sábado, 29 de marzo de 2025

Bela Tarr en el D'A

1. Llegando al Teatre CCCB

Pere Alberó y Carlos R. Ríos

Pere Alberó, intentando explicar que es lo que trasmitió la escena de la primera película de Tarr que vio, y su cine en su totalidad.

Enseñando el galardón. Una tontería, pero acudió contento a su contacto con el público.


Festival D’A -2
No había visto nunca a Bela Parr en directo, pese a que ha estado por aquí varias veces dando clases o cosas así, y no me quería perder la oportunidad que ofrecía el festival de asistir a una entrevista con el que Pere Alberó (que lo ha albergado en la ECIB dando juego a sus alumnos durante toda una semana) ha señalado como “el mejor cineasta vivo de la actualidad”, con motivo de entregarle el recién creado premio de honor del D’A.
Está viejo Bela Tarr. Va renqueante, ayudado con un bastón sus ahora finitas piernas, y luego hemos visto que está muy sordo y tiene un temblor preocupante de manos al sujetar y servirse de una botella de agua, pero eso no quita la jovialidad animosa con la que me (nos) ha saludado al llegar al Teatre CCCB:
-Hellow, boys!
Le he podido hacer unos segundos antes la primera foto gracias a que unos amigos me han dejado colarme en una buena posición en una cola que media hora antes de la cita ya era notoriamente larga. Gracias a ello he podido luego gozar viéndolo y oyéndolo desde una ventajosa tercera fila, la de las fotos siguientes, sacadas en medio de una muy limitadora luz.
Carlos R. Ríos, director del festival ha pasado la palabra a Pere Alberó, que lo ha presentado con las palabras de antes, recordando la primera escena que vio de Tarr (un persistente plano de los suyos, en los que unas vagonetas aéreas mineras iban pasando, con el correspondiente sonido, los postes de sujeción, hasta que el lento movimiento de retroceso de la cámara nos deja ver que todo ese circular es observado por alguien desde una cabina), plano que le convenció de estar viendo la obra de un director singular, y resumiendo la sensación que le causa su cine con la palabra ‘misterio’. Poco después subía Tarr al escenario, recibía el premio, se sentaba junto a un joven alumno que le iba a entrevistar, se apagaron las luces y se pasó un impresionante travelling de “La condena” (la misma película que la indicada por Alberó) en la que la cámara ve cómo se impregna de la humedad de la lluvia un muro, resigue luego éste hacia la derecha y en su movimiento va dejando ver todas las diferentes texturas de la pared exterior de esa casa, un conjunto de personas apelotonadas mirando hacia el exterior -cuelgo alguna de sus imágenes- y una ventana con, en su repisa, una copa de cerveza que va aguándose con lo que cae del cielo, todo ello acompañado en la banda sonora con una pachanguera música de baile.
Lo que más me ha gustado de la proyección de la escena ha sido ver cómo Bela Tarr, sentado de perfil, casi sin ver la pantalla, iba siguiendo casi imperceptiblemente, pero de forma significativa, el ritmo de la música que puso a la escena con su pie. También he hecho una foto, y otra intentando un primer plano del pie, en un gesto inútil por no tratarse de vídeo y no admitir mi tableta zooms sin perder un montón de definición. Pero vaya…
Tras esto ha llegado la larga entrevista con Tarr, a quien le han ido preguntando pormenorizadamente por cómo afrontaba cada una de las fases de la realización de una película.
No eran, creo yo, las preguntas a las que quería contestar el director, ya un poco más allá de todo y a quién, sin embargo, sí que se le veía sumamente interesado en transmitir, en hacer llegar emociones a los que le oían. Lo mismo que intentan sus películas: hacer vibrar un poco, emocionar a sus espectadores.
Ha definido su cine como el producto de la necesidad de compartir: “Muestro lo que siento, lo que veo, porque creo que es importante para vosotros también. Algo que no pasa con la gente de Vanity Fair”. Su mayor objetivo, el de luchar por la dignidad humana.
Y ha repetido en cada una de sus contestaciones, que ha dirigido a los jóvenes cineastas que habían ido a oír su “clase magistral” (aunque lo ha hecho exhaustivo a los que quieran dedicarse a la Arquitectura, o a lo que sea) que lo más importante es que sigan y usen su propio lenguaje, aprendiendo a vivir primero.
Ha arrinconado el guión como algo necesario para bancos, inversores, pero despreciándolo como “sólo papeles”. Ha rebajado la importancia que se le da a las historias, diciendo que ya no hay historias nuevas, que un director no necesita historias, que dejar ver un trozo de pared es también una historia. Y ha dicho que acude a los rodajes, es verdad que con una lista de situaciones, a captar las personalidades y la vida.
Ha hablado de la importancia, sí, de Lázló Krasznahorkai, un magnífico escritor con el que ha colaborado,… pero subrayando que lo suyo es “otro lenguaje”.
Admitiendo que el casting es una cuestión clave, ha puesto a su nivel, sino superior, la de las localizaciones, que son siempre, o han de serlo, significativas. Ha dicho cosas parecidas sobre la música que le proporciona su músico habitual que las que suele decirnos Conrado Xalabarder: que su músico muestra tener sus mismos ideas sobre los sentimientos que se quieren hacer alcanzar y que, en este sentido, un buen músico es para él un buen cineasta.
Cuando, en esa cansina escalera de funciones, ha llegado el turno al montaje, simplemente ha recordado lo que le oyó decir -él muy joven- en una ocasión, de que el verdadero director monta rodando, y recordando a continuación en cambio cómo eran sus tres últimas películas, con cortes de plano continuados.
No podían faltar preguntas sobre el digital y la película de 35mm, que es la que ha empleado. Del digital ha concedido que puede ser una buena ayuda para aprender, pero luego, “una mierda” (sic). Que no entiende eso de utilizar el digital como falso cine. Que lo que debieran hacer es inventar y usar su propio lenguaje.
En resumen, ha repetido un consejo a esos eventuales nuevos cineastas: que sean libres, sin guión, sin límites y que se joda la industria. Y que nunca se hagan profesionales.
Al salir, le hemos visto ir con su joven acompañante hasta el sol. Allí se ha parado, le han puesto una silla y se ha sentado a disfrutarlo un poco. He hecho, una vez más, de paparazzi, captando el momento.
Nos hemos ido agradecidos y emocionados de haber podido oírlo hablar, pues es un gran hombre, lleno de sensatez y buen espíritu, pero algo chocados al comprobar que no parece haber en las jóvenes generaciones, entre los estudiantes de cine actuales, auténticos cinéfilos (en el buen sentido de la palabra, como la utilizaba Serge Daney, el de “cine-hijos”), y se muestran sólo preocupados en adquirir un supuesto manual de cómo deben practicar su futuro oficio. Así íbamos dialogando por la calle dando vueltas a esa idea cuando nos ha llamado Xavier Juncosa, que resulta también había estado asistiendo a la sesión, y nos ha venido con esa exacta reflexión. Vamos, que somos de otra generación.

Proyectándose un travelling de “La condena”, con música sonando teóricamente en el bar del interior.

Y zoom al pie que Tarr iba moviendo suavemente al ritmo.




Las vagonetas mineras de”La condena”

La condena

La condena

Sentado al sol.
 

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