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viernes, 13 de abril de 2018

La increíble, alocada carrera de Maman Jeanne

En este caso no hay espacio para lo jocoso. La carrera de Maman Jeanne vista fuera de contexto sería digna de una película cómica de esas de los principios del cine, pero se trata de la reacción a la más terrible noticia que alguien puede recibir en su vida.


Jeanne es la mujer del guardabosques en La maison des bois, una serie que realizó Maurice Pialat y presentó en 1971 la televisión francesa, adaptación fiel de una novela que cuenta el eco de la Primera Guerra Mundial en un pequeño pueblo francés.


Ella es uno de los muchos personajes que aparecen, como el cura, el cartero, un sacristán siempre con la sonrisa en la boca ayudado por la degustación del vino local, un trampero, un aviador, el que regenta el bar local (que está imbuido de ideas revolucionarias) y tantos otros, todos ellos escogidos por Pialat por su aspecto, sin que se tratase de actores profesionales. Pero poco a poco iremos viendo que, desde sus silencios, su bondad, su forma de afrontar los acontecimientos con buena cara, quizás moviendo inteligentemente los hilos a su alcance, es casi casi el pilar fundamental, junto a los de los diferentes niños, sobre el que se construye y aposenta toda la trama.


Aparente dócil mujer que realiza todos los trabajos de la casa mientras su marido recorre con su bicicleta los bosques del marqués al que sirve, vemos que sabe utilizar muy astutamente, cuando hace falta, el poder caciquil de este último. Tiene dos hijos ya adultos, pero además, a cambio de unas monedas,  acoge en su pequeña casa del bosque, que es la que da título a la serie, a tres niños parisinos más pequeños. Estos niños, auténticos protagonistas, que nos llevan en sus correrías por todo el vecindario, están ahí como refugiados, mientras sus padres están en el ejército. Son los que la llaman «Maman Jeanne», considerándola como una segunda madre.


Pues bien: bastante entrada la serie en su segunda mitad, Maman Jeanne va a ser el punto de mira de una larga escena. Ya en episodios anteriores acusa su desánimo ante la falta de noticias de su hijo, que fue llamado a filas. En este episodio vemos cómo el alcalde, un hombretón ya mayor, pero aún de sólida y poderosa presencia, se arma de valor y se acerca a la casa, llamando a la puerta. Abre Jeanne y apenas si oímos entonces lo que le dice, pero lo imaginamos. Tras un momento de desconcierto, ella suelta un grito y vemos cómo se se aleja corriendo, como si fuera un sprint atlético, hacia la verja del terreno y, ya en el plano siguiente, yendo a la misma velocidad, entrando en contradicción con el apacible carácter que ha mostrado hasta el momento, por el camino del bosque.


Entre árboles y matorrales el guardabosque oye uno de sus gritos, deja lo que está haciendo y se acerca al camino, por el que llega, como impulsada por un cohete, Maman Jeanne. Los dos se miran y se abrazan un instante. Ella se aparta entonces un par de metros y se deja caer, abatida, al suelo.


A ver cómo puede una madre superar eso.

jueves, 12 de abril de 2018

La maison des bois

Pues que vuelvo a rememorar una escena de Maurice Pialat y, más concretamente, de "La maison des bois", la serie que hizo para la televisión francesa. Es una escena exagerada, casi increíble, que llama por eso la atención. Aunque quizás sea de esas que se dan en la vida real, afortunadamente, sólo muy de tanto en tanto. Justo cuando a alguien le llega la constatación de un suceso que nunca querría pensar que pudiera sobrevenir.
La protagoniza Maman Jeanne, la buena señora de la izquierda de la imagen. Publican hoy en "La Charca Literaria", en este enlace, las líneas en que doy cuenta de ella:

domingo, 14 de enero de 2018

La maison des bois

El soldado francés vigilando al piloto y avión alemán abatidos.

Llevo siete días administrándome, casi como prescripción de salud mental y de cualquier otro tipo, un episodio diario de "La maison dels bois", la serie de televisión que Maurice Pialat rodó en 1971.
Consecuencias del pic-nic.
Hoy ha llegado su final, con el episodio que, según cuenta su montadora en los extras del pack de DVD, era el que menos agradaba a Pialat, que también lo explica en una entrevista de 2003 así mismo incluida. Según Martine Giordano lo hizo obligado por el guión, pero sin encontrarle casi ningún aliciente personal. Pialat, por su parte, señalaba que estaba lleno de convenciones, que no era en absoluto necesario y que la serie se habría podido acabar mucho mejor con el final del episodio anterior. Por mi parte, entendiendo lo que dicen y añadiendo además que se trata del episodio con más diálogos en una versión original que apenas he podido descifrar, diré que me ha servido para dejarme huérfano como Hervé, el niño protagonista, resignado -a la fuerza obligan- él a crecer y vivir lejos de la casa del bosque en la que tan feliz fue, yo a vivir el día a día sin un Pialat que echarme al gaznate.
Lectura de la correspondencia.
Ya di cuenta por aquí de la emoción y expectativas abiertas por el primer episodio. Anoto ahora, a vuela pluma, alguna cosa sobre los siguientes:
En el segundo parece que Pialat se de cuenta de que dispone de tiempo, por lo que no tiene por qué precipitarse y se permite alargar los planos, haciéndonos vivir el momento. El tercero es, sobre todo, el episodio de un pic-nic de la familia junto a un río, para el que Pialat tomó como referencia ratificada por Giordano la de "Une partie de campagne" de Jean Renoir, pero también el episodio en que más hace su aparición el humor, con esa discusión entre las dos madres de niños refugiados que van a visitarlos precisamente un día en que no las esperan. El cuarto episodio es, sin dudarlo, el de la guerra. Las topas moviéndose de un lado a otro aparecen hasta en los títulos de crédito, impresionados siempre sobre un par de planos especiales, que suelen dar cuenta del tema principal del episodio. El quinto es el del conocimiento de una gran pérdida, justo después de que toda la población deba evacuar con sus pertenencias básicas sus casas... para regresar a ellas al poco tiempo. Por último, el sexto episodio es el de la alegría del armisticio y el de las despedidas, remachado, como señalo al principio, en el séptimo y último.
Añadir leyenda
La maison des bois según Pialat.
Como ya hablé al referirme al primer episodio de las características genéricas de toda la serie, que en general quedan confirmadas con su visión, lo que cabe ahora sería hablar de alguna escena precisa de la película, que da toda ella el tono y voluntad del film en su conjunto. Una muy especial sería la del final del cuarto episodio, que también es destacada en las entrevistas extras del pack: Previamente ha habido un combate aéreo, contemplado por todo el pueblo, entre dos cazas, uno alemán y el otro francés. El avión alemán es abatido y cae a un campo de cultivo, al que acuden corriendo críos y ancianos, hasta quedar paralizados y en silencio al dar con el cadáver del piloto alemán inclinado sobre el volante. La escena que quiero mencionar viene luego. La cámara recoge un plano general sobre el campo de cultivo en el que se ve, al fondo, el avión alemán abatido, custodiado por un soldado francés haciendo guardia. La cámara va acercándose, lo que nos permite ver que encima del avión está extendido, semicubierto, el cadáver del piloto alemán. Sigue el acercamiento de la cámara y, cuando todo haría prever que nos quiere enseñar en primer plano el rostro del muerto, vemos que lo que llama su atención es en realidad el rostro del soldado francés ahí plantado, sin duda un pueblerino metido a faenas militares.
El sacristán llega a la zona de picnic donde han acudido todos los ocupantes de la casa del guardabosques.
Hay más escenas destacables. Una de ellas la tengo apuntada esperando que me sirva para escribir un artículo para "La charca literaria", en esa sección de "Casi lloré de emoción al ver esa escena en el cine". Pero quizás lo más destacable es el tono general, que evidencia las razones por las que una ingente masa de espectadores, en absoluto habituados al cine moderno, quedaran atrapados en su día por la humanidad de la historia. Una historia sacada de un folletín seguramente infumable. De esos que Pialat, en una entrevista, decía que desearía que le encargaran rodar continuamente durante toda su vida.
La camiseta y el sombrero de los que llegan y sacan a pasear en barca, para asemejarse a "Une partir de campagne".


martes, 9 de enero de 2018

La maison des bois

Pialat, de maestro.

A la extraordinaria retrospectiva reciente de Maurice Pialat en la Filmoteca se le podía poner un único pero: No exhibía "La maison des bois" (1971). Quiere decirse que uno ha tenido que contar entonces con unos días en París y unos Reyes por el medio para hacerse con ella. Anoche empecé a degustarla, pues cayó el primer episodio. Un primer episodio que promete, de buenas a primeras, que la serie será de las mejores experiencias cinematográficas que me depare este nuevo año de 2018.
¿Qué aporta este primer episodio?
Primero de todo, un ambiente. De una época (la de la Primera Guerra Mundial) y un escenario (el mundo rural francés, por el que parece que apenas haya pasado la revolución de 1789).
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En segundo lugar, aunque está claro que al menos para mí eso es lo esencial, una buena recopilación de temas y esencias Pialat. Un Pialat que aparece además, ya a las primeras de cambio, como intérprete de su propia película, en el papel de maestro de una escuela a la que regresa, durante un permiso militar, el antiguo titular. Pero es un puro Pialat, pese a tratarse de una adaptación de una novela por otro guionista, por otros motivos:
Pialat llegaba a "La Maison des bois" con la única experiencia contrastada de la realización de sus cortometrajes y de su primer largometraje, "L'enfance nue", que tenía a un niño conflictivo como protagonista principal. Al menos en este primer capítulo el mundo de la infancia está también muy bien representado, cuando no ocupa el punto de vista del film. Primero en la escuela en la que el maestro Pialat les hace recitar un texto sobre el necesario amor a la patria, invitando a cada uno de ellos a ser un "un niño trabajador y bueno, para convertirse, cuando sea grande, en un buen ciudadano y un valiente soldado". Luego en el bosque, con las correrías de los niños refugiados en el pueblo para huir de la guerra. Por último, en la casa del guarda y los juegos de uno de ellos con sus provisionales "hermanos", en los que no faltan las representaciones de batallas entre alemanes y franceses.
El regreso desde la escuela a la casa del guardabosques.

No sólo aparecen niños, que quede claro. Hay también, por ejemplo, ese marqués que se convierte en viudo por un accidente de su mujer. De forma natural preside la ceremonia del funeral y del entierro, quedando clara su soledad y que es la primera autoridad, con dominio sobre un pueblo al que una escena posterior en un bar nos indica que dirige en plan absolutamente caciquil. Están también, sobre todo, esos geniales característicos que nunca sabremos qué hacía Pialat para encontrar y para convencerlos de que actuaran en sus films. La escena en el aeródromo militar, llena de bromas y vinos, nos muestra unos cuantos. Pero si hay uno que destaca, ese es el sacristán, con todas sus probaturas del vino de misa, con ayuda de los monaguillos.
Los juegos por el bosque. El de la derecha yo diría que aparecía también en "L'enfance nue"

Otra característica que hace de este primer capítulo un Pialat genuino es, claro está, su forma cinematográfica. He contabilizado una escena impecable. Un espléndido travelling acompaña a una pareja que se aleja de la tumba dónde están enterrando a la marquesa, pero la deja irse por la derecha, mientras se detiene en un corrillo de pueblerinos, que empiezan a especular sobre la muerte de esa chica casada con un hombre mucho mayor que ella. Pero es una excepción. En general este episodio -y supongo que toda la serie irá por ahí- está lleno de movimientos de cámara nada elegantes, con zooms y cortes muy bruscos de planos, siguiendo esa máxima de Pialat de buscar prioritariamente la eficacia en la narración, aunque sea a costa de la belleza formal.
El magnífico sacristán haciendo probaturas del vino de misa.

En la última escena, un niño, y nosotros con él, entra en el chateau y es descubierto por el altivo marqués, dándose entonces a la fuga. No sé cómo he tenido la sangre fría de apagar el monitor y esperar a mañana para recibir una segunda dosis.

Los juegos de guerra.