El barco sigue avanzando…
Y aquí también…
Me pierden las sinfonías urbanas, las películas que explican una ciudad y su historia desde una mirada próxima, íntima. Por esta razón y porque hace unos años vi con satisfacción una de Peter con Bagh que hacía eso mismo sobre su ciudad de nacimiento, Oulu, fui ayer a la Filmoteca al encuentro de su “Helsinki, para siempre” (2008).
Compuesta, como la otra que le vi, de fotografías y secuencias de películas que tuvieron a Helsinki como escenario, y punteada de vez en cuando por unas bonitas pinturas del momento del sitio que se rememora, “Helsinki, para siempre” se inicia con una secuencia de impacto, sobre todo para los que vivimos alejados del Báltico y sus periódicas heladas: un enorme barco rompe en su trayecto, con su casco, el hielo por donde pasean tan panchos los habitantes de la ciudad. Incluso se ve a un niño que te dices se hundirá seguro, pues el hielo que le soportaba se ha partido a un escaso metro suyo.
Una parte de las secuencias montadas corresponden a reportajes de época, pero otra buena parte, quizás más numerosa, a largometrajes de ficción de todas las épocas, épocas que van saltando adelante y atrás, porque lo que Von Bagh presenta es en realidad una colección de estampas impresionistas que van caracterizando los diferentes barrios de la ciudad, volviendo siempre al núcleo formado por el Senado, la Esplanade (recorrida por un tranvía desde el que la cámara, como pasó con nuestras Ramblas en el caso de Ricard de Baños y Josep Gaspar, va registrando, en un pionero travelling, las fachadas, comercios y paseantes de la avenida) y la Estación de Saarinen.
Unas primeras escenas dejan ver la ciudad llena de chimeneas sobre los edificios de viviendas, pero también de enormes chimeneas industriales. Mientras en la visión de Barcelona de 1926 desde el Tibidabo las chimeneas y su correspondiente humo se concentraban, sobre todo, por Hostalfrancs, en ese primer Helsinki estaban por doquier, señal inequívoca de su pequeñez inicial y su rápido crecimiento, que es el que capta, de hecho, la película, que cuenta cómo durante mucho tiempo fue doblando su población cada pocos años.
En un par de momentos, aún con ese tono de voz aparentemente neutro que gasta Peter von Bagh, tan abstruso para nosotros (habrá que recordar eso de que el finés y el húngaro, emparentados entre sí, son dos idiomas que no tienen ninguna raíz común con ningún otro idioma europeo), le he pescado yo la sensación de dar a conocer algo extremadamente personal. Uno, presentado más de una vez, es la de esa antigua ficción en el que un niño llega a la ciudad desde el campo y no consigue cruzar la calle, llena de tráfico, delante de la estación de tren. Una imagen que quizás venga complementada posteriormente (ya en la época de las primeras películas en color de Kaurismaki, en las que retrataba (un hostil) Helsinki mucho más frecuentemente que después) con la escena de un chico, ya crecido, que no puede apartar de sí la fatalidad.
El otro que toca cosa personal sería la reacción, bastante severa, ante los numerosos derribos perpetrados para hacer aparecer la nueva ciudad, principalmente durante los años 60, pero sobre todos prevalece el del hermoso cine de por el principio.
Para compensar, hemos coincidido en la salida en lo bella de la secuencia en que elogia un pequeño kiosco de la Esplanade en un día de sol, reflejando una época de luz que iba a oscurecer drásticamente.
Acaba el film, acrecentando la sensación de pesadumbre mediante el pase de unas imágenes ralentizadas. Son las de un reportaje que capta tropas marchando por la ciudad. Aunque desconocemos tanto de la historia de ese país, lleno de conflictos bélicos, se entiende perfectamente ese sentimiento.
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