Si se pudiera uno quedar con sólo una parte de película, y olvidarse del resto, entonces yo defendería a capa y espada “La virgen de la nieve” (“Das wandernde Bild”, Fritz Lang, 1920; ayer en la Filmoteca), pero sólo por su primer acto. Bueno: y de propina me llevaba esa imagen posterior de un brazo de la Muerte que toca una campana en sobreimpresión.
¿Qué contiene ese primer acto? Pues, como toca, el inicio de toda la intriga. Y digo bien lo de intriga, porque la siembra mediante buenas artes. En él, una viuda, a todas luces desesperada por algo más que su viudez, sin que podamos saber sus motivos, sube a un tren que la lleva a un pueblo de montaña, causando viva impresión en otro viajero.
Las escenas correspondientes a este tren, de las que he hecho unas capturas, me parecen magníficas. Todo está visto en él desde el punto de vista de ese otro pasajero, observador y cautivado. Como el tren es casi un tranvía, no digo que sean como las de “Amanecer”, pero me las han recordado.
No son sólo las del tren. Cuando poco después va en una barca atravesando el lago en busca de una habitación de hotel, también hay imágenes muy buenas, y la intriga va in crescendo. Pero como se trata de una película de montaña, hacia ella se debe dirigir para que se desarrolle ahí el grueso del film. En otra imagen la vemos ya con ropa deportiva (sic) dispuesta a lo que sea. Y la ascensión y demás ya es cosa del segundo acto, en una amenazante -según los diálogos e intertítulos- montaña que, más que montaña, es un trozo de ladera con una lengua minúscula de glaciar y otro espacio lleno de rocas medio quebradas de donde se desliza de tanto en tanto un buen pedregal.
El tercer acto (hay cinco o seis) es un flashback que nos va a explicar las causas de su desplazamiento hasta la montaña y que devuelve al llano y, concretamente a un ambiente muy chic, en el que se desenvolvía la chica. Luego se volverán más escenas de montaña para profundizar y resolver el drama, pero, desde mi punto de vista, sin opción alguna para que pase a ser una pieza a recordar del género.
Y es que, malicio yo, Fritz Lang ya estaba liado con Thea von Harbou, con la que firma el guión, y ésta, que se revelaría gran partidaria del nazismo, ya debía haber enredado al bueno de Fritz, haciéndole comulgar con un melodrama tirando a ridículo, que sólo te permite echarte unas risas cuando resulta que, en el flashback revelador, la chica se nos había enamorado de un pensador partidario del amor libre que, para más bochorno, luego pensando evoluciona y pasa a otro estadio bien diferente.
Es curioso constatar que reconocidos historiadores y exégetas de Lang ni mientan la película. Y es que se ve que se había perdido, parece ser que llegándose a creer que definitivamente. Pero se encontró a finales de los 89 una copia en Brasil, que sirvió para su reconstrucción. Una reconstrucción parcial, puesto que el metraje reconstruido venía a ser como tres cuartas partes de la duración original. Pero la filmografía de Lang, digo yo, podría prescindir perfectamente de este título, si bien a mí me guste ese primer acto… por razones alejadas del langismo…


















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