viernes, 27 de septiembre de 2019

Amanecer

Solo he encontrado esta regular captura (y otra más pequeña en la que se ve más la locomotora) de esa impresionante -por su fuerza- escena inicial del film. Vista en la gran pantalla del Phenomena, en copia de total nitidez, no hay color...

No hay que desdeñar las ocasiones que se brinden de ver “Amanecer” (“Sunrise: A song of two humans”, F. W, Murnau, 1927), película de la modernidad, la puesta en escena y la emoción a raudales, en óptimas condiciones. Ayer Phenomena ofrecía una sesión -lo había hecho otra vez hace un mes- en esas condiciones...
El casi cartel publicitario de líneas marítimas. No he encontrado capturas de la llegada de la barca con veraneantes a la aldea.
En esta ocasión, además de admirarme de esos prodigios de transfiguración emocional del campo en la ciudad como centro de excitantes placeres y de la ciudad en el campo como remanso de paz y felicidad, además de -como viniera a decir también Eustache en su “La maman et la putain”- sufrir y gozar de los acusados contrastes entre la noche y el día, de tantas cosas que el film de Murnau (¡qué empobrecimiento el de la historia del cine sí de ella desapareciera este cineasta!), me he fijado sobre todo en las escenas de modernidad, de las que denotan, lejos del cartón piedra de la aldea, lo que “Amanecer” tuvo de reflejo de una época radiante, si bien es verdad que conduciéndose directamente hacia la hecatombe.
Nuestra pareja llegando a la sala de fiestas...
Así, bebí como nunca, una vez más, de todas las escenas que tienen a la plaza de esa ciudad repleta de tráfico como protagonista, pensando que tenía que repasar en “Los proverbios chinos de F. W. Murnau” lo que explica Luciano Berriatúa sobre de dónde salió, cómo obtuvo esa ciudad que, siendo norteamericana en sus elementos ocupantes (los coches, los policías, las otras personas, algún neón), tanto tiene de alemana o centroeuropea.
Y ya instalados para cenar tirando la casa por la ventana.
Pero, sobre todo, se me fueron los ojos en esas escenas iniciales de la estación y, poco después, de la mención al turismo y la llegada del barco repleto de turistas a la aldea ribereña, así como, ya traspasada su media parte, la vorágine del parque de atracciones y restaurante sala de fiestas. Intentaba asumir las impresiones no que me causaban hoy en día a mí como luminoso reflejo de una estética art decó, sino las que pudieron llegar a causar en los espectadores de su momento. La potencia de ese tren surgiendo en diagonal de uno de los múltiples estratos de la moderna y transparente estación (con una imagen similar a la obtenible desde una terraza superior de la actual Berlin Hauptbahnhof), la silueta de esa bañista recortándose sobre una playa con la estética de los sofisticados carteles turísticos de entonces e inmediatamente después esa otra mujer en el barco sobre la imagen de la iglesia y las tres casas de la aldea, el inacabable panorama de ocio de ese centro nocturno,...
La ciudad por la noche...
Sí Leopoldo Pomés decía que le gustaban las fotografías que no se le acababan, qué no podría decir de este “Amanecer”...
Y por el día.


jueves, 26 de septiembre de 2019

Krzysztof Kieslowski: l’m so so


Vas aplazando las cosas y al final casi te coge el toro. Este domingo acaba “Krzysztof Kieslowski: Emprentes de la memoria” en la sala de exposiciones de la Filmoteca y casi me la pierdo. Me habían hablado muy bien de sus fotografías de su época de Lodz (ya llegará) y del documental que sobre él pasaban en una salida anexa a la de exposiciones.
Como el documental (“Krzysztof Kieslowski: l’m so so”, de Krzysztof Wierzbicki, 1995 -con lo difícil que se hace eso de escribir Krzysztof, hay que ver la manía que tienen esos polacos como Kieslowski y otros de sus colaboradores de llamarse así-) dura casi una hora, a aguantar en una muy estoica banqueta sin respaldo, conviene ir preparado, pero yo diría que resulta imprescindible para quienes hayan gustado en algún momento del realizador.
Anoté en un momento de su metraje algo que luego vi que daba pie al enigmático título. Wierzbicki le pregunta por cómo se siente por el extranjero y él deja claro que como un extraño, tranquilizándose cuando vuelve (volvía...) a Polonia. Cuando habla de su relación con los norteamericanos, les afea sus exageraciones:
- Hablo con mi agente en Estados Unidos y la conversación se inicia así: ¿Cómo estás? -le pregunto.
- Extremely well
- No le basta con decirme “well”, no. Me tiene que decir que “extremely well”. En cambio yo ni siquiera estoy bien. Me siento lo que ellos definen como “so so”.

Fotografías de Kieslowski






A parte del documental, en la sala de exposiciones de la Filmoteca hay (solo hasta este domingo) más cosas alrededor de Kieslowski. Una son los carteles de sus películas. Salvo los de su trilogía se trata de ejemplos del cartelismo polaco al que, sin quitarle mérito artístico -y ésta es una discusión que ya he mantenido muchas veces por aquí con José Luis Márquez- yo siempre les pongo el pero a sus piezas de que me resultan totalmente ajenas a la película a la que en teoría quieren representar.
La otra cosa es una selección de las fotografías que el realizador polaco hizo cuando estuvo, en sus primeros tiempos, viviendo en Lodz. Y éstas si que me resultan muy interesantes. En blanco y negro, casi siempre invernales, me da la impresión de que, además de retratar una sociedad, delatan estar hechas por una persona con una mirada particular.
Mirando las fotos me encontré a Julio Lamaña, que parecía, recién aterrizado, querer ir asentándose.







 

miércoles, 25 de septiembre de 2019

La hermana de Jouve pasea en bicicleta por el Pont du Gard


Siguiendo el consejo de Sergio Sánchez, puesto que la imagen de Bernardette Lafont paseando en bicicleta por el Pont de Gard que encontraba por Internet no me acababa de convencer, ni corto ni perezoso me he ido a pasar “Les mistons” para hacer una captura de pantalla a mi satisfacción.

Conclusión: La escena debe ser de unos diez segundos. Para sacar las dos fotos que, sin ser del todo lo que buscaba, he acabado -por desesperación- sacando, habré visto la escena -más trozos de delante y detrás, porque el ajuste no es lo preciso que quisiera- en unas 17 ocasiones y hecho unas 43 capturas de pantalla, ninguna perfecta. En una la cabeza de Bernardette se escapaba por arriba, en otra las turistas que paseaban por el puente lateral quedaban demasiado lejos, en otra la bici quedaba tan torcida que parecía iba a caerse... Hasta he debido renunciar -después de unos nueve intentos- a captar justo el momento en que la cámara que recoge la vista del Pont du Gard está quieta: siempre pescaba la imagen con la panorámica ya iniciada.

En fin. Dejados esos problemitas al margen, decir que el recuerdo del cortometraje de Truffaut es de lo que más te acerca hoy en día a un monumento que ejerce como lo ejercen hoy en día los monumentos: como punto de atracción y explotación de la atracción. Recuerdo haber paseado casi casi como las turistas con las que se cruza la hermana de Jouve, pues sin ningún impedimento te podías acercar al acueducto.

Ahora debes dejar el coche en un enorme aparcamiento, caminar hasta un más enorme aún centro de recepción lleno de tiendas donde comprar la -cara- entrada y luego desplazarte un buen trecho por un camino hasta dar, entonces si, con el puente. Desde ese puente adosado se puede ver bien -pero no subirse como en el cortometraje, ni tocarlo- el acueducto, que conserva grafittis e inscripciones centenarias y a uno y otro lado los remansos del rio, que aprovecha la gente para pegarse un buen remojón.

martes, 24 de septiembre de 2019

Tess



De todo el ciclo Polanski de la Filmoteca, la película que más me apetecía volver a ver era “Tess” (1979). Esta tarde esperaban sus tres horas.

Mi vecino de dos o tres filas más adelante iba moviendo la cabeza al compás de la música (Philippe Sarde) de sus genéricos, en los que de vez en cuanto sonaba, aislado, un trombón. Acabados los genéricos, y con ellos la música orquestal, la caravana de gente que se ha ido viendo llegar por un camino estaban mucho más cerca y ya sólo se oían unos cuantos rudimentarios instrumentos de viento, como continuación de esos trombones que luchaban por hacerse oír antes. Corresponden a una limitada banda musical que precede a las que vienen, todo mujeres, sobre todo jovencitas, vestidas de blanco y con una corona de flores en la cabeza.

En la pantalla, discreta, aparece entonces una dedicatoria: “To Sharon”.

Por el camino llega entonces un hombre huesudo que dirías lleva dentro del cuerpo, de forma habitual, un buen porcentaje de alcohol. Se cruza con un reverendo a caballo por el que se entera de que su familia desciende de otra aristocrática del lugar, ya desaparecida. Entre esto y el baile a la hora bruja en el campo vecino de las muchachas de blanco con uno de los tres jóvenes ajenos a todo que pasaban por ahí, sin comerlo ni beberlo se nos plantean las bases de todo lo que vendrá después.

Pero más allá de su peripecia argumental (un folletín del renombrado Thomas Hardy que en la pantalla tiene la suerte de encontrarse con una guapísima Natassja Kinski), lo que verdaderamente me interesaría sería ver los modelos pictóricos que, sin duda, manejaron Polanski y su equipo para establecer unas cuantas escenas en esa enorme pantalla panorámica. Así, la siega con sus tonos dorados, la cacería entre la niebla, la recolección en el helado campo de remolachas (o lo que fueran), el trabajo junto a la trilladora o esa misma silueta en la playa invernal. Lamentablemente, aunque se diga eso de que “todo está en internet”, no ha habido forma de dar con esas imágenes para colgarlas por aquí.

jueves, 12 de septiembre de 2019

Madrid


Dos preguntas me voy haciendo durante la visión hoy del “Madrid”, de Basilio Martin Patino. Una primera es si tenía en su momento (1987), con sus imágenes desordenadas -que dice un personaje-, con su entonces inusual metacine, con su aspecto más televisivo que cinematográfico, alguna posibilidad de éxito. Una segunda es qué habría hecho hoy en día Patino si se hubiera o le hubieran propuesto una película con la misma ciudad de Madrid de protagonista.
En la película, un realizador alemán (el Rüdiger Vogler de Wenders) recorre en la actualidad (años 80) la ciudad confrontándola con la que resistió -el famoso “¡no pasarán!” de 1937- en una época que ya parece lejana y sólo permanece en las historias de los abuelos (Luis Ciges). Así, ante el acceso al templo de Nebod, para su coche, saca de una carpeta unas cuántas fotos del asalto al Cuartel de la Montaña y, con dificultades, se pregunta con qué ángulo, en qué preciso lugar, estarían sacadas.
Las preguntas, voy cogiendo experiencia en ello, son retóricas. La película fue un buen fracaso en su día (aunque ahora veo que ha alcanzado con el tiempo la cifra nada despreciable de 80.000 espectadores) y Patino no la puede hacer ahora, porque ya murió. Lo más parecido a lo que se enfrentó en sus últimos tiempos fue “Libre te quiero” (2012). Si en vez de esa hubiera intentado volver a atacar el tema, se habría encontrado con una ciudad de Madrid muchísimo más cambiada, ya sin huella alguna recuperable de todo ese pasado. Y con Luis Ciges también ya desaparecido.

martes, 10 de septiembre de 2019

Nathalie... Nathalie X

¡Pues no se encarnizaron ni nada las críticas con “Nathalie... Nathalie X” (Anne Fontaine, 2003, ahora en TV5Monde) en el momento de su estreno! Y, sin embargo, es una película poseedora de unos entramados que me resultan atractivos y ciertos detalles de realización que también. Ahora llego.
La grabé no muy convencido, porque su realizadora me suele resultar, cómo decirlo, muy convencional, pese a los detalles modernos que intenta introducir. Y lo hice porque estaba protagonizada por Fanny Ardant, Emmanuelle Béart y Gerard Depardieu.

La casi unánime posición crítica opuesta a la película puede resumirse en dos o tres grandes razones: una su previsibilidad, otra cierta artificialidad de su puesta en escena, una tercera su conclusión, digamos, favorable a un cierto orden establecido. Pero es licito preguntarse si ese desenlace no está, sotto voce, ya mostrado de forma evidente por la misma realización de la película. Por otra parte, alguna de esos elementos artificiosos me pregunto si no serán precisamente los que me la acercan a formas de gente como un Michel Deville, dicho eso a favor. Por último, ese final también puede llegar a interpretarse, paradójicamente, como un camino hacia una cierta libertad personal de actuación.
Los títulos de crédito me han hecho prestar más atención a la película que la que tenía prevista: resulta que tiene como coguionista a Jacques Fieschi, que ha ejercido como tal en películas de gente como Olivier Assayas, Benôit Jacquot o Claude Sautet. Es verdad que también de Nicole Garcia. Viendo ahora la película y teniendo reciente alguna de las últimas de Sautet en las que Fieschi ejerció como guionista, atas cabos y confirmas su enorme influencia. No en vano Depardieu dice en una de las primeras escenas sobre un personaje, afeándoselo, que, como el de “Un coeur en hiver”, “tiene miedo a una verdadera relación”.

He pescado también uno de esos raccords muy similar a los que frecuentemente hace Michel Deville, acelerando la transmisión entre causa y efecto, si bien es verdad que la relación con Deville -y aquí sin Jacques Fieschi por el medio- la encuentro mucho más evidente con la trama argumental de un “Le mouton enragé”, por ejemplo.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Édith Scob


Ha pegado un bajón tan grande “Les Inrockuptibles” que hasta debería plantearme no renovar su suscripción, aunque no creo que lo haga, por aquello de que la tengo desde que iniciaron sus números semanales y porque de vez en cuando surge algo de interés.
Pero si bien antes me solía interesar todo salvo lo dedicado a música (y aún, porque inicialmente escribían de música clásica, Brian Eno, jazz, bandas sonoras,...), ahora han dejado de llamarme la atención hasta sus páginas de cine, haciendo que sólo la de libros y algo la nueva de cuestiones sociales y políticas conserven para mí de tanto en tanto algún interés.
Tomemos por ejemplo el número 1231, de la primera semana de julio. Se te cae de las manos. Se anuncia como “Especial Series”, pero atendiendo a lo que contiene ves que habla de cosas que a la revista de los 90 le habría dado vergüenza tratar. O, peor aún, basta mirar la última página, dedicada hace mucho a recomendaciones (“best of”) y mirar cuáles son los cinco títulos de
actualidad que incluye, con las razones que dan para ello: no iría a ver ninguno de ellos.
¿Qué me ha resultado atractivo del número? Pues su recuerdo y homenaje a Édith Scob, la singular actriz francesa, con motivo de su fallecimiento: Incluye dos fotografías de dos películas en las que llevaba incorporada una máscara: “Les yeux sans visage” del gran Georges Franju, 1960 (de la que dice Jean-Marc Lannane que los trazos de su cara sólo aparecían escasos momentos, en los que su rostro se revelaba tan enigmático como la máscara que lo recubría, llegándose a confundir uno y otra entre sí) y “Holly Motors” de Leos Carax, 2012, donde, según también Lennane, el realizador pone en escena majestuosamente toda la memoria cinéfila de la actriz, colocándose al final de su jornada como chófer de limusina una máscara...y perdiéndose en la noche.




 

jueves, 22 de agosto de 2019

La huella del crimen: El Járabo



Eso de la edad comporta que te interesen las visiones de ciertas cosas que maldita la gracia que te hacían en su día. Por ejemplo, esos SEAT 1500 alargados de los que disponían unos cuantos los grises, la policía armada. Se ven en el inicio del primer capítulo de la serie de Pedro Costa Muste, “La huella del crimen”, que parece se vuelve a pasar por la segunda cadena de televisión.

Después de comer, para hacer la digestión, me he visto ese primer capítulo, “El Jarabo” (1985), que realizó Juan Antonio Bardem y que me ha sorprendido positivamente con cómo efectúa el enlace con su primer flashback. Luego los siguientes ya son más anodinos, pero vaya.

Me ha resultado, sobre todo, bien ambientados esos años 50 en los que figura suceder los hechos narrados, como siempre relato de un truculento y sonado crimen. José Sancho interpreta al protagonista, siempre de una (engorrosa) enorme vitalidad ocasionada por su consumo de drogas. En sus andanzas se mete en un cine en el que Bardem coloca un NO-DO muy bien escogido (con Don Claudio y señora saludando en la Granja al cuerpo diplomático, seguido de unos bailes folclóricos), pero también en Chicote, en un cortijo con bailaoras de los alrededores de Madrid, cercano a la base de Torrejón, o incluso por unas calles y tiendas de la ciudad que cuando se rodó la serie no habían variado de aspecto casi nada respecto a las de finales de los 50.

Bardem introduce a un impagable compañero suyo del PC -Antonio Gamero- en un pequeño papel como taxista, de la misma forma que en la comisaría hace aparecer a un comisario ajeno a la Brigada de Investigación Criminal, alguien más cercano a sus conocimientos (un animal de la Brigada Político y Social). Incluso se permite hacer una broma que igual no es broma y es totalmente cierto, señalándose como compañero de clase en el Colegio del Pilar (donde creo recordar que sí hizo su bachillerato) del propio Jarabo y de Martínez Bordiu, el yernísimo
Para culminar el majo ambiente de una época no dejándote entrar en nostalgias idiotas, por el final aparece también un sórdido garrote vil, funcionando.

lunes, 19 de agosto de 2019

Péril en la demeure

El matrimonio examina al posible profesor de guitarra de su atractiva hija.
Siento una cierta debilidad por los films de un realizador denostado por los de los Cahiers du Cinéma, Michel Deville, y “Péril en la demeure” (1985), que pasó anoche por TV5Monde, recuerdo que fue uno de los que alimentaron esa debilidad.
Las razones (de lo mío, quizás también de lo de los Cahiers) pueden encontrarse fácilmente en el dinámico inicio de la película. En pocos minutos ya tenemos el primer encuentro entre la pareja adúltera (Richard Bohringer y Nicole Garcia), bajo los acordes en el tocadiscos del loft de una música de piano, ante la aparente pasividad del marido de ella (Michel Piccoli), o la sorprendente conversación sobre el color del vello púbico con la misteriosa vecina coja.
Si me atraen las películas de Deville es en razón combinada -y ésta puede servir de ejemplo- tanto de sus tramas argumentales como por por su tipo de realización y montaje, siempre en busca de vivacidad.
Sus tramas suelen contener historias románticas bañadas de suspense o situaciones típicas del género policiaco. Con diálogos y escenas que casi pueden resultar paródicas.
En cuanto al aspecto visual de las películas, lo que para mí más destaca son sus movimientos de cámara y cambios de plano rápidos, servidos por un montaje que busca sorprender y acelerar. Los films de Deville, y todo el principio de éste puede demostrarlo, rebosan de transiciones inesperadas, apuntes finales de secuencia sorprendentes, como aquí todas esas miradas a una figura que está allá lejos, detrás de una ventana, también observando.
Por otra parte, en “Péril en la demeure”, el que el protagonista sea un músico permite acercarnos con naturalidad (aquí casi siempre de una forma diegética) hacia un tipo de música clásica vivaz, casi juguetona (aquí Brahms, Granados y Schubert), siempre muy utilizada por Deville.
No sé. Quizás llegue a cansar que en ella todo sea artificio, que todo se vea colocado en su sitio para lograr esos efectos de los que hablo, y que quitado eso deje sin fondo alguno a personajes e historia. A ver si la veo de nuevo hoy para sacar una idea clara, porque anoche, pasada la ilusión de sus juegos eróticos y de acabado iniciales, entré en un cierto sopor que no sé si fue producido porque la película ya no sabía cómo desarrollar lo planteado o por haberla visto en una hora ya demasiado tardía, con el cansancio de todo el día encima.
Y la madre de la futura alumna acude acto seguido al loft del futuro profesor. Bueno: ésta de la imagen es la segunda visita, tras una inicial ya prometedora.

domingo, 18 de agosto de 2019

Le quatrième mur


De la otra exposición del Caixaforum basada en obras de la colección de La Caixa ("Una certa foscor"), que tiene piezas de Brossa, Perejaume y otra gente, me gustaría destacar "Le quatrième mur" de Pol González Novell.

Se trata de un pequeño film (proyectado en gran pantalla) que habla de un film que quisiera hacer y no ha hecho. Puede que haya bastante de realidad en lo que se oye en esa voz en off, y que parta de las ayudas a la producción que se dan en un festival de ese singular hotel de Cerbere que aparece en el film, como esa pintura semiborrada de un bar -Le Rayon Verte- de la localidad, y una pintura en una de sus paredes, "El rapto de Europa", de Serov.

Todo de una sugerencia la mar de hipnótica.

sábado, 17 de agosto de 2019

Tirez sur le pianiste


Siempre está bien volver a ver, aprovechando por ejemplo que la pasaban en la Filmoteca, “Tirez sur le pianiste” (François Truffaut, 1960). Como largometraje inmediatamente posterior a “Les 400 coups” (1959), quedó muy lejos de las expectativas de un público que había acudido a ver en masa esta última y permaneció luego siempre bastante apartada, en un callejón secundario. Y, sin embargo...
Sin embargo “Tirez sur le pianiste” contiene, en mi opinión, unas cuantas de las escenas más bellas de toda la filmografía de Truffaut, junto a algún tour de force de puesta en escena, y todo ello al lado de chistes visuales (¡que se muera mi madre si..!), un final a lo cine negro americano, acciones bufas de unos gangsters de pacotilla y sabrosas canciones de taberna (ese magnífico “Framboise” que canta Boby Lapointe).
Vamos a mojarnos. Como escenas bellas donde las haya, que además entroncan con características básicas del cine de Truffaut, yo señalaría esas finales en que vemos a Marie Dubois corriendo, a través de las ramas de los árboles y deslizándose por la nieve de esa colina con paisaje invernal. Pero aún más esa otra que siempre rememoro: Edouard Saroyan (Charles Aznavour) ha recibido una confesión de su mujer Thérèse (Nicole Berger). Se dice que debe reaccionar de una determinada manera, pero lo hace de una absolutamente contraria. Cuando se da cuenta que ha cometido un terrible error corre a subsanarlo, pero ya es demasiado tarde.
Los tours de force de puesta en escena yo los situaría, sobre todo, en esa escena de la prueba de piano en off de Edouard Saroyan, tras cruzarse con una chica que ha hecho lo mismo con su piano, enlazando en un vertiginoso racord con su éxito como pianista y su cambio de vida consecuente, así como en ese par de largos travellings en los que la cámara sigue en su paseo nocturno a la pareja formada por Lena (Marie Dubois) y Charlie (Charles Aznavour), él escuchando a su voz interior, pero sin acabar de dar rienda suelta a sus intenciones. En el primero de ellos nos podemos fijar en esa clarísima sombra de la cámara que ha rodado la escena. Y podemos empezar a elucubrar y discutir si, aunque quizás surgiera de un error inicial, Truffaut la dejó ahí en un insospechado avance de varias décadas a ese metacine producto de un director que quiere dejar constancia de su presencia como hacedor de la ficción.
Siempre, suelo decir, sacas algo nuevo de una visión de una película que creías tener muy presente. En esta ocasión ha sido ver cómo el personaje de Aznavour, triste de por sí, se encuentra en su vida con una mujer que tiene dentro de sí aún más tristeza y que dice cosas como que “cuando empieza una noche, ya no puede pararse”.
Una última observación: “Tirez sur le pianiste” confirma ese hecho tan presente en las películas de Truffaut: lo cerca que tiene la felicidad la desgracia más profunda.

jueves, 15 de agosto de 2019

Érase una vez en Hollywood


La intención era ir a media tarde al Phenomena. Aunque no había querido enterarme previamente de nada de la película me llegó que era un homenaje al Hollywood de su mejor época (aunque luego resulte que no sea eso) y pensaba que podíamos emular en esa sala una sesión de esas de verano con película de moda en cine moderno años 70 como, por ejemplo, el Iluro de Mataró.
No encontraba el horario de esa sesión, apareciendo sólo la de sobremesa y la nocturna, hasta que por fin descubrimos que era porque, como en los mejores tiempos el día de estreno, estaban agotadas todas las localidades. Así las cosas, decidimos ir, con mucha antelación, al Boliche, que no es ni mucho menos lo mismo, por mucho que conserve en la puerta de acceso los bolos que hacían de reclamo de la original bolera, pero nada más. Nada de nada de eso ni de la pista de Scalextric que le sucedió en el tiempo.
Yo iba a ver, realmente, toda una película como esos magníficos títulos de crédito iniciales, tras la entrevista televisiva en blanco y negro, con su Jumbo de la Pan Am con ese piso superior que tanto entusiasma a Alejandro Sales, con sus dinámicas músicas y sus maletas de colores. Y no es que después no haya escenas de esas, como la de la foto que cuelgo, pero están muy aisladas, dentro de otra cosa.
¿Y qué es esa otra cosa? Pues la fábula del cowboy ya roto, que eso no está mal de ser visto una y otra vez, pero también todo eso que hace de Tarantino un descerebrado seguidor del cine más infecto y un realizador que despierta pasiones cuando se adentra casi en el gore, manipula a consciencia o hace ver que la línea entre la genialidad y la demencia está en ocasiones bastante difusa.

lunes, 12 de agosto de 2019

Rojo


Ayer ya pasó la segunda sesión de “Rojo” (1994), en una sala Chomón de la Filmoteca a rebosar, y con ella se despidió el ciclo Kieslowski, que ha ido manteniéndose todo este verano. Como ya se había ido adquiriendo una cierta familiaridad con sus tramas, personajes y preocupaciones, sabe mal despedirse, en pleno agosto falto de propuestas, de ese lugar donde asirse.
Quizás haya sido la pieza de la trilogía “Tres colores” que más me ha satisfecho ahora, cuando en su día me hizo arrugar la nariz por el asomo del exceso en ella. Es curioso que no fuera entonces en el seguimiento de la partitura mientras suena en “Azul” la “Canción para la Unificación de Europa” a todo volumen, sino en esa tontería de infografia de antes de los títulos de crédito, con la que la cámara hace como si siguiera de forma veloz una llamada telefónica por el cable -incluido cable submarino- por el que circula. La escena me sigue pareciendo horrible, pero habremos de convenir en que, al margen de esto, la película no tiene otras salidas de tono.
Hay ocasión en ella para saludar y esbozar una sonrisa cuando aparecen viejos conocidos, con los guiños de la vieja que no alcanza a depositar la botella de vidrio en el contenedor, la cita a Van den Budermayer en la tienda de discos o no digamos esos cameos finales de los actores -y personajes- de los dos capítulos anteriores de la trilogía. Pero si algo va circulando y convenciendo, seguramente sea toda esa coreografía de historias entrecruzándose alrededor de ese magnífico Jean-Louis Trintignant, que parece, entre demiurgo y adivino, organizar unas vidas a las que también tiene acceso, con su inocencia, ese otro centro del film, Irene Jacob.
Es pensando en eso cuando caes en la cuenta de que los demiurgos son Kieslowski y Piesiewicz, los auténticos fabuladores que han ido creando todo ese mundo que ha desfilado ante los ojos y las mentes de unos espectadores ya no acostumbrados a ser abordados de esa manera.
En su día, en un tiempo mucho más proclive, aunque cueste apreciarlo, a la pulsión política, las películas de Kieslowski y Piesiewicz cautivaron al público de cine de autor, pese a las múltiples advertencias críticas (que ahora la verdad es que encuentro desatinadas, posiblemente cegadas por tratarse de polacos católicos) de estar ante propuestas reaccionarias. Ahora, tras ver precisamente “Rojo”, que se puede leer como cierre de algo para pasar a otra cosa, a mi me queda la duda de hacia donde nos habrían llevado el cineasta y su amigo guionista. La muerte del realizador tras haber finalizado la trilogía nos deja sin resolver la incógnita.

domingo, 11 de agosto de 2019

Jordá en Materiales por derribo

La portada del número 2 de la revista.
Se me había pasado por alto la aparición de esta revista de cine con forma de libro, “Materiales por derribo”. Ésta es el número 2, de abril 2019, y el primer número lleva por fecha diciembre 2018. Son textos que suelen tratar de temas alejados de la rabiosa actualidad cinematográfica, si es que eso sigue existiendo.
He pescado este número en el vestíbulo de los cines Méliès, y me lo he llevado para casa. El primer artículo que he leído, de un sopetón, es el que Javier Maqua dedica a Joaquín Jordá, que está muy bien y además aporta alguna información que me ha parecido muy interesante. Me da la impresión que puede tratarse de algo escrito por Maqua con motivo de la muerte de Jordá, con alguna anotación más reciente, que figura entre paréntesis.
“Númax presenta”: Joaquín Jordá recogiendo las respuestas a su “¿y ahora qué? que ha lanzado a los trabajadores de la fábrica durante la fiesta despedida de la experiencia autogestionaria.
Me gusta especialmente cómo ha visto el final (y toda ella) de una película como “Numax, presenta”, en el que Joaquim Jordá bailaba con los trabajadores que habían llevado la ocupación y autogestión de una fábrica durante dos años cuando sus patronos la iban a dejar morir: “Un réquiem, celebración de un final, de la muerte de un sueño, quizás de una época, la de la Transición. Un documento emocionante y reflexivo, el único que conozco, de las luchas obreras de aquellos tiempos”. O me gusta como habla de “El encargo del cazador”: “En cierta manera, el certificado de defunción de la Escuela de Barcelona y la ‘gauche divine’. Otro réquiem.” O la mirada con la que recorre la vida y las películas de Jordá.
Jordá no haciendo ascos a un canutillo que le pasa en la fiesta una trabajadora.
En cuanto a informaciones de primera mano, una anécdota muy curiosa, que no conocía: “Ideó un seudónimo, Lord Douglas, que usamos a dos manos, para escribir crónicas deportivas en el efímero diario Liberación, donde su antiguo compañero de la EOC, Manolo Revuelta, se las veía y deseaba para defenderlas ante los encargados de esas páginas”. O lo que explica de que prepararon en quince días (Maqua la parte científica y Jordá el resto) una primera versión del guión de “Monos como Becky”, del que después Pérez Giner hizo abjurar a Maqua.
En la jarana final.

Echa muy buena pinta esta revista, que parece editada por David Pérez Merinero. A ver los otros artículos. En cualquier caso, ahora que ya no se hacen cosas de éstas, casi seguro que volveré para buscar y poder leer también el número previo. Espero que no llegue tarde y la revista tenga continuidad.
El bailoteo. Jordá es el de camisa azul que evoluciona por el final.

sábado, 10 de agosto de 2019

Terrícoles


Grabo por norma todos los “Terricoles” de Betevé. Una rareza dentro de la televisión actual. Durante casi media hora un periodista entrevista, sin cortes, sin público, sin más música que la tonadilla que avisa estamos en el último minuto del programa y que hay que ir acabando.
Este verano, a falta de otro material, estoy haciendo un buen vaciado de las entrevistas grabadas y acumuladas. De la mayoría, confieso, veo unos pocos minutos para eliminarlas a continuación, pasando a otra, porque no me interesa el personaje entrevistado o el tema del que se habla. Con el tiempo ya has escogido a tus entrevistadores preferidos, que consideras fiables, y vas viendo que son sus entrevistas las que más posibilidades tienen de ser oídas hasta el final.
Ahora he descubierto una nueva entrevistadora, muy seria, que leo -¡sonaba extraño en una periodista tal grado de conocimientos!- es profesora de la UB. Se trata de Begoña Román, y le he oído ya toda una baratería de entrevistas sobre variados temas filosóficos. Soy un completo lego en la cuestión, con lo que entiendo de la misa la mitad, pero me quedo satisfactoriamente embobado, con la boca abierta, intentando seguir ese apasionante partido de tenis en el que ella solo deja verse muy de tanto en tanto mostrando un camino al invitado, al que deja expresarse en plenitud.
Los programas suelen poderse ver un tiempo en la web de la emisora. Ahora, por ejemplo, está visible éste en el que entrevista a un matemático, Joost Joosten, que da clases de Lógica en la Facultad de Filosofía, y que acabo de revisar ahora. Si alguien quiere entrar a verlo y oírlo, este es su enlace: