domingo, 18 de noviembre de 2018

Funerailles. L’art de mourir


Aunque tenía ganas de volver a ver los deslumbrantes exteriores del “Mikael” de Dreyer, para no salir de vacío de L’Alternativa sin conocer nada de Boris Lehman he ido finalmente a ver la parte final de su testamento, sus funerales. Es decir: “Funerailles. L’art de mourir” (2016).
La primera imagen nos muestra al realizador, cual Ofelia, en una charca. Pero no está muerto, sino maltrecho. Se encuentra con Cannelle, su precioso perro, con el que se da grandes abrazos. Poco después, con un amigo en un café parisino, como quien no quiere la cosa, desarrolla toda una teoría sobre la mirada y la imagen. Pero como nos comenta se dirige a la desaparición, a ser un fantasma.

Empiezan entonces una serie de secuencias que nos indican que su personaje (él mismo, que coloca la cámara -fija- a unos tres metros, para filmarse) se va desprendiendo de todo lo terrenal. Cajas enteras en su estudio (con una placa exterior que indica “Ici le cinéaste Boris Lehman ne fait que passer ”) mientras por la tele el rey Balduino anuncia su abjuración, también la yedra que envuelve el edificio.

Él mismo va a probar y se deja aleccionar por un vendedor de ataúdes sobre las características de cada uno de ellos. Pero siguen los desapegos, deshacerse de todo. Sobre unos libros -todos de Kafka- tirados por el suelo y a los que se prende fuego, oímos la famosa carta a su amigo Max Brod, encargándole la destrucción de su obra. Más adelante vemos cómo lanza desde un búnker de una playa de Normandía las latas de sus películas.

Con ese apellido, Lehman no podía ser sino judío, y se deja hacer entonces todos los ritos de muerte debidos a uno de ellos. Sigue luego un festivo y colorido cortejo fúnebre, todos sonrientes, en el emplazamiento de Waterloo, convertido en un campo de patatas. El enterramiento y discurso fúnebre acaba la ceremonia. Hay, sin embargo, él sentado delante de sus latas de films, un epílogo, serio, en el que confiesa que toda su vida ha sido una función, y enviando a todos, para romper la tendencia usual en estos casos, a la porra.

Pero ahí, ya casi con los créditos finales, ha cedido a la tentación y rueda un plano de una amiga, destacada centralmente con el resto del cuadro oscurecido, que canta “Le temps des cerisses”. Por un momento, con ese emotivo himno a la belleza del tiempo pasado, me he creído en un funeral de esos laicos a los que últimamente he asistido.
Curioso personaje, éste Boris Lehman.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Los amantes crucificados

Inicio de la impresionante escena de la barca en el lago.
Me imagino a algún surrealista que sobreviviera en 1955 viendo en Cannes “Los amantes crucificados” (Kenji Mizoguchi, 1954). Ellos, que habían valorado películas de amores desatados, de esos que van más allá de la muerte, habrían sin duda reaccionado con entusiasmo ante esta exótica película, llegada del Extremo Oriente en el momento en que se empezaba a conocer y estimar en Occidente el cine japonés.

Últimamente desbordado, habiendo dejado demasiado olvidada a L’Alternativa, con trabajos pendientes por todos lados, me alegro de haber atendido al menos al reclamo de Mizoguchi, con ésta una de sus películas más renombradas.
El patrón queriendo meter mano a la criada.
A mi entender se distingue de las demás suyas por varias razones. Me ha sorprendido, por ejemplo, al margen de en los típicos títulos de crédito, en que aparece en forma de percusión muy tradicional, la irrupción, tan sutil, de una música muy suave, por un corto espacio de tiempo, cuando ya llevábamos buena parte del metraje consumido. O el ritmo de la película, muy bien articulado, pero todo punteado con pausas, silencios, que no recuerdo en él como habituales.
La cuña dramática de la condena a la crucifixión de unos amantes adúlteros.
Un juego, toda una cadena de amores no correspondidos nos son presentados de buen principio. La criada ama secretamente al artesano, quien ama secretamente a la mujer de su patrón, un hombre muy burdo enriquecido por tener la exclusiva en todo el país de los calendarios familiares y que, a su vez, acosa sexualmente a la criada, cerrando el círculo.

Hay entonces un momento que rompe la placidez narrativa -dos adúlteros exhibidos públicamente, condenados a ser crucificados- y anuncia la amenaza que pende sobre quien pone en entredicho el honor de la gente poderosa. Pero el film entra entonces sorprendentemente en una etapa con unas formas que podrían corresponder a un vodevil: personas que suplantan a otras, equívocos...
Los finalmente amantes, rendidos por el cansancio.
El amor apasionado y correspondido va tomando cuerpo paulatinamente, desde la nada, hasta la dramática etapa final del film, presidida por algún momento con planos -como los del lago, o la desesperada persecución de ella a su amante- cuya estética deja boquiabierto. Y siempre la impresión de que se trata de un film que trasmite, pese al drama que se cuece en él, sensaciones de serenidad, hasta de majestuosidad, apoyadas, de tanto en tanto, por pequeñas cuñas de música.
Un peliculón, de la época de madurez de Mizoguchi.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Laya Films

El 10 de marzo de 1978 hubo en la sede de la Filmoteca Española en la calle Mercaders una sesión muy significativa, dedicada a Laya Films, el Departament de Cinema del Comissariat de Propaganda de la Generalitat creado en su día y dirigido por Jaume Miravitlles. Por primera vez después de la guerra civil se pudo ver en una sesión pública alguno de sus noticieros y de sus documentales bélicos o de otros temas. Hasta entonces casi nadie había estudiado y analizado esa materia: Quizás sólo Romà Gubern, porque ha estado en todos esos tipos de batallas, y unos jovencísimos Rosa Álvarez y Ramon Sala. Lo aportado por ellos y una entrevista del Tele-Exprés con Jaume Miravitlles que hoy ha vuelto a ser mencionada como fuente de información era prácticamente todo lo que podías encontrarte sobre ello. Los tres, junto a Félix Fanés, estuvieron en esa sesión, que para compensar lo poco que se conocía, contó con varios de los protagonistas que habían trabajado para Laya Films. Ahí se pudo ver y oír -y hoy eso suena a auténtico privilegio- al documentalista Ramon Biadiu, a los operadores Joan Mariné y Manuel Berenguer, a los montadores Joan Serra y Conchita Martínez. Joan Castanyer, el máximo responsable de Laya Films, ya había muerto en el exilio.

Sí sé con tantos detalles de la sesión esa de hace 40 años es porque estuve en ella, escribiendo luego un papelito sobre la misma para una revista de entonces, Cinema 2002. Desde entonces siento una curiosidad especial por esta gente de Laya Films, por ese amante de Flaherty que fue Biadiu, por esas sonoras locuciones de Ramon Martori en los noticieros,...
Hoy creo que de todos los de Laya que asistieron sólo vive un muy mayor Joan Mariné, pero, compensando por el otro extremo, quien quiera saber por qué la sala pequeña de la Filmoteca se llama Laya, y además escrito con i griega, dispone de todo un señor libro para ello, producto de largos años de investigación por parte de Esteve Riambau. Como se ha encargado de decir él mismo por varios medios y en la misma sesión de presentación del libro que ha tenido lugar hoy, precisamente en esa sala de la actual Filmoteca (ya de la Generalitat), “Laya Films i el cinema a Catalunya durant la Guerra Civil” (L’Avenç, 2018) no es un libro institucional. Lo ha escrito Riambau por su cuenta y riesgo, acudiendo luego a una editorial privada para su publicación.
Pero la verdad es que hoy no se ha hablado mucho de Laya Films (como se ha apresurado a decir E. Riambau, la gente deberá comprar el libro...), mientras que el foco se ha dirigido sobre todo hacia ese curioso personaje, bastante rocambolesco, Joan Castanyer, del que Paul Hammond ha ensayado una breve semblanza biográfica. Sólo anotaré aquí unos pocos datos: Figurante de “L’Age d’or”, amigo de Picasso, Renoir, los hermanos Prevert, de pintores como Picasso, Cossío, Ontañón,... (con los que se reunía en el Café Select de Montparnasse en los años 20). Colaboró luego, al margen de mucho con Renoir (Le crimen de Mr. Lange), con Feyder.
El mismo Hammond ha explicado el interés de la investigación cursada en estancias parisinas por Riambau sobre las cartas de Picasso, por las que ahora se sabe bastantes cosas de Castanyer, a sumar a que vivió en el estudio parisino del pintor de 1940 a 1945, que llegó a realizar un largometraje de ficción con Maria Casares y que “hizo todos los papeles del auca” (que se dice en catalán) en películas alimenticias posteriores, pero algunas de ellas con Fernandel o de Jacques Tati, además de, frecuentemente, Renoir. O que vivió en los años 60 en casa de una dama -la de Noailles- que tanta incidencia tuvo en el cine de vanguardia. Hammond también ha comentado su faceta de pintor, pero no ha dejado muy bien a sus cuadros: “como de un hotel de dos estrellas francés provinciano”, ha dicho.
Se han proyectado un noticiari de Laya Films (en el que me he quedado mirando, obsesionado, un árbol destripado de la conquista de Brunete), Catalunya Mártir (montado para sensibilizar y pedir ayuda exterior), un documental que se creía perdido de Biadiu (Els ollaires de Breda) y un muy curioso documental de 1948 sobre una “Andorra” aun no caída en el turismo realizado por Castanyer.

Ante la portada del libro, ilustrada con un pin de Laya Films que ha pasado a ser patrimonio de la Filmoteca (anécdota explicada por Riambau).

En la pantalla, Joan Castanyer.

Más Castanyer.

Els ollaires de Breda.



martes, 13 de noviembre de 2018

Amor de padre

Padre de dos hijas, sin ningún hijo en mi haber, me libré del oprobio ese (visto de lejos, como cosa ajena) de tener que estar lanzando o recibiendo la pelota de mi hijo durante una eternidad. Para aclararnos: eso que en las películas americanas se convierte en lanzar una y otra vez una pelotita, haciendo una gran gesticulación, al hijo que la atrapa con un gran guante en su mano, aprovechando los descansos para dar lecciones de vida al indefenso mozalbete.


Es verdad que, con sumo placer, en el pasillo de casa hicimos los tres buenos partidos de algo parecido al fútbol. Yo, para equilibrar, formaba equipo con Mar, tan pequeña que apenas —y aquí la expresión está muy bien empleada— daba pie con bola. No podía, además, salir más allá del medio campo de nuestra portería, a la sazón el umbral que conectaba el pasillo con la entrada. Por su parte, Ginebra, su hermana mayor, nuestra contrincante, gozaba de una portería (la puerta que conectaba, al otro extremo, con la sala de estar/comedor) que no permitía colar goles como los que recibíamos nosotros, casi todos rebotes de las paredes laterales del pasillo, porque éste se ensanchaba mucho al llegar a ella. Detallo todo esto para que se vea que el mayor fairplay presidía todas mis actuaciones. Bueno, a lo que iba: el caso es que esa era una actividad privada, efectuada —griterío asociado al margen— en la más estricta intimidad, sin nada de ese exhibicionismo malsano fomentado por tantos padres con sus hijos.


Aborrezco también otra actividad ligada con el deporte y los hijos. Una actividad que se avanzó mucho tiempo a esa tendencia imparable hoy en día de equiparar a las mujeres con los hombres en todos los campos. Efectivamente. He podido comprobar que cuando un alevín participa en un enfrentamiento deportivo, participan y quizás hasta vociferen más las madres que los padres que acuden, todos ellos, eso sí, dispuestos a las mayores tropelías para que la sangre de su sangre lleve a la hora de la comida a casa un inmundo trofeo.


Pero en una ocasión me convencieron de asistir a una competición deportiva en que participaba Ginebra, entonces mucho más pequeña que cuando vencía una y otra vez en esos especiales partidos de fútbol caseros. Era una carrera de natación, final del cursillo estival al que la habíamos inscrito para que superase algo el estilo perro y muerto del que hacíamos gala sus progenitores. Dadas las dimensiones familiares de lo expuesto, ya se habrá averiguado que no voy a recordar ninguna secuencia que pueda contemplarse en un cine. Todo lo más en una sesión doméstica, pues grabé parte del acontecimiento con una cámara de vídeo S-8. Espero que se me permita, por una vez, la licencia, ahora que la gente ve mucho más cine en casa que en salas de cine.


Pues bien. Ginebra era, en esa circunstancia, la novata y, seguramente, la más pequeña. Aún no se mantenía a flote demasiado bien. Dijimos que no la llevaríamos a esa fiesta final, porque no podría hacer, por mucho que se esforzase, el largo de la piscina que marcaba la competición. Pero entonces nos dijeron que sí, que fuera, que podía participar con un manguito en un brazo, lo que le daría confianza y le permitiría acabar el recorrido.


Llegó la manga de su competición y salieron todas raudas hacia el otro extremo de la piscina. Yo esperaba que no se desmoralizase viendo cómo se alejaban todas sus contrincantes cuando, con gran sorpresa, vi que no sólo se mantenía a su altura sino que, por el final, haciendo de tripas corazón, apretó los dientes y braceó y movió las piernas como nunca, llegando la primera.


Será orgullo de padre, pero el caso es que me emocioné del esfuerzo que había hecho, yo creo que porque habíamos ido a verla actuar. Pero luego la organización tuvo un gesto muy feo, que me dejó machacado. En la entrega de premios, cuando ya iba a recoger su trofeo, dijeron que como había ido con manguito, se lo entregarían en su lugar a la segunda, una chica bastante mayor que ella, que fue vitoreada por sus padres y parte del público congregado.


Por dentro lloré de rabia. Fue uno de esos momentos en los que con suma facilidad me habría convertido en un padre de esos que denigro.

lunes, 5 de noviembre de 2018

El ambiente cultural provinciano


En “La peau douce”(1964), François Truffaut ofreció uno de los más punzantes, a la vez que certeros, retratos de la vida cultural de provincias. Su protagonista (un algo desabrido Jean Desailly: nunca sabremos qué le vio la atractiva azafata encarnada por Françoise Dorléac para liarse con él) acepta ir a dar una conferencia a Reims, para, aprovechando la circunstancia, pasar un fin de semana con su amante. Pero las fuerzas vivas de la ciudad no van a dejarle ir así como así...
El sórdido ambiente sobre la vida cultural provinciana, que tiene también un demoledor retrato en el par de documentales que Jean Eustache hizo sobre “La Rosiérè de Pessac”, me ha vuelto a resultar muy bien descrito en unas páginas del “El día que llegué al Café Gijón”, de Francisco Umbral. En ellas Umbral recuerda su ida a Tomelloso a recoger su primer premio literario, por un cuento presentado al concurso de la localidad. Allí le esperan también las fuerzas vivas culturales, que lo agasajan, le preguntan que por qué no se queda más tiempo, le escuchan en el teatro leer su pieza y luego le emparejan a una chica y le llevan a bailar toda la noche. “Reina por un día”, al despertar en la pensión al día siguiente ya nadie se acuerda de él. Pensando en todo lo vivido, camina solitario hacia la estación, para coger el tren que le llevará de regreso a su vida en Madrid. Habiendo vivido todo eso, concluye con una frase lapidaria:
“La verdadera y única gloria que se conquista es la gloria literaria de provincias. Pero es una gloria celérica, ya digo, porque si no es celérica, si no te vas en seguida, al día siguiente le ves el revés triste a todo.”

jueves, 1 de noviembre de 2018

Ombres Mestres: Teulades i altres elevacions


Cuando ya teníamos el título montado a partir del muy festivo que utilizamos de trabajo, di con el título ideal para nombrar la sesión. Lo pesqué en “Campos de Níjar”, de Juan Goytisolo, que daba con el verbo preciso: Atalayar.
Hasta entonces debíamos decir una larga parrafada para explicar las intenciones de esta sesión de “Ombres Mestres”: En determinados momentos, elevarse un poco, ver las cosas desde una posición elevada, permite entender todo mejor. Repasaremos secuencias de grandes directores en las que un personaje o la cámara sube a un tejado o colina para ver algo mejor, o simplemente la segunda hace un movimiento de grúa hasta contemplar –de una forma diferente, esclarecedora- lo que rodea a un personaje.
La primera sesión de este año del “Ombres Mestres” del Cineclub Associació d’Enginyers será el martes 13 de noviembre en Via Laietana 39, de las 18h (con voluntariamente planificada puntualidad) a las 20h. Se pide a cada asistente entregar 5 euros en la entrada y estará dedicada a “Teulades i altres elevacions”. A ese verbo tan apropiado: Atalayar.
Aunque no creo que falte sitio, para reservas de plaza (que se agradecerá se hagan, para editar el número de copias necesario de la documentación preparada) e inscripciones, se puede utilizar el enlace que sigue o –quizás más sencillo- llamar preguntando por alguien que sepa de las actividades del cineclub al teléfono ‪93 319 23 04‬ en horas de oficina.
Muchas gracias por la atención y perdón por este espacio publicitario.
(Al final -así son estas cosas- no hablaremos de ninguna escena de Rivette, pese a ser en quien primero se piensa cuando se habla de tejados, con imágenes como la de la foto)

El verdugo


“¡José Luis Rodríguez, José Luis Rodríguez!”
Hace una semana, en las Coves del Drach observamos que la visita se produce siguiendo exactamente el mismo ritual que, por lo menos, 1960. Sólo faltaba ver llegar en barca a la pareja de la guardia civil.


 

¡José Luis Rodriguez!


“¡José Luis Rodríguez, José Luis Rodríguez!”
Hace una semana, en las Coves del Drach observamos que la visita se produce siguiendo exactamente el mismo ritual que, por lo menos, 1960. Sólo faltaba ver llegar en barca a la pareja de la guardia civil.

domingo, 28 de octubre de 2018

Umbral define a FFG



Francisco Umbral, en su “La noche que llegué al café Gijón”, que por recientes recomendaciones entusiásticas he empezado a leer, está describiendo, con sonoros adjetivos y relación de palabras que raramente se leen juntas, a los tertulianos del café Gijón, cuando le llega el turno a Fernando Fernán Gómez:
“FFG, con esa cosa de opositor pelirrojo que ha tenido siempre, como si viniera de una academia triste de preparar unas oposiciones que nunca va a sacar, y mientras tanto iba haciendo teatro, cine, televisión, cosas, con gran calidad y singular talento. Su forma de hablar, su voz, su entonación entre irónica y enfática, había creado escuela entre los actores jóvenes, y todos le imitaban la peculiar sintaxis y la altiva fonética. Luego no le imitaban tanto en la lectura de libros y la vocación intelectual”.

sábado, 27 de octubre de 2018

La mujer crucificada


Si tuviese que ser por su nota argumental (Una chica y su madre, regente de un burdel, se enamoran del mismo hombre y se convierten en rivales), nunca habría ido a ver “La mujer crucificada” (1954), pero se trata de un film de Mizoguchi y eso lo cambia todo. Lamentablemente, al ver la primera escena ya me he dado cuenta de que la había visto hacía poco y que, como en esta ocasión, llegué a la conclusión de que no era de entre sus películas una de las que más destacaría.
No es, para entendernos, película de exteriores, que suelen ser entonces de las que quitan el hipo, aunque sí hay en ella un par de escenas de exteriores, y algún encuadre del exterior desde el interior de una casa que deja admirado por su composición (ver la segunda foto), pero es excepcional. Prácticamente todo se desarrolla en decorados y eso, sumado a que soy muy refractario a los melodramas si no vienen presentados por continuos hallazgos respetables de puesta en escena, me la apartan de ese puñado de Mizoguchis que recomendaría sin dudarlo a quien fuera.
El tema es, una vez más, el que obsesiona a Mizoguchi, por su experiencia siempre relatada de ver a su hermana vendida a una casa de geishas. Pero en ese ambiente regentado por su madre llega a refugiarse Yukiko. Y Yukiko (primera foto) es una auténtica luz, durante toda la película, de modernidad años 50, en contraste con el ambiente tradicional de la casa de geishas de Kioto.
La película narra todo el cambio de actitud de Yukiko hacia ese mundo que detesta, con lo que podría decirse que se trata de un melodrama con final feliz, si no fuera porque Mizoguchi, como Berlanga en su extraordinario final de “El verdugo”, eleva la cámara sobre el decorado de la calle de acceso al burdel, de donde vemos salir a unas cuantas personas... como al principio hemos visto entrar a otras. Como en ese “Yo también dije eso la primera vez” de Pepe Isbert expresando que va a haber una continuidad en el oprobio, en “La mujer crucificada”, con esa estructura cíclica, todo se prepara para que se siga viviendo, sin escapatoria, resignadamente, en un mundo que se había deseado con todas las fuerzas abandonar.

martes, 23 de octubre de 2018

Caravaggio, The soul and the blood


Tengo por norma no escribir en contra de una película. No hay suficiente tiempo para las cosas buenas de la vida, con lo que sólo faltaría que lo desperdiciáramos con las que hemos detestado o, cuando menos, no nos han despertado el más mínimo interés.
Pero en esta ocasión voy a romper esa norma personal no escrita.

Hemos ido a ver en el matinal del Verdi "Caravaggio, The soul and the blood" (Jesus Garcés Lambert, 2018). A los quince minutos de proyección ya estábamos fuera del cine, disfrutando de nuevo de un magnífico, de lo más agradable, día. Hemos aprovechado para hacer unos cuantos recados pendientes.
Es una buena idea esa de las matinales de los martes dedicados a un documental de arte, que ya me dispensó hace un par de semanas un correctísimo "Rembrandt" (Kat Mansoor, 2014), de buen sabor de boca. Esta mañana, dirigiéndonos hacia el Verdi, en medio de esa temperatura y clima ideales, que te hacen olvidar lo dura que puede llegar a ser la vida, pensaba en que, de ser de la cuerda del documental visto anteriormente (que estaba producido por un par de museos de categoría), con un poco de suerte saldríamos de la sala con unas cuantas informaciones adicionales bien fijadas sobre el pintor, unas ideas interesantes sobre su pintura y quién sabe si con alguna de las curiosas historias que relatan bien aquilatadas.
Consultamos la hoja de sala y vemos que no está producido por museos ni instituciones de solvencia contrastada en el mundo del arte. Primera mala señal. La impresión -por descontado negativa- del pequeño prólogo, de esa secuencia que antecede al título, es demoledora. Contiene mucho de lo que detesto de los trailers -y es de suponer que también de las películas, aunque no lo puedo asegurar porque ya no las he frecuentado luego- de cine fantástico norteamericanas actuales: Movimientos en cámara lenta, muy próxima a los objetos que retrata, cierta animación asociada, contrastes, planos de corta duración, música grandilocuente con momentos de alta intensidad, imágenes de choque y, entre ellas, un cuchillo que desgarra una tela haciendo brotar una oscura sangre.
Ya estaba dispuesto a abandonar la sala ante esta primeriza muestra desatada de "autoría" que quiere ofrecernos la idea subterránea asociada al mundo de la pintura de Caravaggio. Pero, para que no se diga, le dimos unos minutos más de confianza.
Al cabo de un tiempo de profundizar una y otra vez en el mismo estilo, abandonando toda posibilidad de dar modesta información sobre lo que quiere documentar el film, que se centra en su forma únicamente en esa supuesta clave onírica y profunda, venga puñales desgarrando carne vestida y haciendo brotar sangre (sin duda el blood ese del título), acompañándolo todo de la voz en off de un actor vocalizando y dando misterio y solemnidad a su relato, aparece un señor que debe ser una autoridad en Caravaggio. Habla en italiano, pero lo dobla un actor en inglés, pudiendo leer entonces nosotros el subtitulado de esto último. Al margen de lo que desconcierta y aleja ese procedimiento (podrían dejar únicamente el italiano original y subtitular lo que dice, en vez de bajar el volumen de la frase en italiano y superponerle la traslación inglesa de lo que dice), lo cogen en posición y con movimientos de cámara audaces y apenas si le dejan decir una cosa algo insustancial, para seguir de nuevo con esa lluvia de imágenes que debe el realizador (he visto que mexicano) pensar que van a arrojar a sus pies a todos los espectadores, ante la maestría de su sensibilidad, perspicacia y, en definitiva, arte.
¡Huir!

Informe Federació Catalana Cineclubs

Mireia Iniesta, del Cineclub 69 Escalons de Manacor, y Tariq Porter, actual presidente de la Federació Catalana de Cineclubs, dando la bienvenida a las XIII Jornades del Cineclubisme, que englobaron la Asamblea del ejercicio de 2016.

Sesiones con programación gestionada por la Federació , a las que habría que sumar las sesiones cuya programación es gestionada por los propios cine-clubs.

No puede faltar nunca la fotografía de grupo. En este caso, en el patio de la Casa de Cultura de Porto-Cristo, donde se celebró la Jornada.

Un pequeño informe divulgador, a partir de los datos recogidos: Esos paparazzi de los que colgué ayer por aquí una curiosa fotografía estaban reunidos en Porto-Cristo para celebrar la Asamblea anual de la federación que reúne a sus respectivos cine-clubs.
El que este año fuera acogida por el Cine-club 39 Escalons, de Manacor, debiendo hacer uso sus asistentes de un avión para acudir, hizo que la participación en la asamblea fuera de menos gente que la habitual, sí bien aún así reunió a una cuarentena de personas, correspondientes a 16 cine-clubs de los 53 federados.
Unos pocos datos: Por los años 80 surgieron, donde antes sólo había habido la Federación Española de Cine-clubs, Federaciones que cubrían todo el nuevo mapa autonómico. Una de ellas -que este año celebrará su cuarenta aniversario- fue la Federació Catalana de Cineclubs, única superviviente, a día de hoy, junto a la gallega. Desaparecieron todas las demás, incluida la Española. La Federació Catalana está admitida desde los años 90, además, en la Federación Internacional de Cine-clubs, interviniendo incluso en tareas organizativas de esta última.
A nivel interno, la Federació acoge actualmente a 53 cineclubs federados. Casi todos ellos están repartidos, claro, por toda Cataluña, pero también hay ahora mismo uno de las Islas Baleares, dos de Valencia y uno de Andorra. En muchas comarcas, el cine-club local supone la única posibilidad de seguir viendo cine en pantalla grande.
En 2016, ejercicio del que se celebraba la asamblea, las sesiones de los cine-clubs federados programadas cuya gestión en cuanto a derechos de distribución fue efectuada por la Federació marcaron un récord: 680. A esas sesiones, para saber de la real actividad de los cine-clubs, habría que sumar todas las otras sesiones también programadas por ellos, pero sin intervención de la Federació, quien también programa alguna sesión adicional para otras entidades. Concretamente, en 2016, los gestores de la Federació nos informaron (ver gráfico) de que habían llegado a programar 822 sesiones. Una cifra récord que bajó algo circunstancialmente en 2017 debido únicamente al convulso ambiente genérico de la última parte de ese año, pero que ya en este 2018 da síntomas de volver a crecer.
El cine programado por los cine-clubs no suele responder al programado por las salas comerciales. De los 686 sesiones de cine-clubs programadas en 2017 por la Federació, 493 -una enorme mayoría, pues- no correspondían a películas norteamericanos, siendo en cambio de esa nacionalidad (cuyas compañías dominan el mundo de la distribución) la mayoría de las que se pueden ver en salas comerciales. Por otro lado, 460 de esas 686 sesiones fueron de películas proyectadas en versión original subtitulada.
En base a una encuesta respondida por 41 de los 53 cine-clubs federados, en 2016 estos 41 cine-clubs organizaron un total de 1321 sesiones, que reunieron a 86.349 espectadores. Eso representa un promedio de 65 espectadores por sala, muy superior al de las salas comerciales en el mismo periodo.
Como curiosidad adicional, en cuanto a sistemas de proyección, domina el BluRay (344) seguido del DVD (196), el DCP (110), otros medios digitales (19) y se da la feliz permanencia -¡y que dure!- de 17 heroicas sesiones con proyecciones de celuloide de 35mm.
De todo eso me enteré asistiendo a la Asamblea. Si luego le sumamos disfrutar de la proyección en exclusiva de la “Petra” de Rosales presentada y discutida por el mismo, contar con la presencia (no se perdió ni un minuto de la Asamblea) de Fernando Lara y de otra serie de acontecimientos festivos, pues se entenderá que uno vuelve cansado pero satisfecho de Mallorca...


 

lunes, 22 de octubre de 2018

Asamblea de los cineclubs


Estos furibundos paparazzi son, en realidad, pacíficos representantes de cine-clubs adscritos a la Federació Catalana de Cineclubs, reunidos en Manacor para celebrar allí, el pasado sábado, su asamblea anual.
Sus víctimas son unos asustados Fernando Lara y Jaime Rosales, que llegaron para presentar, a última hora de la tarde, completándose la cosa con un largo e interesante coloquio, “Petra”, la película recién estrenada del segundo. Era el caramelo de compensación de toda una jornada de presentaciones y discusiones sobre cómo había ido el año anterior en el mundo del cineclubismo y qué se planificaba hacer en el futuro para intentar que eso del cine siga llegando a diversos rincones, incidiendo.



 

domingo, 21 de octubre de 2018

Fernando Lara y los cineclubistas

Tariq Porter, actual presidente de la Federació Catalana de Cineclubs, anunciando el nombramiento de Fernando Lara como nuevo socio de honor a petición del Cineclub 39 Escalons de Manacor. Fernando Lara, escuchando satisfecho, sentado junto a Mireia Iniesta, ante el lamentable espectáculo de los restos de la comida.


Diciendo las palabras (que no sé si tenía preparadas, porque al menos las adaptó muy bien a todo lo que acababa de oír) al lado de un histórico del cineclubismo, Ginés Fernández -del Cineclub Imatges de Santa Coloma de Gramanet y uno de los cuadros del local donde nos llevaron a comer.

Martí Porter, Fernando Lara y Tariq Porter, posando para la foto tras la comida.

Mencionó Fernando Lara a “los críticos progresistas” con los que escribía en los años 70: Diego Galán, César Santos Fontela, Javier García de Dueñas, Ángel Fernández Santos,... Todos me vinieron rápidamente a la cabeza, como los nombres que firmaban los textos que leía continuamente por entonces, aunque quizás se debiera decir que era únicamente por libros y revistas especializadas, porque aún no había aparecido El País y la crítica cinematográfica que escribía en los primeros 70 en los periódicos existentes no era precisamente progresista...

Fue ayer en Porto Cristo, donde Fernando Lara recibió el título de socio de honor de la Federación Catalana de Cineclubs. En sus palabras de agradecimiento, que estuvieron la mar de bien y sentaron como un benéfico empujón anímico a los cineclubistas presentes, no se olvidó de mencionar a otros distinguidos con ese título previamente que había conocido: Ahí surgieron los Miquel Porter Moix, Joaquim Romaguera, Miguel Fernández Ruiz de Villalobos o Joan Francesc De Lasa, así como a Romà Gubern, más reciente Premio José María Nunes de la Federació. Por eso, después de la comida, quiso retratarse, muy satisfecho, con el hijo y nieto del primero.

Petra

Mis expectativas no eran muy elevadas, porque no me acababa de convencer su última deriva, con películas como “Hermosa juventud”, que presentó en 2014. Iba sorprendiéndome de cuánto influye el dónde, cómo y con qué estado de ánimo te enfrentas a una película en tu valoración de la misma para responderme por qué ante el “Petra” de Jaime Rosales (2018) he reaccionado en un sentido positivo, absolutamente contrario a la anterior, cuando Fernando Lara me ha ofrecido en bandeja una explicación de lo más clara: “Jaime Rosales tiene un registro diferente para cada relato”, ha dicho.
Arranca la película con personajes que hablan coloquialmente de grandes temas. Pero pasa a otro capítulo, presentado con una cartela anticipatoria, y son otros los elementos que predominan y te llevan a la estimación: pueden ser unos travellings muy incisivos, que trasmiten un enorme misterio, suspense; unas panorámicas que te sitúan en el caso de un capítulo más bien explicativo; una doble utilización de espejos en dos momentos del film (primero de la imagen “falsa” a la “real” en un personaje, de la “real” a la reflejada en el espejo hacia el final con otro personaje) o hasta cierta cesión de pensamiento del director a través de un personaje, que dice que “Si no hay verdad no hay belleza”.
Todo esto se ha producido hace unas horas, completada la sesión con un apasionante coloquio con Rosales conducido por Fernando Lara. Un broche de oro para las muy dinámicas “XIII Jornadas dels Cineclubs”, que ha organizado la Federació Catalana de Cineclubs con el Cineclub “39 Escalons” de Manacor.
À suivre...

jueves, 18 de octubre de 2018

El destino de la señora Yuki



¿Qué podría esperarse de una película que empezase con la chica vestida a lo occidental de la primera imagen, llegando en tren a un emplazamiento junto a un lago, aproximándose a la casa con vistas de su admirada señora Yuki (segunda imagen), donde toma un baño emocionada (tercera imagen) y que acaba con escenas como, precisamente, la que que refleja la primera imagen? Ya responderé yo mismo: Todo.
La película es "El destino de la señora Yuki" (Kenji Mizoguchi, 1950), que pasó ayer, felizmente, en la Filmoteca, y lo vuelve a hacer el sábado 20 por la noche. Yo la veo inmersa -pese a su maravillosa, etérea, escena inicial y final, que se escapan irremisiblemente de esa clasificación- en un cierto cine de género, melodramas sobre mujeres sufrientes, que me imagino debió tener un gran éxito en Japón por esos años.
Como película de género presenta, además de una música con elementos de suspense, por el lado de los personajes negativos a unos como ese impresentable por despreciable marido (en ridículos calzoncillos a cuadros en la cuarta imagen) o el de su amante (mascando chicle y vestida en alocados conjuntos occidentales), ambos yendo y viniendo en una especie de ostentoso Cadillac. Por el lado de los personajes positivos, al margen de la señora Yuki, a la que destinaré el siguiente párrafo, un par de ellos muy interesantes a efectos de estructura del film. Uno es Hamako, la chica de la que hablo al principio, inocente, con toda la vida por delante, rendida apasionadamente de admiración ante la señora Yuki, a la que va a servir. Otro el hijo del virtuoso de koto, enamorado perdidamente de la señora Yuki, pero atado fuertemente por los convencionalismos y la estricta moral que aún impera en la época. Digo que son dos personajes interesantes a nivel estructural porque hacen de vehículo para el punto de vista del espectador, dilatando el momento de presentación de la protagonista, que cuando por fin hace acto de presencia lo hace ya ante nosotros con un aura ganada a pulso por todo lo que hemos sabido previamente de ella.
Yuki, por su parte, podría ser una más de esas mujeres sacrificadas, incapaces de romper con su desgracia si ello supone romper con su palabra u honor. Pero me ha parecido que excepcionalmente venía pintada aquí por Mizoguchi de una forma mucho más compleja. Sí que tiene todo ese aire de personaje sometido (una flor de una planta cae, mustia, cuando ella se ve ya totalmente encerrada hacia un nefasto destino) por las acciones de su marido (un personaje que, precisamente, también de forma excepcional se reivindica finalmente), pero resulta que ella misma confiesa que hay dos seres en ella, y su faceta diabluna se entrega con placer a las exigencias de su marido.
Puntos de vista. Porque también me parece coherente la frase que, recordando a Rimbaud, ha apuntado un amigo para definir el personaje: "Par délicatesse j'ai perdu ma vie".

Ajoblanco crónica en rojo y negro


Han vuelto a pasar por el Canal 33 "Ajoblanco, crónica en rojo y negro" (David Fernández de Castro, 2015), en la que una extensa nómina de participantes y seguidores de la primera o segunda época de la revista hablan de las claves de su éxito y posterior cierre.
El mismo Paco Ribas decía por el final del documental que no tenía sentido la aparición de una tercera época de la publicación, que lo que tocaba en ese momento (recordemos que el 15M y sus secuelas estaban muy cercanos) era un espacio en el que confluyeran, como "en las plazas", todo tipo de movimientos (y, mientras lo dice, se van viendo unas imágenes de activistas de la PAH).
Pese a eso, poco después, Pepe Ribas y Francisco Mir te recibían en un modesto pero entusiasta espacio de la calle Santa Teresa, para anunciar su regreso y una inesperada nueva etapa de la revista, que despertó muchas ganas y grandes expectativas, rodeadas, eso sí, de escepticismo. Esta iniciativa ya no aparece en el documental, pero no está mal, creo, complementar el documental y decir qué pasó con el intento:
Si haces una mínima búsqueda en Google, ves que el espacio de Gracia está "definitivamente cerrado". Del nuevo Ajoblanco -tercera época-, tras una cuestación popular de esas que ahora adoptan la forma y nombre de "crowdfunding", sólo salieron dos números que a mí, todo sea dicho, me parecieron muy flojos, pero me parece que no sólo a mí, porque oí al propio Ribas justificarse, quejándose de lo difícil que era el relevo generacional y diciendo que los que se habían acercado interesados a la redacción no sabían, en general, hacer nada y los veteranos les tenían que echar un capote. Pero además han pasado por el medio otras cosas que han barrido a fondo y -por ejemplo- los que aparecen alabando total o parcialmente la revista inicial (y, la segunda) sería imposible verlos ahora juntos en una iniciativa de ese tipo, de no ser para tirarse entre sí los trastos por la cabeza.


 

miércoles, 17 de octubre de 2018

Una negra sombra que cae sobre la mirada

No sé si la emoción le llega al común de los mortales, pero a mí me pasa durante todo el tiempo en que Travis, el protagonista de Paris, Texas (Wim Wenders, 1984), visiblemente incomodado, nervioso, está viendo la proyección de un film familiar. Porque vengo a hablar del final de esta larga escena pero, de hecho, la emoción ya me ha llamado a la puerta mucho antes, cuando entre los personajes que aparecen en esa excursión filmada surge, radiante, Jane.


Hemos visto al principio de la película a Travis (Harry Dean Stanton) alterado mentalmente, porque, si no, no deambularía por el desierto como vemos que deambula, con la mente en blanco. Le rescatan cuando sigue unas viejas vías de tren hacia la civilización. Cambian entonces los grandiosos paisajes del principio, donde él es una hormiga en un enorme desierto, por otros de una proporción más humana. Le ponen en contacto con su hijo y va recordando que le abandonó a él y a su madre, Jane (Nastassja Kinski), tras un tiempo de alcohol y turbulencias. Justo lo que le causó el trauma que casi acaba con su vida en el desierto. Poco después le convencen para ver esas peliculitas familiares.


En Toro salvaje, Scorsese incluía, en medio de ese relato sobre el destructor mundo del boxeo, la proyección de un rollo de súper-8 (lo que luego sería vídeo doméstico), de esos que todos hemos rodado alguna vez. Es un momento trascendente, porque dejamos de estar ante el film hollywoodense, con toda su parafernalia, su sólida forma de hacer y presentarse, para tener un encontronazo directo con algo que, mal rodado, iluminado y montado, es fresco y tiene -ese sí- visos de enorme realidad.


En Paris, Texas esa sensación de realidad vuelve a llegarnos de las manos de una escena similar. Y vuelve para traer consigo el recuerdo de una vida antigua, real, pero seguramente ida ya para siempre, con lo que eso duele.


Estamos en una típica sesión de sobremesa de esas con pase de viejas filmaciones. Su hermano, la mujer de este (la también magnífica Aurore Clément), Travis y su hijo toman asiento tras la cena para ver la grabación. Lo que se ve tiene la pinta de excursión, un esplendoroso día festivo, de ellos cuatro y la gran ausente -Jane- a un lugar costero. Travis empieza con buen ánimo, girando su cabeza para ver la reacción de su hijo cuando este sale en esa grabación con ya un tiempo a cuestas. Pero su hijo parece, en realidad, más atraído por las evoluciones en la pecera de la sala que en lo que se ve en la pantalla. Es a Travis al que las imágenes le empiezan a remover algo por dentro.


Su hijo aparece en la pantalla en brazos de una figura que hasta entonces sólo se veía fugazmente, pero de repente la cara de esta ocupa todo el cuadro y él no puede sino bajar la mirada, apesadumbrado. Pero la cinta sigue. En ella se ve a continuación a Jane de cuerpo entero, libérrima, girando como peonza sobre sí misma en la arena y, poco después, sonriente, dando un abrazo de oso a Travis. Él se refugia en la sala, en la oscuridad, con los brazos cruzados, desolado, y nosotros, que nos identificamos, pensamos en esos momentos de felicidad que estaban ahí, esas sonrisas que teníamos a nuestro alcance y que, inconscientes, no aprovechamos como debiéramos. Con lo difícil que será ya reproducir en el futuro a los unos y a las otras. Y, a todo, para que la emoción nos llegue ya casi incontrolable, va sonando la musiquilla que, como un leitmotiv, Ry Cooder compuso para la película.


El pase del rollo de film súper-8 llega a su fin. Ahora ya nadie lo tendrá presente, pero cuando eso sucede se oye el ruido del final de la pequeña tira de celuloide saltando, libre ya de la bobina vacía, luego haciendo sus últimos recorridos por los rodillos del proyector y, finalmente, golpeando una y otra vez en la otra bobina que, llena, ha ido recogiéndolo. Mientras, el haz luminoso del aparato llega de pronto, sin obstáculos, a la pantalla. Todo eso pasa también aquí, hasta que el hermano de Travis reacciona y desconecta el motor del proyector. En ese momento la oscuridad, en forma de una negra y pesada sombra, cae sobre la mirada de Travis.