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domingo, 3 de enero de 2021

Europa. Un relato necesario


Mentiría si digo que me he leído este “Europa. Un relato necesario” (José Enrique Ruiz-Domènec, RBA, 2020) en una exhalación. Todo lo contrario. Incluso he estado tentado de dejarlo, agotado, en varias ocasiones.
Es una edición revisada y ampliada de un libro de éxito suyo, que intenta buscar mediante un repaso histórico (del año 312 al 2019) la esencia de Europa. Posiblemente un espectro temporal tan amplio es el causante de que, pese a sus repletas 400 páginas, determinados periodos y hechos sean tocados únicamente sobrevolando por ellos, buscando en una frase feliz caracterizarlos. De ahí también que, ignorante del trasfondo de tanto, no me haya acabado enterando de mucha cosa.
Si los capítulos intermedios son escuetos y pasa por ellos a una velocidad de crucero altísima, no pasa así por el último, sobre los tiempos más cercanos, redoblado por una coda, algo reiterativa, en la que quiere dejar claras sus conclusiones.
No creo que sea destripar el libro decir aquí cuáles son esas conclusiones o, al menos, las que me han quedado a mí como tales. La principal, por repetida hasta la saciedad, sería que estamos en una situación de lo más crítica. Y yo me he resumido en dos las causas que indica. Por un lado, la existencia de dos potencias disputándose la región: la Unión Europea y Rusia (deja a Putin como un auténtico diablo). Por otro, la irrupción de lo que clasifica como el nacional-populismo.
Este nacional-populismo, extendiéndose por toda Europa, es el que lo tiene amargado, sobre todo porque araña en buena medida, le usurpa su idea principal. Esa idea sería que se debe pensar el futuro estudiando el pasado. Pero en este trance, se queja, se han olvidado, apartándolos, de los historiadores. Mientras que los nacionalistas-populistas acuden al pasado para simplificarlo, restarle complejidad, adaptarlo a sus necesidades, y llenan el panorama de las famosas fake-news.
Habla en el libro no solo de hechos de esos que siempre se han estudiado en los libros de historia, sino que también hace un barrido, que ahora se diría transversal, por aspectos culturales, aparentemente anecdóticos, de la época analizada. Con su personalidad tan teatral a cuestas, he notado a Domènec interesado, más que nada, en el golpe de efecto. Me ha parecido, ya que no está ante un auditorio al que pueda asombrar poniéndose de pie, acompañándose mediante un gesto que demuestre sus tablas, que en ciertas fases se vende por un buen adjetivo, por una frase literaria, para redondear su párrafo, dejándolo ahí, volando su significado, inalcanzable más allá de su belleza, por las nubes.
Podría achacar a mi ignorancia mucho de lo que da sin que me entere demasiado bien qué quiere decir. Por eso me he detenido en alguna cosa que explica de películas y cineastas, por aquello de que los tengo más frecuentados. Pongo aquí unos pocos ejemplos:
-Tras hablar de la llegada del desatado consumismo a la Europa de los años 60 y de la inmigración desde el Tercer Mundo, suelta: “Godard sintió una necesidad sensual de filmar ese mundo en ‘Alphaville’: película de culto pues mostró los límites morales de la abundancia.” ¿Fue hecha ‘Alphaville’ para mostrar -o de ella se deducían- los límites morales de la abundancia?
-Sobre Bergman y Dreyer, diría que olvidando la real cronologia de las obras suyas que cita, suelta frases de esas que no sé yo si realmente sirven para asentar su tesis o bien sólo para ofrecer el aroma ambiental que busca encontrar. Hablando de la aparición de la socialdemocracia dice: “En ‘Fresas Salvajes’, antes que nadie, y en sueco, Ingmar Bergman descubrió el mundo interior de esa nueva sociedad auspiciada por la socialdemocracia. Lejos de toda intención nostálgica o emotiva, dotó al hecho de un lenguaje, de unos personajes y de un espacio. Con ello, Bergman inauguró la cinematografía que acompañaría a Europa en la búsqueda del paraíso socialdemócrata, como Dreyer había creado con ‘Gertrud’ el cine de las grandes soledades, del misterio de la vida”.
-Y hablando de ‘La Nueva Ola’: “Y Federico Fellini, de pasado neorrealista, que realizó un cruel retrato de la sociedad mundana en ‘La dolce vita’ y ‘Ocho y medio’. Con ambas películas abrió la puerta a un paraíso vedado al cine: los entramados temporales”.
Y yo que creía que eso venía de la ‘Intolerancia’ de Griffith...







 

domingo, 9 de diciembre de 2018

Gertrud

Ilusiona ver la sala Chomón de la Filmoteca tan llena para ver “Gertrud” (Carl Th. Dreyer, 1964), por mucho que pueda tratarse, en su mayoría, de gente que ya la haya visto varias veces. Y me dicen que anoche incluso pudo haber un efecto futbolístico disuasorio, y que con “Ordet” la ocupación era superior... El completo silencio durante toda la proyección completaba el efecto.
Confieso haber visto la película no tantas veces como “Ordet”, pero sí bastantes, aunque la mayoría en condiciones no demasiado óptimas, que pasan por la televisión casera. Y aunque en general me ha dejado por las nubes, debo confesar que durante una época mi estima fluctuó, pues en ocasiones la encontraba hasta ridícula, y en otras sublime.
En esta ocasión he querido, sin dejar de seguir al máximo a Gertrud, con la que se busca inevitablemente la identificación, concentrarme un poco en los personajes masculinos. Así, he disfrutado como nunca, incluso hasta la emoción, con ese monólogo en off que refleja los pensamientos del marido abandonado yendo en un coche de caballos, para valorar luego la ironía (es la principal nota de humor, aunque discreta, de la película, junto a la aparición de la madre) de que se dé cuenta de la infidelidad de su mujer justo cuando va a su encuentro a la ópera -y aquí el chiste- “Fidelio”.
Pero está claro que no se va a ir a ver “Gertrud” por su sentido del humor, más bien escaso. El sentimiento que predomina en todo el film es la nostalgia (ese “Lo que se ha perdido es siempre lo que valía” que se oye en su banda sonora) y una tristeza que lo invade todo al ver lo frágil que resulta el amor cuando queda envuelto -y es casi siempre- por posturas egoístas.
Sales del cine, pues, como en una nube, tras esos diálogos y escenarios tan inusuales, valorando de nuevo esos elementos de lenguaje de la película tantas veces mencionados: Esas dos estancias diferenciadas unidas -o separadas- guardando independencia entre sí. Ese espejo rodeado de candelabros que ella enciende y el amado poeta que se lo había regalado, ya vencida la esperanza, apaga. O esa concomitancia entre el cuadro de Munch de la pared y la situación de la pareja del sofá, sentada delante suyo, como dirigiendo el primero los sentimientos de la segunda. (Antes de ver la película podría llegar a pensarse que los dos personajes del cuadro están mirando al mismo sitio, pero después de verla sabemos que cada uno mira hacia su lado, en medio de una absoluta soledad).
A estas alturas yo creo que podemos hablar y valorar cómo leitmotiv, sin fastidiar a nadie, el final del film, con esa lectura por parte de la protagonista de un poema que escribió cuando tenía dieciséis años, que repetía una y otra vez, como estribillo, “¿Soy guapa? No, pero he amado.”
Ayer hablaba de otro cineasta que ha pasado por la Filmoteca y ya se nos ha ido. Lo hizo con una película (“La emperatriz Yang Kwei-fei”) que tiene, en cierto modo, trazos comunes con esta “Gertrud” de Dreyer, quien también nos dice adiós con ella. Tras los ciclos de este segundo semestre dedicados a Bergman, Mizoguchi y Dreyer, será difícil que durante el programa del año que viene de la Filmoteca, aireado esta semana, no nos notemos (al manos creo que a mí me pasará) algo huérfanos.
Farvel, Dreyer.
さようなら, Mizoguchi.
Farväl, Bergman.

martes, 28 de enero de 2014

Gertrud

He dado con una divertida aclaración de Dreyer sobre ciertas interpretaciones de “Gertrud”, su última obra. Traduzco de una entrevista de Michel Delahaye para Cahiers du Cinéma:
- (…) Lo curioso es que hay un periodista, en Aarhus, al que le ha gustado mucho el film, y me ha escrito: hay una cosa que admiro mucho, y es que Vd. le hace llevar a Gertrud una capa bajo la cual se encuentra dibujado un motivo ‘a la griega’. Eso es un signo que revela que Vd. ha pensado en la tragedia. Me ha gustado mucho esta reflexión, aunque de hecho ese motivo no sea de forma alguna función de mi idea sobre la tragedia: estaba ahí puramente por azar.
- Es quizás un azar revelador de su preocupación…- le sugiere Delahaye.
- En todo caso, ese motivo es obra de la costurera del film –que es, por otra parte, la madre de Anna Karina-, y yo he aceptado sin pensar más allá. Es pues verdaderamente un azar, Pero ese acercamiento efectuado por el periodista me ha sido, en cualquier caso, muy placentero…


domingo, 5 de enero de 2014

Gertrud

Y buscando otro tanto sobre los espejos de “Gertrud”, en el libro de Fabrice Revault d’Allones sobre Dreyer para Yellow Now, he dado con esta página de “arrets sur images” para evidenciar el “Divorcio de miradas. Ya sea que la cámara encuadre a una pareja o recorte un rostro, siempre es este divorcio el que se deja ver.”