Jesús Franco no gana para desengaños en “El extraño viaje” desde la muerte de sus padres. Invoca al tiempo pasado continuamente: “¡Con lo buenas que estaban las peras del huerto de papá!” ¿Cuáles podrían ser esas riquísimas peras del huerto de papá, a conservar en la memoria? Aquí –Cine- se intenta recopilar y dejar visibles las impresiones a vuelapluma, en general sin documentación ni análisis previos, de la reciente visión de alguna película que me haya causado buenas vibraciones.
domingo, 18 de noviembre de 2018
Funerailles. L’art de mourir
viernes, 16 de noviembre de 2018
Los amantes crucificados
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| Inicio de la impresionante escena de la barca en el lago. |
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| El patrón queriendo meter mano a la criada. |
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| La cuña dramática de la condena a la crucifixión de unos amantes adúlteros. |
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| Los finalmente amantes, rendidos por el cansancio. |
miércoles, 14 de noviembre de 2018
Laya Films
El 10 de marzo de 1978 hubo en la sede de la Filmoteca Española en la calle Mercaders una sesión muy significativa, dedicada a Laya Films, el Departament de Cinema del Comissariat de Propaganda de la Generalitat creado en su día y dirigido por Jaume Miravitlles. Por primera vez después de la guerra civil se pudo ver en una sesión pública alguno de sus noticieros y de sus documentales bélicos o de otros temas. Hasta entonces casi nadie había estudiado y analizado esa materia: Quizás sólo Romà Gubern, porque ha estado en todos esos tipos de batallas, y unos jovencísimos Rosa Álvarez y Ramon Sala. Lo aportado por ellos y una entrevista del Tele-Exprés con Jaume Miravitlles que hoy ha vuelto a ser mencionada como fuente de información era prácticamente todo lo que podías encontrarte sobre ello. Los tres, junto a Félix Fanés, estuvieron en esa sesión, que para compensar lo poco que se conocía, contó con varios de los protagonistas que habían trabajado para Laya Films. Ahí se pudo ver y oír -y hoy eso suena a auténtico privilegio- al documentalista Ramon Biadiu, a los operadores Joan Mariné y Manuel Berenguer, a los montadores Joan Serra y Conchita Martínez. Joan Castanyer, el máximo responsable de Laya Films, ya había muerto en el exilio.
martes, 13 de noviembre de 2018
Amor de padre
Padre de dos hijas, sin ningún hijo en mi haber, me libré del oprobio ese (visto de lejos, como cosa ajena) de tener que estar lanzando o recibiendo la pelota de mi hijo durante una eternidad. Para aclararnos: eso que en las películas americanas se convierte en lanzar una y otra vez una pelotita, haciendo una gran gesticulación, al hijo que la atrapa con un gran guante en su mano, aprovechando los descansos para dar lecciones de vida al indefenso mozalbete.
Es verdad que, con sumo placer, en el pasillo de casa hicimos los tres buenos partidos de algo parecido al fútbol. Yo, para equilibrar, formaba equipo con Mar, tan pequeña que apenas —y aquí la expresión está muy bien empleada— daba pie con bola. No podía, además, salir más allá del medio campo de nuestra portería, a la sazón el umbral que conectaba el pasillo con la entrada. Por su parte, Ginebra, su hermana mayor, nuestra contrincante, gozaba de una portería (la puerta que conectaba, al otro extremo, con la sala de estar/comedor) que no permitía colar goles como los que recibíamos nosotros, casi todos rebotes de las paredes laterales del pasillo, porque éste se ensanchaba mucho al llegar a ella. Detallo todo esto para que se vea que el mayor fairplay presidía todas mis actuaciones. Bueno, a lo que iba: el caso es que esa era una actividad privada, efectuada —griterío asociado al margen— en la más estricta intimidad, sin nada de ese exhibicionismo malsano fomentado por tantos padres con sus hijos.
Aborrezco también otra actividad ligada con el deporte y los hijos. Una actividad que se avanzó mucho tiempo a esa tendencia imparable hoy en día de equiparar a las mujeres con los hombres en todos los campos. Efectivamente. He podido comprobar que cuando un alevín participa en un enfrentamiento deportivo, participan y quizás hasta vociferen más las madres que los padres que acuden, todos ellos, eso sí, dispuestos a las mayores tropelías para que la sangre de su sangre lleve a la hora de la comida a casa un inmundo trofeo.
Pero en una ocasión me convencieron de asistir a una competición deportiva en que participaba Ginebra, entonces mucho más pequeña que cuando vencía una y otra vez en esos especiales partidos de fútbol caseros. Era una carrera de natación, final del cursillo estival al que la habíamos inscrito para que superase algo el estilo perro y muerto del que hacíamos gala sus progenitores. Dadas las dimensiones familiares de lo expuesto, ya se habrá averiguado que no voy a recordar ninguna secuencia que pueda contemplarse en un cine. Todo lo más en una sesión doméstica, pues grabé parte del acontecimiento con una cámara de vídeo S-8. Espero que se me permita, por una vez, la licencia, ahora que la gente ve mucho más cine en casa que en salas de cine.
Pues bien. Ginebra era, en esa circunstancia, la novata y, seguramente, la más pequeña. Aún no se mantenía a flote demasiado bien. Dijimos que no la llevaríamos a esa fiesta final, porque no podría hacer, por mucho que se esforzase, el largo de la piscina que marcaba la competición. Pero entonces nos dijeron que sí, que fuera, que podía participar con un manguito en un brazo, lo que le daría confianza y le permitiría acabar el recorrido.
Llegó la manga de su competición y salieron todas raudas hacia el otro extremo de la piscina. Yo esperaba que no se desmoralizase viendo cómo se alejaban todas sus contrincantes cuando, con gran sorpresa, vi que no sólo se mantenía a su altura sino que, por el final, haciendo de tripas corazón, apretó los dientes y braceó y movió las piernas como nunca, llegando la primera.
Será orgullo de padre, pero el caso es que me emocioné del esfuerzo que había hecho, yo creo que porque habíamos ido a verla actuar. Pero luego la organización tuvo un gesto muy feo, que me dejó machacado. En la entrega de premios, cuando ya iba a recoger su trofeo, dijeron que como había ido con manguito, se lo entregarían en su lugar a la segunda, una chica bastante mayor que ella, que fue vitoreada por sus padres y parte del público congregado.
Por dentro lloré de rabia. Fue uno de esos momentos en los que con suma facilidad me habría convertido en un padre de esos que denigro.
lunes, 5 de noviembre de 2018
El ambiente cultural provinciano
jueves, 1 de noviembre de 2018
Ombres Mestres: Teulades i altres elevacions
Cuando ya teníamos el título montado a partir del muy festivo que utilizamos de trabajo, di con el título ideal para nombrar la sesión. Lo pesqué en “Campos de Níjar”, de Juan Goytisolo, que daba con el verbo preciso: Atalayar.
El verdugo
domingo, 28 de octubre de 2018
Umbral define a FFG
sábado, 27 de octubre de 2018
La mujer crucificada
martes, 23 de octubre de 2018
Caravaggio, The soul and the blood
Tengo por norma no escribir en contra de una película. No hay suficiente tiempo para las cosas buenas de la vida, con lo que sólo faltaría que lo desperdiciáramos con las que hemos detestado o, cuando menos, no nos han despertado el más mínimo interés.
Informe Federació Catalana Cineclubs
lunes, 22 de octubre de 2018
Asamblea de los cineclubs
domingo, 21 de octubre de 2018
Fernando Lara y los cineclubistas
Petra
jueves, 18 de octubre de 2018
El destino de la señora Yuki
Ajoblanco crónica en rojo y negro
miércoles, 17 de octubre de 2018
Una negra sombra que cae sobre la mirada
No sé si la emoción le llega al común de los mortales, pero a mí me pasa durante todo el tiempo en que Travis, el protagonista de Paris, Texas (Wim Wenders, 1984), visiblemente incomodado, nervioso, está viendo la proyección de un film familiar. Porque vengo a hablar del final de esta larga escena pero, de hecho, la emoción ya me ha llamado a la puerta mucho antes, cuando entre los personajes que aparecen en esa excursión filmada surge, radiante, Jane.
Hemos visto al principio de la película a Travis (Harry Dean Stanton) alterado mentalmente, porque, si no, no deambularía por el desierto como vemos que deambula, con la mente en blanco. Le rescatan cuando sigue unas viejas vías de tren hacia la civilización. Cambian entonces los grandiosos paisajes del principio, donde él es una hormiga en un enorme desierto, por otros de una proporción más humana. Le ponen en contacto con su hijo y va recordando que le abandonó a él y a su madre, Jane (Nastassja Kinski), tras un tiempo de alcohol y turbulencias. Justo lo que le causó el trauma que casi acaba con su vida en el desierto. Poco después le convencen para ver esas peliculitas familiares.
En Toro salvaje, Scorsese incluía, en medio de ese relato sobre el destructor mundo del boxeo, la proyección de un rollo de súper-8 (lo que luego sería vídeo doméstico), de esos que todos hemos rodado alguna vez. Es un momento trascendente, porque dejamos de estar ante el film hollywoodense, con toda su parafernalia, su sólida forma de hacer y presentarse, para tener un encontronazo directo con algo que, mal rodado, iluminado y montado, es fresco y tiene -ese sí- visos de enorme realidad.
En Paris, Texas esa sensación de realidad vuelve a llegarnos de las manos de una escena similar. Y vuelve para traer consigo el recuerdo de una vida antigua, real, pero seguramente ida ya para siempre, con lo que eso duele.
Estamos en una típica sesión de sobremesa de esas con pase de viejas filmaciones. Su hermano, la mujer de este (la también magnífica Aurore Clément), Travis y su hijo toman asiento tras la cena para ver la grabación. Lo que se ve tiene la pinta de excursión, un esplendoroso día festivo, de ellos cuatro y la gran ausente -Jane- a un lugar costero. Travis empieza con buen ánimo, girando su cabeza para ver la reacción de su hijo cuando este sale en esa grabación con ya un tiempo a cuestas. Pero su hijo parece, en realidad, más atraído por las evoluciones en la pecera de la sala que en lo que se ve en la pantalla. Es a Travis al que las imágenes le empiezan a remover algo por dentro.
Su hijo aparece en la pantalla en brazos de una figura que hasta entonces sólo se veía fugazmente, pero de repente la cara de esta ocupa todo el cuadro y él no puede sino bajar la mirada, apesadumbrado. Pero la cinta sigue. En ella se ve a continuación a Jane de cuerpo entero, libérrima, girando como peonza sobre sí misma en la arena y, poco después, sonriente, dando un abrazo de oso a Travis. Él se refugia en la sala, en la oscuridad, con los brazos cruzados, desolado, y nosotros, que nos identificamos, pensamos en esos momentos de felicidad que estaban ahí, esas sonrisas que teníamos a nuestro alcance y que, inconscientes, no aprovechamos como debiéramos. Con lo difícil que será ya reproducir en el futuro a los unos y a las otras. Y, a todo, para que la emoción nos llegue ya casi incontrolable, va sonando la musiquilla que, como un leitmotiv, Ry Cooder compuso para la película.
El pase del rollo de film súper-8 llega a su fin. Ahora ya nadie lo tendrá presente, pero cuando eso sucede se oye el ruido del final de la pequeña tira de celuloide saltando, libre ya de la bobina vacía, luego haciendo sus últimos recorridos por los rodillos del proyector y, finalmente, golpeando una y otra vez en la otra bobina que, llena, ha ido recogiéndolo. Mientras, el haz luminoso del aparato llega de pronto, sin obstáculos, a la pantalla. Todo eso pasa también aquí, hasta que el hermano de Travis reacciona y desconecta el motor del proyector. En ese momento la oscuridad, en forma de una negra y pesada sombra, cae sobre la mirada de Travis.




































