jueves, 16 de octubre de 2014

La otra Heimat


No se hacen hoy películas como "La otra Heimat" (Edgar Reitz, 2013). Por lo tanto, si sus subtítulos son signo de que se estrenará, pese a sus cuatro horas de duración hay que estar ojo avizor, e irla a ver al cine con la mayor pantalla que la proyecten, sin dejarla pasar.
Así, llenando toda la superficie de la pantalla de su sala grande se ha proyectado hoy en la Filmoteca, con la presencia de su director. (No me he quedado, porque tengo mucho sueño atrasado, pero a medianoche estaba él en el vestíbulo de la institución, dispuesto para el coloquio, acompañando a su criatura). Es necesaria toda esa cacho pantalla para acoger muchas escenas en que la película nos acerca al bosque, a los campos de cereales, o a las nubes del cielo, y la cámara se mueve no se sabe muy bien cómo, pero majestuosamente, de un lado a otro.
Es -ha comentado Esteve Riambau- como un flash-Black de las tres famosas películas / serie. Como si Reitz hubiera visto que era necesario, para entender la vida de su terruño en el siglo XX, regresar a mitad del siglo anterior, y contemplar de dónde viene todo. Viene, queda claro, del trabajo en el campo y en unos oficios que, aún practicados ininterrumpidamente, no dan más que para la supervivencia. Todo objeto suplementario es -era entonces- para ese pueblo de trabajadores, un lujo extraordinario.
Reitz ha recalcado en su presentación que ha buscado, dentro de esa estricta miseria, la luz, y así, además de alguna que otra fiesta, de alguna celebración social, ha moteado de tanto en tanto su perfecto blanco y negro de algún motivo de color: los detalles florales de la pared cuando Jakov Simón, el auténtico protagonista de la función, se dispone a abrir y empezar a anotar en su diario la aventura que le ha de llevar a sus soñadas Indias; la moneda de oro que atesora su madre; las flores de algún ramo...
Busca Reitz también en su película otra luz, ésta procedente de sus antecesores, maestros del expresionismo. Hay una escena, con los dos amantes junto al lago, envolviendo el reflejo de la luna, que es puro "Amanecer", y cosas así, no tan evidentes.
Se ve con la satisfacción e interés con que se leen esos enormes novelones maestros del siglo XIX. Pero de tanto en tanto, con frecuencia que parecería pautada, el horizonte es cruzado por la silueta de una carreta. La que lleva a otra familia que se decide a abandonar el país y emigrar. Al final hay casi congestión en los caminos, y uno recuerda alguna escena similar, pero esta vez con camiones, de "Las uvas de la ira".
Es "La otra Heimat" una mirada profunda a nuestra historia. Y digo "nuestra" como europeo. Hay que ir a verla, colocarse lo más cerca posible de la pantalla, casi penetrar en ella, y emocionarse hasta el fondo como lo merece, por lo menos, su escena final. Conviene hacerlo antes de que llegue Spielberg, pongo por caso, y haga del tema una película que, esa sí, se vea en miles de pantallas por todo el mundo.

martes, 14 de octubre de 2014

Algérie: tours/détours


Ha empezado hoy la Mostra de Cinema Àrab i del Mediterrani en el BEC/Casa Elizalde con una película fallida, pero que cumple uno de los mayores requisitos que un espectador como yo plantea a un documental para ir a verlo: que te documente alguna realidad. La película es “Algérie: tours/détours” (2007), y está realizada por dos chicas francesas de origen argelino, Leila Morouche y Oriane Brun-Moschetti.
La que parecía la idea motriz es muy poderosa: Filmar a René Vautier (el histórico cineasta anticolonial, autor de “Avoir 20 ans dans les Aures” (1972), fundador de la primera escuela para la enseñanza de cine en la Argelia independiente) cuando vuelve a Argelia en 2004, y recorre los diferentes sitios del país que frecuentó, viendo qué sobrevivió y qué respira de todo aquello actualmente.
El choque, en las secuencias iniciales y mejores de todo el film, que luego deriva sin rumbo muy claro, es brutal. La Kasba de Argel, Patrimonio de la Humanidad está destrozada, pura ruina. A Vautier se le ve feliz yendo a ver la Cinemateca de Argel, uno de los pocos restos del naufragio y una de las apariciones de espacios cinematográficos demodés, de otra época, del film, que sobreviven milagrosamente. En una de esas instituciones un antiguo responsable rememora a Langlois: “Es bueno conservar los films, pero es mejor meterlos en la cabeza de la gente”. Pero se han quedado sin espacios donde hacer esa operación. Son varios los cines –como el del cartel- cerrados que vemos.
Luego vamos siguiendo a uno de esos camiones que llevaba el cine a los puntos más recónditos del país. El equipo, con todos los permisos pertinentes, visita tres ciudades, extiende una sábana que sirve de pantalla arrugada donde proyectar los films históricos argelinos, invitan a la gente del lugar y provocan luego la discusión entre el público, un público que las más de las veces es sólo masculino. Es en estas conversaciones, viendo gente acostumbrada a no hacer nada, desocupados, totalmente ignorantes del pasado, cuando te das cuenta que, seguramente de forma involuntaria, el gran protagonista de la película es un inmenso off. Un profundo agujero inexplicado que se ha llevado toda la energía que demostró toda una población durante la guerra de independencia, dejando casi nada más que desolación.

domingo, 5 de octubre de 2014

El hombre que sabía demasiado


Quizás huyendo de otras cosas, esta mañana había la oportunidad de revisar “El hombre que sabía demasiado” (1956), y la he aprovechado. Apenas tenía el recuerdo de una película divertida, “familiar” y, claro está, de bastantes cosas de las escenas en la plaza Yamaa el Fna de Marrakech y en el Albert Hall de Londres. Viéndola hoy de pe a pa me ha subido bastantes enteros.
Es, desde luego, uno de los films de Hitch con mayor uso de transparencias, y aparece en ella esa (tan típica en el realizador) resolución de escenas en segundo plano, sin que nosotros espectadores podamos oír el diálogo que se desarrolla, por lo que debemos imaginarlo. De este orden, hablando de especialidades de la casa, además de la escena del Albert Hall, hay también una previa, casi un ensayo, típica, de tratamiento de los solitarios, pequeños e indefensos personajes entre la multitud: En la capilla londinense.
La familia protagonista es terrible: Un niño repelente que tiene por madre nada menos que a Doris Day (horrorosa como siempre, en un apropiado papel de mujer conservadora donde las haya) y por padre a un James Stewart juguetón como un niño, intentándose portar con la seriedad requerida. Constituyen un magnífico retrato de la familia provinciana americana de clase media. En la época progre se excomulgaba a Hitchcock por atender a argumentos como éste, ya que todas las exageraciones del colonialismo, de la prepotencia de los americanos sobre el resto del mundo (ya no sólo marroquíes, sino también ingleses y franceses), están presentes y bien repartidos por el film.
Pero es un Hitchcock, dejando sus reconocibles píldoras por aquí y por allá. Una de las más divertidas es esa constatación de que al niño americano no le gusta la comida inglesa, precedente claro de las repetidas sobre ese pobre comisario de Scontland Yard de “Frenzy”, atormentado por los estudios de cocina de su mujer. Y está llena de autocitas. Al margen de su propia presencia, hace gracia ver anunciado en un cartel y luego dirigiendo la orquesta al mismísimo Bernard Hermann, el responsable de la música de la película, al margen del “¿Qué será, será?” cantado por Doris Day, que aún lo sigo oyendo, subiendo de forma sinuosa por las escaleras de la embajada.

viernes, 3 de octubre de 2014

El amor es un crimen perfecto


Buscando esa entelequia del cine europeo standard, que antes se encontraba con cierta facilidad, he visto que hoy aún podía verse en el Cinema Maldá la última película de los hermanos Larrieu, “El amor es un crimen perfecto” (2013), y hemos encaminado hacia allá nuestros pasos.
Una trama ligeramente policiaca que oculta otra de quizás mayor calado, con tintes familiares y psicológicos; paisajes de montaña invernal junto al lago Léman; espectaculares arquitecturas tradicionales y –sobre todo- modernas; Mathieu Amalric llevando un taller de escritura universitario, asaetado continuamente por sus alumnas y soltando de tanto en tanto sonoras frases inmortales; Denis Podayles bordando su papel de patético hombre gris y un ramillete de jóvenes y bellas actrices… Todo, incluida esa pizca de locura que hace recordable a un film, parecería indicar que se trata de una película para tener un respetable éxito, pero en el Maldá, un cine en el que, por el precio que hemos pagado para la sesión de ésta se podían hoy ver hasta cinco películas, éramos cuatro gatos.
Habrá que embriagarse un poco, como el personaje de Amalric parece que hace conduciendo al vaivén de las curvas de la carretera que, entre hielos, le lleva hasta su casa, para taparse aún un poco más los ojos y no darse cuenta de que esto del cine como lo entendíamos ya pertenece al pasado.

martes, 30 de septiembre de 2014

sábado, 27 de septiembre de 2014

Boyhood


“Boyhood” (Richard Linklater, 2014), que acabo de ver, al margen del mérito que representa el experimento que se ha consumado con ella (esa utilización de los mismos actores durante muchos años para seguir y representar la vida de los miembros de una familia, encabezada por el muchacho protagonista, que supone su trama), tiene la virtud, desde mi punto de vista, de dejarse ver sin excesivo cansancio pese a su duración (165 min), tener escenas que funcionan, no empecinarse hasta la saturación en lo sentimental e incluso de presentar algún actor interesante (como esa chica que recuerda, ocasionalmente, a la Cibyll Shepherd de “The last picture show”).
Ahora bien. Una vez dicho todo esto, o sea, que es una película que he visto con agrado, también querría decir que me hago cruces de que ésta sea una de las películas más citadas como fundamental de los últimos años. Tanto como para representar, por ejemplo, la portada y 35 páginas de la revista “Caimán. Cuadernos de cine” (la antigua “Cahiers du Cinéma España”), en cuyo “cuadro crítico le clavan nada menos que un 9,6 sobre 10.
Quizás eso sólo sea la prueba de la pobreza del cine “clásico” actual, porque si no, la verdad, me parece una exageración.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Rocío y José


Con esta mesa redonda a continuación de la proyección de “Rocío y José” (1983) ha finalizado hoy la completa retrospectiva que la Filmoteca ha ofrecido de la filmografía de Gonzalo García Pelayo. Si alguien ha dejado de ver alguna de sus tan especiales películas, que no desespere: Hay un segundo pase de cada una a partir de mañana, si bien ya sin la presencia de García Pelayo y algún crítico para comentarlas, como pasaba hasta ahora.
Una extensísima fila panorámica de carretas ya de regreso del Rocío en primer plano, con un fondo, como segunda fila, de las nuevas edificaciones que rodean una ciudad, da paso a la mínima pero precisa trama del acercamiento de tres parejas de diferente edad que siguen todo el recorrido del Rocío, constituyendo el meollo de una película que, según palabras del realizador, surgió básicamente para enlazar entre sí, sirviendo de elemento dramático, toda una serie de sevillanas que le entusiasmaban.
Escenas documentales de los romeros cruzando un curso de agua, o asistiendo a la misa matutina, una escena nocturna central, una sevillana cuya letra dice que “con ojos llenos de estrellas / la niña mira al chaval” y una estructura que busca un momento final con la intensidad de “Viaggio in Italia”. Eso forma, básicamente, “Rocío y José”, la película que parecía iba a acabar la carrera cinematográfica de Gonzalo García Pelayo… hasta que el año pasado hizo “Alegrías de Cádiz” y un recorrido encadenado por una serie de festivales europeos lo impulsara de nuevo a la actividad, esta vez con un amplio y hasta ditirámbico reconocimiento.
Luego, en la mesa redonda, Gonzalo de Lucas y Marta Bassols han sabido argumentar un sólido discurso sobre los films de GGP, explicándonos la mar de bien, encontrando las palabras adecuadas, las razones por las que nos gustan sus films, que sólo amábamos intuitivamente.
Pero hay que señalar también que en la sesión de hoy, entre explicaciones de la mesa y de críticos repartidos por las butacas que han cogido así mismo el micrófono, hemos asistido a una experiencia curiosa. Si en los años 70 y 80 se descubría el cine de García Pelayo como una rara avis dentro del panorama de cine comercial de la época, que se había de buscar por los rincones más inesperados, hoy se ha confirmado que la nueva crítica, la crítica moderna, lo ha aupado a los altares de sus autores de culto. Sus films pasarán, a partir de ahora, cuando ya no existe el cine de producción normal, dentro de los circuitos del cine de autor, potenciados por toda esta crítica joven.

Alegrías de Cádiz

Dijo anoche en la Filmoteca Gonzalo García Pelayo que actuó en “Alegrías de Cádiz” (2013) por acumulación: Debía salir la Caleta, la plaza de la Mina, los puestos del pescado, Fernando Quiñones, el Tío de la Tiza,… Que le hablaron de la calle de la Soledad y de la calle de la Soledad Moderna y que tuvo que volver para rodarlas y que salieran en el film.
Por encima de sus historias, del elaborado metacine de la película, con su narración en off avanzando lo que sucederá escenas más adelante, con sus poéticos letreros no sólo aclaratorios, “Alegrías de Cádiz” se puede ver como un recorrido vivo pero sentimental, recopilación de la esencia de la ciudad. O al menos así me llega también a mí.
Mi padre se crió en Jerez, Cádiz y Sevilla. En casa, de pequeños, íbamos en verano a L’Escala, de donde era la familia de mi madre, que conservaba una casa en el centro del pueblo. Íbamos cada mañana, claro, a las playas de Empuries, que son, ciertamente, muy bonitas. Pero mi padre no hacía sino ponerles peros, y siempre acababa diciendo eso de “En Cádiz sí que había unas playas…”
No fue hasta hará unos seis años, ya hacía tiempo muerto mi padre, que fui en peregrinaje a conocer Jerez y Cádiz. Y sí tiene playas esa extraordinaria ciudad. Que, como está mandado, salen también en la película.
En la foto, hecha y fechada por mi abuela, aparece mi abuelo con su hijo mayor –mi padre- en 1928 ...en la playa de Cádiz.


martes, 23 de septiembre de 2014

Alegrías de Cádiz


Desvelo un secreto de la cocina interna del grupo Projecte Pasolini Barcelona. Nos hemos pasado un buen tiempo buscando películas que, si no herederas de Pasolini, que eso hemos reafirmado como casi imposible, pudieran entablar un cierto diálogo, actual, con alguno de sus temas.
Pensando en ello, vi que Marcos Ordóñez, en uno de esos escritos que hace de tanto en tanto en los que vuelca y explica su entusiasmo de tal forma que asegura el interés de la gente por un libro, una obra de teatro o una película, hablando de "Alegrías de Cádiz" acababa precisamente diciéndose que era un film que gustaría a Pasolini. Yo entendí enseguida por qué lo decía, y fue desde entonces una de mis constantes, arduamente defendidas, candidatas.
Los deseos de uno para una actividad así deben ser similares a los de un miembro de un jurado durante las tareas para otorgar un premio en un festival. He tenido suerte en esto último, y me siento orgulloso por los tres premios que hemos otorgado, siempre por unanimidad, jurados de la Federación Internacional de Cine - clubs en festivales a los que la Federación Catalana me ha enviado. Pero cuando ya casi tenía convencidos en la selección a mis compañeros, pude pasarles un enlace de la película de Gonzalo García Pelayo. Quedó claro que se esperaban otra cosa, de una intensidad dramática más acusada, y la alegría que se expande entre los personajes de la película, hasta inundar el título, les desconcertó, y no la vieron adecuada.
Pero, pese a todo, estoy satisfecho, porque hoy precisamente Marcos Ordoñez, junto al mismo Gonzalo García Pelayo, presentan en la sala grande de la Filmoteca, en Barcelona, "Alegrías de Cádiz" (2013). No pude volver a ver "Frente al mar", la película que me hizo entrar por la puerta grande en el gozo de su cine, pero hoy, aunque ya la haya visto un par de veces, no me pierdo, a toda pantalla, de volver a ver a todos esos gozosos personajes por la aún más gozosa ciudad de Cádiz, un reducto de esos de los que para nada desaparecieron sus luciérnagas.
Éste due el escrito de Marcos Ordóñez:

Pull my Daisy

 Un buen acercamiento (de 26 minutos) al teatro y a la beat generation. Me gusta especialmente esa introducción tan cinematográfica al escenario.

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"Pull My Daisy" de Robert Frank y Alfred Leslie (1958, 26 min)
Online, LA película de la Beat Generation. Escrita y narrada por Jack Kerouac, con Allen Ginsberg, Gregory Corso, Larry Rivers, Peter Orlovsky, David Amram, Richard Bellamy, Alice Neel, Sally Gross y Pablo Frank (hijo de Robert).

lunes, 1 de septiembre de 2014

El año estudioso (2)


La segunda cosa curiosa captada leyendo el librito de Anne Wiazemsky sobre su “año estudioso” (Anagrama, 2013) es sobre su estancia en la Universidad de Nanterre, donde estudiaba Filosofía y Letras. Es cómo le insistía con su procedimiento de ligue Daniel Cohn Bendit, entonces conocido como Dany y a quien más tarde los medios le colocaron en mayo del 68 el nombre de Dany el Rojo. Le gritaba una y otra vez:
“¡Solidaridad entre los pelirrojos! ¡Solidaridad entre los pelirrojos!”
(He sabido encontrar a quienes distribuyeron y se hicieron propietarios de los derechos de la foto que cuelgo-AFP/Getty Images-, pero no a su autor.)

domingo, 31 de agosto de 2014

El año estudioso


Un par de cosas curiosas de las que te enteras leyendo el librito de Anne Wiazemsky sobre su “año estudioso” (Anagrama, 2013), que éste es su título original:
La primera, que Godard tenía intención de rodar “La Chinoise” (1967) después de un viaje a la China de Mao, y se llevó “un enorme chasco” cuando vio que la embajada china le denegaba el visado. Fue entonces, explica Anne, cuando pensó en rodar primero la película, seguro de que, cuando la vieran, cambiarían rápidamente de opinión, y ya sí podrían hacer el viaje…
La segunda…la explico mañana.

sábado, 30 de agosto de 2014

Un año ajetreado


- Oh, Jeanne, qué extraño camino he tenido que recorrer para llegar hasta ti
Es, sí, la frase final que pronuncia el protagonista de “Pickpocket”. Una frase que conviene retener para utilizarla, como he llegado a hacer, en momentos muy determinados. Por eso no he podido dejar de reírme, y subrayar el párrafo, en cuanto he visto que fue una de las que le dirigió Jean-Luc Godard, a la sazón de 36 años, a Anne Wiazemsky, tierna infanta de 19, durante su proceso de ligue, tras haberle confesado que había caído rendidamente enamorado de ella viéndola en su papel de “Al azar, Baltasar”, también de Bresson.
Llevaba muchos años sin ponerme a leer novelas traducidas. Hoy les he dado un salto pasajero a los ensayos de Montaigne, y he cogido esta “Un año ajetreado” (Anagrama, 2013) que, a su lado, es de una ligereza cercana a la de la revista femenina “Sissí”, que leían en el parque mi hermana mayor y sus amigas.
El primer capítulo acaba tras la primera noche en que se acuesta la joven pareja. Como promete muchos más cotilleos como éste, y con la aparición estelar, además, ya no sólo de Godard, sino también de Truffaut, Rivette o muchos más de ese entorno, prometo devorar la novelita con fruición, 

miércoles, 27 de agosto de 2014

El ojo escucha



Me perdí dos presentaciones personales suyas y hoy he ido al MACBA a ver "El ojo escucha", la exposición de Eugeni Bonet, porque acaba este domingo, y me la iba a perder. Aunque he estado unas dos horas y media, me he quedado sin ver mucha cosa. Una expo así te da una idea del universo expuesto, pero no creo que sea un buen formato éste para ver films, vídeos y demás. Vas viendo uno aquí, luego corres a ver sí pescas por horario el que te interesaba de aquel otro lado, te desesperas porque ves que te has saltado el que querías, y vuelven a dar el ya visto. En fin: todo visiones fragmentarías, que a lo mejor es lo que les va a un cierto tipo de estas obras, pero iría mejor un gran pack de DVD, y que quien fragmente sea el espectador.
Eugeni Bonet sería, en otro país, una eminencia respetada por todo el mundo. Aquí ha debido ir abriéndose paso organizando venga ciclos, seminarios y muestras centrados siempre en el cine y video experimental, ámbito del que es un impresionante estudioso, conocedor y hasta creador. Todas estas facetas son a las que se intentan dar cabida en la exposición, comisariada por Valentín Roma. Yo he echado una mirada general, y he procurado ver obras suyas que no conocía, desde la inicial "V2" (1974: una "deriva urbana", como él la define, que ya con el pionero video de entonces permitía ver al Bonet que más me interesa -al margen de algún detalle suyo que lo revela amante del mejor cine-, es decir, al voyeur, al que sabe ver y hacer ver lo insólito, o lo que llegará a ser insólito), hasta su actual obra en curso, "eGolem" (2014).
Una última reflexión, que esto se hace ya largo y no habrá quién lo lea: Se puede ser de vanguardia, experimental, lo que sea. Pero conviene no olvidar nunca, como de hecho hace Eugeni Bonet, su despatarrante buen humor. Basta leer sus títulos, comentarios...
Publicaré aquí al lado, en otra entrada, un pequeño álbum de imágenes recolectadas.

L'ull escolta

El álbum prometido con imágenes de la exposición.


También podrían ser notas de ingenieros, o de músicos contemporáneos...
Aspecto de la presentación de muestras anteriores de E. Bonet.
Este texto, de "Comer o no comer" lo veo yo como muestra de su sentido del humor...
Creo que es de "Spanish Delight" (2007. Como él señala, "una apropiación indebida". Le coloca música racial, "De españa vengo.."
V2
V2. La ciudad extramuros y sus comercios.
eGolem
eGolem
eGolem
Rememoración del S8