viernes, 27 de enero de 2017

Toutes les nuits

Los dos amigos, planeando en un café su futuro.

Oímos una conversación que parece corresponder a la de unos padres con el director de un centro al que va a ir a estudiar su hijo. No vemos a ninguno de ellos. La cámara va encuadrando sólo los zapatos de los que deben ser los padres y emprende una panorámica sobre los de quien sin duda debe ser el director y, al final, alcanza los mucho más informales del chico. Justo en ese momento, desde la puerta del fondo aparecen unos zapatos femeninos, mientras la voz del director presenta a su mujer, que en seguida pensamos –acertadamente- que tendrá mucho juego en la acción. Sólo en este momento la cámara nos presenta a los cinco personajes de la escena.
Paseo por el campo, y descubrimiento de la mujer que va a bañarse al manantial.
Está curioso ver “Toutes les nuits” (2001) ahora, tras buena parte del ciclo dedicado a Eugène Green. Fue su primer largometraje, al que otorgaron la Cámara de Oro al mejor primer film, pero ya aparecen en ella muchos planos bajo luz de velas, el jardín de Luxembourg, música antigua y hasta el propio Eugène Green detrás de una barra de bar, como en varios de sus films posteriores. Posee también, sin embargo, planos / contraplanos siguiendo ortodoxamente la conversación de dos personajes, cuestión que poco a poco irá modificando, estilizando, en sus siguientes largometrajes.
Los acercamientos sentimentales del que se queda en el pueblo.
La escena del principio no es la única en la que nos es presentado un personaje por sus pies. Recorremos una calle viendo casí únicamente los pies de las prostitutas que la frecuentan, del médico tan sólo vemos sus zapatos blancos, y al poli de mayo del 68 que arrea un buen golpe de porra (en el sonido) le distinguimos por sus botas. Se trata todo él de un film epistolar, en el que la voz en off que dice el contenido de las cartas nos va avanzando en el tiempo, dando idea de los sentimientos y la evolución –a lo largo de unos quince años, de los personajes. De tanto en tanto, Green deja caer un plano lleno de ironía, como ese en que uno de los personajes paga a una (muy especial) prostituta, dejando el dinero en la mesita de noche, junto a una imagen de la virgen.
Y los del que se va a estudiar a París.
Hasta cosa de la mitad de la película me iba diciendo que quizás era la película de Green que más me gustaba. Pero, quizás porque no funcionaba bien la calefacción de la sala de la Filmoteca y la tarde era muy fría, los devaneos sentimentales de los dos amigos protagonistas se me han empezado a hacer algo cansinos, y la película más larga de lo que deseaba.
Ella interviene decisivamente, no conforme el típico triángulo que en otras películas sería evidente, en la vida de los dos.
Una de las varias escenas con luz de vela.

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