jueves, 22 de octubre de 2026

John Berger: Permanet Red


John Berger en uno de sus “Modos de ver”.


Valentín Roma ha pasado a ser el nuevo director del MACBA, donde todo el mundo espera que sepa seguir haciendo lo que ha ido proponiendo, con tan buenos resultados, en La Virreina. Por lo menos ayer vimos que no había abandonado su gorra, que no se saca bajo ningún concepto, y también que sigue hablando dirigiéndose a la audiencia como si estuviera tomando algo y charlando con cada uno de sus componentes, en total confianza, confidencia tras confidencia.
Lo pudimos comprobar en la conferencia que dio ayer en la Filmoteca sobre John Berger, sobre el que una de las cosas que dijo, precisamente, fue eso mismo: que leyéndolo crees que te está hablando a ti exclusivamente.
La conferencia la centró, básicamente, en lo que sirvió como hilo conductor de la exposición sobre él que montó en la Virreina en 2023, “Permanent red”, a su vez título del libro de Berger que -comentó- más le gusta.
Pero empezó -y finalizó- hablando de tres autores que, sin ser fotógrafos, habían reflexionado sobre la concepción de las imágenes, escribiendo unos libros que representaron un absoluto cambio en la materia, introduciendo cada uno la más fuerte característica de sus perfiles:
-Susan Sontag (“Sobre la fotografía”: la moral)
-John Berger (“Modos de ver”: la narración)
-Roland Barthes (“La cámara lúcida”: la cuestión técnica).
Significaron los tres, concluyó, el triunfo del divulgador sobre el especialista, y sus obras consiguieron un impacto enorme, con una distribución que Roma definió como “pop”.
Pero el Berger que explicó Valentín Roma que más le interesa, y en el que centró su exposición, fue el previo, el de los años 50 y 60, un “ejemplo de lectura marxista del arte”, según sus palabras.
Explicó que tuvo unos inicios como crítico de arte de lo más cáustico, escribiendo contra artistas totalmente consagrados, como Henry Moore o Francis Bacon (al que comparó nada menos que con Walt Disney, en el sentido de que nadie se planteaba al verlos cambiar el destino de sus personajes), al tiempo que reivindicaba a artistas inmigrados del Este de Europa, viviendo de forma absolutamente precaria y siendo desconocidos en Inglaterra. “Permanent red” fue el libro recopilación de estas críticas iniciales, un título que -desveló- tenia mucho de chiste privado, porque él estaba casado y colaboraba con una mujer que de Rusia se había ido a vivir a la China y él mismo, sin haber sido nunca del partido, se movía en los círculos comunistas.
Hizo entonces un paréntesis para enumerar los principales referentes teóricos de Berger, además de Benjamin:
-Friedrich Antal
-Ernst Fischer
-Max Raphael
Para volver luego al recorrido aproximadamente cronológico sobre Berger:
En 1965 escribió “Ascensión y caída de Picasso”, que empieza con una veintena o treintena de páginas en que lo deja a caldo, diciendo que es el ejemplo de pintor capitalista por antonomasia, que todo lo que hace lo convierte en oro, para después admitir sus dudas ante lo magistral de alguno de sus trazos y acabar confesando, rendido, que es para él como un Dios.
A partir de los 60 empezó su salto a los medios audiovisuales. De hecho, antes de “Modos de ver” ya era conocido en la TV, donde hizo monografías sobre Picasso, Leger, etc.
Su famoso programa para la BBC, “Modos de ver”, se proyectó en cuatro capítulos a lo largo de los cuatro sábados de febrero de 1972 y explicó que se trataba de la réplica, casi una parodia, de otro programa de arte de la televisión de gran éxito, que hacía el gran crítico conservador de arte Kenneth Clark, “Civilisation”. Su éxito fue atronador, y le siguió su edición en forma de libro, aún más exitoso, con traducciones a más de 40 lenguas.
Para que viéramos la conciencia crítica que demostraba John Berger, nos pasó a continuación un fragmento de sus explosivas declaraciones sobre a qué iba a dedicar el Brooker Price, que había ganado con su novela “G”: soltó, sin miedo a las consecuencias de sus palabras, que la mitad a los Panteras Negras y la otra mitad a la gente empobrecida del Caribe, donde les explotaba el magnate del que procedía el dinero del premio.
Un momento de emoción tuvo a continuación Valentín Roma al reverenciar uno de los libros que Berger escribió en cooperación con el fotógrafo Jean Mohr, “Un séptimo hombre”, que indicó versaba sobre la condición de los migrantes en el mundo de entonces, de hecho -los trabajadores migrantes- los verdaderos protagonistas de sus obras de esos años. El libro se estructuraba describiendo las tres etapas trascendentales que cumplían los emigrantes: la partida (tomando la decisión de abandonar el lugar donde veían que ya no tenían futuro alguno), el trabajo en su destino y el regreso a su lugar de origen (y en ese punto fue cuando Valentín Roma nos desveló que su padre, inmigrante a Cataluña a los 16 años, volvió a su La Mancha natal exactamente el día siguiente de jubilarse).
Con la proyección de un trozo muy corto de su “Germinal” (su transposición de la novela de Zola a la realidad de la minería británica) comentó Roma que el tema de la alienación del cuerpo -en este caso del minero-, tan presente por las condiciones tecnológicas de cuando se hizo, era otro de los grandes temas de Berger.
Y ya no hubo mucho más tiempo para más: pasó un cachito de la conversación/pugna de Berger con Sontag (en la que ella le pegó a él un corte bestia a la primera de cambio), mencionó sus colaboraciones en cine (y sobre todo sus tres largometrajes con Alain Tanner, con el que, antes que nada, en 1966, había hecho “Una ciudad en Chandigarh”, sobre la ciudad de la India proyectada por Le Corbusier), y concluyó la charla diciendo que, en realidad, John Berger no había cambiado a partir de los años 80, sino que lo que realmente se había producido fue un cambio de recepción de su obra, que pasó a llegar a todos los rincones. Y, en este sentido, ligando con su declaración inicial de que conocía a unos cuantos deslumbrados por Berger, con una sonrisa maliciosa nos dijo que detestaba a los aduladores de Berger.
Pero el turno de preguntas sirvió para que se alargara bastante más y pudiéramos disfrutar con el Valentín Roma más genuino, reflexionando en voz alta y hasta yéndose por los cerros de Úbeda:
-preguntándose si gente como John Berger no eran “los últimos insolentes”.
-dándonos a conocer el concepto de écfrasis, “figura retórica y recurso literario que consiste en la descripción detallada, vívida y minuciosa de una obra de arte visual”.
-comentándonos que críticos de arte muy famosos hablan de cuadros contemporáneos horribles, resultando entonces su lectura algo parecido a oír a filósofos hablando de arte. Pero que donde le resulta magnífico Berger es hablando de arte antiguo.
-dictaminando que John Berger no es un buen dibujante, pero que sus dibujos son muy interesantes de ver, por cuanto evidencian (por ejemplo cuando hace un esbozo sobre una obra clásica) muy claramente sus intenciones.
-casi sólo murmurando, no recuerdo viniendo a cuento de qué, una idea muy sugerente: que hay dos tipos de pinturas sobre Cristo: aquellas en que Cristo es un cuerpo muy pesado, y hay que mirar para que no se te caiga encima, y aquellos otros en los que es extremadamente ligero y hasta los personajes que le rodean parecen estar por ahí flotando.
Y, llegado a ese preciso punto, echó una panorámica por la reacción en las caras del público a lo que acababa de decir y soltó eso de:
-Pero mejor lo dejamos aquí.
Y todos dimos par terminada la sesión, aunque la cosa se estaba poniendo, si cabe, aún más interesante.


Antes de empezar, en la Filmoteca tuvieron que vencer los siempre presentes problemas técnicos, con las nefastas incompatibilidades. En la imagen vemos el técnico en el momento que había logrado finalmente que se viera en la pantalla uno de los vídeos que Valentín Roma -con su eterna gorra- quería proyectar (en este caso, lo que luego vimos que era el fragmento de la entrega del Brooker Price-, mientras Pablo de la Parra, que estuvo luego toda la sesión tomando nota mental de lo que oía- contempla la escena desde el margen izquierdo de la pantalla.

 

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