lunes, 2 de febrero de 2026

Sin novedad en el Alcázar

A la derecha, el feo y personaje para hacer reír.


Ayer me armé de valor y me puse a ver (grabada del canal FlixOlé de Movistar) “Sin novedad en el Alcázar” (Augusto Genina, 1940), de la que aún guardaba ciertas pesadillas tras la visión -al menos de alguno de sus trozos- durante mi infancia. ¿O no era de ésta la machacona visualización de la famosa y “heroica” conferencia telefónica entre el padre comandante del lugar y su hijo, rehén del poder rojo y moneda de cambio no aceptada?
Una primera conclusión es que, rodada a conciencia en Cinecittà, es una gran producción, con excelente acabado, bien rodada y montada. Si por el final se hace un poco rollo es porque la cuota de exaltación religiosa supera sus esporádicas apariciones en el resto de su metraje y rebosa todos los topes soportables, desprendiendo un aroma dengue de lo más tóxico: todos los supervivientes en las ruinas del Alcázar se ponen a comulgar sin excepción ante la que creen será la andanada definitiva del enemigo.
Pero su dinámico inicio la hace muy visible, haciéndote sólo arrugar la nariz por el tufillo militarista que continuamente desprende.
Las mentiras históricas, pese a la declaración del rótulo inicial (verlo en una de las imágenes adjuntas) aparecen nada más empezar la película, con ese ponerse “a las órdenes de Franco” de toda la oficialidad, como un solo hombre: En 1940 Don Claudio era ya el Jefe Único del Glorioso Follón y de todo lo que vendría los 35 años siguientes, por lo que todos adoptaron un proceso de adulación que entre otras cosas lo llevó a las inscripciones en monedas, billetes, sellos y demás sin que se le cayera la cara de vergüenza, pero cuando se produjo la sublevación, Franquito (como le habían llamado cariñosamente sus allegados) era sólo un general más -el que costó más de convencer- de los confabulados contra el gobierno de la República.
Como no podía ser de otra manera, los que lucen gran prestancia militar antes del enfrentamiento y durante todo su inicio son, naturalmente, los protagonistas, del bando nacional, que se mueven por ambientes pijos. Hay entre ellos jóvenes dinámicos y hasta uno feo (con gafas) y divertido, para dar la nota cómica (ver foto). Para saber lo se desprende del otro bando, basta con ver la desgana y aspecto sudoroso que caracteriza a la gentuza de la sala del Ministerio desde donde llaman a los sublevados o, quizás, el caos que preside el avance de los milicianos que van a atacar en primera instancia el Alcázar.
Viendo la vigorosa alegría con la que responden todos a la noticia de que los suyos están al llegar, oyéndose un estruendoso coro que canta el “Cara al sol”, rápidamente secundado por todos y cada uno de los participantes, radiantes y casi poniéndose de puntillas propulsados por el orgullo, por un momento he recordado escenas similares de las producciones chinas de la época de la Revolución Cultural


La llegada de los milicianos a Toledo desde Madrid.

Los ataques se sofistican. Llegan dos tanquetas.


La mítica llamada telefónica.

La respuesta del hijo es tan de manual que no hay quien se la crea.
 

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