martes, 17 de febrero de 2026

La fragilidad del hielo


Basta ver las primeras escenas de “La fragilidad del hielo” (2023; en Filmin) para comprobar que su director, el natural de Singapur Anthony Chen, no es uno más en el actual panorama cinematográfico.
Ese preámbulo casi documental sobre el corte de bloques de hielo del rio, su acumulación y trasporte a camionetas mientras por un viaducto, en último término, cruza un autocar; esa boda coreana comprendiendo todos los lugares comunes impuestos en Occidente y expandidos por todo el planeta, ese autocar (el azul apenas observado de la primera secuencia) de turistas chinos conducidos a adocenados destinos por una jovencita y dinámica guía que parece mantener bien oculto un secreto; ese tímido asistente a la boda que se acerca a un balcón y nos trasmite el miedo y a la vez la atracción por el vacío…
Lamentablemente, en mi opinión, cuando todo se centra en el encuentro y deriva conjunta de esos tres jóvenes outsiders (la guía, su conocido regente de restaurante para turistas y el asistente a la boda que ha visto próximo el gesto que le acerca al abismo), no acaban cumpliéndose todas las premoniciones que esas escenas prometen pero, con sus más y sus menos, no entra en las obviedades en que caen otras películas, tanto orientales como occidentales.
La película, toda ella envuelta en hielo, niebla y nieve, tiene el mérito adicional de informarte sobre un lugar recóndito de China, Yanbian, con nutrida colonia coreana y fronterizo con Corea del Norte. Los tres protagonistas se encuentran en su capital, Yanji, impersonal ciudad moderna, de edificios que parecen prefabricados, con supermercados, restaurantes y muy frecuentadas discotecas de moda.
Los tres son, de hecho, de otros lugares de China, y parecen disfrutar en Yanji de un tiempo burbuja, que les permite no afrontar los temas que han rehuido con su marcha.
La vas pensando, con peregrinaje a los confines incluidos, y no está nada mal. Vamos: que habrá que ver otras películas de este Chen y tenerlo presente a ver qué cosas nuevas va haciendo.






 

domingo, 15 de febrero de 2026

César


Me faltaba por ver “César” (1936), la última película de la trilogía de Marcel Pagnol basada en sus famosas obras teatrales marsellesas. En tiempos no eran fáciles de ver y pescabas la que se ponía a tiro, en el orden que fuera. Y cuando, hace poco, Filmin felizmente colgó las tres, iba atrasando el momento al ver su duración. Todas alcanzan o pasan de dos horas, pero ésta, con sus 168 minutos, es la más larga. Eso sí: como las anteriores se pasa en un santiamén.
Sabiendo ya el argumento básico de todas ellas, en el fondo bien sencillo, he podido concentrarme en las actuaciones de sus actores, principales y secundarios (en general bastante histriónicos, pero no por ello menos divertidos).
Firmada como director por el mismo Pagnol, que debió ver que ya no era necesario parapetarse tras el nombre de Korda o Allegret, diría que es la que presenta un mayor minutaje de exteriores, pero conservando los diálogos que hicieron inmensamente populares las obras teatrales de partida.



 

sábado, 14 de febrero de 2026

Grandir un peu


El que aparece en el fotograma detrás de un Jean-Pierre Leaud ajustándose el disfraz de Papá Noel es Henri Martínez, el obrero sindicalista comunista amigo de juventud narbonesa de Jean Eustache.
Dice Luc Béraud que, una vez muerto Eustache, “Martínez escribirá un muy hermoso guión de cortometraje, ‘Grandir un peu’ (‘Crecer un poco’). Este film habría sido el eslabón perdido entre ‘Le Père Noël’ y ‘Les mauvaises fréquentations’. Debía explicar la llegada de Eustache y de Martínez a París y su tentativa de escapar del servicio militar que se hacía, esos años, en Argelia. No habiendo sido sensible la comisión de ayuda a los cortometrajes del CNC a la finura del guión ni a su interés biográfico en relación a Eustache, el film no se hará nunca. Para gran disgusto de aquellos que creyeron en ese proyecto.”
Una gran oportunidad frustrada.

 

The outsider


Ni en la esfera del trabajo (primero enfermero, siempre violinista o enredado con cosas de música) ni en la sentimental (una mujer con la que ha tenido un hijo, aunque todos dudan de su paternidad, y otra con la que se casa), ni en la de la amistad (con relaciones llenas de enfrentamientos) puede decirse que el protagonista de “The outsider”, una de las primeras películas (1981) de Bela Tarr, tenga una vida bien encaminada.
De hecho, lo único que tienen continuidad en su vida y en la película (visible en Filmin), llegando siempre a buen término, son las piezas musicales, la mayoría interpretadas por él y/o otros en directo, de principio a fin.
Tarr, precisamente, acaba la función, por acabarla de alguna forma, en un local de banquetes, pasando la atención desde su encuentro con su pareja a unos invitados protocolarios del mundo comunista en el que se desenvuelve el país que, como no podía ser de otra forma, acaban interpretando una pieza musical mientras desfilan los títulos de crédito.






 

viernes, 13 de febrero de 2026

Dos personas intercambiando saliva


No me ha parecido nada despreciable el corto o mediometraje (36 min) francés “Dos personas intercambiando saliva” (Natalie Musteata y Alexandre Sing, 2024; en M+), una fábula futurista que alerta sobre el consumismo, la competitividad, la paulatina pero definitiva llegada de un mundo represivo y, sobre todo, la eliminación del deseo.
Y, todo ello, mediante un intrigante relato, lleno de curiosas y disparatadas ideas para dibujar la cotidianidad de ese mundo alcanzado.










 

Guerin en "Obra abierta. Josep Lluís Mateo"


Me preguntaba que habría deparado la estancia de José Luis Guerin -quién, por cierto, hoy estrena en cines de toda España su “Historias del buen valle”, una película que hay que ir a ver sí o sí- en la isla de Mallorca, llamado por el arquitecto José Luis Mateo.
Pues bien, llegando al extremo final de la exposición “Obra abierta. Josep Lluís Mateo” que estará en el Colegio de Arquitectos hasta el 22 de febrero, te das, sorprendentemente, con lo que debe ser el resultado material de ese encuentro.
Allí, en un monitor mural, se ve a ambos sentados frente a frente delante en uno de los espacios de la Fundación Tony Catany, que restauró parcialmente y construyó Mateo.
José Luis Mateo va exponiendo prolíficamente su concepción sobre el trabajo del arquitecto y a JLG no le queda sino bajar la cabeza como señal de atención y concentración, de vez en cuando asentir bajándola un centímetro y, cuando le deja, lanzarle escéptico una pregunta sobre la magnitud de su aseveración, lo que obliga al arquitecto a disminuir su exageración o replantear lo que había dicho sentando cátedra.

 

999. The forgotten girls


Ha tenido que ser viendo “999. The forgotten girls” (Heather Dune Macadam y Beatriz M. Calleja, 3025; en Filmin), un algo atropellado relato repleto de fotografías familiares, documentos y extractos de películas de ficción contado por una narradora en off y unas cuantas supervivientes que formaron parte del primer contingente de jóvenes judías en llegar a Auschwitz cuando creían que las enviaban a trabajar en una fábrica para ayudar al esfuerzo de guerra alemán, que repare en la figura de Jozef Tiso, sacerdote católico y presidente de Eslovaquia, según el documental el artífice de ese primer y criminal envío.



 

jueves, 12 de febrero de 2026

Temps de penobra


Fue, según propia confesión, el regalo que Juncosa efectuó a Pere Portabella en el día en que cumplía 99 años. Ayer, en el aula magna de la Facultad de Geografía e Historia, se presentaba “Temps en penombra. Pere Portabella recorda a Manuel Sacristán” (Xavier Juncosa, 2026).
Sería la película más reciente de Xavier Juncosa, la que haría su número -poca broma- 117, si bien él mismo diferencia claramente entre películas y entrevistas, y ésta es, en realidad, una entrevista, montaje de diferentes tomas de una entrevista con Portabella efectuada por el mismo Xavier Juncosa y Salvador Lopez Arnal, en plano fijo, sobre Sacristán, con una longitud similar a la de un largometraje. La ha rescatado en la actualidad del material que acumuló en 2005 para la producción de la que quizás sea su magna obra en el campo del documental, la “Integral Sacristán” (2006), cerca de 13 horas de apasionante puesta al día del estado del arte sobre el mundo intelectual cultural de por aquí del momento, que se expresa en sus ocho documentales agrupados en un espléndido pack en relación con el filósofo marxista.
Con alguna repetición, lógica en una entrevista de estas características que busca explorar diversas áreas para obtener la máxima información sobre el personaje investigado, el montaje presentado, como se ha dicho en el coloquio, contiene una inapreciable información sobre ambos personajes, Portabella y Sacristán.
Portabella empieza la entrevista, tras alabar la capacidad intelectual de Sacristán, señalando las circunstancias de su primer encuentro con él. Acabado su periodo en Madrid como productor de tres películas fundamentales del cine español (“Los golfos”, “El cochecito” y “Viridiana”, recuerda haber preparado conjuntamente aspectos de la Caputxinada de 1966, el encierro en el que se creó el Sindicato Democrático de Estudiantes. Pero quizás recuerda con más intensidad el paseo que ambos dieron por la Diagonal, por el área de la iglesia de Pompeya, hablando de cuestiones artísticas (una conversación -dice Portabella-, centrada en la música de Mozart y la música barroca, que no podía mantener con ningún otro personaje político que no fuera ese), mientras la policía les cruzaba una y otra vez en una y otra dirección para perseguir a unos estudiantes que por ahí se manifestaban (como se ve, una de las anécdotas sumamente visuales que Pere Portabella gusta explicar).
También cuenta una famosa anécdota que habla de la integridad moral del personaje, como es su presentación, con una muda de reserva, en la Comisaría de Vía Laietana, para confesar ser el autor del artículo por el que habían acusado y recluido a Gabriel Ferraté y exculparlo totalmente. El retrato lo completa hablando del magnífico tiempo compartido por ambos, conversando sobre todo, en una celda donde fueron internados.
Otras reflexiones de Portabella que me parecen muy interesantes se refieren a la sensación de abismo que vislumbró la izquierda europea -y con ella profundamente Sacristán- tras la sucesión de hechos mundiales luctuosos de 1968, entendiendo que esa revolución que podía cambiar el mundo lo tenía difícil para tener éxito próximamente, u otra de buen calado, indicando que los partidos de izquierda habían ido desplazando y apartando a los intelectuales de la dirección de sus organizaciones, y ese comportamiento ha tenido, sin lugar a dudas, mucha relevancia.
La cita se produjo temporalmente en un punto de intersección entre el año Sacristán -que ha cubierto sus actividades hace poco- y la Acció Portabella que se extenderá hasta que el homenajeado cumpla sus primeros 100 años. Esta yuxtaposición se podía apreciar en el aula, donde coincidían profesores de Universidad y seguidores del filósofo (entre ellos un amigo virtual que se me corporizó al final) y otros directores y gente con gran relación con el mundo del cine, algunos no vistos en mucho tiempo.
Tras unas pocas intervenciones, el coloquio se cerró lanzando una botella al mar, para ver si alguien sabe dar razón de una película que en los años cuarenta realizó Manuel Sacristán (de la que Pere Portabella no tenía noticias, pero que Xavier Juncosa había podido saber que se rodó en Sant Feliu de Codinas y era la historia de un sombrero). Salvador López Arnal, para completar esta faceta cinematográfica del filósofo tan absolutamente desconocida, informó que Sacristán también se había presentado al premio de guiones de 1969 y le concedieran un accésit por el suyo. Si alguien puede aportar más información, o llega a saber donde se encuentra la película o el guión premiado, ya sabe….
En la entrevista, Pere Portabella tenía colocado un micrófono de corbata y si alguna respuesta suya no acababa de entenderse del todo era por su costumbre de no acabar del todo las frases de las respuestas que no correspondían a las cosas que quería dejar claras y recalcar, sustituyendo frase por algún expresivo gesto de estar en el ajo de lo que se quiere transmitir, haciendo sobrantes las palabras. A quien no se le entienden en absoluto sus preguntas es a López Arnal, porque no tenía ningún micrófono cerca. En cambio, detrás de la cámara y por lo tanto cerca del micrófono de esta, a quien sí se entienden sus preguntas es a Xavier Juncosa, que revelan, por una parte, su complicidad con Pere Portabella -con quien le ligaba su frecuentado Moyà-, pero, sobre todo, su insaciable curiosidad intelectual, que es la que nos permite gozar de su extensa obra en cine -como ésta- y escrita.

Obsérvese la fotografía proyectada como fondo de pantalla. Proporcionada por Jordi Vidal, quien está revisando para la Filmoteca todo el legado del archivo Portabella, proporciona una insólita imagen, con los dos protagonistas de la sesión en el mismo encuadre. Es en el encierro de Montserrat. Sobre la tarima, Pere Portabella. A la derecha, levantado, Manuel Sacristán. A los pies de Portabella se distingue también el rostro de Gabriel Ferrater.


 

martes, 10 de febrero de 2026

Le roman d'un jeune home pauvre


Como éste son los regalos que, de tanto en tanto, hace la plataforma gratuita TV5Monde: posibilidad de ver la copia restaurada en VOSE de “Le roman d’un jeune homme pauvre” (Abel Gance, 1935).
En principio una película menor de Gance en medio de su empeño de completar y hacer versiones de su magna obra sobre Napoleón, es verdad que la trama de la película no promete grandes cosas (un aristócrata arruinado, todo un elegante caballero de magníficos modales -Pierre Fresnay- se ve obligado, al arruinarse, a buscar un trabajo, que finalmente encuentra como administrador de las fincas bretonas de unos adinerados burgueses, con su heredera desesperada por la cantidad de pretendientes de su dote), pero lo importante es que, hecha en buena parte en exteriores -se nota que Gance ha querido hacer un canto a las bellezas y la vida de los trabajadores agrícolas de Bretaña, o quizás simplemente mostrar su pintoresquismo- muestra un ritmo que no decae en todo su metraje.
La fauna que puebla la gran casa de Bretaña, por cierto, compite en maldad y estupidez con los visitantes del chateau de caza de la unos pocos años posterior “La regle du jeu”.










 

lunes, 9 de febrero de 2026

El rey de los cowboys


Aunque no sea ni de lejos el mejor de los Buster Keaton (que suelen encontrarse cuando ofrece su enorme empeño, en combate desigual, para hacerse con el amor de su chica), ante un cierto estado de desánimo que hoy me oprimía volver a ver ahora “El Rey de los cowboys” (1925; recién colgada, restaurada, en Filmin) era realmente lo que necesitaba.
Buster Keaton es el rey del gag, producto que ofrecía hasta a Samuel Beckett para intentar salvar su “Film”, pues le decía que nadie iba a reírse con una película con esos mimbres. Pero ésta tiene además un hilo argumental que me recuerda recientes clases sobre Historia de Estados Unidos a las que he asistido.
Forzado por el hambre a vender todas sus pertenencias en un comercio de su Indiana natal, se desplaza en tren hasta Nueva York y ahí, fortuitamente, da con una estatua de Horace Greeley con su famosa frase: “Go west, young man”. Le hace caso y se monta en otro tren hacia Santa Fé, emulando a tantos que emprendieron la famosa ruta colonizadora hacia el Oeste Norteamericano.
Se enrola como cowboy en un rancho y ahí entabla amistad con una vaca. Suficiente para con eso poder contemplar buena parte de su repertorio: Así, mira el horizonte con la palma de su mano de visera o idea una escalerilla de mano para subir cómodamente al caballo. Por aquel entonces ya había hecho sus grandes películas, y todo el mundo sabía que no había quien hiciera variar el serio semblante de Cara de Palo, cosa que aprovecha para elaborar una escena en la que un malhechor le obliga a sonreír.
Después aún tiene tiempo de conducir él sólo en tren y atravesando la ciudad de Los Ángeles todo el ganado, lo que apareja otra serie de gags, con participación hasta de los Cops y bomberos de la ciudad.
Decididamente, es verdad eso de que Buster Keaton es uno de los mejores remedios contra toda infección sentimental.





 

domingo, 8 de febrero de 2026

Las arañas






Por un malentendido mío, no pude ver en la Filmoteca, en sesión únicamente para él, el primer episodio de “Las arañas” (Fritz Lang, 1919). Mi error tuvo sus consecuencias, porque entonces lo tuve que repescar en la sesión doble de ayer, junto al segundo episodio del serial, y la captación de las aventuras de este segundo, más largo que el primero, se me acabó haciendo algo pesada.
Porque de eso se trata, de películas de aventuras. Nunca he sentido la adoración que otros tienen a las entregas de aventuras indias de los años sesenta de Lang -veremos cuando las vuelva a ver-, pero me da la impresión de que, si se valoran esas últimas aportaciones suyas, deberían valorarse también estas primeras, porque les veo, quizás por ese regreso a la infancia que dicen implica la vejez, un mismo espíritu. De películas de aventuras sin más preocupación que atraer y hacer estar atento al público, y sin más trasfondo que el reflejo, entonces, que el de una sociedad que se pierde por los mundos exóticos, que siguen intuyéndose con un espíritu imperialista decimonónico. Fue después, con Thea von Harbou y más tarde aún él sólo, cuando sus films adquirieron el trasfondo político y, sobre todo, social que lo caracterizan.
En el prólogo del primer episodio, “El lago dorado”, un náufrago coloca un mensaje en una botella que arroja al mar, perseguido por un indio repleto de vistosas plumas.
El indio sabremos luego, en el cuerpo del episodio, que se trataba de un inca, y a un país como el de “El templo del sol” de Tintín es a donde va a ir el héroe de la serie, para ver de encontrar un tesoro al estilo de un Indiana Jones (así lo calificó el pianista que amenizó la sesión) cien años antes.
Pero antes de la aventura (en el segundo episodio -“El barco de diamantes”-cambiaremos tesoro por diamantes, pero seguiremos con expedición al mundo inca, no sin antes descubrir una sugestiva ciudad subterránea bajo Chinatown), lo que realmente me gusta son esos ambientes sociales preaventura. Aquí se trata de un elegante club de la ciudad de San Francisco, donde se codea nuestro protagonista con su antagonista que, para que se vea alarde de modernidad, es una mujer.
Éste y el siguiente episodio están repletos de elementos llenos de aroma fantástico: enmascarados que recorren por la noche tejados, penetran en las casas y se esconden tras una cortina (en el mejor sentido de un Feuillade), conjurados que firman sus amenazas y fechorías dejando una enorme araña, disecada, pasadizos secretos, avanzadas para el momento cámaras ocultas que permiten fisgar lo que ocurre en otra habitación, una paloma mensajera, un sabio bibliotecario que ayuda a descifrar un mensaje o practicantes de hipnosis. También de elementos que denotan la modernidad del momento, como un biplano o medios de comunicación sofisticados. Aunque lo que más abunda -y es cuando se alargan los minutos- son secuencias de típico cine de entretenimiento: anaconda amenazante, persecuciones al galope, viaje en globo, balaceras tremendas o reacciones letalmente acvariciosas ante el descubrimiento de la existencia de oro.
También he dado con secuencias cinematográficamente atractivas, muy destacables, como el desplazamiento hasta el sur de Mexico en una especie de tren jardinera extraordinariamente cómodo, un reflejo en el cristal de un balcón que avanza la visión del exterior al que acudirá el personaje y un yogui indio, con su turbante, en un misterioso entorno de sombras.
La serie parece que estaba previsto que estuviera cubierta por cuatro episodios, pero se quedó en estos dos. He salido pensando si fue debido a lo mal que le sentaba la chaqueta al actor protagonista.