miércoles, 17 de octubre de 2018

domingo, 14 de octubre de 2018

La dama de Musashino

Los modernos
Después de tantos Mizoguchis ambientados en el s.XIX o hasta mucho antes, el gran aliciente de “La Dama de Musashino” (1951) era ver cómo se desenvolvía en un film de ambiente contemporáneo. Su visión sacia con creces la curiosidad. La casa japonesa sigue siendo la casa japonesa, el amor por el bosque y los paseos junto al agua siguen ahí, el respeto por la tradición y el honor se mantienen en la trama hasta el punto que dirías se le ha ido un poco la mano y todo, pero ciertas novedades aparecen.
En confrontación con los usos tradicionales.
Esas novedades surgen por el lado de una nueva sociedad tras la II Guerra Mundial, representada en la película por esos jóvenes que acuden a un local que lleva nada menos que el nombre de “La vie est belle”, ponen música en un tocadiscos y parece que irradien su ruptura hasta agrietar de forma notable la moralidad de los mayores. Aunque ese ridículo profesor especialista en Stendhal o ese fabricante de munición, ambos dejando abandonadas a sus mujeres de forma notoria, no parecen haberse regido nunca por una rígida moral.
El regreso del soldado.
Que Mizoguchi no está de parte de los libertinos queda claro desde el principio, pero a nosotros (o al menos a mí) lo que nos interesa es cómo nos presenta esas constantes (la casa -aquí con una majestuosa grúa dándole servicio-, las caminatas por el bosque y la orilla del río y lago, el mantenimiento de la palabra, el amor a la familia y a la tierra ancestral de la familia), que enmarca en unas composiciones de cuadro perfectas, cómo hace uso de ciertas imágenes míticas (el soldado que regresa años después de la guerra a su casa) y, en definitiva, cómo hace para atraparte y que sigas teniendo ganas de ver otra película suya, trate de lo que trate.
Los paseos junto al agua.


Y el agua que fluye

sábado, 13 de octubre de 2018

Cold war


"Cold war" (Pawel Pawlikowski, 2018), que sí, me ha convencido. Como a esta hora se habrá dicho de todo sobre ella, sólo unas notas sobre cómo funciona, según me he cuestionado y explicado a mí mismo cuando llevaba una media hora de vibrante recorrido.

He pensado entonces que funcionaba, básicamente, a base de cortes y sus consiguientes elipsis. Unos cortes las más de las veces acentuados por la brusca irrupción de música, si no de danza. Dinámica en un principio, melancólica y llena de sentimiento jazzístico en una segunda etapa (esa de la buhardilla estilo "El séptimo cielo"), imposible por extraña hasta desaparecer por completo por el final.

Una película para ver y animar a ver. Si dura en los cines, que debería hacerlo, sería -me digo- una buena señal.

viernes, 12 de octubre de 2018

En tránsito


Parece hecho ex-profeso. Una película anterior de Christian Petzold era "Phoenix". En "En transito" (2018, ahora ya en Filmin) el actor protagonista se parece de mala manera a Joachin Phoenix. Se parece, pero además su actuación, siempre indeciso, gozando del azar inesperado, lo recuerda bastante.
Película especial, conducida su narración sobre todo de detalle (nunca pensamientos a largo plazo) por una voz en off que hasta al final no se sabrá de forma fehaciente si pertenece o no a quien suponemos, tras una primera parte que no me ha colmado, cuando me planteaba si dejar de verla para pasar a otras cosas que me reclamaban, de repente, ha empezado a incrementar fuertemente su atractivo.
Por el procedimiento de la algo desconcertante voz en off del narrador me ha recordado nada menos que a la genial "Une simple histoire" de Marcel Hanoun, pero aporta también cantidad de referencias cinematográficas y literarias, con gente huida y confinada, en espera de barco con el que huir, en Marsella. De hecho, es una adaptación del "Transit" de Anna Seghers, que ella escribió basado en su propia experiencia en la ciudad de Marsella hasta que en 1941 zarpó su barco hacia México, con la particularidad que en la película, si bien los nazis se van acercando a la ciudad, todo está ambientado en la actualidad.
Marsella haciendo el papel de una cierta Casablanca, Paula Beer con un papel de mujer realmente interesante, un café -el Mont Ventoux- clave para encuentros y desencuentros,... Diría que bien merece verse, esperando, desde luego, a que todo vaya cuajando en su segunda parte.

El intendente Sansho

El intendente Sansho, junto al mar. Anoche veía en la Filmoteca, asombrado, ese final en el que se condensa toda la desesperación, la tristeza destilada por los personajes de “El intendente Sansho” (Kenji Mizoguchi, 1954) ante tanta desgracia vivida. Poco antes, desde la butaca, me abstraí por un momento de la trama del film. Vi las siluetas de los espectadores de las filas delanteras recortadas sobre la pantalla. En ella, un personaje, nombrado inesperadamente gobernador, explicaba sus razones a otro personaje. Dos imágenes en blanco y negro, dibujadas en un mar de grises, en una composición de interior perfecta.
Ya antes, de tanto en tanto, cada una de las escenas que se desarrollan junto al mar, de una belleza increíble, me iban confirmando que nos encontrábamos ante un auténtico monumento.
Cabe la posibilidad de que todo esto me hiciera olvidar que poco antes, ante otro tipo de escenas, me sorprendías también algo distanciado de lo que iba sucediendo en la pantalla, constatando que ya no veía y vivía “El intendente Sansho”, o bien otras películas de Mizoguchi, con la sensación de plenitud con la que lo hacía.
¿Habré perdido esa pasión por descubrir en el cine lo que me había llegado a imaginar de perfección absoluta leyendo en revistas y libros frases ditirámbicas, a fuerza de ver en ellos fotografías que te hacían pensar en una película construida en tu cabeza idealmente? ¿Será un cierto distanciamiento, con la edad, ante los valores considerados seguros?
No sé. El que sí sé es que me voy descubriendo, especialmente ante Mizoguchi, voluble total. Tan pronto me quedo maravillado globalmente por una película suya (“Historia de los crisantemos tardíos”) como veo que se me hace inacabable otra suya que me había en su día entusiasmado (“Oharu, mujer galante”). Quizás sea sólo producto del momento, del calor, del bienestar físico o mental con el que te afrontas a la película, y la valoración seguramente bajará o subirá según mi estado durante la próxima visión.
Mientras tanto, a ver si recuerdo de “El intendente Sansho”, por ejemplo, sus cinco o seis escenas junto al mar. Escenas, ya lo he escrito, de una belleza que te hace sublimar la película entera.








jueves, 11 de octubre de 2018

Guitry de toujours. Guitry pour toujours


El segundo documental de anteayer en TV5Monde era mucho más tradicional, sin florituras (y, en esta ocasión, eso era una ventaja), que el de Prévert. Tampoco es que fuera de los buenos, pero iba informando, a su manera, de su personaje, un personaje del que me gustaría ver, por ejemplo, un ciclo completo de sus películas en las Filmoteca: Sacha Guitry.
El doc, “Guitry de toujours, Guitry pour toujours” (Jacques Pessic, 2018). Muy para televisión, en él una serie de personas allegadas, entre reportajes con sus imágenes y su voz, recorren su actividad, dan cuenta de sus múltiples matrimonios con actrices mucho más jóvenes que él y pasan, defendiéndolo, por las acusaciones de colabo que le hicieron tras la guerra.

miércoles, 10 de octubre de 2018

Prévert, paroles inattendues


Ayer feliz noche de documentales actuales en TV5Monde, iniciándose con un programa dedicado a Jacques Prévert. Hecho de una forma que a mí no me place especialmente, sino todo lo contrario, "Prévert, paroles inattendues" (Pierre Béziat, 2017) contiene, eso sí, trazos biográficos, fotografías, grabaciones del escritor, escenas de películas que dialogó, trozos de sus canciones o sus ambientes parisinos (Jardín de las Tullerias, el Sena, la Place Saint Suplice) que lo hacen, en cualquier caso, creo yo, interesante.

martes, 9 de octubre de 2018

Rembrandt

Hacía mucho tiempo que -salvo en el caso de algún festival- no iba a una sesión matinal en un cine. Lo he hecho hoy yendo a una sala sorprendentemente muy llena del Verdi, que se ha sacado de la manga sus “Martes Culturales”, proyectando periódicamente largometrajes sobre artistas. Por ahí pasarán documentales sobre Caravaggio, Matisse, Bernini o unos cuantos más.
Si siguen la pauta del de hoy (“Rembrandt, de la National Gallery, Londres y el Rijksmuseum, Amsterdam”, Kat Mansoor, 2014), vas a ver el documental, claro está, por el pintor o escultor, nunca por quien dirige el documental, que apenas aparece, pero podría, desde luego, llegar a acabar con el interés más superlativo por el pintor más grandioso.
No es el caso del de hoy, que se sigue sin sobresaltos autorales de ningún tipo, permitiendo disfrutar de -sobre todo- los cuadros del último periodo de Rembrandt y opiniones e informes sobre ellos impartidos por gente de nivel, versada en el tema.
Se rodó para apoyar la exposición “Rembrandt. The late works”, que tuvo lugar en la National Gallery londinense, recogiendo muchos cuadros del Rijksmuseum en remodelación. Como dice uno de los comentaristas, cuadros de la última época del pintor, cuando ya no estaba preocupado por entender y hacer suyos aspectos de otros pintores, sino que contaba únicamente con la aplicación de su experiencia para hacer lo que quería. Con tan extraordinarios resultados...




sábado, 6 de octubre de 2018

Historia de los crisantemos tardíos


Me quedo con el título de “Historia de los crisantemos tardíos” frente al de “Historia del último crisantemo” por sonar más hermoso (aunque no sé muy bien del todo la relación que puedan tener uno u otro con la película) para la de Mizoguchi vista ayer en la Filmoteca. No es de los años cincuenta, incluso es anterior a “Utamaru y sus cinco mujeres”.
Es, concretamente, de 1939, y cuenta una historia en el ambiente de las familias teatrales del Japón del s. XIX. Pues bien: me ha convencido por su tono en su totalidad. No sería capaz de destacar especialmente escenas por su planificación específica. Es la solidez del planteamiento de este melodrama intenso el que llega. Quizás sí pequeñas cosas como ese padre que grita a su hijo un enérgico ¡Vete! en off, fuera por completo del marco de la imagen. O como que cuando vienen mal dadas en la vida de la pareja, arranca a llover.
Pero sobre todo son cosas generales las que te reclaman y te mantienen esos 240 minutos que, y no suele ser muy habitual, veo muy favorablemente: Una menor duración habría precipitado las cosas haciéndolas entonces ridículas, mientras que aquí van sucediendo a su ritmo, imprimido quizás por ese personaje protagónico tan apático, siempre desplazado. ¿Qué cosas genéricas, pues? Su valoración de los espacios, sus silencios, su -indescifrable- canto y son rítmico de fondo típico del teatro japonés -que va punteando todas las secuencias-, su magnífica composición de encuadre, que coloca de forma perfecta a los personajes.

viernes, 5 de octubre de 2018

Taste of cement


Como me pidieron presentar “Taste of cement” (Ziad Kalthoum) en la sesión de hoy de la Semana del Cineclubisme que está teniendo lugar en la Filmoteca, podría contar algo de lo que he dicho, mezclado con lo que hemos hablado a su finalización unos pocos. Pero le doy algunas vueltas.
Tenia miedo que desertase parte de la parroquia reunida, porque es de esos largometrajes que requieren una cierta paciencia: Los encargados de los subtítulos han debido trabajar muy poco, porque son escasas las apariciones de una voz en off que da la nota personal del documental y que centra en un contexto general, tabulado, lo que vemos. Para compensar, la banda sonora, con ruidos ambientales de tanto en tanto ligeramente manipulados para que ofrezcan un sonido de fondo como espectral, es prácticamente continua, con algún silencio que prolonga la sensación. Por último, unas cuantas imágenes subyugantes, tanto del rascacielos de Beirut en el que trabajan unos cuantos refugiados sirios como las recogidas desde un carro de combate en medio de las calles de una ciudad destruida, pueden colaborar a ese manto envolvente que, salvo rechazo visceral, puede acabar conquistando a la audiencia.
Film político que es también film de arte, film global sobre la guerra, la opresión laboral y social que es también un film personal, “Taste of cement” es un film construido sobre continuas dualidades, entre las cuales una básica que forma un ciclo continuo, aparentemente sin fin: construir, destruir. Y vuelta a empezar.
Está en el catálogo de Filmin, pero como se verá por varios cineclubs catalanes, yo le daría una oportunidad en alguno de ellos que la programe. Es de esas películas a ver en pantalla grande. Y con buen equipo sonoro.

Utamaru y sus cinco mujeres


A mí me valen por toda “Utamaru y sus cinco mujeres” (Kenji Mizoguchi, 1946, vista ayer en la Filmoteca) ese final que seguramente fue la idea motor de toda la película y dos escenas muy similares. En ambas una mujer -como siempre en Mizoguchi una cortesana- desesperada, ha comprendido que ha perdido en la contienda amorosa a su amado, pues éste ha preferido a otra, y se retira, hundida, silenciosa. La cámara la sigue en ambos casos -el segundo junto a un curso de agua- mediante un travelling lateral, que profundiza la idea de su retirada hacia la miseria anímica, la nada.
En esta ocasión he comprendido el papel que juegan la mayoría de escenas de ésta y otras películas suyas, compuestas con personajes lineales bastante bufos, exagerados, parlanchines, que hacen avanzar el conocimiento de los acontecimientos mediante sus gestos y, sobre todo, atolondrados diálogos. Me he dicho que se trataría de un aprovechamiento de una tradición teatral para hacer llegar la historia a los espectadores. Pero, dicho esto, pese a ello, lanzo la herejía: Nunca llegaré a hablar de obra maestra ante una película tan admirada como ésta, por más que entienda y coordine con su mensaje: Me sobran todos esos “japoneses nerviosos”, como los definía anteriormente. Yo estaba -y estoy- con los Mizoguchi de japoneses serenos.
En el corrillo posterior con buenos amigos aficionados al cine que han salido nuevamente admirados de la visión de la película, para defender las limitaciones de mi entusiasmo, me ha surgido el nombre de Satyajit Ray, del que se pasaba en la otra sala su “Salón de música”. Pensando en su “Trilogía de Apu” les he argumentado que Ray dice cosas similares en contenido e importancia a Mizoguchi (en el fondo no será cómo la vida hace al pintor, pero sí al posterior escritor, también artista), pero no precisa para ello de toda esa tropa de ruidosos y gesticulantes personajes. Como en las dos escenas mencionadas, sus imágenes y planificación penetran y hacen entenderlo todo a sus espectadores.

miércoles, 3 de octubre de 2018

“Miquel Porter Moix, la república de la llibertat i el bon humor” en los premios Nunes


Empecé el relato de lo visto ayer en la Filmoteca por el final, por esa película India sobre viejos cines ambulantes que, sin ser una gran película, me atrajo tanto, presentada por el presidente del Cineclub Amics del Cinema de les Valls de Ribes, anunciando un nuevo año del esforzado festival Gollut. Pero antes, a última hora de la tarde, también hubo otra sesión ligada con los cine-clubs. Se inauguraba la Setmana del Cineclubisme, la Federación Catalana de Cineclubs entregaba los premios Nunes y se estrenaba un documental sobre Miquel Porter Moix.
Los premios José María Nunes, consistentes en una botella de vino, por aquello de recordar “Noche de vino tinto”, se desglosan, como la Santísima Trinidad, en tres:
El premio a una persona o entidad especialmente favorable al hecho cineclubista se otorgó al Festival L’Alternativa, que tiene los motores de su próxima edición ya más que calentados. Justificando de pleno el acierto del premio, una de sus directoras, Cristina Jaume, que lo recogió, definió al festival por su espíritu de cine-club muy gordo. Este año, jurados del mundo cineclubista de todo el mundo, volverán a discernir entre sus películas a concurso y entregar en él un nuevo Premio Quijote.

El premio al hecho destacado cineclubista fue a parar al Cineclub Dioptria de Figueres, por todo lo organizado en la localidad alrededor de “El médico de Lampedusa”. Al cineclub fueron destinadas las programaciones gratis que Avalon ofrecía para completar el premio, pero Xavier Cairó se apresuró a explicar que el vino de la botella se lo tenían que repartir por un amplio grupo de instituciones (la Cate, la Biblioteca y Figueres a Escena), pues entre todos, cada uno en su especialidad, colaboraron en dar su visión al tema.

Por último, el premio al mejor film catalán del año, votado por los Cineclubs federados, fue a caer a Estiu 93. Con tanto premio ya recibido por la película, su autora no sé si tendrá aún espacio en la estantería para la botella de vino tinto.

Pero el festorro no acabó ahí, ya que la sesión concluyó con la primera visión del documental “Miquel Porter Moix, la república de la llibertat i el bon humor”, que producida por Paco Poch para TV3, tiene la intención de iniciar una serie, de poco presupuesto pero de calidad, sobre diferentes “homenots” de la cultura de por aquí.
Anastasi Rinos, que ha ejercido de director en un largo proceso de todo un año, presentó un documental que al iniciarse se veía que, no sé sin con menor presupuesto que la media o no, pero con mucho trabajo de producción, alcanzaba el nivel típico al que nos tenía acostumbrados TV3. Una nieta de Porter Moix, Manuela Porter, hace muy bien de hilo conductor entre los diferentes invitados a hablar de las diferentes facetas que tocó el homenajeado. Me ha gustado especialmente el momento en que los pasos de MPM por el patio de la Universidad se convierten en los de Manuela, logrando por un momento una ligera y sana confusión en el espectador.

Fueron tantas las teclas tocadas por Porter, y correspondientemente tantos los invitados (la mayoría muy populares), que lamentablemente les toca a cada uno de ellos una dosis homeopática de argumentación. De todos (excepto de uno que me toca muy de cerca, que no ofreció o del que no han dejado una frase coherente entera) obtiene Rinos una sentencia definitoria cerrada, una frase titular bien rotunda, así como la imagen de los rostros de los demás de los tríos en que se van presentando asistiendo complacidos. Por el final, supongo que para completar con “la nota humana”, Rinos ya dedica más tiempo a la numerosa familia directa, a los que les corresponden varias rondas... hasta llegar al recuerdo de sus días finales.

Se harán un par de pases más y después la incluirá la televisión pública catalana en su programación.

The cinema travellers

La cabina de cine que aparece funcionando inicialmente. Luego, cuando ha llegado el digital, la película presenta una extraordinaria imagen: donde antes se apilaban varias personas intentando luchar contra las incidencias, ahora sólo está el encargado del nuevo proyector, la sala toda vacía, él sentado en un extremo, inactivo.
Si mirar las llamas de un fuego hipnotiza y se dice que provoca luego extraños sueños, la sensación de ver en acción cómo casi entran en contacto dos carbonos de un proyector de cine y salta un arco de luz entre ambos es doblemente hipnótica, al menos para quien se haya pasado mucho tiempo trajinando, por muy manazas que sea, por una antigua cabina de cine.
Precisamente con esa visión empieza “The cinema travellers” (Shirley Abraham y Amit Madhesiya, 2016), con la peculiaridad de que el proyector que pone en marcha su haz luminoso forma parte de una tronadísima -cabina de proyección improvisada en una feria de la India.

Era la película escogida por los organizadores del Festival Gollut, un festival internacional de cine y otras hierbas originariamente de Ribas de Freser, el pueblo de los Pirineos de 1700 habitantes que ha rescatado, vía el Cineclub dels amics del cinema de la Vall de Ribes (cuyo presidente, Joaquim Roqué, presentaba la sesión) su más que centenario cine. Un festival que se ha extendido últimamente por cantidad de otras poblaciones. Hasta marea pensar en el trabajo que debe haber atrás de todas las actividades que han llegado a organizar y presentarán este año del 12 de octubre al 3 de noviembre, incluido un homenaje al fotoreportero Quim Manresa.
En pocas ocasiones se tiene oportunidad de ver por estos pagos cómo son de multitudinarias las ferias populares de los pueblos indios. En esta película es asombroso ver las norias y otras atracciones que montan y, entre ellas, parece que siempre consta una carpa para proyectar en ella cine. Un alud humano se apiña al principio en la informe cola para entrar, previo pago de unas cuantas rupias (céntimos de euros) a ese rústico entoldado, levantado a pulso por los feriantes y espontáneas ayudas adicionales.
La imagen que sirve para el cartel de la película es una foto fija, no un fotograma en movimiento del film.
La sorpresa está en ver por dentro la cabina de proyección, los ajustes a golpe de martillo que se hacen en las piezas del arcaico proyector, los tratamientos que sufren las bobinas de películas y éstas mismas o, sobre todo, el más que oxidado camión que lleva la ilusión de uno a otro pueblo. Todo eso se ve en esta película, además del reciente proceso de cambio del celuloide a la proyección digital, la muerte por obsolescencia de todo un mundo que había extendido ampliamente sus mecanismos.
Me ha conquistado la dignidad de un hombre ya mayor, Prakrash, aristócrata en el cuchitril donde residía su empresa de reparación de proyectores de cine, orgulloso de su invento, un proyector “infalible” que eliminaba las penosas cargas que debían soportar los proyeccionistas, pero que ve cómo ya nunca venderá esa maravilla que ha creado, y cómo los propios proyectores de celuloide dejan de llegar a su taller, que antes quedaba sepultado, saturado por los que llegaban desde todas las partes del mundo para ser reparados.
Joaquim Roqué, presentando la edición del Gollut de este año, todo un cajón de sastre.
Presenta un par de defectos, en mi opinión, este “The cinema travellers”, cuya comprensión también se hace difícil en determinados momentos, entre tanto follón expuesto. Uno es que una cierta concentración le habría beneficiado. El otro es que, supongo que por la propia oscuridad lograda durante las proyecciones nocturnas bajo la carpa, no han debido obtener imágenes rescatables de la mirada fascinada del público hacia la pantalla, y obtan entonces por pasar una sucesión de fotos fijas, algo edulcoradas. Pero lo que está claro es que, a ojos de un espectador occidental, la visión de todo ese mundo de las proyecciones cinematográficas ambulantes e incluso de ese increíble universo que sigue siendo la India, es de las que quedan.

martes, 2 de octubre de 2018

First reformed

Pues sí. Yo también he ido a ver “El reverendo” (“First reformed”, 2017) y estoy de acuerdo en que renueva el interés por las películas de Paul Schrader, en que tiene una media hora final que parece irse hacia otro tipo de cine y en que con su plano final recupera del todo el pulso.
Sin desvelar apenas nada de la trama: Nada más arrancar me parecen magistrales, desde su cuidadosa escritura de diario, esos flashes para que veamos (unos segundos, pero largos, no la cosa nerviosa que estila el efectista cine americano actual) y nos hagamos idea de los cuatro gatos que acuden a su iglesia o la áspera soledad que ofrece ese inserto de su habitación, con una cama en perfecto estado de revista... y luego deshecha a medianoche, por insomnio.
La vimos en el Boliche. No están adheridos a eso de la semana del cine o como se llame, pero por solidaridad dan la entrada por sólo 4,5 euros.




lunes, 1 de octubre de 2018

Play

Hará unos treinta años hicimos el recorrido nocturno ferroviario Estocolmo-Copenhague. Fuimos a coger tarde los billetes y ya no había en coche-cama. Como habíamos visto lo modernos y confortables que eran otros trenes escandinavos, no nos preocupó y pedimos un par de billetes en butaca, contentos incluso por lo que ahorrábamos. Esa noche fue una pesadilla, que aún recordamos. En nuestro vagón entró un grupo cargado con unas pesadas bolsas como todo equipaje. Las bolsas iban repletas de botellas de cervezas litronas. No pararon de beber en toda la noche. El revisor, visto el percal, se retiró inmediatamente y no volvió a pasar por ahí nunca más. Chillaban, reían, eructaban. Se sentaban en el pasillo y, apoyando en el suelo unas rebanadas de pan que traían, las embadurnaban de paté y se las comían. Se descalzaban y apoyaban los pies por encima de los respaldos de los pasajeros de su fila delantera, rozando con ellos a menudo, a posta, las mejillas de las pasajeras. No fue hasta llegar a destino, a la mañana siguiente, sin haber podido pegar ojo, que supimos que iban a un concierto de AC/DC.

Recordé anoche esa penosa experiencia, viendo “Play” (Ruben Östlund, 2011). No por sus escenas de tren, que son las más ligeras, sino por la tensión que se mantiene en todas las demás. En su caso no se trata de adultos, sino de volubles críos, tiernos infantes, acosados, casi torturados psicológicamente por un grupillo de chicos negros, que abusan de su candor, mientras los adultos que ven el problema se escabullen discretamente. El resultado es el mismo, agravado por la tensión adicional que aporta la no mencionada pero evidente tensión racial.
Es la película que más interesante me ha resultado de las pocas del ciclo “Filmoxarxa” que han sobrevivido a las inundaciones de la Filmoteca. Despistado que soy, me sonaba el apellido de su director como el de “Turist (Fuerza Mayor)” o “The square”, y me decía que su forma de hacer comportaba una continua tensión muy similar a las de esas películas, pero no fue hasta llegar a casa que me di cuenta que se trataban ambos de una misma persona.
Östlund filma generalmente la sucesión de escenas de “Play” en planos generales con una cámara fija plantada bastante lejos del supuesto punto de interés o incluso usando un teleobjetivo. Si en algún momento hay un movimiento de cámara (como es en el caso de la escena inicial en un centro comercial de Goteborg) , en vez de ser uno elegante o incisivo, se trata de un tosco movimiento hecho algo a trompicones, como si lo efectuase una máquina excavadora.
El centro comercial es, quizás, el ambiente más cálido de esta gélida película nórdica. Un tren rápido que hace la ruta Malmoe-Goteborg, diversos tranvías, sus estaciones, no-lugares y una zona campestre vecina a un entorno industrial o minero son otros de sus escenarios. Pero, para que se vea cuál es el percal, una gris escarcha cubre la hierba y desprende un cierto vapor que apaga los colores de la escena rodada en el campo.