Viendo la secuencia inicial de “El camino a Shoah” (“Je n’avais que le néant. Shoah par Lanzmann”; Guillaume Ribot, 2025), que acaba de colgar Filmin en su plataforma, he tenido un fuerte impulso de dejar de lado su visión.
Tras un rótulo que explica que la película está hecha a base de diferentes recuerdos del propio Lanzmann y sus filmaciones del momento para la película, vemos un par de rushes en que su mano pone en marcha la radio del coche, pasando a sonar el Allegretto (nada alegre, sino un mucho de solemne y bastante mortuorio) de la 7ª Sinfonía de Beethoven y en off, mientras le vemos su cara conduciendo, oímos a Claude Lanzmann.
Ahí viene el problema. Te da la impresión de que esté leyendo directamente de su libro de memorias “La liebre de la Patagonia”. Pero, mientras ahí eres tú quien le pones tu voz, aquí es al propio Lanzmann a quien oyes decir, enfatizando, lo mucho que sufrió para dejar para la historia su monumento sobre la inmensa barbarie y, siendo eso cierto, te produce cierto malestar su asuncion de ese protagonismo emocional.
Pero poco a poco, viendo los descartes finales de la película, o cosas de las fases preparatorias rodadas, recordando a lo que envuelven, te vas rehaciendo.
Producida (co) por Dominique, viuda de Lanzmann, está claro que ha querido hacerle un homenaje, absolutamente pertinente si se ve la obra que dejó de su trabajo, y visto así, todo retoma su hogar.
En uno de los planos finales, rueda a uno de los que encabezaron la resistencia en el ghetto de Varsovia. Como se ha convertido en un alcohólico -que razona ante la cámara las más que convincentes razones para su situación actual- las autoridades religiosas judías han exigido que no apareciera en “Shoah”. Tras oírlo expresarse -y en verdad emociona- Claude Lanzmann le abraza, reposando su cabeza en su pecho. El plano se mantiene. De haberlo montado Lanzmann habría repelido, pero hemos de entenderlo como es, pieza final para una película en homenaje suyo. Así vale.


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