Sales de ver “La nación muerta” (Radu Jude, 2017; ayer en la Filmoteca) con una molesta sensación de “déjà vu” y del poder cíclico y extensible de los acontecimientos.
En buena parte porque Jude la hace empezar y acabar con una misma imagen de un paisaje bien difuso y porque regresan a la banda sonora unas marchas militares, proclamas patrióticas y de loa al líder sospechosamente parecidas a las del principio.
Lo del “déjà vu” porque esa presencia constante en las imágenes de las armas, de la defensa de nuestros valores a base de la creación de ejércitos imbatibles y ese buscar un chivo expiatorio de todos los males son temas que llenan últimamente las noticias…
Jude montó su película, como acostumbra, definiendo un esquema que sigue a rajatabla, lanzándose hasta las últimas consecuencias a ello. Aquí ese esquema supone:
-Las fotografías de un retratista rumano de 1937 a 1946, acompañadas por proclamas, músicas y discursos llenos de retótica de cada época… y elocuentes silencios.
-La lectura de las notas del diario de un médico judio que habita en Bucarest y sigue, desesperado, todo el proceso histótico de la subida (y luego caída y sustitución por el comunismo) del fascismo rumano, su poder irradiador y su acoso acelerado a la población judia.
Cuando tiene un tema así de serio en el que mostrar tal cual sin dejar de aplicar su ironía, Radu Jude es brutal… y bien convincente.





No hay comentarios:
Publicar un comentario