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domingo, 14 de agosto de 2022

Mañana será otro día


El otro día hablábamos de un cine que se hace interesante, sobre todo, por cómo documenta la ciudad en una época en la que -como en ésta- que te llenen el depósito de gasolina, te midan el aceite y el agua del motor y te limpien el parabrisas del coche costaba 300 pesetas.
Ya sólo en los títulos de crédito de “Mañana será otro día”, el segundo largometraje de Jaime Camino (1967), que escribió con Román Gubern, aparece una espectacular entrada en la ciudad por la Diagonal (casi vacía de edificios), todo un recorrido por ésta, la Vía Laietana y las Ramblas…
La película, que empieza viendo como dos mindundis bastante descerebrados llegan a Barcelona para ganarse la vida, va pasando de su apariencia despreocupada inicial a secuencias más sombrías. Momentos en los que llegamos a ver, por cierto, los decrépitos terrados del Raval de Barcelona, llenos de humedad, y hasta unas barracas de Montjuic.
Ella es una Sonia Bruno que se busca la vida de modelo, mostrándose inicialmente en desfiles de moda y con modelos y gafas de colores muy papel couché años 60, muy atractiva “a lo francés”, que dicen en el film. Él es Juan Luis Galiardo, haciendo de guaperas esperando entrar en el mundo del cine, cosa que busca en Esplugas City o entre un divertida fauna en un antro donde un cargo sindical examina a unos postulantes en un “salto a la fama”, y haciendo por fin de extra nada menos que en la carabela Santa Maria del puerto, junto a un Luis Ciges lamentablemente doblado.
¿Qué más decir?
En lo cinematográfico, que el responsable de la fotografía fue Luis Cuadrado.
En el apartado de “otras curiosidades barcelonesas”, que se ve algo que ya tenemos olvidado, pero que era así: coches aparcados subidos a las aceras y a los paseos para peatones de las avenidas. También aparece un guardia urbano subido a su púlpito, algo apartado a un lado, en las Ramblas, y la playa de Casteldefels, donde alguien que recuerda tremendamente a Ricardo Bofill intenta obstinadamente ligarse a Sonia Bruno.




 

sábado, 9 de julio de 2022

Jaime Camino. No tan de pressa!


¿Qué mejor pedir para una sala de exposiciones de una Filmoteca que le dedique uno de sus trabajos a hacer ver y entender la obra de uno de los más notorios cineastas de su ámbito?
Este mes de Julio aún hay abiertas algunas exposiciones, pero en general van echando el cierre, dejando a Barcelona en agosto sin apenas actividades posibles. No es el caso de la Filmoteca, que hasta el 23 de octubre mantendrá “Jaime Camino. No tan de pressa!”
Ayer, su comisario-Esteve Riambau- hizo una visita guiada en la que explicó los dos ejes de su génesis. Por un lado, con ese mismo título, está el proyecto de un film, nunca realizado porque al director se le echó la vejez y la muerte encima, para el que Jaime Camino y el mismo Esteve Riambau hicieron un guión. Por otro lado, el hecho de que Teo Camino, hijo del realizador, hiciera entrega a la Filmoteca de todo su archivo documental.
Esteve Riambau no veía ya factible una película como la pensada, centrada en la propia obra del cineasta (yo creo que, al contrario, podría y debería pensar en hacerla), pero creyó que una exposición como ésta, con un prólogo y seis amplios espacios dedicados cada uno de ellos a un tema (infancia, música -Camino era un entusiasta del piano-, los felices 60, la dificultad de amar, la guerra civil y la muerte-con una emotiva carta de Jaime Camino a su padre, leída por su hijo, donde se explican las razones del título dado al guión y exposición) podría servir para honrar a la persona y, a la vez, agradecer la donación del hijo.
En cada ámbito hay un audiovisual con escenas de sus películas (apechugando con el nefasto doblaje de la época, pero cayendo por primera vez del burro en muchas ocasiones sobre lo personal que llevaban dentro), entrevistas del propio Camino a su madre o sus primos y fragmentos rodados ex profeso para la expo y, a su alrededor, documentación de todo tipo muy bien escogida, en la que predominan las muy sugerentes imágenes.
Lo mejor que puede decirse de la exposición es que, por su contenido y cadencia, Jaime Camino, ese tan controvertido realizador, pero que tanto dinamizó nuestro cine, habría quedado satisfecho de ella.




 

domingo, 3 de noviembre de 2019

El largo invierno

No hay que ser derrotistas. Por lo menos dos cosas me han gustado de haber visto anoche “El largo invierno” (Jaime Camino, 1992), que no vi en su día y hasta ahora, pescada hace poco por TV.
Ambas aparecen por el principio. Una es Carles Santos, haciendo de miembro de esa extensa familia adinerada residente en “La casa de las mimosas” (¡representada en ocasiones por el Palacio de Pedralbes!), tocando y voceando al piano con la energía que sólo él podía conceder a estas cosas.

La segunda es poder disfrutar unos segundos de la visión de El Velódromo de antes de la reforma que lo reabrió hará unos diez años.
Como no he podido encontrar ninguna fotografía decente de la película, y mucho menos de estos dos momentos, al margen de colgar una captura algo deformada que alguien tuvo a bien hacer en la que medio se distinguen a Rochefort y Gassman, 

viernes, 18 de mayo de 2018

España otra vez


Esto no es una nota sobre cine. Entre otras cosas porque no debiera escribirse una nota sobre una película de la que, después de muchos años, has vuelto a ver sólo su primera mitad. Porque anoche, en un momento en que vi que se había hecho muy tarde, paré la visión de "España otra vez¡ (Jaime Camino, 1969), que había aparecido la noche anterior por La 2. Tiempo habrá, me dije (o no), para reemprender su visión.
Recuerdo haber visto la película por primera vez en la sala del Cine Club Ingenieros de la Diagonal, por allá 1972, o 73. Se había estrenado en salas, y no dejaba de sorprender eso. El muy estructurado guión, elaborado por Romà Gubern en colaboración con su amigo Jaime Camino, hacía empezar la película nada menos que con unas nitidísimas imágenes documentales de milicianos y soldados republicanos, en su desbandada tras la derrota, cruzando los pasos fronterizos de Francia en los Pirineos. Otras imágenes documentales de la guerra civil -y no era habitual entonces su visión- iban surgiendo periódicamente, junto a otros destellos de flash-back de ficción, en la memoria del personaje que hace del real Alba Bessie, antiguo brigadista internacional (que luego se convirtió no en famoso cirujano, como en la ficción, sino en uno de los guionistas de la lista negra de McCarthy) en sus paseos por Barcelona, ha donde ha regresado para asistir a un congreso.
No es esto una nota de cine, porque es una nota sobre la memoria. A la dramática -y un poco romántica- memoria del protagonista le iba correspondiendo anoche la mucho menos dramática, mucho más de estar por casa, memoria de un servidor sobre la Barcelona de la época de rodaje.
Una vista aérea inicial nos hace descubrir, con el puerto aún haciendo de puerto, que se trataba de una ciudad mucho más homogénea: No se veía en ella aún ningún edificio "singular", ningún rascacielos. Más adelante, una enorme cantidad de recuerdos se fueron despertando, de los que anoté unos cuantos:
- La cafetería y terrazas del aeropuerto del Prat.
- Los grises y la guardia civil (ya me dirás si no se trata de recuerdos de lo más nostálgicos)
- El Ritz cuando era el Ritz, con una habitación y lavabo ciertamente austeros, pese a los mosaicos romanos.
- El paseo de Gracia, con una visión fugaz del Cine Fantasio y el Drugstore.
- Los autobuses verdes, los guardias urbanos encasquetados y los semáforos a rayas blancas y rojas.
- La Pedrera de Gaudí cuando sólo era un raro edificio arrugado.
- El carro de los barrenderos municipales, no de contrata.
- El sereno golpeando su vara.
- Los Hogares Mundet como residencia de ancianos.
- El Tiro al Pichón de Montjuic.
- Los coches aparcados en uno de los paseos centrales de la Gran Vía.

Hasta Luis Ciges hacia de cura preconciliar.