Aunque no sea ni de lejos el mejor de los Buster Keaton (que suelen encontrarse cuando ofrece su enorme empeño, en combate desigual, para hacerse con el amor de su chica), ante un cierto estado de desánimo que hoy me oprimía volver a ver ahora “El Rey de los cowboys” (1925; recién colgada, restaurada, en Filmin) era realmente lo que necesitaba.
Buster Keaton es el rey del gag, producto que ofrecía hasta a Samuel Beckett para intentar salvar su “Film”, pues le decía que nadie iba a reírse con una película con esos mimbres. Pero ésta tiene además un hilo argumental que me recuerda recientes clases sobre Historia de Estados Unidos a las que he asistido.
Forzado por el hambre a vender todas sus pertenencias en un comercio de su Indiana natal, se desplaza en tren hasta Nueva York y ahí, fortuitamente, da con una estatua de Horace Greeley con su famosa frase: “Go west, young man”. Le hace caso y se monta en otro tren hacia Santa Fé, emulando a tantos que emprendieron la famosa ruta colonizadora hacia el Oeste Norteamericano.
Se enrola como cowboy en un rancho y ahí entabla amistad con una vaca. Suficiente para con eso poder contemplar buena parte de su repertorio: Así, mira el horizonte con la palma de su mano de visera o idea una escalerilla de mano para subir cómodamente al caballo. Por aquel entonces ya había hecho sus grandes películas, y todo el mundo sabía que no había quien hiciera variar el serio semblante de Cara de Palo, cosa que aprovecha para elaborar una escena en la que un malhechor le obliga a sonreír.
Después aún tiene tiempo de conducir él sólo en tren y atravesando la ciudad de Los Ángeles todo el ganado, lo que apareja otra serie de gags, con participación hasta de los Cops y bomberos de la ciudad.
Decididamente, es verdad eso de que Buster Keaton es uno de los mejores remedios contra toda infección sentimental.





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