Catalana de Cineclubs, que está programando unas conversaciones con nuestros más destacados -y por suerte accesibles- cineastas. Ya se encargará Tariq Porter, presidente de la FCC de hacerle llegar en la sesión sus dudas e intereses, para que la charla sea amena e interesante. O, por qué no, cualquiera que asista a la sesión podrá lanzar sus propias preguntas.
Bastará conectarse a la página Facebook de la Federació Catalana de Cineclubs el próximo jueves 14 de enero a las 19h, donde se podrá seguir en directo el encuentro.
Una oportunidad a cazar al vuelo.



 

jueves, 7 de enero de 2021

Mi cena con André



Me veo a mí mismo, cuando se estrenó “Mi cena con André” (Louis Malle, 1981), ufano más no poder, con dinero en los bolsillos y hasta en cuenta corriente, debido a ya tener trabajos con sueldo decente, que me permitían , aunque sin exagerar, salir por ahí sin la preocupación de si me iba a alcanzar lo que llevaba en la cartera.
Quizás por eso, recuerdo la gran satisfacción experimentada con la película, pero de ella retuve únicamente esas cosas a las que me estaba lanzando por entonces: el placer de ese ritual del restaurante en buena compañía, en un apartado rincón que protege y anima a una conversación a fondo, esa copita de Amaretto que, para redondear la cosa, pide Wally Shaw, ese actor de físico tan especial que ya siempre más asociaríamos con el personaje de la película.
Tras verla de nuevo hoy, producto de un pase televisivo que tuvo su repercusión por aquí, he podido reparar en lo que es seguro que provocó que pasara a ser un film de culto. Entrando en la conversación de cada uno de ellos (Wallace Shawn y André Gregory, que interpretan sus propios papeles), he podido constatar cómo representaban dos formas de pensar la vida, más “espiritual” el segundo, más “sensual” el primero, reflejando características que, como dice Malle, explosionaron en los años 60 y 70, y de las que la película no deja de ser su cierre, su despedida.
Tengo un libro de entrevistas de Philippe French con Louis Malle que he ido a consultar tras la visión del film (para eso están, sobre todo, este tipo de libros, para hacerse una idea cabal de lo visto, confrontando ideas con lo que ha pasado por tu cabeza durante la proyección). En el mismo, al margen de señalar una serie de cosas básicas, muy importantes sobre el film (como que partió de un guión de Shawn, con lo que el personaje de André estaba escrito por Wally..., o que insistió a ambos para que “actuasen”, interpretasen su correspondiente papel, como lo haría un actor) y de explicar con gran lujo de detalles toda la evolución del proyecto y de su realización, acaba Malle con esta frase, aproximadamente:
“(...) Encontré una mujer a la que conocía vagamente, esposa de un productor, que me dijo que había visto ‘My dinner with André”, y no cesaba de repetir que había encontrado el film maravilloso y después, en un momento dado, añadió: ‘he visto tu nombre y sé que has participado, que lo has realizado, pero qué has hecho, exactamente?’ Pensé que era el mejor elogio que podía hacerme. La mayoría de los espectadores, fuera de los que conocen un poco por dentro el cine, debieron creer que me contenté con colocar una cámara a un lado y otra en el otro lado, y que lo filmé todo en una tarde, mientras que los dos actores improvisaban. Llegar a dar esta impresión al espectador fue para mí un éxito enorme, que me complació muchísimo.”


 

lunes, 4 de enero de 2021

Kasaba






¿Cómo fueron los principios de Nuri Bilge Ceylan? Mubi nos da la respuesta a esa pregunta mediante la película que ha colgado hoy, Kasaba (El pueblo, 1997) en su plataforma.
Espléndida, se inicia con la jornada escolar, con los niños de una escuela rural haciendo esa proclama laica de amor a su país que instauró Ataturk y que ahora ha sustituido Erdogan.
El profesor, mientras los niños se desentumecen al calor de la estufa, mira melancólicamente a través de la ventana como nieva. Luego seguimos el recorrido de un par de niños a su casa por todo ese mundo rural.
Más adelante asistimos a las conversaciones de la familia junto a una hoguera, que nos descubren que ahí están todos los personajes y temas que aparecerán en sus películas posteriores: el joven que se enrola en el ejército para salir de una vez de su pueblo y en el instante en que se aleja por el camino es cuando empieza a valorar los olores, los sonidos de la vegetación, etc.; el otro que se ha refugiado en sus libros; el que ha huido a la ciudad y apenas si ha regresado de visita un par de veces; la nostalgia del padre con sus historias antiguas...
Aunque utiliza también bastante los planos secuencia y no dura las habituales tres horas, sino solo 85 minutos, tiene muchos más planos, diría, que en sus otras películas. Y, como siempre, un poder visual increíble.