No había visto nunca “Los farsantes” (Mario Camús, 1963) y me ha sorprendido bastante. No se podía esperar demasiado, en principio, de una producción de Iquino de la época, pero se ve como su joven equipo, con Camús a la cabeza, se esforzaba en batallar contra la falta de medios y consecuente acomodación en el lugar común.
Sólo una secuencia como la inicial, la cámara en continuo movimiento mostrándonos el estado lamentable de la troupe de cómicos que será la protagonista, esperando en el teatro poder escapar del pueblo pese a las deudas adquiridas, o una serie de planos exteriores por el paisaje de Castilla, y especialmente ese en que la cámara móvil sigue la carrera de un niño que va dar un recado en el cementerio valen estéticamente por toda la película.
Julieta Serrano explicaba el frío y la miseria que las compañías ambulantes pasaban en las giras teatrales de los años 50, pero Daniel Sueiro, coguionista de Mario Camús adaptando su relato “Fin de fiesta”, lo lleva todo al extremo más radical, sin salida.
La caótica gira de estos hambrientos cómicos, con presencias como las tan sólidas de José María Ovies y Margarita Lozano, acabará en semana santa -y ya se sabe que entonces los cómicos sólo podían esperar al domingo de resurrección- en la ciudad de Valladolid, què sirve de fondo para uno de los mejores planos finales que recuerdo de todo el cine español, todo él suntuoso panorama y sonido.
Únicamente lamento que el sonido directo no estuviera desarrollado en aquel entonces, lo que convierte a la banda sonora de la película con un monocorde diálogo de voces excesivamente perfectas, sin matices, hurtándonos de oír, en el plano que da paso al final que acabó de alabar, la voz original de Luis Ciges, que habría completado, de serlo, la impresión de papelón que deja.










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