martes, 25 de agosto de 2026

Vivir la tierra



Muestro cierta aprensión ante temas como la espiritualidad de la sufrida pero bella vida rural, y más si se trata de mirada retrospectiva, con la consiguiente nostalgia. Por esta razón, aunque ayer finalmente vi que la cosa, felizmente, iba por otro lado, tenía un cierto miedo ante “Vivir la tierra” (Huo Meng, 2025).
La inquietud se acrecentó al ver que (cosa inaudita) el director había grabado y se proyectaba previamente un mensaje para los espectadores que, no convenciéndome ni la pinta del cineasta ni el mensaje mismo que lanzó, me hizo temer lo peor. Pero es que, además, las carátulas de las productoras del film son de una estética horrorosa y con iconos que dan un cierto yuyú. En compensación, debió estropearse la máquina de palomitas, porque extraordinariamente no se veía, oía ni olía a nadie con un cubilete lleno de esa plaga.
Es verdad que la secuencia del cartel de la película, alguna otra intermedia y sobre todo la que la finaliza son planos generales paisajísticos, muy amplios, pero no son en absoluto mayoritarios. No sé si se trata de la proyección en el cine donde la vi (Renoir Floridablanca), de un parti-pris para su pase televisivo o bien de la óptica utilizada, pero me dio la impresión de ver a los personajes demasiado cerca en la pantalla y, sobre todo inicialmente, con un encuadre que me puso nervioso, porque en bastantes planos quedaban cortadas las cabezas de ciertos personajes, y no creo que fuera para indicar que, siendo un niño el principal protagonista, todo se ve desde su punto de vista (lo que no es del todo cierto).
Seguimos en la película el ciclo de las estaciones y la rueda de la vida en un mundo rural eminentemente dirigido desde fuera (altavoces emitiendo las noticias que se quieren divulgar, periódicas visitas de controladores políticos y para la revisión de jóvenes edad de quedarse embarazadas,…) en el que la penuria económica conduce a los padres del niño protagonista a dejarlo al cuidado de abuelos y tíos, mientras ellos prueban fortuna más al sur.
Se trata de un vecinaje rural que nada tiene que ver con el actual de nuestras últimas películas que lo tienen como escenario y ante el que, viendo los rudimentarios medios con los que quieren sobrevivir, pensarías que estás ante un poblado de principios del siglo XX, pero en realidad se trata de la China de 1991… El caso es que nada de silencio y soledad, sino un entorno rebosante de gente, ruido y algarabía, tanto en el trabajo como en los encuentros festivos, con miembros de todas las generaciones gritando constantemente, como saben hacer los chinos. Poco que ver con el mundo lleno de serenidad con el que creía me iba a encontrar.
Un mundo retratado, lleno de trabajo brutal pero poco productivo, relaciones aberrantes (con bodas preparadas, por ejemplo), imposiciones políticas (impuestos y latrocinios oficiales), en el que todos engañan, desde los que ostentan el poder hasta la picaresca de los administrados para salvar en lo posible sus cuentas. Todo ello expuesto con tal encadenamiento de sucesos que no dejan tiempo para el aburrimiento, y con una cierta mirada tierna, irónica y divertida que permite tragar sin rechistar los hechos más dramáticos.
La cámara se acaba finalmente elevando, quizás para recalcar lo que seguramente se ha querido transmitir durante toda la película: la miseria y el frío del que procede esa China que va a comerse al mundo.











 

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