lunes, 6 de abril de 2026

Manhunter


Podrá resultar extraño, pero hasta anoche no había visto nunca “Hunter” (“Manhunter”, Michael Mann, 1986; grabada de TCM).
Me suena que la película (me sueca más de “Manhunter” que para el mí inexplicable título español de “Hunter”: ¿quisieron mantener por vez primera el original, pero se dieron cuenta de que ya estaba ocupado?) es algo así como un referente de culto. Pero es que nunca he tenido demasiada ansiedad por ver los títulos de este estilo del momento.
Así, desde mi despiste, la primero que me sorprendiò anoche fue la aparición de Hannibal Lecter y comprobar que la trama era la de “El silencio de los corderos” (Jonathan Demme, 1991), porque ésta -de aproximado mismo estilo- y la siguiente de la serie sí llegué a verlas.
Pero la mayor sorpresa me sobrevino al oír sonar, en un momento crucial,
“In-A-Gadda-Da-Vida" de Iron Butterfly. ¿Cuando debió ser la última vez que hice girar ese LP, que marcò roda una època?
Sin el plano final de clásico pero con look moderno anuncio de seguros habría estado mejor, a mi entender, la película, que veo que tiene una valoración en las bases de datos muy inferior a la de su remake.



 

sábado, 4 de abril de 2026

Fantasmas


Tanto la anterior “Wolfsburg” (2003) como “Fantasmas” (Christian Petzold, 2005; ayer en la Filmoteca) ponen en primer plano personajes de dos mundos -uno sofisticado, con dinero; el otro en pura línea de subsistencia- y los entremezcla. En esta última la chica huérfana que va de centro asistencial a otro y conoce a la alocada Toni (que posiblemente tenga un pasado mucho más estable económicamente) tiene un encontronazo con los personajes -un matrimonio, ella inestable mentalmente-cuyas acciones hemos ido viendo en paralelo.
La única diferencia entre ambas sería que, mientras que el juego de tensión en que va adentrándose “Wolfsburg” puedes ir imaginándotelo desde el hecho fundamental que tiene lugar en su inicio, en “Fantasmas” -lo que la hace para mí mucho más atractiva- es casi imposible determinar cuál será el próximo paso que dé la trama.





 

viernes, 3 de abril de 2026

La imagen de una madre


Con el precedente melodramático de “Sonido en la niebla” (1956) temía que no resistiría y me dejaría un mal sabor global la última película de Hiroshi Shimizu, que tiene el título ya premonitorio, en ese sentido, de “Imagen de una madre” (1959; ayer en la Filmoteca).
Desde luego acentúa lo lacrimógeno, y excuso decir el lamentable estado en el que encontré, pañuelos de papel agotados, a una amiga al acabar la proyección. Pero la misma presencia de niños muy de Shimizu, alguno con su mala idea dentro, me la colocan en un nivel superior, aunque tiene bastantes cosas diferentes de todas las anteriores vistas, empezando por presentarse en una buena copia ¡y en scope!
La pantalla panorámica la apreciamos, sobre todo, en la escena inicial: Un grupo de niños rodea en un muelle fluvial al niño protagonista, quien suelta una paloma mensajera que emprende vuelo hacia el cielo. Ese ajetreado río, uno de los de Tokio, cruzado por varios puentes, servirá de eje crucial en toda la película. El padre del niño, precisamente, conduce un bus acuático.
Aunque no sean sus últimas películas precisamente las que más me hayan llegado, es triste despedirse de un ciclo como éste de Shimizu que ha pasado por la Filmoteca. A lo largo del mismo he podido ir siguiendo, además de su excepcional tratamiento de los niños, de su retrato de la sociedad, tradiciones y costumbres japonesas, varias constantes de su específica puesta en escena.
En los apuntes que he ido haciendo por aquí ya he ido dando cuenta de, por ejemplo, sus travellings. En sus primeras películas la cámara, retrocediendo, precedía a un grupo de actores que iban avanzando por un camino. Más tarde, unos travellings más complejos hacían cruzar a la cámara los interiores (notablemente de la casa tradicional japonesa, pero también de almacenes y otros espacios), siguiendo en paralelo la dirección de un actor por el que se sintiera interesado, un actor que iba apareciendo y desapareciendo tras mamparas y otros elementos que nos ayudaban a leer tanto al personaje y su situación como a su entorno. En “Imagen de una madre” sigue habiendo alguno de estos potentes movimientos de cámara.
El niño de la película, tras lanzar la paloma, regresa a su casa. Es entonces que vemos un típico callejón de los que tanto hacia construir para sus films Ozu. El plano que nos muestra la recepción en la casa del niño, él llegando frontalmente, con el callejón y la casa o taller de los vecinos detrás suyo es idéntico a muchos de Ozu. En ninguna otra película he tenido esa sensación de emparejamiento con ese otro gran cineasta, pero luego Shimizu no permanece mucho tiempo con ese encuadre. Pone la cámara en movimiento, ya sea en un travelling de esos o con uno de otro tipo, para mostrarnos la acción del personaje en foco o las de los otros de ese espacio. La comparación con Ozu de la película, no obstante, puede ampliarse repasando la trama argumental de esta ocasión, en la que hay una mujer casamentera a la que le buscan y preparan una pareja a su circunstancia y gusto, un viudo cuyo hijo todos opinan que estaría mejor con una madre.
Interesantísima resulta la sucesión de planos que presentan la primera cita -concertada- de la pareja. Shimizu introduce cada fase con un primerísimo plano de los objetos presentes en la inmediata superficie de las sucesivas reuniones, para pasar luego, ampliando campo en el plano siguiente, a la conversación entre ambos y, sobre todo, centrándose en sus miradas, que descubren y aprueban las reacciones del otro. En esa sucesión, se empieza con la mesa del café y sus tazas de té y la última fase de esa noche, tras pasar por un teatro con un monologuista cómico, sucede en una barra de bar americano con la clásica botellita de sake… para él.
Aunque sigue notándose lo bien que dirige Shimizu a los niños (aquí maravilla, a parte del niño centro de atención- la hermana pequeña, un inocente renacuajo a la que le gusta vestir como un pimpollo y que quiere estar bien con todo el mundo), diría que en este caso le falta un poco de la chispa inicial, esa que rebosaba en sus primeras películas hasta la cima de “Los niños del paraíso”. Aquí están las muy valiosas miradas tristes y desconsoladas del niño, pero hay una escena que marca ese punto que me encantaba de sus primeras películas. Al niño en cuestión su padre le dice que si le gustaría tener una madre, a lo que el hijo responde, señalando el retrato de su madre muerta, que su madre es esa. A la insistencia del padre, que le dice que esa es su madre, pero está muerta, y que si no le gustaría tener una nueva madre para que le cuidara, el niño primero mira a su izquierda, para ver, una vez más, el retrato, y luego, poco después, ya que el plano no acaba ahí, hará lo mismo en dirección opuesta, como preguntándose a qué viene ahora marearle a él con esas preguntas tan raras. Ahí encontramos una condensación del estilo Shimizu en su tratamiento de personajes infantiles.
Una cosa muy curiosa es que cuando ya le plantean, sin escapatoria, el matrimonio de su padre y, por tanto, la aparición para él de una nueva madre, el crío empieza a correr, alejándose de su casa. Su carrera recuerda soberanamente a la de Antoine Doinel en “Los 400 golpes” -realizada en el mismo año- y lo más sorprendente es que, según me señalaron después fuentes tradicionalmente bien informadas, no había habido ningún contacto entre Shimizu y Truffaut y sus películas.
Como todo gira alrededor de la (no) aceptación por parte del niño de su nueva madre en su -para él- aparente intento de borrar a la suya auténtica, el recorrido no puede ser sino bastante corto, dando la cosa de sí lo que puede dar de sí, y al menos para mí la película entra en ciertas redundancias (ratificadas por esos primerísimos planos de la recurrente gota de agua cayendo y haciendo el consiguiente ruido en el fregadero) que, no obstante, no supusieron ningún inconveniente para la rendición total del resto del público.











 

Hitler's Hollywood



No ha sido hasta después de atender muy atento a toda “Hitler's Hollywood” (Rüdiger Suchsland, 2017), la muy interesante película que ha colgado hoy Filmin, que me he dado cuenta de que ya la había visto hace unos años. Reconocía, claro, imágenes de las secuencias de películas que va encadenando, pero no recordaba su afiliada intención y lo bien que la va consiguiendo.
El cine alemán bajo el nazismo se merecía un inteligente, bien anclado y enfocado resumen como éste.






 

jueves, 2 de abril de 2026

Monsieur La Souris


¡Pues no habré pasado veces ni nada por la carátula de “Monsieur La Souris” (1941) en TV5Monde+, buscando alguna perdida película interesante a ver!
Hasta que ayer caí en que su realizador era nada menos que Georges Lacombe, el que se inició en esto del cine con esa joya sobre los bidonvilles que rodeaban París que es “La zone” (1928) y me dispuse a verla por si algo de esa se le había impregnado.
Ningún parecido formal entre ambas. En su segunda mitad la más reciente tiene también escenas rodadas en escenarios naturales, aunque de mayor alcurnia que la primera, pero sus escenas principales están rodadas en evidentes decorados. Las tomas de escenarios naturales dan a “la zona” una espontaneidad y frescura enormes al tiempo que le otorgan un carácter documental único, mientras que “Monsieur La Souris” (se ve que aquí se llamó “El misterio del automóvil”) tiene mucho de teatro de bulevar. Su protagonista es, eso sí, también un representante del más bajo estrato de la sociedad, un vagabundo, que conserva en este caso la elegancia de una vida que algún día tuvo.
Es y está tratada como comedia de costumbres, pero está basada en un relato de Georges Simenon, y parte de un muerto…que desaparece.
Su fuerte, y el motivo por el que la atiendes con placer de principio a fin no es, sin embargo, su trama policiaca. La atracción reside, indiscutiblemente, en unos actores salidos del teatro más popular, que ofrecen unos personajes extraordinarios. Raimú es Monsieur La Souris, pero cada vez que aparecen es un gozo que cuente con ese inspector Lognon (Regné Bergeron) o ese inocente y feliz Mr. Cupido (Raymon Almas), cada uno de ellos con sus expresiones listas para convencer de su autenticidad.