miércoles, 12 de agosto de 2026

Three women

Lew Cody. A su imagen, ya con su bigotito, le faltaría una sonrisita para acabar de ofrecer su impagable papel.

“Mujer, guarda tu corazón” (“Three women”, 1924; en YouTube), no es una comedia, sino un auténtico melodrama ya de la época muda americana de Ernst Lubitsch.
Las tres mujeres del título original revolotean todas sucesivamente alrededor de un canalla integral, muy bien interpretado por Lew Cody, que las exprime emocional y económicamente.
Pero que sea un melodrama no es óbice para aportar elementos de comedia muy notorios, siempre combinados con la forma de hacer de Lubitsch. Ahí está ese primer plano inicial, el de una báscula que luego vemos temerosamente accionada por una mujer que ve ha de ir añadiéndole gramos para llegar a equilibrar su peso. También, cómo el sinvergüenza otea los detalles de riqueza de sus posibles víctimas (más primeros planos), o, ya muy avanzada la sesión, él mismo siguiendo cuidándose las uñas cuando su mujer le abraza.


La primera mujer, preocupada por los estragos del tiempo, preparándose para el asalto.

Rivales.

La juerga.

Impulsado al aparejamiento por sus acreedores.


La segunda mujer.


 

martes, 11 de agosto de 2026

La princesa de las ostras



Me he divertido mucho con la espléndida comedia de Ernst Lubitsch, llena de coreografías, “La princesa de las ostras” (1919; con una copia muy buena en YouTube).
Las risas llegan sobre todo por unos muy jocosos diálogos:
-(El encargado de la agencia matrimonial responde a una clienta que se queja): “Por este precio, todos tienen un pequeño defecto”.
-(La hija casadera del magnate del comercio de las ostras, mostrando su impaciencia): “Ha transcurrido una hora y yo sigo sin marido”.
-(El que acaba de dar buena cuenta de todos los manjares de su banquete de bodas): “Podría asistir todos los días a una boda de estas”.
-(El recién casado responde a lo que le ha comentado su suegro al oído, con toda seguridad para que perpetúe la especie): “Se hará lo que se pueda”.
Pero también por la reiteración, como esa frase que repite el rico comerciante, él que ya lo ha visto todo en su vida, ante cada hecho extraordinario que presencia: “No me impresiona nada”.
Tras una presentación de los actores como debería ser obligado siempre, asombra la cantidad de escenas corales, muy vistosas y bien resueltas que contiene. Unos cuantos ejemplos:
-El riquísimo industrial que domina el comercio de las ostras se deja lavar y vestir por su inacabable equipo de sirvientes, mientras sus empleadas teclean máquinas de escribir a sus pies.
-Como dice un ocurrente -siempre con las frases adecuadas- intertítulo, “durante la celebración de la boda se declara una epidemia de fox-trot”, que alcanza a invitados, mayordomos y cocineros.
-La pandilla de juerguistas, todos de familia noble, pero en la ruina, regresan por un parque haciendo eses de su salida. En cada curva van dejando uno atrás, agotado, sentado en un banco.
Ni qué decir tiene que es, también visualmente, un Lubitsch completo, con pantallas partidas para recalcar los pies de diferentes bailarines, espaciosas cámaras que dejan pasar a otras aún más espectaculares y un ojo de cerradura que permite avizorar lo que ocurre al otro lado.
Una gozada.









 

lunes, 10 de agosto de 2026

La vida de Chuck




Participo anualmente con un grupo de amigos en un juego. Se trata de llegar a elegir “la mejor película del año”. El resultado es -al menos para mí- lo de menos. Lo mejor está en la reunión en la que discutir sobre todas las finalistas y, previamente, obligarse a ver películas que no conoces, porque figuran en la preselección de 75 que ha preparado uno de ellos, el organizador, sin el que no existiría nada de todo eso.
“La vida de Chuck” (Mike Flanagan, 2024; en Prime Video) era este año una de esas películas desconocidas para mí. Bueno: no del todo. Había visto y que se escribía -aunque de forma minoritaria- de ella, había intentado verla en el cine, pero ya era tarde. Pero vete a saber por qué, me había hecho a la idea de que se trataba de una película de nuevo cine cómico norteamericano, que gustaba a los amantes del cine de la modernidad, cuando me he encontrado con el cuento de la vida de Chuck, ciertamente, pero no en el orden que sería esperable, y dando pie a una mezcla de cine fantástico (ésta basada en un relato de Stephen King, quien también hizo de co-guionista), relato de ciencia ficción con aires apocalípticos, comedia de danza, trozos de comedia, elementos de astronomía y eso que ahora llaman coming of age.
Estoy pensando en gente determinada del grupo que, de haberla visto, la defenderá con capa y espada. No la he encontrado nada despreciable. A modo de una serie de esas que tuvieron enorme éxito, te retiene, sobre todo, con ese desconcertante inicio y con el brusco cambio que supone el espectacular baile que llega a continuación, que figura en todos los carteles de la película.




 

domingo, 9 de agosto de 2026

Murieron hace quince años



Está muy bien todo el principio de la película. Un ambiente algo hostil, de trabajo duro y febril: un puerto. Un carguero ruso recibe toda una fila de dóciles, un tanto apesadumbrados niños, pero uno de ellos se resiste, y lo tienen que introducir en el barco a la fuerza. ¡Es la evacuación de los niños de la guerra, hacia Rusia!
El niño díscolo, como sus compañeros, es luego, en diferentes escuelas de Moscú, adoctrinando. Vemos como, con una edad mayor a cada cambio de plano hasta convertirse en Paco Rabal, asiste a unas clases en las que le embuten las ideas del odio a la familia, del desprecio al orden burgués, de la burla de los sentimientos humanos.
Como vieron en él la semilla de la rebeldía, lo convierten en un revolucionario internacional, y lo envían a Italia, donde incita a estudiantes a una revuelta y no duda en disparar a un policía que les persigue.
Así prepara “Murieron hace quince años” (Rafael Gil, 1954; en el canal Félix Olé) para el núcleo de su acción, que tiene lugar cuando a Paco Rabal lo envían a España con una misión, pero haciendo ver que ha abjurado del comunismo y quiere volver con su familia. El tema debía ser candente: ese mismo año de producción de la película, el barco Semiramis llegó a Barcelona con muchos exprisioneros de la División Azul retornando de una larga estancia en Rusia, pero también con un puñado de niños de la guerra de regreso.
Produce un cierto morbo ver cómo Rafael Gil, director de varios documentales de propaganda del bando republicano durante la guerra civil, se dedica a caracterizar el choque de ideologías ahora desde el otro bando. Los que han pasado por la escuela comunista dejan de ser humanos para convertirse en estiradas máquinas sin alma alguna. Descreídos de toda religión, no celebran, por ejemplo, una fiesta tan tierna como el cumpleaños. Suponen que las sirvientas de las casas burguesas están siendo explotadas, mientras que ellas mismas deben explicar que no pueden abandonar su puesto, porque tienen depositado su corazón en él. Las mujeres comunistas son frías como el acero y no tienen nada que hacer frente a las modositas españolas que recibieron una sana educación católica.
Ver todo este tipo de cosas es, quizás, el interés principal del film, pues tampoco son tantas las películas de postguerra que hablan directamente, con algo de detenimiento, de todo eso.
Pero cinematográficamente la película también es de las más destacadas del momento. Es una de las dirigidas por Rafael Gil con el que parece fue su fiel equipo con el que consiguió mejores resultados, con Alfredo Fraile en la fotografia y Enrique Alarcón a cargo de los decorados. Incluso está Cristóbal Halffter como responsable de su música, todo ello dando como resultado una película muy sólida, llena de claroscuros, solitarios recorridos nocturnos -con sombras proyectadas en los muros- y demás. Baste pensar en las escenas de la reunión clandestina en El Escorial; la tensión constante, llena de relojes, de por el final y el encuentro nocturno definitivo.




El señor que sostiene el auricular del teléfono es un coronel con mando en las fuerzas represoras del franquismo. Digo: un padre amantísimo, lleno de valor y educado caballero.

 

jueves, 6 de agosto de 2026

Dos fiscales (Sergei Loznitsa)


Sergei Loznitsa siempre ha demostrado en sus películas una postura personal de exacerbada denuncia ante los excesos del sistema comunista, en ocasiones acentuando hasta el límite y más allá del límite el tono.
En “Dos fiscales” (2025; en Filmin), en cambio, ofrece un totalmente sobrio (con interpretaciones muy ajustadas, sin estridencias , con apagados colores que en ocasiones parecen blanco y negro coloreado) y quizás por eso mismo demoledor cuento, en tres actos, que, bien mirado, dejan entender el perverso sistema burocrático y de terror que supuso el estalinismo.
Me parece una película de ficción muy recomendable, a la altura de sus mejores documentales.





 

miércoles, 5 de agosto de 2026

Scarlet Street


Parece increíble, pero hasta que no vi su escena cumbre, la apoteosis del disco rayado, la que indica que el uso de un punzón picahielo no era una originalidad de “Instinto básico”, no he caído en que “Scarlet Street” (“Perversidad”; Fritz Lang, 1945) era una nueva versión (muy fidedigna en cuanto a esa escena) de la magnífica “La chienne” (Jean Renoir, 1931). Hasta, por un momento, pensé que se trataba de un homenaje, en el que la copia no va muy a la zaga del modelo.
No sabía yo que tuviese tanto predicamento hoy en día Fritz Lang. Ayer, a las 17h del que me dijeron estaba siendo el día más caluroso del año en Barcelona, la primera de las tres sesiones que la Filmoteca dedica a “Scarlet street” estaba a rebosar. Claro que también debe influir que no quedan muchos más refugios climáticos abiertos, una vez cerrados por vacaciones el Zumzeig, los Texas y los Cnemes Girona, así como en huelga las bibliotecas. Pero, aún así…
Tengo un problema con Edward G. Robinson: me repele bastante su físico, y tengo que superar eso para acceder a tantas buenas películas que interpretó. En ésta hace tal papel de estúpido, colado de forma más que inocente totalmente por una Joan Bennet encarnando a la perfección su papel de explotada por el zafio chulo de Dan Duryea, que inicialmente sólo disfrutas viendo cómo ella borda los detalles de su personaje de cateta dotada de una belleza natural inusitada, así como recogiendo pistas lanzadas sobre la idea que sobrevuela de un inevitable asesinato liberador.
No muy generoso con las tendencias actuales, Lang ridiculiza a Chris Cross (Robinson) otorgándole la vergüenza de cubrir en el hogar un papel reservado para la mujer (se le ve venga a recoger y lavar platos sucios, siguiendo instrucciones de su desagradable y mandona esposa), visión que se complementa con la incredulidad del marchante y del crítico al saber que el pintor que admiran es una mujer, a la que alaba por su “fuerza varonil”.
La película, con atmósferas de tensión logradas por buena puesta en escena, entra definitivamente en un nivel superior cuando trenza, con la aparición de la posible salida de la pintura y una nueva aparición sorpresa -apuntada desde un inicio-, de tal forma que hace salir al respetable de la sala comentando con voz compungida que “ya no se hacen películas como ésta”.
Y, como curiosidad, si la escena final de “You & Me” decía que parecía un avance de “La mujer del cuadro” (1944), ésta vuelve, un año después, al mostrados de la galería de arte: ¡qué obsesión!



 

Así llegó la noche



Todos los personajes de “Así llegó la noche” (Ángel Santos, 2025; en Filmin/Atlántida, con guión de éste y Pablo García Canga), aparecen guardando un pasado que no explicitan, pero no parecen avizorar la existencia de un futuro por delante. O ya se han dejado ir o están, como los protagonistas, en un momento de duda absoluta.
El deambular de Pablo -artista ceramista- junto a la ría de una zona cercana a O Grove, con movimientos pausados y sin apenas diálogos, marca el inicio de la película y, cuando ya crees que está todo dicho (gracias a esa conversación del filósofo vigilante del camping), aparece Andrea, alguien de parte de ese pasado de Pablo, y la película no es que se acelere, pero suceden en ella más cosas y adquiere intensidad.






 

martes, 4 de agosto de 2026

Eephus


Me la nombró Miguel Maestro de entre las del Atlántida Festival que pueden verse en Filmin. Si no llega a ser por su aviso, con su aparente dedicación exclusiva al beisbol, continuaría poblando el extenso mar de las por mí ignoradas.
“Eephus” (Carson Lund, 2024) es una extraña película, hasta el punto que más parece teatro de situación, por mucho que su escenario sea el de un viejo, pobre y ajado campo de golf rural de Nueva Inglaterra.
“The last picture show” o “Américan graffiti” hablaban de un momento generacional de cambio, de incertidumbre, pero lo que estaba por recorrerse, envuelto en la situación general del momento, era el paso de la adolescencia a todo un horizonte de edad adulta. En ésta se tiene la certeza de que acaba todo un mundo y una época (el partido que juegan esos dos equipos de veteranos, sin apenas dos o tres esporádicos espectadores, será el último, porque va a ser derribado para construir en él una escuela), pero me parece que nadie daría un centavo por el futuro de todos y cada uno de los jugadores.
El parrtido, con alguna que otra deserción, se va alargando, y nadie parece querer darle el fin que resultaría a todas luces obligado.



El fiel anotador de resultados.



 

Adieu, Berthe. L’enterrement de Mémé


Un poco cansado de escoger películas de Filmin/Atlantida con fecha temprana de caducidad en su exhibición, me he puesto a buscar por otras plataformas.
Ninguna es extraordinaria, pero siento una cierta debilidad por las de Bruno Podalydès con su hermano Denis. Así, al ver anoche que en TV5Monde se podia ver “Adieu, Berthe. L’enterrement de Mémé” (2012), me puse a ello, considerándolo de lo mejor que podía encontrar para esa sesiòn.
Como siempre, echa un repaso rápido a la forma de vida actual y sus cotidianas molestias. Armand (Denis Podalydès) es un farmacéutico en fase avanzada de strees (¡no por su trabajo!), al que vemos yendo con frecuencia a toda velocidad en su patinete de un lado a otro del entorno residencial rural en el que vive. Recibe la noticia de la muerte de su abuela y decide encargarse él de todas las gestiones para su entierro.