martes, 7 de febrero de 2017

Antología de Taillet


Tras la presentación de “Antología de Taillet” (JG Guerra) en un casi lleno Zumzeig, traspaso aquí mis deslavazadas preguntas, alguna de otros espectadores y lo que recuerdo de las contestaciones del director.
Han quedado claras las razones que le llevaron precisamente a un aislado pueblo como Taillet, en las montañas de los Pirineos Orientales franceses, a hacer este documental. Ha reconocido formar parte de la familia “española” de los personajes principales del documental, y haber ido allí desde pequeño en sus vacaciones junto a su hermano, Jordi GG –también presente en la sala y colaborador en el rodaje-. Eso explica el empleo del castellano pese a que a la madre se la ve incómoda hablando en castellano, y parece que se desenvolvería mejor en francés o catalán: Se está dirigiendo a su pariente, con el que siempre ha hablado en castellano.

El film se inicia con un coche que llega al pueblo y termina con el coche dejando atrás el pueblo, encerrando entre esas dos secuencias toda una antología de relatos sobre la historia de esa población: la acogida de refugiados de la guerra civil, el cambio de vida sufrido en ella a lo largo del tiempo, la permanencia de los ya hoy ausentes, etc. En esos planos iniciales y finales recuerda al "Innisfree" de Guerin, o a otros documentales (por la sala se ha iniciado una discusión sobre qué Rohmer era el que tenía ese acercamiento, pero se puede hablar de bastantes películas más, de bastantes cineastas). También están dentro, claro, la azarosa vida de Francisco, con el golpe inicial sufrido en su infancia, su producción de figuras de madera a partir de troncos que recoge por la zona, o la relación con su madre, ambos ya casi últimos habitantes antiguos de la zona. De hecho, hay en la película relatos varios, que gusta no se subrayen, dejando que sea el espectador el que vaya montándoselos: el abandono de los pueblos y su cambio de usos -al turismo-, la guerra civil, la historia del hijo,...

Entre escena y escena un plano de un área de la población, cada vez diferente, nos va dejando reflejar en un mapa mental la distribución espacial de Taillet, de la misma forma que Haneke facilitaba a los espectadores de su “Amor” el dibujar –como de hecho he visto que alguien ha hecho literalmente- el plano del apartamento en que vivían sus personajes de ficción.
El film va tallando, como si de una figura de madera de las que elabora Francisco se tratara, la sensación de aislamiento que los debe poseer, y no sólo por las conversaciones: El trabajo solitario en el huerto o el taller, planos con una señora en las quimbambas, lo contentos que se ponen los dos al saber de las visitas. Se trata de un pueblo apartado: escasos coches, gato durmiendo, perros desocupados...

El sonido directo –con los ruidos del viento, los insectos, los escasos coches, es sonido directo de verdad, y no producto de un laboratorio de sonido. De la misma forma, la labor de montaje es notoria, por el orden dado a todas las piezas del largometraje (dejando un cierto suspense inicial hasta la plena presentación inicial de Francisco, dando pie a considerar a los personajes del cementerio –que en buena parte son los “modelos” de muchas de las figuras de Francisco- como los únicos que realmente van a perdurar en el lugar, etc), pero no por la labor de selección efectuada, porque hay poco plano rodado que fuera desechado.
Una baza de la película es cómo juega con la emoción sin cargar las tintas. El relato de la madre sobre las cosas que hace su hijo con la madera ya te da un primer ramalazo, que luego te hace ver de una forma más intensa sus labores con la madera.
Un espectador, planteando que por qué algún personaje “actúa tan mal” ha abierto el tema de cómo introducir la ficción en un film así. De hecho, a los que aparecen se les llega a valorar como actores. Alguno, nervioso, fugaz, convence. A otros se les ve muy voluntariosos, pero hasta demasiado conscientes de lo que deben hacer. Hay también momentos en que se nota que el equipo ha abierto la ventana para seguir la marcha del personaje (o se intuye la colocación de una pera en medio de un arroyuelo, como si del membrillo que Kiarastomi hace rodar por un río en homenaje a Érice se tratase). Es (son) un (unos) momento(s) muy hermoso(s), y al menos yo, como espectador, no sólo tolero ese gesto de inmiscuirse en la trama, sino que lo agradezco, entro a formar parte del mecanismo.
Aparecen planos de tumbas y, en paralelo, relieves suyos de madera. Uno se hace la idea de que son como retratos que ha ido haciendo a la familia, muchos de ellos ya ausentes, lo que redunda en la sensación de que esa ausencia es una de las grandes protagonistas de la sesión.

Hay una cosa que he aprendido de las películas de Guerín: Siempre conviene que dentro del cuadro haya algo de movimiento, vida. Aunque sea un poco de viento. Aquí se sigue muy bien eso: Ahí están el péndulo reloj, el viento que balancea las ramas, el perro, una persona cruzando,... La película tiene la virtud, con cosas de éstas, de la captación del instante. Hasta de la luna.
Sales del cine quizás, como ha dicho la chica de la primera fila, aunque no lo decía para afearlo, con cierta tristeza: La sensación de un mundo que se acaba o, como me ha corregido José Antonio, que ya se acabó hace tiempo.
A la frase íntima final de la madre: “Si no llega a ser por Francisco yo no sé qué habría sido de mí” todos los espectadores de hoy le sobrepondremos lo que hemos sabido de la evolución de la vida de los personajes tras el rodaje de la película. Pero eso nos lo callamos, porque ya son cuestiones extra-fílmicas.
JG Guerra ya ha hecho su primer largometraje en el pueblo de parte de su familia, con dentro pues el tema de muchos documentales de nueva hornada, desde Mercedes Álvarez. Ahora nos ha acabado diciendo que, además de seguir con Olga Ponoko llevando su “Cultura Film (revista filmada)” y tocando ambos todas esas numerosas teclas que tocan, tiene otra película pensada. Ya no se ubicaría en Taillet, pero sí cerca, en Céret, mitad ficción, mitad documental… Habrá que esperar y cuando salga rápidamente ir a verla.

lunes, 6 de febrero de 2017

Antología de Taillet


JG Guerra, que así firma sus trabajos, es, además de uno de los dos animadores de un proyecto admirable -"Cultura Film (Revista filmada)"-, el realizador de una serie de piezas que en general la plataforma Plat engloba dentro del concepto de "antropológico", y entre ellas su primer largometraje, "Antología de Taillet", que podrà verse mañana, martes 7 de febrero, a las 19h, en el Zumzeig.
Fue alumno de dirección en dos de las escuelas de cine barcelonesas más preocupadas por los temas de la puesta en escena, el CECC y Bande à part, con lo que ya se puede sospechar por este dato que "Antología de Taillet" tendrá componentes de descripción antropológica, pero en todo caso querrá servir su plato mediante mecanismos bien cinematográficos. Veremos a una familia, compuesta por una madre y su hijo, especial e insospechado artista con la madera, y, a través de ellos, iremos entendiendo las razones de mucha gente, de un pueblo de los Pirineos Orientales y de la evolución de la vida en él.
Llego a imaginarme la ilusión que puede hacerle a JG la presentación de su película en un cine de su ciudad. Previamente ya la presentó en la Cineteca de Madrid, con éxito. Desde aquí incito a la gente que lea esto a ir a verla y a estar atento. En el coloquio posterior, que dirigiré yo, haré por dar juego a que toda pregunta que haya suscitado la proyección sea respondida por su realizador, que estará ahí, al pie del cañón, para responder.


domingo, 5 de febrero de 2017

La mujer en Truffaut

Para conmemorar el aniversario de Truffaut, José Luis Márquez hace una entrada en su muro con fotogramas muy bien seleccionados de sus películas, porque la cosa va dedicada a la mujer en Truffaut. Y en un comentario adjunta este video.
¡Qué placer dispensar unos minutos disfrutando de su visión, dejando a un lado los enojosos asuntos del día!
> A propósito de los compases que otorgan armonía al mundo: https://youtu.be/qFZ0-7s3ZAE
6 de febrero de 2017 a las 20:0822 Me gusta4 respuestas

jueves, 2 de febrero de 2017

El grito de la lechuza


Es verdad que tiene personajes de esos que van de algo a bastante desquiciados, policías insidiosos hasta la exageración, que parecen disfrutar incomodando, y trama -aunque provenga de Patricia Highsmith- de vertiginosa acumulación caricaturesca de adversidades. Y que del inicial ambiente misterioso y atractivo va pasando a lo casi grotesco por donde de vez en cuando él se deslizaba.
Pero, en cualquier caso, ¡qué gozada dar con un Chabrol no visto hasta ahora! No será precisamente de las que dará la gloria al realizador, pero por Filmin se encuentra “El grito de la lechuza” (Claude Chabrol, 1987), y dos o tres cosas de provecho sí se pueden sacar de ella.

martes, 31 de enero de 2017

Werther

Anne Viarney

Rivette y Truffaut, en su conversacion con él, no le preguntaron a Max Ophuls por su “Werther” (1938): le confesaron que no la habían podido ver. El mismo Ophuls parece que no la tenía muy en consideración. Decía que obtuvo con ella el tema poético que estaba buscando para sus films en Francia, pero que metió la pata.
Con estos mimbres, temía que se tratase de una película acartonada, que únicamente siguiese fielmente la ópera, pero no lo es en absoluto. Con su elevación y luminosidad en los días felices de la pareja, su oscuridad y descenso lumínico hasta el drama final en su segunda parte, sus buenas composiciones y sus movimientos de cámara, diría que si Ophuls metió la pata quizás lo hiciera simplemente –y ahí en mi opinión sí, hasta el fondo- al escoger al actor que iba a representar al joven Werther, quien, para empezar, no era ni joven, mientras que quien alcanza el papel protagónico de verdad –de modo perfecto- en la función es Anne Vernay, la joven actriz suiza fallecida a los 19 años, quien en varios momentos de la película te hace recordar con su mirada un montón a la de la joven Ingrid Bergman.
En varios momentos creí estar viendo a una Ingrid Bergman joven.

En la presentación oficial de hoy no se ha hablado de Ophuls ni de cine, induciéndose básicamente al público de la Filmoteca a ir a las sesiones de la ópera que tienen lugar estos días en el Liceo. Ha debido ser Octavi Martí (quien previamente ha hecho una introducción al tema muy buena, de esas a que nos tiene acostumbrados: “Hace 250 años un fantasma recorría Europa: el suicidio de jóvenes que no iban a poder gozar nunca de los amores de sus amadas”) el que, a vuelapluma, nombrase mínimamente a Ophuls, diciendo que en la película había sabido recoger perfectamente todos esos sentimientos tan sentidos en esa época.
Pero la película tiene cosas, a mi entender, muy notorias. Empieza, antes de los títulos de crédito, con la pantalla a oscuras y sonando unas campanas… que luego sabremos que tendrán un papel protagónico. El suicidio de Werther está resuelto en off, sabiéndose de su muerte –como luego pasaba también en “Liebelei” y “Madame De…”- únicamente al oír un disparo. Hay unas escaleras en la casa de ella, que adquieren en un par de momentos un papel esencial. En uno de ellos la cámara se acerca suavemente hacia la chica, dando énfasis a lo fundamental que le va suponer la lectura del papel que lleva con ella. En otra ascensión, se la ve encerrada en la sombra de los barrotes de la barandilla. En una tercera, por el final, su marido está en la parte alta de la escalera, mientras a ella se la ve en picado, condenada y presionada en la planta de abajo.
En una de las escenas con escalera.

Una escena de la película te extraña, pues te remite al infumable cine del primer primer franquismo. Ella está en la iglesia, en un confesionario, mientras que un gran crucifijo, colgado en la pared, dirías que está contemplando y sentenciando moralmente sus actos. Pero Ophuls hace un racord en ese momento, convirtiendo al crucifijo que dirías acusador en el asesino por amor detenido en el vecino palacio de justicia. Se ha producido un giro total en el sentido de la escena.
Pero este “Werther” es sobre todo un film a seguir por su banda sonora: Las campanas del inicio prefiguraban las del carrillón con la canción que tarareaban los amantes que, en una escena que recuerda un poco aquellos momentos de locura visual de Jean Epstein, acosan moralmente, hasta el desmayo, a la heroína, quien más tarde ve que ese sonido le perseguirá eternamente.

lunes, 30 de enero de 2017

A religiosa portuguesa


Decía hoy por aquí en un comentario Àngel Quintana que el cine de Eugène Green tiene escenas memorables, pero que no es director de películas completas. “A Religiosa Portuguesa” (2009) tendría muchos números para poder rebatir esa afirmación, porque no se aprecian en ella grandes fisuras.
Creía –equivocado- ir a ver una película de época, versión de las famosas cartas de la monja portuguesa, cuando, nada más iniciarse el film, venciendo unas ruinas, tras una esplendorosa panorámica por Lisboa de esas que suele hacer para dar a conocer el escenario de la acción, nos muestra nada menos que el elevador da Bica. A ver quién, con semejante reclamo, no queda prendado ya desde ese momento de la película…
Al no encontrar por la red un fotograma del Elevador da Bica que aparece en el film, he colgado aquí uno sacado de bookhoarderabroad.wordpress.com
El haber visto casi todo el magnífico ciclo de la Filmoteca te permite ir recitando bastante claramente un cierto catálogo de elementos inseparables del cine de Green.
Aquí, como en otras películas suyas, una fina pero sólida línea argumental (la llegada de una actriz a Lisboa, para unos días de rodaje), permite ir pasando por todo su repertorio, ahora ya agradable de reconocer, como pasa con sus actores recurrentes, a los que te da la impresión de haber ido viendo crecer.
Los espacios recurrentes de Lisboa que aparecen te hacen recordar eneormemente el cine de Oliveira o Monteiro.
Tenemos pues, por encima de todo, una valoración del mundo espiritual, que trasciende de las acciones más sencillas, aderezado con las marcas de fábrica habituales: Diálogos precisos, escenas a la luz de velas, escenarios repetidos, planos de detalle (teléfono o revólver de la mesita de noche, copas, manos entrelazándose, carta caída) y espècialmente caminares seguidos viendo únicamente los pies, diálogos con cada uno de los dialogantes dirigiéndose frontalmente a la pantalla, el Jardín du Luxembourg (aquí, al tratarse de Lisboa, sólo evocado por un diálogo), música antigua (aquí trocado por unos preciosos fados) y hasta los simpáticos, siempre divertidos, agradecimientos especiales del final de los títulos de crédito.
Green y el equipo de reodaje del film de ficción, que sería curioso averiguar hasta qué punto corresponde al equipo de rodaje de "A religiosa portuguesa".
Casi se puede hablar además, pensando en esta película, de cine dentro del cine, y no sólo porque el propio Eugène Green haga el papel (aquí mucho más que un cameo, pero sin olvidar para nada su habitual autoironía) de director del rodaje de la ficción. Tras la panorámica desde uno de los miradores de la ciudad recorriendo la Lisboa bañada por el Tajo y la emocionante visión del Elevador da Bica, la protagonista llega a un hotel que luce un graffiti en su pared (un luego veremos que nada gratuito “D. Sebastiao. Volta!”), y el recepcionista se pone a preguntarle sobre el film en el que va a intervenir, de forma muy similar a como hace el recepcionista a la directora que representa Aurore Clement en “Les rendez-vous d’Anne” (1982) de Chantal Akerman. Al margen de escenas de rodaje, muy interesantes, en una de las del café de fados, medio cine portugués actual (Miguel Gomes, Joao Nicolau,…) hacen su cameo. La protagonista se desplaza por Lisboa (una Lisboa que recuerda muchas veces por sus rincones la de Oliveira o la de Monteiro, con el que he leído que Green empezó), y en una ocasión en tranvía, en unos planos increibles que recuerdan poderosamente a los de “En la ciudad de Sylvia” (Guerin, 2007). Por otro lado, las bromas en los diálogos sobre la naturaleza del film en rodaje –y por extensión al film que estamos contemplando en la pantalla- son también frecuentes.
Una noche lisboeta con un guaperas al que salva de la perdición.

Añoraré seguro el no tener que ir a ver más películas de Eugène Green, una vez finalizado su ciclo.
Aparece en varias escenas esta maravillosa capilla. En la primera, un travelling sigue a la protagonista caminando sobre un fondo de los típicos mosaicos azules portugueses.

domingo, 29 de enero de 2017

Antología de Taillet


Hay que estar atento a la programación del Zumzeig, porque hace algún pase suelto de películas de gran interés, y si te lo saltas, adiós muy buenas. Sin ir más lejos, creo que la semana pasada me perdí "Ta'ang", la última película de Wang Bing, que tenía unas enormes ganas de ver. Pues bien, aviso con tiempo: El martes 7 de febrero, a las 19h, pasará "Antología de Taillet", de J. G. Guerra.
Taillet es un pequeño pueblo aislado en la montaña, entre Amelie les Bains y Céret. Como J. G. Guerra sorprendió por aquí hace no demasiado nombrando "Farrebique", la gran película de Georges Rouquier, yo creía que la suya vendría ser el equivalente actualizado, otra especie de "Biquefarre". Que sería el pormenorizado registro de la actividad agrícola del pueblo. Pero es otra cosa, y no sólo porque la agricultura ha pasado a tener un papel residual en la vida rural.
"Antología de Taillet" -y es una de las cosas que más me ha gustado de su visión- cartografía el pequeño pueblo de montaña, de tal forma que si algún día caigo por ahí estoy seguro que sabré situarme perfectamente en él, y tener claro en dónde está cada una de sus piezas. Pero, además, tiene la virtud de dar a entender muchas cosas de la vida de la localidad dejando oír sus sonidos, y centrándose en las actividades y explicaciones de una pareja, madre e hijo -muy especial, como se verá- que desde el primer momento nos ganan la partida por el lado emotivo.
Francisco, quizás su principal protagonista, recoge las maderas sobrantes del bosque, y con paciencia talla en ellas unos especiales bustos/retratos, a los que va poniendo nombres. Él y su madre cuidan también un pequeño huerto, reciben visitas de familiares, y van trenzando una historia más global, de ellos y su país.
JG Guerra ha cometido la temeridad de pedirme que lleve un pequeño coloquio sobre la película el día de su visión, por lo que deseo que vaya mucha gente a verla, gusten de ella, y faciliten este trabajo que me ha llovido del cielo.

viernes, 27 de enero de 2017

Toutes les nuits

Los dos amigos, planeando en un café su futuro.

Oímos una conversación que parece corresponder a la de unos padres con el director de un centro al que va a ir a estudiar su hijo. No vemos a ninguno de ellos. La cámara va encuadrando sólo los zapatos de los que deben ser los padres y emprende una panorámica sobre los de quien sin duda debe ser el director y, al final, alcanza los mucho más informales del chico. Justo en ese momento, desde la puerta del fondo aparecen unos zapatos femeninos, mientras la voz del director presenta a su mujer, que en seguida pensamos –acertadamente- que tendrá mucho juego en la acción. Sólo en este momento la cámara nos presenta a los cinco personajes de la escena.
Paseo por el campo, y descubrimiento de la mujer que va a bañarse al manantial.
Está curioso ver “Toutes les nuits” (2001) ahora, tras buena parte del ciclo dedicado a Eugène Green. Fue su primer largometraje, al que otorgaron la Cámara de Oro al mejor primer film, pero ya aparecen en ella muchos planos bajo luz de velas, el jardín de Luxembourg, música antigua y hasta el propio Eugène Green detrás de una barra de bar, como en varios de sus films posteriores. Posee también, sin embargo, planos / contraplanos siguiendo ortodoxamente la conversación de dos personajes, cuestión que poco a poco irá modificando, estilizando, en sus siguientes largometrajes.
Los acercamientos sentimentales del que se queda en el pueblo.
La escena del principio no es la única en la que nos es presentado un personaje por sus pies. Recorremos una calle viendo casí únicamente los pies de las prostitutas que la frecuentan, del médico tan sólo vemos sus zapatos blancos, y al poli de mayo del 68 que arrea un buen golpe de porra (en el sonido) le distinguimos por sus botas. Se trata todo él de un film epistolar, en el que la voz en off que dice el contenido de las cartas nos va avanzando en el tiempo, dando idea de los sentimientos y la evolución –a lo largo de unos quince años, de los personajes. De tanto en tanto, Green deja caer un plano lleno de ironía, como ese en que uno de los personajes paga a una (muy especial) prostituta, dejando el dinero en la mesita de noche, junto a una imagen de la virgen.
Y los del que se va a estudiar a París.
Hasta cosa de la mitad de la película me iba diciendo que quizás era la película de Green que más me gustaba. Pero, quizás porque no funcionaba bien la calefacción de la sala de la Filmoteca y la tarde era muy fría, los devaneos sentimentales de los dos amigos protagonistas se me han empezado a hacer algo cansinos, y la película más larga de lo que deseaba.
Ella interviene decisivamente, no conforme el típico triángulo que en otras películas sería evidente, en la vida de los dos.
Una de las varias escenas con luz de vela.

jueves, 26 de enero de 2017

High school

Mariana Freijomil, junto a Mercè Coll, arreglándose el cabello antes de su presentación.
En algún momento me diré que para qué andar mirando cómo funcionan por dentro los cursos de danza en la Ópera de París, cómo están organizados los subterráneos del Louvre, la National Gallery de Londres o ciertas áreas de un hospital norteamericano. Pero hasta que llegue ese día, las películas de Frederic Wiseman suponen, para conocer de todo eso y cantidad de otras inesperadas cosas de minucia y de amplio fondo de esos sitios y los entornos que los producen, una fuente de primera magnitud.
"High school" (1968), que no cayó en la reciente retrospectiva del documentalista, lo ha hecho hoy en la Filmoteca, dentro del ciclo de La Casa de la Paraula "Fantasmagories del Desig", presentada por Mariana Freijomil. Está centrada en las actividades de un instituto prestigioso de Pensilvania, y yo la situaría entre sus propuestas más interesantes.
Mariana Freijomil ha establecido muy bien una línea de interpretación global: Wiseman filma y luego monta la película dando a entender la High School como una línea de producción, que va moldeando las características de los que salen de ahí, un ejemplo de los cuales ocupa la escena final. Pero en el coloquio Xavier Bassas ha presentado sus dudas sobre la global maldad del sistema disciplinario presentado, comparándolo con los sistemas educativos que tuvimos por aquí.
Lo que ocurre es, creo yo, que no deja de ser un reflejo de una época y un país que, en esos días, aún en puertas de una cierta revolución de comportamientos, seguía estando a años luz de la oscuridad ambiental en la que se movían nuestras escuelas. Incluso más atrás en el tiempo, cuando los soldados americanos vinieron a luchar en Europa, eran otra cosa, tenían una forma de actuar diferente.
En otro plano de esta actividad casi todo el cuadro está ocupado por el dorso de una alumna.
¿Qué presenta Wiseman? El desarrollo de clases, momentos de gimnasia (con los cuerpines de las chicas envueltas en sus equipos deportivos en unos planos medios y primeros planos que yo diría no se permitirían hoy en día), entrevistas con los padres de una alumna expedientada -también presente-, paso de modelos con los consejos de estilo de la profesora, charlas de formación sexual y hasta al pobre encargado de la limpieza yendo ahí lejos, en el gran pasillo, con su carrito.
Padre e hija en el despacho del director.
De todos los momentos puede extraerse viéndolos una pequeña conclusión, que yo creo que puede ir desde un posible orgullo de la sociedad americana del momento, incapaz de ver el lado oscuro de las enseñanzas mostradas y lo crítico de la forma en que nos son servidas, hasta un cierto susto actual sobre de qué manera se inculcaba entonces y ahí disciplina.
Prácticas de mecanografía.
No era el instituto analizado de gente de clases desfavorecidas. Disponía de magníficas instalaciones para diferentes actividades. Los alumnos de raza diferente a la blanca eran casi inexistentes, y todos parecían tener un cierto nivel económico. En una escena magnífica, el cuadro directivo, en labores de orientación educativa, plantean el acceso posterior de una chica a una u otra universidad en función del dinero al que está dispuesta a aflojar la familia de la alumna y, en todo caso, ya conformada con lo que resulte, entonces ver si puede optar a alguna beca de las universidades de nivel superior.

martes, 24 de enero de 2017

Nurria Ezquerra explica el montaje de Guerín y otros

Olga Iglesias, del BEC, presentando a Nuria Ezquerra.

Dice que sus clases sobre montaje las da en sesiones de cuatro horas. Hoy sobre las 21,30h, tras dos horas largas, se acababa el acto organizado por Barcelona Espai de Cinema en la Casa Elizalde, pero sé que no era el único que me habría quedado ahí, absorto, escuchando sus explicaciones hasta completar las cuatro horas de rigor.
Nuria Ezquerra ha empezado a un nivel básico, explicando cuál es el papel del montador dentro de un proyecto cinematográfico, y ha ido subiendo el tono, añadiendo complejidad a la cosa, de tanto en tanto escusándose por estar simplificando demasiado.
Por aclaraciones complementarias hemos ido sabiendo que empezó su trabajo “serio” como montadora para el “En construcción” de José Luis Guerin, al que acudió inicialmente como una alumna más en prácticas, cuando la montadora francesa prevista dio la espantá, asustada por la enorme cantidad de horas de rodaje acumuladas. Que en ese proyecto vivió el paso del montaje analógico al montaje por ordenador, con su milagrosa posibilidad de deshacer lo ya montado sin volver a empezar de cero. Pero también que ya había tenido tiempo de aprender a no equivocarse, preguntándose previamente, en la selección de cada plano, qué es lo que se quería decir con él.
"En la ciudad de Sylvia", como "En construcción" han sido muy protagonistas de la charla.
Todos hemos salido con la idea de que lo de menos es la herramienta con la que se efectúe el montaje, que lo primordial es llegar a entender la intencionalidad subyacente de cada escena y establecer la estructura completa de la película (y sobre todo en los documentales), para luego ya ajustar las secuencias en ella.
Unas cuantas definiciones que ha hecho del trabajo del montador: Que es similar a un mago, que sabe engañar al espectador con otras cosas para ocultarle los fallos del material rodado. O que su trabajo es detectar por qué una secuencia o toda una película no funciona, y ofrecer soluciones.
Ha explicado cosas que nos permiten entender mejor las características de directores como Guerin (para el que ha trabajado mucho como montadora, pero también en otros variados papeles) o como Jordá, del que ha ofrecido una semblanza muy emotiva.

La sesión se ha acabado con una pregunta y una respuesta inteligentes, sobre el papel de la ética del montaje en un documental, siendo tan fácil para el montador hacer decir o hacer algo que no ha dicho o hecho a alguien de la película. Y con una reflexión que ha hecho pensar: Dice conocer por completo, al detalle, a los actores de las películas que ha montado. Su forma de actuar, sus tics, absolutamente todo. En cambio, ellos no la conocen a ella para nada. Ni siquiera saben quién es.

lunes, 23 de enero de 2017

Correspondances

Las "Correspondances" (2009) del segundo mediometrage de Eugène Green de ayer en la Filmoteca eran las establecidas, vía correo electrónico, entre Virgile y Blanche, dos adolescentes que apenas si se han visto previamente -ella duda que así haya sido-, sin intercambiar palabra alguna, en una fiesta multitudinaria. Un gorro de lana azul (y otro rojo), que él dice que siempre le hace muy reconocible, servirá para que, a base de las íntimas palabras intercambiadas, su relación sea, como se dicen, de lo más "real".

Este "Film corto" está hecho para el Festival coreano de Jeonju, el mismo que hace unos años (2011) produjo el "Recuerdos de una mañana" de José Luis Guerin. Es, como "Les signes", otro compendio de esencias -sin distracciones- greenianas. Un plano de detalle de esos suyos nos hace ver cómo las manos de Blanche colocan una rosa roja en la embocadura de un jarro, o cómo las de Virgile enciende una vela. Las palabras intercambiadas entre los dos los acercan espiritualmente, y llevarán a su inevitable encuentro "real". En una estantería, junto a un libro de Pascal, se puede apreciar la presencia de varios de la colección de Tintín. Los títulos de crédito van acompañados por música antigua. Una foto de Irma Veep (Oliveira Assayas) por los tejados en claro homenaje a Feuillade, aparece un par de veces, mientras que esos mismos tejados, tan rivettianos por otra parte, son hacia los que se dirige un emocionante travelling final hacia el exterior. Otra imagen -la de la Virgen de "La anunciación" de Antonello de Mesina, aparece en un par de ocasiones como referencia clara de la figura de Blanche, quien en un momento dado, coge un chal azul como el de esa virgen y sale con él a la calle.

domingo, 22 de enero de 2017

Les signes


Nos decía el jueves Eugène Green que consideraba a sus corto o mediometrajes como películas completas por sí mismas, objeto de la misma dedicación que sus largometrajes. Vista la sesión de esta tarde en la Filmoteca, convendremos en que es así o incluso más: Quizás está en ellos concentrada la esencia de su estilo, de su forma de hacer, y es posible que la escasez de metraje ayude a empujar a sus momentos de humor (que en ocasiones llegan a un grotesco algo excesivo para mi gusto) a la casi desaparición: Aquí los detalles de más visible humor –y son de humor del bueno- están prácticamente confinados en uno de sus habituales cameos y en los agradecimientos finales, en los títulos de crédito.
El primero de los mediomentrajes vistos, “Les signes” (2006), se emparenta con “Le fils de Joseph” por su tema de la búsqueda del padre, con Mathieu Amalric interpretando un rol similar, aunque en una declinación muy diferente.

Sigue la pauta de sus otras películas vistas (llevar el sentido literal de las expresiones hasta el límite –como aquí esa “Después de diez años no lo reconocerías”-, combinar panorámicas en espacios abierrtos con planos fijos que encierran siempre vida, frecuente presencia de planos de detalle de ciertos movimientos –aquí pies, vasos de sidra, velas encendiéndose-, cambio del plano/contraplano de las conversaciones por la declinación frontal hacia la cámara de los personajes, valoración del tesoro de las palabras –“Un grito puede esconder una palabra”-, excelente música antigua), pero aquí me ha dado la impresión de destilada hasta la esencia.

Además (y eso lo confirma también la otra película vista), hemos podido descubrir un Green amante de “Las aventuras de Tintín”. Aquí un niño lee en vasco –la cinta está rodada en Ziburu, en la costa vasca- “Aterrizaje en la luna” y “El cangrejo de las pinzas de oro”, o el mismo Green lee divertido junto a una mujer en una barra de bar “El asunto Tornasol”. Buena selección.

viernes, 20 de enero de 2017

Le pont des Arts


Ya sin Eugène Green, hoy ha sido el turno, en el ciclo de la Filmoteca, de “Le Pont des Arts” (2004).
Podría ser un cuento del estilo de “Le monde vivant” (2003), con la característica de estar ambientado en el París moderno, si no fuera que, llegado un momento, aparece de repente un grano que te distancia irremisiblemente del film.

En un corrillo de después de la proyección todo el grupillo alababa la película, hasta que una amiga ha señalado que no le había convencido, que le veía muchos agujeros. Ha sido divertido ver entonces que uno de los que la había alabado con entusiasmo, ha concedido que sí, que tenía agujeros, y –animándose- que muchos agujeros, y -ya desbocado-, que era un colador.
Quizás no diría yo que se trata de un colador, porque en su mayor parte sigue manteniendo el tono y la esencia del cine de Green, con un amor poderoso más allá de la muerte, con una música maravillosa –aquí sobre todo Monteverdi- digna de lo máximo, y también porque posee esos personajes a lo época final de Bresson, o estilo Garrel, o un poco el Eustache de “La maman et la putaine”, como posee planos de detalles de movimientos, o actores colocados frontalmente a la cámara, a los que ya me voy aficionando, y constituyendo uno de sus claros atractivos.

Pero sí que es verdad que también yo le veo agujeros, o aristas difíciles de tragar, como el en teoría jocoso personaje que encarna Denis Podalydès o, en mucha mayor medida, el forúnculo de la impresentable secuencia asignada a Olivier Gourmet, aquel característico actor de los Dardenne. Green le hace aparecer con una túnica, revolcarse lascivo por el suelo, en una escena bochornosa que lejos de caracterizar graciosamente a un estamento criticable, hunde en mi opinión bastante el tono general.
Por suerte, olvidando cosas de éstas, está –claro- París, con sus palais del XVIII y el Pont des Arts…

Le monde vivant



Esteve Riambau y Eugène Green en la presentación de hoy en la Filmoteca.
El plano inicial. Pronto vamos a fijarnos en lo que hay fuera de esa ventana.

Después del estreno de "Le fils de Joseph" (2016) y del pase de la magnífica "La Sapienza" (2014) en la Filmoteca el año pasado, hoy Eugene Green, que también estuvo ayer en el pase de la primera, ha presentado en la misma Filmoteca "Le monde vivant" (2003).
El chico huido de su casa va en pos de la historia.

La película es un cuento medieval, con ogro que se almuerza a niños, mujer sometida al ogro y en espera de ser liberada de sus obligaciones y dama prisionera que espera la salvación por la espada del caballero del león, pero que la obtiene tras un oportuno cambio de parejas de otro chico que se ha escapado de su casa, y que el propio cuento ha armado con otra espada.
La mano alzándose hasta la mano de la dama.
El cuento viene precedido de un maravilloso plano en el que aparece una rústica cama -se supone que la del chico huido de casa de sus padres- con una ventana que da a una luminosa y en perpetua agitación arboleda, y seguido de una panorámica que partiendo de un árbol casi traslúcido por darle el sol de pleno, se extiende dejando ver un amplio y verde valle. En medio podría haber habido miles de historias. Green ha optado por servir este cuento de hadas, en el que todos se rigen y obtienen todo gracias a una palabra dada con pleno conocimiento, pero en el que los caballeros no son sino chicos con las expresiones habituales de los franceses de hoy en día.

La ogresa, de nombre Penélope, vive su desgracia en un castillo. Ella es quien cocina los niños a su marido.
La tranca con la que, además de con sus malas mañas- se pelea con los caballeros el ogro.
Los niños que iban a ser comidos y el león de la historia. Detrás suyo, el árbol en el que se inicia la panorámica final.