Rita Azevedo, rodeada de Paco Poch y los dos trabajadores de la distribuidora que han culminado preestreno y estreno en España, a los que hizo bajar junto a ella.
Siros
Ayer Paco Poch organizó en los Cinemes Girona el preestreno de la última película de Rita Azevedo Gomes, que distribuye y se estrenará (“en muy pocos pero buenos cines”) el viernes.
Su título -“Fuck the polis”-, del que sólo me había asaltado y se me quedó su inicial improperio, me hizo por un momento temer que la directora, que me había encandilado en todos sus anteriores largometrajes, se hubiese liado la manta a la cabeza y hubiera iniciado un desvío importante en su filmografía.
Que esto no es así se advierte en pocos minutos, no sin una cierta intriga inicial: un desangelado plano general de un espectáculo de danza y música registrado por la noche en película con poco foco te hace preguntarte si estás ante un deficiente film amateur turístico balcánico.
El mejor raccord de toda la película se da a continuación. Es en la banda sonora. Alguien (seguramente esa que dice no haber ido de vacaciones) tararea, de forma casi inaudible, la melodía del espectáculo nocturno anterior. Es alguien del pasaje de un ferry que está llegando a la hermosa ciudad de Ermópoli, en la isla de Siros, de la que contemplamos una panorámica espectacular, de nitidez en amplio contraste con lo anterior.
Luego, en diversas escenas, iremos viendo a varios personajes, incluida la propia Rita Azevedo, cruzándose, anotando, leyendo y leyéndose entre sí diferentes textos con Grecia siempre de fondo. Leen una narración y el registro de lo que la directora dijo se trataba de “varias voces europeas sobre Grecia”.
En el coloquio la directora ha aclarado mucho, hablando de la génesis de la película, su misma estructura y alcance:
En 2007, habiendo superado una enfermedad que creía iba a acabar con su vida, Rita Azevedo Gomes (lo dice también en off en el film) se dirigió a Grecia, un país aún impregnado del humo y el fuerte olor ocasionado por los incendios que se cebaron con él ese año. Quedó deslumbrada y a su regreso a Portugal no dejaba de hablar de su experiencia. Joao Miguel Fernandes escribió sobre ello y le entregó un cuento,”La Portuguesa”, que iba a ser el que condujera el film.
Ya tenemos, entonces, dos viajes a Grecia: el de 2007 y el de Irma, la protagonista del cuento “La portuguesa”, de la que vamos sabiendo todas sus reacciones. El tercero lo constituye el de la directora con su equipo para el rodaje del film, en el que va viendo que muchas de las cosas que le habían deslumbrado en 2007 han dramáticamente cambiado, de forma muy negativa. En el coloquio ha surgido el tema de la invasión turística y la gentrificación.
La idea que subyace de la visión de la película está clara y hasta se señala con todas las letras en textos que aparecen o se dicen por el film:
-Es indecente proclamar que somos los hijos de Grecia -se oye decir-. Somos sus hijos renegados.
O, en otro momento: “Hemos exiliado la belleza. Grecia tomó las armas por ella.”
En el film se entrecruzan esos tres viajes, varios formatos y texturas (rodajes con cámaras diferentes y hasta introducción de filmaciones previas, incluida una incursión de los “Lirios rotos” de Griffith) y variados idiomas (que recuerdan el “Una película hablada” de Manoel de Oliveira, en la que todos los pasajeros del crucero hablaban entre sí cada uno en su idioma y se entendían gracias a su mediterraneidad).
Da rabia ver que algo no funciona (del orden de lo que se proclama en la película) al pensar que ningún estamento cinematográfico oficial o privado de entidad de este continente corra a favorecer una producción como ésta de una de sus más destacadas figuras, y Rita Azevedo deba acabar haciendo y zurciendo su película con un cordel y una alpargata.
Sabe mal, ya digo, porque todos los elementos estaban ahí para alzar el conjunto muy para arriba. Aunque, en el fondo, lo recalca por el final en la misma película haciendo mención a su canción María Farantouiri, la cantante de la que Rita Azevedo quedó prendada en su viaje de 2007, diciendo y repitiendo algo así como que “al final quedamos aquí sólo nosotros, los poetas”.












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