Como había leído un libro suyo reciente (“Au travail avec Duras, Robe-Grillet, Rivette et quelques autres”) ya sabía que este anterior “Au travail avec Eustache” (Luc Béraud; Institut Lumière / Actes Sud, 2017) ofrecía la visión desde el punto de vista de su equipo técnico -Béraud le hizo en tres ocasiones de asistente de dirección- de las preparaciones y rodajes de Jean Eustache.
Podría decirse que Béraud ve con ojos muy críticos el comportamiento en ciertos momentos de Eustache durante esos rodajes… para luego confesarse admirado del resultado final que obtuvo de los mismos.
Fue ayudante de dirección suyo en “La maman et la putain”, “Mes petites amoreuses” y “Une sale histoire”, conceptuando las dos primeras como obras en las que Eustache habló de aspectos muy dolorosos de su vida. Un dolor que con bastante frecuencia toreaba a base de ingestas importantes de alcohol, hasta el punto que, en un gesto de humor mayúsculo, en los títulos de crédito de “Mes petites amoreuses” puede leerse que ejerció el cargo de “consejero técnico”… ¡Mr. Jack Daniel!
Aunque muchas cosas que señala en el libro ya se las había leído en otros -anteriores o posteriores- sobre el director, el volumen da una enorme información, de sumo interés, para entender la personalidad de Jean Eustache.
Confirma, entre otras cosas, que ciertamente lo que buscaba con ellas era reproducir exactamente el sitio en que se produjo lo que cuenta y los detalles que lo marcaron, que inevitablemente son retazos -efectivamente dolorosos la mayoría de ellos- de su propia vida. Así, ya en la introducción del libro dice Béraud que “la preparación de un film era para él una serie de continuas decepciones ante los decorados que habían cambiado, los vestidos pasados de moda o los accesorios que ya no se utilizaban. Preparar las localizaciones para Eustache consistía en ir a los lugares en los que se habían desarrollado los acontecimientos e imaginar cómo reorganizarlos para que se parecieran a lo que habían sido.”
Marca el libro, entre otras informaciones de interés, la cartografía parisina de los locales frecuentados por Eustache, que luego surgían -menos de lo que intentó- en “La maman et la putain”. Por otro lado, nos enteramos por ejemplo gracias a él que la habitación de enfermera que tiene el personaje de Françoise Lebrun en la película había de ser por fuerza la que en su momento tenía Marinka Matuszewski, una de sus amigas íntimas sobre las que trenzó su film, en el hospital Laennec, y así con todos los demás lugares. Los detalles llegan hasta aspectos minúsculos de la trama. Un capítulo muy significativo desarrolla todo lo referente a las braguitas amarillas que fugazmente se vislumbraban cuando una chica pasa en bicicleta delante de David, el alter ego de Jean Eustache adolescente en “Mes petites amoreuses”.
Tratándose de memorias sobre rodajes de un miembro del equipo técnico, todos los menores detalles que competen a las instrumentos empleados, las personas que los utilizaron y como lo hicieron quedan minuciosamente reflejados, yendo éstos mucho más allá de la diferencia apreciable de presupuesto entre “La maman…”, que obligó a un equipo de lo más precario, y “Mes petites…”, a la que benefició el enorme éxito de prestigio de la primera, con lo que se pudo hacer con un presupuesto -y por tanto equipo- mucho más holgado.
Debió guardar Béraud el plan de rodaje y su cumplimentación, porque sabe detallar lo que se hizo cada día de rodaje de cada una de esas películas, incluyendo los cambios sobre lo planificado que por fuerza mayor se tuvieron que improvisar.
El relato no es, en ciertos momentos, nada generoso con Jean Eustache. Hace notar las preocupaciones, caída de ánimo y problemas que supuso para todo el equipo (aunque no parecían nunca poner nervioso a su incombustible director de producción) la cantidad de ocasiones en que no se presentó en el rodaje cuando todo estaba preparado o bien que tuvieron que anular las sesiones debido a su desatado estado etílico. Eso cuando no desaparecía durante un par de días y nadie conocía su paradero. Eso… y hasta robos de la caja de producción para poder tener dinero que perder en el casino. O, en la misma dirección, Béraud se asombra constantemente de que el director, más allá de cierta complicidad con alguno, no dé ningún tipo de indicación o retroalimentación sobre su trabajo ni nada parecido a los actores que, despistados, buscan otros con los que confesarse o salían frustrados de la experiencia.

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