A partir de finales de los años sesenta los cada vez menos numerosos westerns que se rodaban recibían el calificativo de "crepusculares". Si esto era así, ya no sé cómo se definiría hoy en día a "Comanchería" ("Hell or High Water", David Mackenzie, 2016), la película que se estrenó el viernes pasado, en la que desde un principio ya todo lo que fue está de capa caída, sin que se le vea posibilidad alguna de resucitar.
Una pintada recogida en los títulos de crédito iniciales dice algo así como "A Irak la rescataron tres veces. ¿A nosotros quién nos rescata?", y realmente poca cosa se mantiene con cierto orgullo en pie en los sitios del oeste de Texas y parte de Oklahoma en los que se desarrolla la acción. Sucursales polvorientas de banco que malviven con mínimo personal y reciben una tanda de asaltos, cantinas con menú obligado, y hasta algún bar en el que las chicas de la barra no bajan de edad provecta. Un shérif encarnado por un magistral Jeff Bridges -también ya antiguo- que patrulla en su coche con un mestizo comanche. Y gente que no cree ni en la mínima esperanza para escapar de la suerte que le han cavado. Ahí está el juego.
En un momento, una frase oída de un parroquiano con experiencia en ser esquilmado por su banco: "La época en que se robaba un banco y se podía ir tirando hasta el siguiente asalto ya pasó". Y, a continuación, mientras se ve a los dos bandoleros huyendo en su automóvil en medio de la seca e inhóspita pradera, se oye una música que ambos se ponen a cantar a pleno pulmón, como si se tratase de Johnny Cash en "Yo vigilo el camino".
Se ve con sumo agrado.
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