miércoles, 14 de diciembre de 2016

Alexander Kluge. Jardines de cooperación

Valentín Roma en su larga introducción a la exposición, que ha centrado muy bien intenciones y forma de actuación.
En la primera sala (el primer ámbito: "La fuerza poética de la teoría"), Alexander Kluge nos recibe leyéndonos unas cuantas historias cortas.
Era para mí la oportunidad de situar correctamente toda la obra de Alexander Kluge, al tiempo que de valorar con conocimiento de causa la impresión causada por Valentín Roma en esta su primera apuesta al frente de La Virreina Centre de la Imatge. Él, que es también uno de los comisarios de la exposición, guiaba hoy una visita a "Alexander Kluge. Jardines de cooperación" (abierta hasta el 5 de febrero). Debo decir que los dos objetivos se han saldado muy bien, con un resultado sorprendentemente bueno.
A mí el nombre de Kluge -para qué nos vamos a engañar- me conducía básicamente al Manifiesto de Oberhausen (y con él al nacimiento del Nuevo Cine Alemán), a sus películas dentro de ese movimiento y a "Alemania en Otoño". Tras todo ello, sólo una nebulosa me lo situaba como teórico difícilmente ubicable.
Uno de los colaboradores de Kluge, Kiefer.
La reutilización de materiales como estas revistas, sin por ello constituirse como un frikie.
Y a Valentín Roma, después de sus dimes y diretes mediáticos con su expulsión del MACBA como garante de una escultura muy nombrada que tenía al rey Juan Carlos como jocoso protagonista, y de oírlo en una escueta presentación en el Centro, dudaba entre conceptuarlo de moderno y provocador o bien de un serio elemento del gremio.
La exposición me ha servido para entender a Alexander Kluge (1932) como el rey de la fragmentación, mezcla, pastiche, reciclaje, pero también como escritor de reconocido prestigio, metido en todos los combates, y el alma mater de una productora de televisión, DCTP, única en el mundo, que se atreve a programar entrevistas o programas culturales de calidad en eso que se llama el "prime time"
Los asientos pupitre diseñados para la Escuela de Ulm en 1962.
En una de las dos salas de la fuerza de los años 60.
Y la visita guiada por Valentín Roma, con éste entrando apasionadamente en detalles muy vivos sobre su relación con el protagonista de la muestra, haciéndonoslo admirar, me ha convencido de que tenemos en la Virreina a un director con criterio, ganas y formas para llevar a muy buen puerto todo un programa que, como él mismo ha señalado, intenta entrar a investigar y mostrar los momentos artísticos y voces críticas desde los años 60 a nuestros días que, por sorprendente que pueda resultar, aún no poseen un relato completo en museos.
Otro ámbito: el de las guerras. Con historias como el de esa maqueta de la ópera bombardeada y una de las contradicciones que tanto gustan a Kluge: Gracias al horror del bombardeo, se conoció una pareja, que se amaron, engendraron un hijo...
El poder de los sentimientos. "Buster contra la infección sentimental" era un libro que tengo por casa... Pero Kluge no reniega de los sentimientos. Simplemente cree que se han de reenfocar...
La exposición se llama "Jardines de Cooperación" porque eso definiría la obra de Kluge: sería como un jardín, en colaboración con gente tan destacada como Gerhard
Richter, Oscar Negt, Heiner Muller o Anselm Kiefer, en medio de la jungla informativa.

Grandes heroicidades replanteadas.
Richter, otro de los colaboradores del jardín.
Han descartado presentar al Alexander Kluge cineasta, pensando que ese no era el sitio adecuado, además de que toda su obra en este campo está ya toda editada, con buenos subtítulos y todo. También, al menos directamente, al Alexander Kluge escritor, pese a que faltan muchas traducciones de sus libros (saldrá en unas semanas su primer libro, "Rastros de vida", de 1962, traducido para la ocasión: son pequeñas historias escritas en los tiempos muertos del rodaje de "El tigre de Esnapur", en la que hacía de ayudante de Fritz Lang). Y han decidido entonces centrarse principalmente en sus trabajos para televisión, a la que pasó en los ochenta, según explicaba, "porque en el cine ya no se puede hacer nada libremente y para tener un impacto mayor".

Heiner Müller.
En este otro ámbito, en un pequeño film Kluge hace leer una muy corta historia de los hermanos Grimm a Haneke, yluego le interroga para comentarlo.
La exposición empieza presentando unas piezas en las que el mismo Kluge lee pequeñas historias para luego irse adentrando por otros cuantos "ámbitos", como la eclosión de los años 60, la guerra, el poder de los sentimientos o los "Jardines de Cooperación" propiamente dichos, reflejando sus colaboraciones con los artistas que he mencionado más arriba.
La historia de los niños cambiados. A partir de la imagen de una noticia, un cuento.
Valentín Roma junto a películas de Kluge. Las primeras, "Artistas bajo la carpa del circo: perplejos".
Hemos salido de la visita con la impresión de, aún sin haberlo practicado casi nada, conocer bastante de lo que lleva entre manos Alexander Kluge. Convencidos de que, como Kluge, no hay que ser ni nihilistas, ni abstractos ni intelectuales. Una anécdota sobre él que ha explicado Valentín Roma, y no me resisto a reproducir aquí: Los domingos por la mañana acude al cine de su barrio, al que convenció que debía abrir para que los vecinos proyectaran, en pantalla grande, sus películas amateurs, y las discutieran con la gente a continuación.
Vale la pena ir con calma, verlo todo con los ojos y mente bien abierta y sentarse en uno de esos asientos pupitres diseñados para la escuela de Ulm en 1962 a escuchar o leer una u otra narración corta. La entrada, además, es libre, sin que deba desembolsarse ni un euro. ¡Qué más queremos!

martes, 13 de diciembre de 2016

La vie de Jesus


He visto en Filmin "La vie de Jesus" (Bruno Dumont, 1997). Pocas veces tan bien filmado el mundo rural actual y sus conflictos, en este caso el norte de Francia (Pas de Caláis). Sus personajes se asoman frecuentemente a los quicios de las puertas de sus viviendas, para, si tienen mucha suerte, ver pasar a alguien. Sus auténticos protagonistas, gente joven, se reúnen en bandas que recorren en moto a toda velocidad las calles de la población y las pequeñas carreteras de los alrededores. A veces van más lejos, pero acaban siempre en medio de la nada, sin saber qué hacer. Un día hay una parada musical en la que participan muchos de los habitantes del pueblo. Se reúnen, para iniciar su marcha, en un café aislado, "Au coin perdu"...

Se trata de gente joven desocupada, en todo caso cobrando la percepción de la prestación por desempleo. No tienen muchos dedos de frente, y sólo actúan envalentonados en grupo, martirizando a los pocos árabes de la población.

Uno de ellos, Freddy, centra la atención. Se pasa el día, cuando no va en motocicleta o coche con su grupo, en la cama con Marie (la rubia con pelo a lo garçon Marjorie Cottreel, extraña flor en ese entorno). Es capaz de impulsar las mayores animaladas grupales a la vez que muestra una exquisita delicadeza y sensibilidad adiestrando a su pájaro cantor. Para completar el cuadro sufre repentinos ataques epilépticos, estando sólo cuidado por su madre, que regenta el café de la esquina. Sabe que tiene la enfermedad, y le molesta profundamente. Torpe como él sólo, no hace más que caerse de la moto. Se ve a las claras que todos ellos no han vivido, y no saben cómo van a vivir. En una escena van en grupo al hospital, donde agoniza uno de ellos. Se nota que no saben qué hacer ante una situación que les resulta, a su edad, insólita.
Una imagen queda marcada de la película: Freddy avanza a pie, en primer plano, subiendo en plan cowboy por la calle del pueblo, los edificios de uno y otro lado haciéndole de telón de fondo.

Yo la consideraría una gran película, que da para reflexiones varias.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Ditirambo vela por nosotros



"Tras ese ojo que nos acecha, alguien concibe sórdidas historias", se lee en la pantalla. La de "Ditirambo vela por nosotros" (Gonzalo Suárez, 1967), que por fin he podido revisar, no podría ahora ser conceptuada de sórdida, pero creo que en su día tampoco.

Es su película que más me ha recordado a sus escritos, devorados en su momento con pasión, como descubridores de una forma nueva, de un lenguaje nada impostado, que arrastraba por mundos fantásticos...existentes en éste.

En el mediomentraje (26 minutos), el mismo Gonzalo Suárez, actor a lo intrépido agente secreto, se levanta por la mañana, desayuna (con un pijama de rayas que yo diría que avanza al monstruo del pijama de rayas de "De cuerpo presente", un personaje que resume mucho de su esencia: lo fantástico surgido de lo más anodino, lo de cada día), se mira en el espejo del baño (es una película, también, de espejos, y de exploración del otro lado del espejo) y encuentra un artilugio en la tubería del lavabo por el que una voz femenina le susurra: "Estoy enamorada de Vd". Y ya vemos al personaje, gracias a una agitada cámara en mano, siguiendo tuberías para desentrañar el misterio. Un misterio mínimo con aires de cine negro al son de música de western.

Muestra de la Escuela de Barcelona más lanzada a encontrar lo específicamente cinematográfico, como sus relatos y novelas iban buscando escapar de los caminos trillados, encontrar la pulsión literaria perdida. Está llena de planos frontales, angulados, reflejos de cine negro,... y todo un conjunto de pequeños detalles que hoy nos acercan a una época en la que una serie de gente de cine, arquitectos, escritores, querían superar el muermo aplastante que lo sofocaba todo, abrir ventanas por las que surgían chorros de aire que, bien cogidos, podían, y de hecho así hicieron, alejar de tanta miseria y mediocridad ambiental. Por los títulos de crédito veo los nombres de Javier Maqua, Jos Oliver, su hermano Carlos, Juan Amorós,... La voz en off del protagonista narrador es la del narrador de "Lejos de los árboles", aparecen modelos muy rompedoras, años 60...

viernes, 9 de diciembre de 2016

La gueule ouverte



El plano inicial, con Philippe esperando en la clínica.

Me había olvidado de que me quedaba por revisar “La gueule ouverte” (1974) en el ciclo Pialat de L’Alternativa para la Filmoteca, y cuando me di cuenta me dio un alegrón que se ha reproducido esta tarde con su visión, confirmando esa regla de que cada nueva visión de un Pialat te mejora la anterior.
Madre e hijo de regreso a casa, tras una comida disfrutada, aliviados por dejar la clínica.El va a levantarse y poner un disco que ambos escucharán emocionados.

Ya arranca la película con un plano sostenido (cosa entonces muy inusual) de Philippe -vamos a asignarle el papel de protagonista- en tediosa y proclive a la meditación espera en una clínica, donde su madre se está haciendo unas pruebas. Poco después él y su madre han comido juntos en casa, él se levanta de la mesa y pone un disco de una ópera de Mozart que ambos escuchan callados y emocionados, como rememorando momentos felices vividos.
El padre deja el cuidado de su mujer de tanto en tanto para hacer un vino en el bar de enfrente, regentado por ese matrimonio, que Pialat debió sacar... de un bar como ese.


Pero “La gueule ouverte” es, como señala la expresión del título, una película sobre la muerte. Narra la lenta agonía de la madre de Philippe y cómo afecta a los de su alrededor, motivo por el que, como era de suponer, fue un fracaso estrepitoso de taquilla. Por ello, un plano de Philippe ocioso en su cama lleva, en un raccord poco usual en Pialat, a otro plano tras elipsis en el que quien está tumbada en esa misma posición es su madre, y ya no está en su casa, sino en la clínica, de donde poco después va a pasar de nuevo, ya abandonada toda esperanza, a su casa.
El padre de Philippe también aprovecha las ocasiones que le ofrece el regentar la tienda de géneros de punto...

El proceso de agonía está ahí, pero subrayando una y otra vez, para felicidad del espectador, las características de todo el cine de Pialat: En una escena de las más tiernas por él filmada, Philippe está con su mujer Nathalie (Baye) en la cama… y ella le está insultando de lo lindo. El padre de Philippe combina el sufrimiento con alguna que otra alegría con las clientas de su modesto comercio pueblerino y aliviándolo todo a base de vino, al igual que Philippe –de tal palo, tal astilla- va pasando de una mujer a otra, sin despreciar a la propia. Quien parece totalmente despreocupado es finalmente el que se descubre más afectado por un desenlace que, inevitable, se hace esperar tanto que Maurice Pialat tiene más de una ocasión (esa mano de ella acariciando despacio el cubrecama, su sonora respiración de lo más dificultosa mientras se oye de fondo el tictac del reloj,…) para demostrarnos que, habiendo vivido personalmente alguna muerte, sabe realmente de qué va el proceso.
Philippe (Liotard) pasa el trago de la agonía de su madre mediante una frenética actividad sexual, incluso con su mujer (Nathalie Baye)

Dos travellings finales impresionantes: Uno muy suave y majestuoso bordeando lentamente la iglesia del pueblo del Pays Auvergnais al son de las campanas, haciéndonos partícipes de la presencia de la comunidad rural, que ha acudido a acompañar a la familia al funeral. A éste le sigue otra de las típicas sobremesas de Pialat (ésta especial en cuanto de funeral) y otro travelling mucho más vivaz, desde un coche alejándose de la población, como el final del “Innisfree” de J. L. Guerin, pero sin títulos de crédito, porque aún da tiempo para una coda: Unas luces que van apagándose en la tienda, al hacerse de noche.

Si alguien ha visto alguna de las entradas que he dedicado al ciclo Pialat habrá podido llegar a deducir que lo considero uno de esos ciclos imprescindibles, que justifica la existencia de la exhibición en una Filmoteca. Y es que ver todas las películas de Pialat agrupadas te permite apreciar las tramas entrecruzadas de casi todas ellas, dentro de una filmografía escrita con sangre, en el que el humor y la desolación van del brazo. Como debe ser.
La insoportable espera. En la casa de sus padres en el pueblo, papeles pintados, tienda en la planta baja.


Inicio del travelling del funeral, que luego hace una curva a la derecha, para descubrir a la familia inmediata.
Y el travelling de alejamiento del pueblo, como, años después, el de Innisfree.

martes, 6 de diciembre de 2016

El ministerio de hierro


Acabo de darme un viaje por los ferrocarriles chinos. Como era de esperar, ha sido un viaje pesado, pero con momentos fascinantes.
El ruido ha acompañado todo el trayecto, aunque ha desaparecido artificialmente, sustituido por el sonido de una flauta al llegar a una fantasmagórica nueva ciudad, llena de rascacielos seriados. Como occidental no habituado a las costumbres del país se me ha hecho un poco duro ver cómo las fuentes de cada extremo del moderno vagón han quedado ocupadas por las sanguinolentas pieles de cordero que estaba acondicionando una mujer, cómo todos los espacios disponibles eran ocupados por unos campesinos que llevaban sus cosechas al mercado o, más tarde, lo saturado de gente durmiendo en los coches camas o por los pasillos de los vagones. También me ha sorprendido ver actuar a un vendedor ambulante, que recordaba a esos charlatanes que se plantaban frente al SEPU haciendo demostraciones de sus productos.

Con tanto tiempo por el medio, es natural que haya oído conversaciones de todo tipo por los pasillos, de esas que te acercan a los miedos e ideas de los del país, y que haya podido mirar por la ventanilla, comer algo o hasta echar alguna cabezadita.

Los billetes para el viaje dejarán de poder comprarse hoy a medianoche, porque acaba el plazo en que el festival L'Alternativa ofrecía ver vía Filmin unas cuántas de sus propuestas para el festival de este año. Y una era esta "El Ministerio de Hierro" (J. P. Sniadecki, 2014)

lunes, 5 de diciembre de 2016

Historia de una pasión


Una escena de “Historia de una pasión” (“A quiet passion”, Terence Davies, 2016), que por fin he ido a ver hoy, me ha hecho espabilar y acercarme por un momento a la película: Emily Dickinson está en el salón de la casa, que ha quedado atrapado por una luz crepuscular. La cámara la encuadra a ella frontalmente, para efectuar a continuación una oscilante panorámica de 360º que pasa por toda su familia, mientras se oye únicamente el ruido ritmado y sordo del secundero del reloj, que al poco tiempo canta estrepitosamente las horas. Hemos ido viendo en el recorrido que -todos callados- su hermana lee, su hermano dormita, su madre tiene la vista fija en no se sabe qué. Cuando llegamos de nuevo a tener a Emily frente a la cámara le notamos una mueca y gestos de desasosiego, quizás por el tiempo que se escurre. Me ha recordado el sonido constante del reloj en casa de mi abuela, que acentuaba el silencio que reinaba en ese piso de techos tan altos, quizá también alguna velada, siendo crío, junto a una chimenea, y toda otra serie de sensaciones por el estilo.
La escena tiene lugar por el principio de la película, aún con Emily interpretada por la joven Emma Bell, y justo antes de la elipsis de los retratos fotográficos que nos transportará a la poetisa ya interpretada por Cynthia Nixon.
Tras eso, llegarán una serie de escenas que, al menos a mí, me han hecho preguntarme el por qué de actores tan mayores (no sólo ella: también el que hace de su hermano) para acciones de unos personajes aún muy jóvenes, cosa que le otorga un aire algo patético a la cosa. Viendo como se desarrolla el resto de la función ya he visto finalmente que el patetismo no podía resultar en absoluto ajeno a la sesión.

Van Gogh

El retrato de la hija en la casa del Dr. Gachet.
Ayer en la Filmoteca, mi despedida a Maurice Pialat. 158 minutos llenos de intensidad, con momentos de belleza expléndidos y otros reflejo de una fatalidad que conocemos por varios lados. Llenazo, no sé si por Pialat o por “Van Gogh” (1991), el pintor. Las notas tomadas en la oscuridad que he logrado interpretar ahora:
- Aparición de Jacques Dutronc (¡quien le iba a decir que haría de Van Gogh el cantor de París a las cinco de la mañana!) bajando de un vagón de tercera clase, las manos en los bolsillos, en la estación de Auvers sur l’Oise.
- Van Gogh pasando sin mirar delante de un cuadro de Renoir, mientras que su dueño esperaba orgulloso su reacción.
- En medio de la más absoluta miseria, delante de su decrépita choza, padre alcohólico e hijo de pocas luces lanzan un brindis al pintor: “¡Prosperité!”
- Llegamos también al final de una comida, cuando sólo sobreviven los restos de champagne.
- Despedida en baile junto al río. Algo así como la “Partie de campagne” que intentó reproducir Bonello en la coloreada y llena de luces excursión de las pupilas en “L’Apollonide”.
- Una desfilada, antes del can-can en el local de Montmartre, a lo “Fort Apache” de John Ford.
http://www.vodkaster.com/extraits/massacre-fort-apache-grande-marche/931926

- Un inesperado puñetazo al médico.
- Las contradicciones entre una secuencia y la siguiente: “”J’ai faim” seguido del “C’est fini”
- La cría enamorada que pasa página.
Un Bonnard que recuerda a Rohmer.


Cierta melancolía, por el fin de mis sesiones Pialat.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Le garçu

Gerard y Sylvie.

Que a estas alturas te lleves una sorpresa tan estupenda viendo la última película de Maurice Pialat, “Le Garçu”, que cierra la filmografía de este inimitable director de cine del que L’Arternativa y la Filmoteca han tenido la buena idea de ofrecer una retrospectiva, es de lo más emocionante y revitalizador.
Los desórdenes amorosos tras la separación.

Me dicen que no se estrenó en su día. No sé si fue por eso, el caso es que no la vi cuando tocaba. Yo creo que fue porque era una película con niño, y no fue recibida precisamente con halagos. Película extraña, llena de cambios, bastante desconcertante, en ocasiones con aspecto descuidado, como el de ese cine serie B que a toda velocidad, atropelladamente, se hacía en los 70 y 80 en Francia o Italia, sorprende de improviso con un plano muy cuidado, que rompe totalmente la estética anterior, y te ofrece un abrazo o miradas sentidas de la pareja, por ejemplo, transmitiéndote emoción y profundidad de las buenas.
Las visitas a ver al niño a la casa de su ex. O simplemente a ella, aunque luego termine siendo a él.

El documental sobre Pialat que se proyectó en el ciclo contenía una entrevista en la que el director respondía que no haría cine si tuviera el suficiente dinero para vivir bien. Puedes llegar a creerlo, pero entonces ves esta última película suya, en la que está concentrado todo, y te dices que es imposible. Que Maurice Pialat es (era) una de esas extrañas personas que hacía cine por necesidad, y que además tiene la delicadeza de hacerlo sin darle importancia, sin hacer notar demasiado que se está vaciando en cada cosa que aporta al film, y por si fuera poco haciéndote reir de lo lindo con ellas, viendo qué bien reflejan aspectos que, de una forma u otra, has vivido...
Hasta visitas a horas intempestivas llevando un regalo a Antoine.
Compuesta, como es costumbre en él, a base de escenas independientes, a veces con cortes bruscos entre ellas, que fuerzan al espectador a recomponer lo que ha podido pasar por el medio a los personajes, contiene, a modo de recapitulación, casi todo lo que caracteriza tan bien a sus películas anteriores. Aquí también tenemos esos momentos con altibajos entre las parejas, y a una situación explosiva que parece indicar que la relación ya se ha roto irremediablemente le sigue un enternecedor acercamiento que te deja tocado. Como también tenemos escenas a recordar riendo por lo que tienen de cosa vivida (diálogo nocturno sobre los ronquidos, por ejemplo), o el habitual repliegue al pueblo de la infancia, yendo en esta ocasión a visitar el personaje de Depardieu a su padre, que se está muriendo. Con una escena que saldrá por derecho propio en forma de pequeño relato de esos de La Charca Literaria, porque “casi lloré de emoción al ver esa escena en el cine”.
¡Ah! Y claro: Gerard Depardieu es el alter ego de Pialat, su mujer en la ficción se llama Sylvie (como la mujer de Pialat, aquí guionista), su hijo el pequeño Antoine (¡qué rápido pasa el tiempo!, dice Depardieu mirando y acariciando sus dibujos colgados en la nevera) es Antoine Pialat, hijo en la vida real de la pareja, y una mujer que aparece en el momento de desorden amoroso tras la separación está interpretada por Elisabeth Depardieu, mujer entonces del actor. Todo un totum revolutum. No creo equivocarme demasiado si digo que el pequeño restaurante de esa pareja “en el que se come bien” debe ser el regentado por ellos mismos y al que acudía frecuentemente Maurice Pialat en esa época. Porque habiendo pasado unos veinte años es imposible que siga igual, porque si no, ya tiene otro parroquiano.
La vuelven a pasar el miércoles 7 de diciembre.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Carbón



Un ufano alemán quiere sacar a bailar a una francesa.

No es tanto un film sobre la minería (que también, porque contiene todos sus clásicos elementos) como un alegato contra la guerra mediante la solidaridad entre los obreros de ambos lados de la frontera de dos países supuestamente enemigos. Hoy, en el Aula de Cinema de la Filmoteca era el día de “Carbón” (“Kamaradschaf”, Georg Wilhelm Pabst, 1931).
En la nave de las duchas, las ropas de los mineros permanecen colgadas en las alturas, en una imagen muy sorprendente.
Côté minas: Si se tratase de un film americano de la época serían más que razonables los temores ante una encerrona continua en un decorado pobretón haciendo de mina, todo barnizado por situaciones penosas y heroismo a mansalva. Pero se trata de un film de Pabst, y con un raro valor documental: el pueblo, las instalaciones mineras con esas típicas torres de los pozos, sus ascensores, unas naves para duchas, hasta alguna galería pueden pasar todos ellos por perfectamente reales. De esa forma, la pelicula permite entender el funcionamiento de una mina incluso mejor que accediendo a las instalaciones ahora visitables.... pero sin actividad alguna.
El pueblo minero.
Côté proclama internacionalista anti-guerra: El film se inicia con casi una reyerta entre tres alemanes que acuden a un baile de un pueblo francés fronterizo por un tonto malentendido. Más tarde, mineros alemanes voluntarios acuden como equipo de rescate auxiliar a echar una mano cuando hay un accidente en la mina francesa. Al final, ya pasado todo, un francés hace un discurso de agradecimiento y otro alemán el suyo, este último diciendo que no ha entendido nada del anterior, pero que está claro que ha debido decir lo que él también piensa: que por encima de lo que digan por ahí arriba, la mina francesa y la alemana forman una única mina, y todos los de uno y otro lado son ante todo mineros.
Madre e hija que ya perdieron a su marido/padre se consuelan ante el accidente que ha afectado a su hijo/ hermano ... y novio al que había abandonado por querer seguir siendo minero.
Unos pocos años después, al igual que hicieron en la contienda anterior (reflejada en la escena en la que el minero siniestrado cree estar viendo en el minero alemán que le viene a rescatar bien equipado al soldado alemán que entró con su careta antigás en su trinchera e iba con intención de matarlo) los obreros de uno y otro dado se dejaron arrastrar docilmente, y en muchos casos convencidos, a otra carnicería contra el vecino.
Tres alemanes cruzan la frontera por su cuenta por una antigua galería común, para ver si pueden sacar por ahí a los siniestrados.